Jorge Ávalos: “Chavela, sacerdotiza del amor” (crítica de cine)

Un documental que reinvindica la vida y la trayectoria de la reconocida cantante Chavela Vargas, que tuvo su estreno este mes en el Festival Internacional de Suchitoto.

Jorge Ávalos
La Zebra | #23 | Noviembre 1, 2017

Es posible que Chavela Vargas sea la cantante centroamericana más famosa del siglo XX. También puede que haya sido la artista lesbiana más reconocida en el mundo del espectáculo iberoamericano durante el mismo período. Decir ambas cosas de forma tan explícita no deja de ser sorprendente, porque si bien ambas declaraciones son ciertas, la fama de Chavela solía ir acompañada de un silencio profundo alrededor de estos dos hechos que nos hablan de una doble marginalidad.

María Isabel Anita Carmen de Jesús Vargas Lizano, mejor conocida como “Chavela” Vargas, está tan íntimamente asociada al desarrollo de la canción ranchera mexicana, a su madurez expresiva, que rara vez recordamos que ella, en efecto, nació y creció en Heredia, Costa Rica. Y aunque la fuerza viril de su presencia y su voz hacían más que evidente su orientación sexual, a lo largo de casi toda su carrera nadie lo dijo en voz alta, ni siquiera ella, que no lo confesó al público sino hasta que cumplió los 81 años.

El documental Chavela, (2017), también conocido como Amor puro y duro, nos revela cómo estos dos rasgos de su biografía son esenciales para entender por qué esta mujer cantaba cada canción como si fuese la última interpretación de su vida. En su infancia y adolescencia, Costa Rica era lo que podía darle en ese entonces Centroamérica a una mujer que descubría que no era como otras mujeres: un infierno de incomprensión, tanto de su familia como de la sociedad.

Sus padres veían en ella a un ser extraño: diferente, rebelde y viril. A muy temprana edad fue expulsada de la iglesia católica que atendía su familia porque el sacerdote no la quería allí, sospechoso de la sexualidad de una niña que todavía no entendía por qué era rechazada. En las fotos de adolescencia se ve, por su postura y su porte, como un incómodo varón de pelo largo. En esa etapa, se separó de sus padres, que se divorciaron.

“Fui una niña un poco triste, me críe muy sola… era muy sola… soñadora”, confiesa. “Y cuando te rechaza tu familia es difícil quererse a una misma”.

Su mayor sueño, su determinación más grande en esa etapa, era irse de Costa Rica para siempre. “Me fui llenando en las venas, en las arterias, en cada vaso de mi cuerpo, me fui llenando de un coraje…” Pero esa fuerza que la empujaba era acompañada de otra fuerza aún más intensa que la convocaba: “Alguien me estaba llamando: ese ser desconocido que es el arte”.

Ser diferente en una sociedad tan católica y provinciana la lanzó al exilio y a la búsqueda de su identidad en México, donde tampoco tuvo una vida fácil. Marginada, cantó en cantinas y cabarets bohemios. Cuando se presentaba en escenarios grandes era el acto secundario, nunca el principal. Fue allí, sin embargo, en la ciudad de México, en el reino de los machos, y entregada a ese himnario de los machos que es la canción ranchera, donde Chavela forjó su personalidad artística.

Según ella misma lo narra, comenzó su carrera “vestida de mujer”, con el pelo largo, exceso de maquillaje y tacones. “Parecía travesti, la verdad”, confiesa. Entrar al mundo de la canción de entonces, como una mujer mal ajustada no le deparó ningún éxito. El día que se cortó el pelo como un varón, que se puso pantalones y cubrió sus pechos con un chal, todo cambió. Para empezar, recuerda ella, “el público se quedó callado” y la escuchó cantar.

Ese fue su mayor talento: le enseñó al público a escuchar las sentidas letras de la canción ranchera. En su voz dejaron de ser música festiva. Más que una cantante, fue una intérprete. Según Eugenia León, verla cantar era todo un acontecimiento porque rompía todo los esquemas.

“Le bastaban dos o tres guitarras y su centro”, explica Tania Libertad, quien señala su poderosa presencia hacia el público. Al aparecer en el escenario partía de un gesto dramático del brazo y sólo comenzaba a cantar o a decir la letra cuando la atención intensa del público ya estaba sobre ella.

