Roberto Carlos Pérez: “Textos y pre-textos sobre Pedrarias Dávila” (ensayo)

La apropiación oficial del conquistador Pedrarias Dávila, como primer dictador de Nicaragua, y la respuesta del testimonio indígena de resistencia, vistos a la luz de la historia y el pensamiento postcolonial.

Roberto Carlos Pérez
La Zebra | #23 | Noviembre 1, 2017

Introducción

Hace apenas 16 años, el 16 de junio de 2001 y entre las ruinas de León Viejo, el Instituto Nicaragüense de Cultura develó el «Monumento a la resistencia indígena» (ver fig. 1). De tamaño natural, dos figuras se enlazan dramáticamente: la de Tapaligüi, o cacique guerrero, sosteniendo en alto dieciocho calabazas, nueve en cada mano y la de un perro de asalto. El fornido indígena mira al frente con rebeldía mientras trata de mantener el equilibrio y superar el dolor que le causan los colmillos del perro, aferrados a uno de sus talones.

Las monumentales figuras son parte de una secuencia narrativa incompleta, poco conocida en el mundo hispano, incluyendo España. Para completarla harían falta 17 indígenas más, varios perros y la estatua de Pedro Arias Dávila, el conquistador a quien en 1523 le fue asignada la gobernación de Nicaragua y que en 1528 promulgó el decreto de muerte por aperreamiento a los 18 indígenas.

Quienes en Nicaragua conocen a fondo los comienzos de su propia historia colonial pueden citar el hecho, pues es un lugar común en los textos especializados. A finales del siglo XIX, el creador de la moderna historiografía nicaragüense, José Dolores Gámez (1851 –1918), usó el relato tanto para ejemplificar la crueldad de Pedrarias y la actitud de los colonos: «como si se tratara de una corrida de toros, lo más escogido de la sociedad leonesa concurrió á presenciar la ejecución» (Historia de Nicaragua, 109). Gámez insiste en la cantidad de muertos que sembró a su paso la administración de Pedrarias y otro tanto hace Jorge Eduardo Arellano (1946), el más prolífico de los historiadores nicaragüenses del siglo XX, quien menciona como fuente del primer volumen de su Historia básica de Nicaragua a Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés.

También Arellano usa el aperreamiento para apuntar la nefasta administración de Pedrarias y las muertes violentas. En su texto asoman más detalles que en otros contemporáneos y se ofrecen las razones del castigo:

Uno de los más refinados actos de crueldad lo ejecutó Pedrarias, hacia mediados de 1528 y en la plaza de León, a raíz de la venganza de unos indios en sus propios pueblos contra seis o siete españoles –para los cuales trabajaban gratuita y forzadamente– ocasionándoles la muerte. El martes 16 de junio –narra Fernández de Oviedo y Valdés– fueron ajusticiados así: a cada uno le daban un garrote para defenderse de cinco o seis perros cachorros o «canes nuevos» y, por lo tanto, no experimentados en su oficio (50).

Y siempre citando a Oviedo, Arellano continúa narrando el fin de los dieciocho caciques en las fauces de los perros veteranos que soltaban después de haberles permitido a los cachorros que se entrenaran con los condenados a muerte. Pero al igual que la de sus predecesores nicaragüenses, la Historia de Arellano omite el hecho de que los indígenas eran antropófagos y se habían comido a los españoles –en trabajos recientes de Arellano aparece mencionada la antropofagia–, hecho este que, en oposición a los historiadores nicaragüenses de los siglos XIX y XX, Oviedo sí refiere, aunque brevemente, en su Historia general y natural de las Indias, como preámbulo a su descripción del aperreamiento del que venimos hablando:

Siguióse que el año de mill quinientos e veinte y ocho salieron de la cibdad de León el tesorero Alonso de Peralta, e un hidalgo llamado Zúñiga, e otros dos mancebos, hermanos, llamados los Baezas; y éstos e otros, hasta seis o siete, cada uno fué por su parte a visitar sus plazas e indios que los servían; pero ninguno dellos dejaron que no se los comiesen, e aun a sus caballos (4: 419).

Es Oviedo quien, paradójicamente y aunque de manera breve, hace lo que no llegan a hacer los historiadores nicaragüenses: en su texto transforma la «violencia» de la antropofagia en un rito religioso que tiene por fin apoderarse de la fuerza de los enemigos.

Así, podemos concluir que en el «Monumento a la resistencia indígena» están ausentes dos elementos fundamentales: el primero, la severa mirada de Pedrarias Dávila, seguramente cernida desde algún ángulo de la plaza, sobre el cacique que levanta las calabazas, las cuales son símbolo de los indios caídos en el aperreamiento y que fueron incorporadas a la estatua «porque son uno de los objetos de la colonia que aún perduran» (Joaquín A. Torrez).

El segundo elemento, tan importante como la ausencia de Pedrarias, es la secuencia narrativa referente a la resistencia indígena, incompleta si no se alude a la antropofagia.

El «Monumento a la resistencia indígena», tal como fue diseñado, representa un extracto y una visión muy parcial ofrecida al público por el Instituto Nicaragüense de Cultura. El texto inscrito en él sólo podría completarse añadiéndole la presencia de la antropofagia y de Pedrarias. La primera está en contradicción con la sensibilidad de nuestra época y la idealización del indígena necesita excluirla, pero por qué, preguntamos, si no es por cuestiones estéticas, se mantiene a Pedrarias en la sombra, a pesar de que en Nicaragua él es el paradigma del conquistador, el antihéroe por excelencia, la figura que revierte la epopeya en una urdimbre de traiciones y asesinatos.

