Claribel Alegría: “Último salto” (poesía)

Una breve muestra de la poesía esplendorosa de la nicaragüense y salvadoreña Claribel Alegría, Premio Reina Sofía de España 2017.

Claribel Alegría
Introducción y selección de Jorge Ávalos
La Zebra | #24 | Diciembre 1, 2017

I. Introducción

Figura consular de la intelectualidad centroamericana, poeta de dos países —Nicaragua y El Salvador— y puente literario entre dos mundos —el de la literatura latinoamericana en Español y la literatura en inglés en los Estados Unidos—, Claribel Alegría fue galardonada en noviembre de 2017 con el Premio Reina Sofía de España.

Clara Isabel Alegría Vides nació en Estelí, Nicaragua, en 1929, hija de Daniel Alegría, un médico nicaragüense, y de Ana María Vides, salvadoreña. Creció en Santa Ana, El Salvador, y recibió su educación superior en Filosofía y Letras en la Universidad George Washington entre 1943 y 1948. Fue allí donde conoció y tuvo como mentor literario a Juan Ramón Jiménez, a quien quizás le debe el aura de prístina claridad e inmanencia de su lenguaje poético (según su propio testimonio, su seudónimo fue acuñado por el gran intelectual mexicano José Vasconcelos, y no por Jiménez, como se suele suponer).

Claribel vivió durante muchos años en los Estados Unidos, donde contrajo nupcias con un escritor y diplomático norteamericano, Darwin J. Flakoll, su único amor y quien se convirtió en un importante colaborador literario, tanto en su trabajo crítico de antologías y traducciones, como en obras periodísticas y en su más conocida novela, Cenizas de Izalco (1964, finalista del Premio Biblioteca Breve de Seix Barral, Barcelona, España). Esta novela histórica se ganó la admiración de Carlos Fuentes, que escribió: “Trabajo muy bien en Europa, me renuevo, veo a muchos amigos queridos. En París, desde luego… a Claribel Alegría y Bud Flakoll, cuya novela, Cenizas de Izalco, es de un interés fuera de lo común: escrita al alimón por una salvadoreña y un norteamericano, logra integrar una original historia de amor, de encuentro y rechazo, entre una mujer y un hombre de esas nacionalidades.” (Carlos Fuentes, Carta a Arnaldo Orfila, París, abril 6, 1966).

Claribel fue una importante promotora de la literatura latinoamericana en los Estados Unidos, y todavía queda por ser estudiado el extraordinario impacto que tuvo su pionera antología New Voices of Hispanic America, realizada con Darwin Flakoll, y que ya en 1962 tradujo e introdujo a los autores que más tarde serían reconocidos como las grandes figuras del Boom literario, el cual, con obras de gran talento, tomaría la atención del mundo por asalto: Juan Rulfo, Gabriel García Márquez, José Donoso, etc. Aunque ha escrito obras importantes en periodismo (Somoza: expediente cerrado, 1993), y ficción (El detén, novela, 1977; y Luisa en el país de la realidad, un álbum de cuentos y poemas vinculados por un solo personaje, 1987), el concenso crítico es que su contribución más importante a la literatura está en la poesía, cuyo corpus se extiende en más de 30 libros, y la cual ha sido traducida a numerosos idiomas.

A diferencia de los que opinan que la importancia de la obra de Claribel radica en su compromiso político y, por lo tanto, en los poemas que abordan temas políticos, yo creo que su mejor poesía ocurre allí donde su voz muestra los rasgos más puros de su personalidad poética y nos ofrece imágenes precisas de sus vivencias más íntimas. Negar la importancia de su voz de mujer —por lo que nos muestra desde su condición social como mujer en el siglo XX— significaría negar la mayor riqueza de esa visión tan oblicua como subjetiva que tiene Claribel de la realidad, la cual parte desde dentro de la filigrana de la vida cotidiana, y que es una perspectiva que los poetas hombres del siglo XX muy rara vez reconocen. En esta diferencia radica, creo yo, su mayor fuerza y originalidad.

Esta brevísima selección de sus poemas, por lo tanto, no es exhaustiva ni representativa. Más bien quiere acercarnos a esa voz más pura de Claribel, la que nos llega desde el sesgo luminoso del amor y que a mí se me antoja, después de tres décadas de leerla, su voz más auténtica y necesaria.

II. Poemas de Claribel Alegría

Carta al tiempo

Estimado señor:
Esta carta la escribo en mi cumpleaños.
Recibí su regalo. No me gusta.
Siempre y siempre lo mismo.