En efecto, Chavela trata la canción como una actriz trataría un monólogo en una obra teatral, excepto que ella lo es todo. No hay más escenario que su rostro ni más dirección escénica que su gestualidad dramática y, más importante, ella no canta una letra, más bien revela su propia historia personal y trágica a través de la canción. Al cantar, Chavela se expone a sí misma con inaudita crudeza y nos muestra su manera particular de existir sobre la tierra a través de las emociones que su boca desgaja de su interior al mundo, con un dolor entrañable.

“Ella asume toda la festividad de la canción mexicana y la sintetiza en lo que realmente es: es el canto desesperado”, observa Eugenia León. “Es lo que hacía José Alfredo Jiménez: le quita las ornamentaciones y lo vuelve el canto del alma, del alma herida, del final trágico del amor”.

Además está su voz tan particular, una voz que Jesusa Rodríguez, la dueña de un cabaret, describe “como un cañón tremendo”. Una voz “muy desgarrada, como si ya naces con esta herida de la vida o de la muerte”.

Su alianza con el compositor José Alfredo Jiménez la introdujo de lleno, no tanto a una etapa de éxito, sino de construcción de su personalidad como intérprete. Jiménez era el compositor de la canción ranchera en su modalidad más dolorosa, y en Chavela Vargas encontró a su intérprete más auténtica.

Cuando llegaban juntos a una cantina, un viernes en la noche, se la apropiaban y no se iban sino hasta el lunes, arrasando con el tequila. Los propietarios les temían, pero no se atrevían a echarlos. Algunos escondían las botellas del tequila más caro cuando los veían venir. Jiménez aprovechaba las poderosas interpretaciones que Chavela hacía de sus canciones en las cantinas para seducir a las mujeres. Chavela aprendió así, también, el arte de la seducción en un mundo de machos y de “hembras”.

El documental, dirigido por Catherine Gund y Daresha Kyi, es tradicional en su forma, recontando de manera sistemática la biografía de Chavela, y presentándonos en el camino, con la entrevista central y las opiniones de personalidades de la música y el espectáculo, los rasgos de su carácter y el significado de su personalidad artística. Entre estas dos líneas narrativas, escuchamos la voz, desgarrada, apasionada y viril de Chavela, lo cual, paradójicamente, crea la imagen de una mujer entera, como ella misma lo recuerda muy a menudo.

La estética visual, que los materiales promocionales de la película llaman “lírica”, es en realidad muy formal y convencional en su tratamiento: material de archivo, fotografías en blanco y negro, entrevistas con encuadres televisivos, fragmentos de canciones, y todo ello con una estructura simple, lineal y sin premisas o conceptos rectores más allá del esquema biográfico.

Esta forma tan tradicional del documental, sin embargo, tiene una ventaja inesperada: presenta sin adornos ni sobresaltos los eventos de su vida como mujer lesbiana en un entorno dominado por hombres machistas, en un México donde aprendió a ser más macha que cualquiera. Es decir, se trata de un documental con un lenguaje cinematográfico moderado, sobrio e, incluso, conservador, sobre una personalidad excepcional, radical y fuera de serie. Esto tiene su mérito: aborda con extraña naturalidad aspectos y fenómenos sociales que han estado silenciados por la sociedad o al margen de la historia. Lo marginal pasa a ser lo central sin resistencias ni desplantes.

Hay que notar que en sus primeros años, si Chavela sabía que era lesbiana o “marimacha”, se atrevía a vivirlo, pero no a decírselo a sí misma, mucho menos a nadie más. Ella podía parecer marimacha en el escenario, nos advierte más de un comentario, pero no fuera de él. Su virilidad como cantante era presentada como un acto, un juego de identidad y percepción para el gozo del público, aunque fuera una expresión auténtica. Por lo tanto, Chavela nos confirma, con su vida, que la noción de género es una construcción social, y lo hizo mucho antes de que teóricos posmodernos lo propusieran.

Una relación lésbica con Frida Kahlo —el relato de Chavela no deja lugar a dudas de que así fue— es presentado como un paso breve pero fundamental en su educación sentimental. La famosa pintora surrealista era ya una celebridad y una mujer madura, Chavela era una joven que despertaba al amor. En algún momento, ambas se dan cuenta que su relación no sería duradera, y Frida le dice que no podía atarla ni a su vida ni a su cama.