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Estatua de Federico Matus, Ricardo Gómez, Alberto Torres, Sócrates Martínez y Ediluz Tellería, Monumento a la resistencia indígena, León Viejo, Nicaragua. Fragmento de una fotografía de Oscar Dávila, tomada de la bitácora Fotos Nicas.

Objetivo y propósitos del ensayo

En su artículo «El sujeto colonial y la construcción de la alteridad», es decir, la construcción del otro, Rolena Adorno se formula la siguiente pregunta: «¿Cómo puede ser el sujeto colonial una versión de la alteridad y al mismo tiempo conocible y visible?» (55). La pregunta, ligada a la forma en que el conquistador y el conquistado se verían uno al otro y por lo tanto, se conocían (o reconocían), puede responderse, para los europeos e indígenas lectores y productores de textos, sustentando que «ciertas familias discursivas, cuyos referentes eran determinadas categorías sociales y grupos étnicos específicos, facilitaban métodos familiares y materias conocidas para conceptualizar y descubrir la humanidad recién encontrada» (56).

Tal afirmación da lugar a extrapolaciones: a) El historiador colonial europeo ¿convierte a aquellos conquistadores de quienes habla en sujetos coloniales? ¿Se coloca a sí mismo como sujeto? ¿Produce no sólo esa visión de la otredad que le dedica al indio sino una visión también de otredad sobre los conquistadores? b) En cuanto a la historiografía nicaragüense de los siglos XIX y XX ¿usa la historia colonial (tomada de Oviedo en su gran mayoría) para construir una imagen parcial pero nacionalista o integrativa de la nación, haciendo de Pedrarias un otro inasequible (en virtud de su desmesurada avaricia y crueldad) y del indígena, tal como muestra el monumento mencionado, una entidad asimilable, transitiva y simbólica?

Entre las familias discursivas a las que alude Rolena Adorno aparece la de la epopeya: «el amerindio ocupaba la misma categoría habitada antes, en la tradición poética, por el moro en su enemistad con el pueblo cristiano» (58). Si suponemos que Pedrarias se convierte en el otro, cabe preguntarse: ¿por qué permanece totalmente ausente, tanto en el pasado como hoy en día, la posibilidad de ver en él al aguerrido soldado que había luchado contra el invasor musulmán y ayudado a que la cristiandad triunfara? ¿Acaso ya no existía a comienzos del siglo XVI, cuando Pedrarias llega a Castilla de Oro –el expansionismo turco fue frenado en 1571–, la categoría social del soldado heroico, fiel a su rey y a su religión, nacida en la literatura con el Cid Campeador?

Rolena Adorno termina su exposición afirmando que «Los discursos creados sobre –y por– el sujeto colonial no nacieron sólo con el deseo de conocer al otro sino por la necesidad de diferenciar jerárquicamente al sujeto del otro» (66).

De cara a esta conclusión, nos proponemos examinar las versiones de «otredad» que la historia, tanto colonial como contemporánea, nos ofrece sobre Pedro Arias Dávila.

Pedrarias en Nicaragua: dos textos, una sola historia

Los ya citados textos de Gámez y Arellano se complementan pues no existen entre ellos serias discrepancias, y desarrollan una historia lineal que, con más o menos detalles, muestra la fundación de la provincia de Nicaragua como un acto pasional, interesado y violento que, llevado a cabo por Pedrarias, no sólo destruye las culturas indígenas existentes en la región, sino a los mismos conquistadores, sujetos a la autoridad de Pedrarias y presuntamente aliados y compañeros suyos.

El discurso historiográfico nicaragüense sobre Pedrarias, comienza, por lo tanto, con un acto de traición y su extracto, tomado de las Historias de Gámez y Arellano, es el siguiente:

Pedrarias asumió el cargo de gobernador de la provincia de Nicaragua en 1528, donde se encontraba desde 1526, luego de ser sustituido en Castilla del Oro por Pedro de los Ríos. Ese mismo año mandó a ejecutar a su lugarteniente y socio en la conquista de Nicaragua, Francisco Hernández de Córdoba, a quien acusó de traición. Tanto Pedrarias como Hernández de Córdoba habían financiado en 1523 –junto a otros tres exploradores que trabajaban para el gobernador en Castilla del Oro– la expedición al norte de Panamá, en busca de nuevas riquezas.

Meses antes, Gil González Dávila y Andrés Niño zarparon de Castilla del Oro en dirección al norte. La expedición ancló en la actual Costa Rica, donde el cacique Nicoya le habló de una zona inmediata mucho más rica en oro, gobernada por el poderoso cacique Nicaragua. Ante él se presentó Gil González. Después de conversar con el conquistador sobre temas cosmogónicos y filosóficos, Nicaragua, que ya tenía noticia sobre los españoles, le obsequió oro en abundancia y permitió bautizar a miles de indios. La zona del pacífico nicaragüense había sido descubierta.

Gil González siguió siempre hacia el norte, donde se topó con otro cacique que no aceptó el bautismo. Diriangén inició el combate al frente de cuatro mil indios, hiriendo a varios españoles. El explorador logró huir de la zona y regresar a los dominios del cacique Nicaragua, donde numerosos indios lo atacaron. González arremetió contra ellos reconociendo a varios que antes lo habían recibido pacíficamente. En medio de la pugna, tres emisarios de Nicaragua llegaron a Gil González y le anunciaron que ni ellos ni su rey habían iniciado el combate sino la gente de otro cacique que se encontraba en la región.