Cuando niña, impaciente lo esperaba;
me vestía de fiesta
y salía a la calle a pregonarlo.

No sea usted tenaz.
Todavía lo veo
jugando ajedrez con el abuelo.
Al principio eran sueltas sus visitas;
se volvieron muy pronto cotidianas,
y la voz del abuelo
fue perdiendo su brillo.
Y usted insistía,
y no respetaba la humildad
de su carácter dulce
y sus zapatos.

Después me cortejaba.
Era yo adolescente
y usted con ese rostro que no cambia.
Amigo de mi padre
para ganarme a mí.

¡Pobrecito el abuelo!
En su lecho de muerte
estaba usted presente,
esperando el final.
Un aire insospechado
flotaba entre los muebles.
Parecían más blancas las paredes.
Y había alguien más;
usted le hacía señas.
Él le cerró los ojos al abuelo
y se detuvo un rato a contemplarme.

Le prohíbo que vuelva.
Cada vez que los veo
me recorre las vértebras el frío.

No me persiga más,
se lo suplico.
Hace años que amo a otro,
y ya no me interesan sus ofrendas.

¿Por qué me espera siempre en las vitrinas,
en la boca del sueño,
bajo el cielo indeciso del domingo?
Sabe a cuarto cerrado su saludo.

Lo he visto con los niños.
Reconocí su traje:
el mismo tweed de entonces
cuando era yo estudiante
y usted amigo de mi padre.
Su ridículo traje de entretiempo.

No vuelva,
le repito.
No se detenga más en mi jardín.
Se asustarán los niños
y las hojas se caen:
las he visto.

¿De qué sirve todo esto?
Se va a reír un rato
con esa risa eterna
y seguirá saliéndome al encuentro.
Los niños,
mi rostro,
las hojas,
todo extraviado en sus pupilas.
Ganará sin remedio.
Al comenzar mi carta lo sabía.

Dans le métro

Luces indescifrables
y yo las dejo atrás.
Te vi bajar.
Me buscaste un instante
con ojos extraviados.
“¿Y tu encargo,
qué hacer?”
Se vuelven todos a mirarme,
a dejarme aplastada en el asiento.
Nada que ver de mi ventana.
Cabos de cigarrillo por el suelo,
zapatos despuntados,
la vache qui rit.
Olores a vino
y a cebolla,
a vida a fuego lento;
el moroso hervor de los recuerdos,
los deseos que arañan.
En aquella estación de muros blancos,
de muros antisépticos
y blancos.
Por la ventana inútil
un reflejo me acecha.
Ya es más real que tu memoria
y tan inútil.
Me dijiste qué hacer,
me lo explicaste:
tu mirada de aceptar tus caracoles,
mi multitud de asombros,
mis preguntas.
Conversaciones sueltas
me distraen,
frases ajenas,
rostros con ojos como dientes
defendiendo su espacio.
Por tu ventana abierta
chillaban pájaros negros.
La lluvia,
pájaros negros,
desechos de voces roncas.
“Despejen”, gritaste,
“despejen”,
buscándome con ojos extraviados.
Comprendí.
Creí que comprendía.
Por una reja de aire
te escapaste.

Amor

A Bud

Todo lo que amo
está en ti
y tú
en todo lo que amo.

Salí a buscarte

Salí a buscarte
atravesé valles
y montañas
surqué mares lejanos
le pregunté a las nubes
y al viento
inútil todo
inútil
dentro de mí estabas.

Erzuli

(Diosa de las prostitutas en el Caribe)

Se habla de un solo amor
como lo más sublime.
¿Cómo ser tan mezquino?
Nos concedieron un tiempo limitado
y otro más limitado para amar.
Cuando termina el éxtasis
es hora de otro amor
de aprender cosas nuevas
en los pasos antiguos
repetir las palabras
con un sentido fresco
escuchar en tu sangre
el tam tam de los tambores
encontrar magia inédita
en todo lo que has dicho.
¿Por qué dejar
que el amor se deteriore?
Con cada nuevo encuentro
hay un nuevo comienzo.

Poesía

Mi camino eres tú
yo soy tu espejo.

Último salto

Te llevo, muerte, a mi costado
desde el momento en que nací.
A través de los años
aprendí a no temerte
a ser tu amiga
revolotea tu aliento
en mis cabellos
escucho tu voz queda
en el viento que pasa.
¿Qué sentiré sin ti?
No hay muerte donde voy
ese último salto,
descarnada,
debo darlo yo sola.