Es en el momento en que Chavela cierra la puerta de la casa de Frida, para nunca más volver a ella, cuando sale al mundo como un ser completo, en busca de su propio destino. Cuando ella recuenta que después de la boda de Elizabeth Taylor despierta a la mañana siguiente al lado de la bellísima actriz de Hollywood Ava Gardner, la anécdota es dicha de paso. Es un recuerdo entre muchos. Un eslabón en la larga y variada cadena de su agitada vida.

Uno de los momentos más reveladores del documental nos deja entrever cómo Chavela mitificaba aspectos de su vida, en contraste a las percepciones de las personas que la rodeaban. Aunque Chavela solía decir que chamanes la curaron del alcoholismo, una serie de entrevistas nos revelan que fue el ultimátum de una amante, la abogada Alicia Elena Pérez Duarte, “Nina”, la que la salvó de su camino a la autodestrucción. Si no dejaba el alcohol la perdía a ella. O el alcohol o ella. Y tras una semana de llamadas alcoholizadas, de pronto llegó Chavela a su casa, sobria, tocó la puerta y le dijo: “Eres tú”.

“El alcoholismo es una enfermedad de la psiquis, del alma más que del cuerpo”, nos dice Chavela. La transformación mágica de su vida, la superación del alcoholismo, no es chamánica: ocurre cuando conoce y se relaciona con Nina, la amante y madre soltera que le da la estabilidad y la oportunidad para sentirse en familia.

El fin de su relación con Nina tiene dos versiones. Según Chavela, ella la abandonó. Según Nina, ya no soportó los arranques de violencia de Chavela. La pelea crítica ocurrió cuando Nina intentó cerrar la caja fuerte para que Chavela no accediera a la pistola que guardaba allí. Chavela agarró del pelo a Nina y le arrancó un pedazo de su cuero cabelludo. Nina tenía un hijo, y Chavela intentó enseñarle como usar las armas, para que no se volviera “joto”. Chavela, más macha que un macho, había internalizado el espíritu tan conservador de la sociedad mexicana.

Cuando todo el mundo creía que había muerto, llega la redención de Chavela con una serie de presentaciones, en México y España, y en el famoso teatro Olympia en Paris. Jesusa Rodríguez y Liliana Felipe iniciaron esa reivindicación al abrirle las puertas del mítico teatro-bar El Hábito.

Chavela nos habla de ese regreso: “Un público que te espera 12 años… es un intercambio de adrenalina”.

Figuras de España como Laura García Lorca, Miguel Bosé y Pedro Almodóvar, que usa sus canciones con un sentido emocional casi religioso en sus películas, hablan del efecto o la influencia cultural que ella tuvo en sus vidas.

“Es muy incorpórea y muy orgánica”, nos dice Almodóvar. “Era una especie de sacerdotisa”.

Si nos dejamos llevar por las letras de sus canciones, era una sacerdotisa del amor en su configuración más dolorosa: del corazón destrozado por el fracaso o el abandono y de la soledad angustiada, pero también de la redención, como cuando interpreta, con inconfundible fervor, “Amanecí en tus brazos”, expresión sublime tras el amor consumado, pero cantada con la plena consciencia de la fragilidad y fugacidad de su alegría.

Chavela, el documental, es el testimonio de que esta “mujer de a verdad” —que es casi imposible imaginar en la sociedad de su tiempo, y que aún es difícil de reconciliar con la realidad histórica del lugar y el tiempo en el que le tocó vivir— realmente existió y nos dijo: “Me llamo Chavela Vargas… que no se les olvide”.

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Ficha técnica

  • Chavela (Amor puro y duro), Estados Unidos, 1 hora 33 minutos
  • Dirigida por Catherine Gund y Daresha Kyi
  • Cinematografía de Natalia Cuevas, Catherine Gund y Paula Gutiérrez Orio
  • Edición de Carla Gutiérrez
  • Música de Gil Talmi
  • Puedes ver la ficha completa en IMDB.

 


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JORGE ÁVALOS (1964). Escritor y fotógrafo salvadoreño, editor de la revista La Zebra. Como cuentista ha ganado los dos premios centroamericanos de literatura: el Rogelio Sinán de Panamá, porLa ciudad del deseo (2004), y el Monteforte Toledo de Guatemala, por El secreto del ángel(2012). En 2009 recibió el Premio Ovación de Teatro por su obra La balada de Jimmy Rosa. En 2015 estrenó La canción de nuestros días, por la que Teatro Zebra recibió el Premio Ovación 2014. Sitio oficial: Imaginador: jorgeavalos.com