Gil González aceptó la paz no sin antes advertirles que, de hacerle la guerra de nuevo, les daría grandes escarmientos. «Continuaron los españoles su penosa marcha sin encontrar impedimento hasta llegar al golfo de San Vicente –narra José Dolores Gámez– en donde los aguardaba Andrés Niño con los buques» (89).

González fue obligado por sus hombres a regresar a Panamá. Al ver Pedrarias que éste llegaba cargado de riquezas, y sabiendo que se disponía a marchar a España para pedirle al rey el gobierno que por descubridor le correspondía, el gobernador de Castilla del Oro no tardó en unir fuerzas con Hernández de Córdoba con la intención de eclipsar el descubrimiento de Gil González y obtener grandes cantidades de oro de la recién descubierta zona.

Partió entonces Hernández de Córdoba siguiendo la ruta de Gil González, sosteniendo grandes combates pero logrando esta vez en gran medida, según Jorge Eduardo Arellano, llevar a cabo «la verdadera pacificación de Nicaragua» (40).

En 1524 fundó las primeras ciudades nicaragüenses, León y Granada. Enviados los primeros botines de oro y esclavos a Panamá, con la noticia de los nuevos asentamientos españoles, el recelo de Pedrarias volvió a quedar en evidencia: la misión de Hernández de Córdoba no era la de fundar ciudades, sino la de despojar a los indios de sus tierras, repartiéndolos en encomiendas para ser enviados a Castilla del Oro.

Por eso, en 1526, Pedrarias Dávila llegó a la ciudad de Granada para encarcelar a su lugarteniente y luego trasladarlo a León en donde lo procesó y decapitó, tal como en 1519 lo había hecho con Vasco Núñez de Balboa, a quien también ejecutó, acusándolo de intentar robarse unos navíos para con ellos explorar las regiones al sur de Castilla del Oro.

Al final, en 1525, el rey sustituyó a Pedrarias Dávila por Pedro de los Ríos. Sin embargo, Pedrarias volvió a recibir el favor del rey al otorgarle éste la gobernación de Nicaragua debido a que para 1526 ya se encontraba en la región.

Cabe destacar que en los libros de historia colonial nicaragüenses se utiliza como fuente principal a Oviedo y escasamente a Bartolomé de las Casas. Se centran, por lo tanto, en los temas de la traición y disputas entre conquistadores.

Pedrarias y sus antecedentes históricos

Pedrarias fue un hombre de guerra. Nació en Segovia en 1440 y luchó por la expulsión de los moros. Tuvo el favor de la Corona -fue criado en la corte del rey Enrique y luego en la de los Reyes Católicos- por sobresalir en la Reconquista (iniciada en el siglo VIII), especialmente en la Guerra de Granada. Participó en la toma de Orán (1509) y por su pericia acrecentó su escudo familiar, o títulos nobiliarios y riquezas, por provisión real el 12 de agosto de 1512.

Ese mismo, es decir, a los 44 años, venció a los moros en la Toma de Bugía, consiguiendo con esto acrecentar el escudo de armas de su familia, de origen judío-converso.

Procedentes en su mayoría de Andalucía, Castilla y Extremadura, los conquistadores eran personajes que buscaban, en primera instancia, fama y fortuna. Para esto, la España de la época ofrecía tres opciones: «Iglesia, mar o casa real», caminos mediante los que se podía ascender social y económicamente. De estas posibilidades, resumidas por la sabiduría popular, se valían aquellos que no podían comprar, de manera honrosa, señoríos o altos cargos.

Casi siempre hidalgos pobres, escuderos, mercaderes o artesanos, quienes raras veces contaban con antecedentes militares, los conquistadores optaban por aventuras allende el mar. Así, desestimando las contiendas en África y Europa, fijaban la mirada en la posibilidad de enriquecerse en las Indias en donde, a pesar de la falta de experiencia, mostraban grandes aptitudes y destrezas en las batallas.

Pedrarias no era el conquistador común: para la época era un hombre mayor. Cuando aceptó el cargo de gobernador de Castilla del Oro contaba con setenta y cuatro años. Hernán Cortés, por el contrario, tenía diecinueve, Francisco Pizarro veinticuatro, Álvar Núñez Cabeza de Vaca estaba por cumplir los veinte, Hernando de Soto apenas contaba con veintidós, por lo que su suerte no dependía del respaldo de una carrera militar, sino de sus habilidades y pericias, pues eran muy jóvenes.

Si Pedrarias era un experto militar, carecía de aptitudes lingüísticas. Sus cartas son parcas e inexpresivas si se comparan  con las de Hernán Cortés escritas al rey, y a la gran crónica de Bernal Díaz del Castillo.

Oviedo, Las Casas y Herrera y Tordesillas: Tres historias, un solo personaje

Es importante primero definir el género de la historia, puesto que la imagen original de Pedrarias Dávila, aparte de las que nos ofrecen los nicaragüenses contemporáneos, tiene su génesis en tres fuentes principales: Historia general y natural de las Indias, de Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés, Historia de las Indias, de Bartolomé de las Casas e Historia general de los hechos de los castellanos en las islas y tierrafirme del mar océano, de Antonio de Herrera y Tordesillas.

En el siglo XVI la historia o crónica se utilizarán con poca o ninguna distinción. Sin embargo en sus orígenes la primera se ocupaba en recoger sucesos de vital importancia y por lo tanto contemporáneos (no tenía sentido temporal), mientras que la crónica se encargaba de estructurar los hechos del presente. Walter Mignolo en su ensayo «Cartas, crónicas y relaciones del descubrimiento y la conquista» dice lo siguiente:

En el momento en que ambas actividades y ambos vocablos coexisten, es posible encontrar al parecer crónicas que se asemejen a las historias; y al asemejarse a la historia, según los letrados de la época, proviene del hecho de escribir crónicas no sujetándose al seco informe temporal sino hacerlo mostrando más apego a un discurso bien escrito en el cual las exigencias de la retórica interfieran con el asiento temporal de los acontecimientos. Las dos actividades que designan ambos vocablos tienden, con el correr de los tiempos, a resumirse en la historia la cual, por un lado, incorpora el elemento temporal y, por el otro, desplaza a la crónica como actividad verbal (255-56).

De esta manera, las Historias de Oviedo y Las Casas (el caso de Herrera y Tordesillas es muy particular pues nació en 1549, es decir, dieciocho años después de la muerte de Pedrarias; por lo tanto narró los sucesos a posteriori, reconstruyéndolos en base a las fuentes históricas existentes) relatan un presente del cual fueron testigos de primera mano, en el que el gobernador juega un papel fundamental.

En Fernández de Oviedo’s Chronicle of America: A New History for a New World Kathleen Ann Myers asegura que, en relación a la Historia de Oviedo, aunque con diferencias, «la única Historia comparable de la época [es] Historia de las Indias, del fraile dominico Bartolomé de las Casas» (2). De manera que son dos historias que corren caminos paralelos aunque, como veremos más adelante, persiguen fines distintos.

Oviedo, en primer lugar, se sitúa como modelo, como agente de la Corona que busca llevar a cabo el proyecto conquistador, ejemplificando con sus actos la justicia y la lealtad hacia el rey, lealtad que no observará en Pedrarias. Tal vez por eso defiende su historia, la cual no tiene otro propósito que el de servir al «Emperador e a su real silla e ceptro de Castilla, cuyo es aqueste grandísimo imperio, dándome a mí por ejercicio, en esto que escribo, una materia tan famosa e alta e copiosa» (Historia general y natural de las Indias, 1. 142).

Ubicándose en el centro de la narración (como sujeto) sobre todo en los libros 26 y 29, dos de los más autobiográficos («Algunos amigos míos, a quien he comunicado lo que escribo, me han querido estorbar que no hiciese mención en estas historias de mis trabajos, e yo soy de otro parescer, por todas estas razones: lo primero e hacer justicia…» [3: 275]), sus intereses como conquistador, siempre en busca de un puesto importante en alguna de las regiones del Nuevo Mundo, quedan en evidencia.

Como sostiene Myers, «aparte de ser un dedicado escritor sensible al dilema que representaba la Conquista para un historiador de las Indias, Oviedo era un ambicioso y controversial burócrata en busca de su propia fama y fortuna en América… los burócratas, como Martyr y Oviedo, mostraban sus escritos como un servicio a la Corona, casi siempre promoviendo sus propios intereses, mientras se abrían camino a importantes posiciones políticas en América» (7,30). Y siempre colocándose en la mejor posición posible ante el rey, perfila el comportamiento y mal manejo de Pedrarias en el que él, como ejemplo a seguir, no debe participar. Así, va dejando al descubierto lo que él percibe como actos de corrupción.

El primer episodio en el que el cronista entra en conflicto con Pedrarias, es cuando éste bautiza una ensenada descubierta antes por Colón, dándole el nombre de Bahía de Fonseca. Con ello Pedrarias se congraciaba con el presidente del Consejo de las Indias y capellán del rey, el obispo Joan Rodríguez de Fonseca quien, según Oviedo, había hecho posible el nombramiento de Pedrarias Dávila como gobernador de Castilla del Oro.

Bien sé yo –dice Oviedo– que el obispo de Palencia, don Joan Rodríguez de Fonseca, presidente del Consejo Real de Indias en aquella sazón, fue causa que este gobernador fuese elegido para este oficio; y así, por se congraciar con él, le pareció a Pedrarias que era bien plantar el apellido Fonseca en aquella bahía; pero yo no dejaré de decir la verdad, y desengañaré de tales nombres do quiera que los topare, e viere que injustamente los muda quien no debe, como fiel escriptor (3: 223).

Lo que parece irritar aún más a Oviedo es el hecho de que el gobernador actúe en contra de los mismos españoles, que equivale a ir en contra de la Corona. Así, enfatiza el proceder de Pedrarias al ejecutar a uno de sus servidores, Sanct Martín, por retrasarse tras el llamado de cañones para que todos se reunieran y así continuar el camino hacia Castilla del Oro:

Pedrarias, enojado, sin más atender, envió allá al capitán Gaspar de Morales, su primo e criado, e mandole que sin oir ni antender palabras le hiciese encontinente ahorcar de un árbol… Esta justicia cruel e acelerada dió a muchos temor; e sospecharon que el gobernador que llevábamos había de ser muy riguroso, e que había de hacer otras cosas de hecho, sin atender derecho ni procesos, y que convenía cada uno mirar cómo asentaba el pie, pues que en sus criados comenzaba a mostrar cómo había de castigar a otros (3: 224-225).

El gobernador es presentado nuevamente como el villano y es una amenaza para el proyecto conquistador. «Es en relación a la administración de Pedrarias en Castilla del Oro –dice Kathleen Myers– donde vemos por primera vez la feroz lealtad de Oviedo hacia la monarquía y su propia ambición…En su Historia, como protagonista histórico en la conquista y asentamiento en Tierra Firme, Oviedo generalmente se describía a sí mismo como un hombre sabio, justo y leal» (16,45). Esto lo llevará ante la corte de Carlos V a denunciar las arbitrariedades llevadas a cabo por Pedrarias.

Oviedo a su vez denuncia la crueldad del gobernador con los indios a quienes permite masacrar casi siempre sin previo aviso o lectura del requerimiento, documento que daba a los indígenas la opción de aceptar el bautismo y rendirse ante la Corona española o, en caso contrario, ser atacados y sometidos.

E vino a la cosa a tanto, que yo le dije que él [Pedrarias] despoblaba aquella cidad, y le hice ciertos requerimientos e protestaciones; y él me replicó que qué manera me parescía a mí que se debía tener para que la cibdad del Darién se sostuviese e no se perdiese ni despobladose, e yo le dije: “Señor, si yo fuese gobernador, bien sabría hacerlo, y vos lo podríades hacer si quisiésedes” (3: 68).

Pero hay algo en lo que al principio tanto Pedrarias como Oviedo poco difieren: los dos miran al indio como un ser inferior, carente de razón y poseído por el demonio debido a ciertas costumbres, entre ellas la antropofagia. Sin embargo para Oviedo el indio vivo es la posibilidad de la encomienda y por eso ataca al gobernador cuando éste arremete indiscriminadamente contra ellos, y le recuerda las ordenanzas del rey:

Para lo que adelante se siguió, digo que, entre las ordenanzas y capítulos que el Rey Católico proveyó e mandó a Pedrarias, su gobernador, que tuviese especial cuidado, fueron estas cuatro cosas: la primera, que con mucha atención y vigilancia entendiese en la conversión y buen tractamiento de los indios…Pero salió al revés» (3: 222).

Es aquí donde Bartolomé de las Casas entra en un debate con Oviedo para quien la Conquista es vista como un acontecimiento positivo, con anti-modelos como Pedrarias, es verdad, pero siempre defendiendo el sistema de encomiendas. Por eso, Las Casas lo ataca fuertemente en su Historia de las Indias:

…como ya su Historia vuela, engañando a todos los que la leen y poniéndolos, sin porqué ni causa alguna, en aborrecimiento de todos los indios, y que no los tengan por hombres, y las horrendas inhumanidades que el mismo Oviedo en ellos cometió…Y que Oviedo haya sido partícipe de las crueles tiranías que en aquel reino de Tierra Firme, que llamaron Castilla del Oro, desde el año de 14 que fue, no a gobernado, sino a destruirlo, Pedrarias…e imponiéndoles abominables vicios que ellos no podían saber, sino siendo participantes o cómplices en ellos, de todo esto bien se hallará llena su Historia. ¡Y no las halla Oviedo ser éstas mentiras, y afirma que su Historia será verdadera y que le guarde Dios de aquel peligro que dice sabio, que la boca que miente mata el ánima! (3: 524-525).

Este es apenas un pequeño extracto de todo cuanto Las Casas acusa a Oviedo, quien en 1535 publicó la primera parte de su Historia. Sin embargo, ya para el libro 29 Oviedo comienza a ver en los conquistadores, por sus masacres y crueldades que habían hecho desaparecer a casi toda la población indígena en Tierra Firme –Pedrarias es su mejor ejemplo–, un problema para los intereses de la Corona.

Este cambio de visión en Oviedo, dice Myers, «invierte el discurso sobre la Conquista y posteriormente subraya su excesivo celo en torno a la administración de las Indias. Aquellos que impiden el buen gobierno, no los indios, son ahora el problema» (131).  No obstante, para Las Casas el problema no es simplemente burocrático, sino de carácter moral. Su discurso no formula intereses personales. Al contrario, al ejemplificar la crueldad de los conquistadores lo que pretende es centrar la atención en el exterminio de los indios y hacer un llamado a la Corona. De modo que no duda en atacar al que él considera uno de los grandes villanos: Pedrarias Dávila. Las Casas ruega a Dios que «nunca se asomara a aquella tierra [Castilla del Oro] porque no fue sino una llama de fuego que muchas provincias abrasó y consumió, por cuya causa lo llamábamos furor Domini» (3: 198).

Pedrarias Dávila, de acuerdo a Las Casas, echa por tierra tanto la Iglesia de Cristo como esa utopía en la que Tomás Moro había proyectado cierta esperanza. Dentro de la visión humanista de Las Casas, los actos de Pedrarias no son propios de un hombre racional y cristiano, por lo tanto crea un desorden mayor que el que Oviedo vislumbra porque ataca y aniquila a seres que para él son tan racionales como los españoles.

Es aquí donde difiere radicalmente Las Casas con los conquistadores y con Oviedo, quienes no alteraron sustancialmente su postura ante los indios. La irracionalidad, para Las Casas, es la que lleva a cabo el conquistador. «Por consiguiente –dice el sacerdote dominico– hizo cosas en su gobernación que nos las hiciera más irracionales un hombre insensible mentecato. Destas sus cosas, no dignas de un hombre cristiano ni aun gentil racional, la historia dirá, de mucho, algo» (3: 198).

Para Las Casas, Pedrarias ya no es el descubridor, a quien se le pueden perdonar ciertas cosas, como por ejemplo a Cristóbal Colón. La ceguera que le imputa al Almirante no se le debe exonerar al gobernador. Por eso, Rolena Adorno, en su artículo «The Intellectual Life of Bartolomé de Las Casas: Framing the Literature Classroom» asegura que:

Para Las Casas, Cristóbal Colón no es ni héroe ni villano de su propia historia, sino más bien el caso ejemplar de un hombre que, como muchos otros, fracasa al no entender la seriedad de los intereses de la empresa en la que se ve envuelto, o las consecuencias a gran escala de sus más rutinarias decisiones (30).

Pedrarias tiene conciencia de lo que hace. Sin embargo, de lo que no tiene conciencia el furor Domini es de que, al exterminar a los indios, como narra Las Casas en el capítulo 63 del tercer libro, la maldad se le revierte por castigo divino. Masacrados los indios y despobladas las tierras de seres que jamás habían presenciado «disminución tan nunca oída del linaje humano» (3: 373), Pedrarias pasa hambre por la destrucción que él mismo provoca al convertirse en «verdugo de aquellas miserandas gentes» (3: 198).

Pero el gobernador, lejos de la fe cristiana y de Dios, insiste en obtener riquezas. La fuerza que lo mueve es el oro. Y es esta fuerza la que lo hará continuar su proyecto conquistador en Tierra Firme donde, según Las Casas, no gobernaba sino que «desgobernaba» (3: 415).

Sin embargo, a pesar del castigo de Dios que presupone Las Casas sobre Pedrarias –«veía que no ponía en cosa mano que no se le deshacía, puesto que no dejaba de recoger el oro robado y esclavos hechos tan contra de Dios y su ley, cuanto para sí aplicar podía; pero el ciego infeliz ser la causa de los reveses que padecía el mal estado en que él y todos los españoles que en aquella tierra estaban vivían, destruyendo aquellas innocuas gentes, no advertía» (3: 230)– el gobernador no se detiene.

En 1552, mucho antes de Historia de las Indias, la cual no llegó a publicarse sino hasta el siglo XIX, Las Casas publicó otra obra que tuvo un impacto inmediato: Brevísima relación de la destrucción de las Indias, cuyo objetivo había sido, desde 1542, cuando escribió un primer texto, persuadir a la Corona de que aboliera el sistema de encomiendas. Como era de esperarse, Pedrarias figura en este texto que alimentaría, más que ningún otro, la leyenda negra.

El año de mil y quinientos y veinte y dos o veinte y tres pasó este tirano a sojuzgar la felicísima provincia de Nicaragua, el cual entró en ella en triste hora…hízoles aquel tirano, con sus tiranos compañeros que fueron con él, todos los que a todo el otro reino [Castilla del Oro] habían ayudado a destruir, tantos daños, tantas matanzas, tantas crueldades, tantos captiverios e injusticias que no podría lengua humana decirlo (96).

Sobre la visión de Herrera y Tordesillas en cuanto a Pedrarias en Historia general de los hechos de los castellanos en las islas y tierrafirme del mar océano, cabe señalar que, nombrado cronista mayor a finales del XVI, tuvo acceso a la obra de Las Casas y a otras tantas. La edición madrileña de 1934 publicada por la Academia de la Historia, con prólogo y notas de Antonio Ballesteros, ofrece detalles al pie de la página de los capítulos que imitan la obra del sacerdote dominico y los demás textos, entre ellas historias (la de Francisco López de Gómara y la de Bernal Díaz del Castillo, por ejemplo), cartas y relaciones que utilizó para construirla.

André Saint-Lu, en su prólogo a la Historia de Las Casas asegura que:

No poco provecho sacó Herrera, como es sabido, de la rica mina de informaciones que así se le deparaba, y lo hizo con tanto desembarazo que llegaron algunos críticos a acusarle de plagiario… Por cierto que dejó a un lado muchos rasgos de crueldad en su relación de las conquistas, muchos abusos inherentes a la explotación colonial» (1: xlv-xlvi).

Irónicamente, vemos en los capítulos referentes a Pedrarias a un gobernador aislado de la corrupción que enfatiza Oviedo o de la ambición desmedida por el oro y las atrocidades que comete contra los indios por la cual Bartolomé de las Casas alza la voz. Herrera y Tordesillas, historiador de corte desvinculado de los acontecimientos, no ofrece juicios. A diferencia de Oviedo y Las Casas, historiadores que participan en los sucesos que narran, como sujetos y objetos, Herrera y Tordesillas ve la historia desde el tiempo y la distancia.

A lo más que llega es a «denunciar», por decirlo de alguna manera, la ejecución de Hernández de Córdoba por orden de Pedrarias:

En llegando a la ciudad de León, prendió a Francisco Hernández y le cortó la cabeza; cosa que dió mucho sentimiento a los amigos de Francisco Hernández, que negaban estar alzado, y afirmaba que cuando lo estuviera se defendería de Pedrarias, de manera que no le hubiera fácilmente a las manos (7: 356).

Nada habla de las masacres, los aperreamientos o ejecuciones ordenadas por el gobernador.

Pues bien, ante la imagen «corrupta», «viciosa» y «dañina» para el proyecto conquistador que muestra Oviedo, y ante el perfil «sanguinario» que Las Casas resalta de manera estremecedora, ¿dónde está la voz de Pedrarias, el antihéroe por antonomasia y la encarnación del mal para los historiadores nicaragüenses?

Andrés Vega Bolaños (1890 – 1986), autor de la Colección de documentos para la historia de Nicaragua, en la que presenta documentos extraídos del Archivo General de las Indias, nos ofrece siete cartas de Pedrarias dirigidas a Carlos V y una relación de las tierras descubiertas en Nicaragua.

En la primera carta escrita desde Castilla del Oro, con fecha del 7 de octubre de 1520, Pedrarias se defiende de la fama que lo persigue:

Muy humildemente suplico a Vuestra Majestad, pues desde que nací he servido a vuestra Corona Real y en esto tengo de vivir y morir, mande mirar allá por doña Isabel de Bovadilla mi mujer y mis hijos, y por mis cosas pues todo lo he desamparado para servir a Vuestra Alteza y como tengo escrito a Vuestra Majestad muchas veces, son otros mis servicios que las siniestras relaciones que de mí se han hecho… Suplico a Vuestra Sacra Majestad aunque yo no sea merecedor, cuando algo de mi se dijere se oído antes que condenado, tienen cargo de Justicia cuando la hacen no son bien justos de todos. Y cuando en estas tierras estamos tan lejos cada uno firma lo que quiere porque no se puede averiguar la verdad tan presto como se averigua en estos sus reinos» (1: 82).

Pedrarias en la contemporánea Nicaragua

Clemente Guido Martínez en su libro Pedrarias Dávila: primer gobernador de Nicaragua  1527-1531 (2011), es el primer historiador nicaragüense que remite directamente y sin rodeos a la antropofagia la condena y muerte de los 18 caciques aperreados (156). Su visión de Pedrarias, sin embargo, no presenta ninguna considerable diferencia con respecto a las de sus predecesores.

A finales del siglo pasado, siendo Guido Martínez director del Instituto Nicaragüense de Cultura, se dio a la tarea de buscar los restos de Pedrarias bajo el liderazgo de un grupo de arqueólogos. En el año 2000, entre las ruinas del altar mayor de la iglesia La Merced, en León Viejo, fueron encontrados dichos restos junto a los de Francisco Hernández de Córdoba,  identificados éstos por la ausencia de la cabeza. Ambos fueron exhumados y depositados en el Memorial de los Fundadores en la plaza de León Viejo.

Como fundador de las primeras ciudades nicaragüenses, a Hernández de Córdoba se le rindieron grandes homenajes y en su honor se dispararon veintiún cañonazos. Sin embargo, las autoridades nicaragüenses depositaron los restos de Pedrarias a los pies de su víctima. «Con esto hemos absuelto a Francisco Hernández de Córdoba –dijo entonces Guido Martínez– y a Pedrarias le hemos dicho que no es precisamente el tipo de gobierno ni de gobernante que queremos en Nicaragua» (Hilda Rosa Maradiaga C. «INC hará más estudios sobre restos de Pedrarias»).

Conclusiones

De los discursos coloniales aquí estudiados, el de Oviedo y el de Las Casas resaltan la diferencia del sujeto (productor de textos) con el «otro». Oviedo postula esta relación como personal, haciendo de Pedrarias su opuesto, un enemigo del «honor», un caballero que no muestra misericordia con los débiles indígenas ni con los principios de honestidad y verdad que deben regir las relaciones entre los caballeros o superiores.

Por su parte, Las Casas convierte a Pedrarias en notable ejemplo de los errores que plagan a los conquistadores. Para él, atenido a la legalidad y al derecho canónico, el problema consiste en que la Conquista se produce dentro de una secuencia equívoca, pues la conversión al cristianismo antecede a la transformación del «bárbaro» en súbdito del rey.

«Apoyándose en sus convicciones políticas y religiosas –dice Rolena Adorno–, Las Casas defendió el derecho a la soberanía de los indígenas tanto antes como después de aceptar el cristianismo» (28). Y así, la fuerza –herramienta principal del Pedrarias, extremada en la crueldad– siembra la irracionalidad pues se altera la cadena jerárquica del mundo cristiano: la de Dios sobre el rey y la de éste sobre sus súbditos.

La racionalidad cristiana de Las Casas muestra a su opuesto en el centro de lo mismo, del europeo (e incluye a Oviedo) cuya civilización, se supone desde el Renacimiento, es superior a las demás. No hay superiores entre los conquistadores. Dentro de la jerarquía de Las Casas, están prácticamente todos fuera de la ley, pues ya no están cegados como Colón y tienen conocimiento del lugar en el que se desatan sus excesos.

La fragilidad de los indios –tal como señala Adorno en «El sujeto colonial» (60)–  suprime la visión de Pedrarias como héroe de la epopeya, puesto que el indio no es propiamente enemigo, a diferencia del musulmán, sino aquél sobre quien el cristianismo puede expandirse. Sin embargo, Pedrarias defiende su obra como gesta ante el rey, transformando de este modo en una continuidad, una falta de diferenciación, su lucha musulmana y su conquista y gobierno en el Nuevo Mundo: todos son infieles para él. Tordesillas, por su parte, minimiza las crueldades de Pedrarias y la gesta redentora de Las Casas para construir una visión pro-activa y exitosa de la Conquista, creando una continuidad entre el rey y su Estado al otro lado del Atlántico.

La historiografía nicaragüense, que usa como guía principal a Oviedo, subraya la traición de Pedrarias con los suyos, convirtiendo a éstos en sujetos de mayor jerarquía que los nativos. Sin embargo, el «Monumento a la resistencia indígena» es un monumento donde se funden tanto lo que Adorno llama la lectura del testimonio indígena (la valentía de los aborígenes) como las lecturas que de Pedrarias llevan a cabo Oviedo y Las Casas.

La ausencia de Pedrarias en el monumento tiene su explicación, puesto que el texto que él ofrece sobre sí mismo no goza de credibilidad en Nicaragua. Ausente también está el hecho de que los perros eran soldados y Pedrarias su líder de guerra. Pues, como dice Oviedo, al perro «se le daba tanta parte como a un compañero en el oro y en los esclavos, cuando se repartían» (3: 211). A su vez, John Grier Varner y Jeannette Johnson Varner, en su libro Dogs of the Conquest nos aseguran que «“el mejor amigo del hombre” se desempeñó en la Conquista como un arma letal» (xiv).

Finalmente, el mismo gobierno nicaragüense que ordena levantar el monumento del aperreamiento, convierte a Pedrarias en el primero de una larga serie de dictadores del país, apropiándolo de este modo a la historia de Nicaragua.

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Obras citadas

  • Adorno, Rolena. «El sujeto colonial y la construcción cultural de la alteridad». Revista de crítica literaria latinoamericana, 14.28 (1988): 56-68. Impreso.
    —. «TheIntellectualLife of Bartolomé de Las Casas: Framingthe Literature Classroom».Approaches to Teaching the Writings of Bartolomé de Las Casas.The Modern Language Association of America, New York, 2008.Print.
  • Arellano, Jorge Eduardo. Historia básica de Nicaragua. 2 vols. Managua: Fondo Editorial CIRA, 1993. Impreso.
  • Bolaños, Andrés Vega. Documentos para la historia de Nicaragua. 17 vols. Managua: Colección Somoza, 1954. Impreso.
  • Gámez, José Dolores. Historia de Nicaragua. 2ª ed. Managua: Fondo de Promoción Cultural Banic, 1993.Impreso.
  • Grier, Varner, John, and Jeannette Johson Varner.Dogs of the Conquest. Oklahoma: University of Oklahoma Press, 1983. Print.
  • Herrera y Tordesillas, Antonio de. Historia general de los hechos de los castellanos en las islas y tierrafirme del már océano. 18 vols. Madrid: Academia de la Historia, 1934. Impreso.
  • Las Casas, Bartolomé de. Brevísima relación de la destrucción de las Indias. México: Ediciones Cátedra, 1988. Impreso.
    —. Historia de las Indias. 3 vols. Caracas: Biblioteca Ayacucho, 1986. Impreso.
  • Maradiaga C., Hilda Rosa. «INC hará más estudios sobre restos de Pedrarias». La Prensa. Web. 29 may. 2000.
  • Martínez, Guido Clemente. Pedrarias Dávila: primer gobernador de Nicaragua 1527-153. Managua: Alcaldía de Managua, 2011. Impreso.
  • Matus, Federico, Ricardo Gómez, Alberto Torres, Sócrates Martínez y EdiluzTellería. Monumento a la resistencia indígena. 2001. León Viejo.
  • Mignolo, Walter. «Cartas, crónicas y relaciones del descubrimiento y la conquista». Historia de la literatura hispanoamericana, Tomo I. Madrid: Ediciones Cátedra, 1982. Impreso.
  • Myers, Kathleen Ann. Fernández de Oviedo’s Chronicle of America: A New History For a New World. Austin: University of Texas Press, 2007. Print.
  • Oviedo, Gonzalo Fernández de. Historia general y natural de las Indias. 5 vols. Madrid: Biblioteca de autores españoles, 1959. Impreso.
  • Torrez A., Joaquín. «Inaugurado monumento a Resistencia Indígena». El Nuevo Diario. Web. 17 jun. 2001.

 

*Todas las traducciones de este estudio han sido hechas por su autor.

 


Roberto_Carlos_PerezROBERTO CARLOS PÉREZ (Granada, Nicaragua, 1976). Músico, narrador y ensayista. Estudió Música en Duke Ellington School of the Arts y se licenció en Música Clásica por Howard University, en Washington D. C. Además es máster en Literatura Medieval y en los Siglos de Oro por Maryland University. Producto de sus investigaciones son los ensayos aparecidos en revistas nacionales e internacionales. Es autor del libro de cuentos Alrededor de la medianoche y otros relatos de vértigo en la historia (2012). Ha sido incluido en las antologías Flores de la trinchera. Muestra de la nueva narrativa nicaragüense (2012) y Un espejo roto (2014). Su cuento «Francisco el guerrillero» fue traducido al alemán y apareció en la antología Zwischen Süd und Nord: Neue Erzähler aus Mittelamerika (2014). Es también editor del libro en homenaje al poeta mexicano José Emilio Pacheco: José Emilio Pacheco en Maryland (1985-2007) y de la edición crítica de la novela El vampiro (1910), de Froylán Turcios. Roberto Carlos Pérez es miembro colaborador de la Academia Norteamericana de la Lengua Española.