Salarrué: “Neuma” (ficción)

Un cuento navideño del famoso autor salvadoreño, de una colección nunca publicada, “El libro más bello del mundo (Cuentos de Nueva York)”.

Salarrué
Ilustración de Choco Santos
La Zebra | #24 | Diciembre 1, 2017

El hombre alto y delgado, vistiendo un jacket de cuero marrón, sin sombrero ni bufanda, llevó casi a la fuerza a la joven bonita que le acompañaba hasta la vitrina cuadriculada de aquel thrift shop y limpiando con cuidado un buen trozo de vidrio brumoso con su mano enguantada indicó con el índice y dijo:

—¿Ves aquella muñequita descolorida, la segunda en la línea? Esa es.

La tienda era un thrift shop de tercera clase en la parte alta de la 2ª Avenida; la noche temprana y fría, bastante aventada, menos de una semana para el día de Navidad. El hombre podía haberse identificado sin dificultad por un artista: un pintor, un escultor, un músico o un poeta… tal vez un actor de televisión en alguna estación de la barriada. Dos negros jóvenes discutían en voz baja dentro de un viejo carro parqueado casi enfrente. Pararon de hablar y estuvieron escuchando lo que el hombre decía a su compañera del sobretodo con piel.

—No entiendo cómo puedes interesarte por una muñeca tan fea —dijo la mujer—. Hacerte de un pedazo de basura cuando podrían comprarle una muñequita barata y limpia en algún almacén. Es ridículo, Charlie, realmente eres un excéntrico muy excéntrico.

—Pero… ¿no entiendes? —dijo él—. La niña es sumamente pobre, nunca ha tenido un juguete caro, al menos una muñeca y estoy seguro de que ella escogería esa entre mil por ser tan humilde, precisamente… Nunca hallaría natural poseer una mejor. Esta es la propia muñeca que la hará feliz.

Ambos negros se miraron el uno al otro con vaga sonrisa.

—¿Por qué hacer las cosas peores? —dijo la mujer—. La nariz está aplastada como si un ratón se la hubiera mondado y le faltan algunos dedos en las manos… Y el delantal, ¡cielos!, si es una pura porquería.

—Así es —dijo él—, eso solo la hace la muñequita que ella adorará.

Se inclinó más, limpiando el vidrio de nuevo para ver mejor, sonriendo su sonrisa a medias de tristeza a medias de contento.

—Vendré mañana a esta misma hora y la compraré. Me hace feliz, Edna mi buena amiga, muy feliz, será una gran Navidad para la pequeña Turnia.

Del brazo y enfrentándose al fuerte viento siguieron por la acera, doblaron la esquina hacia el este y se perdieron de vista.

La curiosidad trajo a los dos negros espectadores de aquella simple escena hacia la vitrina y ambos se quedaron viendo la muñeca (2ª en línea) y empezaron a hablar excitadamente de ella. Minutos más tarde, entraron a la tienda y fueron directamente a la ventana donde las cinco o seis muñecas estaban alineadas y al alcance de la mano. Las examinaron una por una mirándoles el precio. La segunda valía 45 centavos y no solo le faltaba la nariz, sino que estaba quebrada de una rodilla, el delantal manchado miserablemente con algo que pudo ser grasa de sopa o aceite. El precio de 45 centavos era verdaderamente un robo. En realidad no valía nada, un objeto que pudo recogerse en cualquier cajón de la basura. Estuvieron manoseando la muñeca por largo rato pero no la compraron. Finalmente, poniéndola en su sitio salieron de la tienda.

La anciana que estaba detrás del mostrador y que había estado espiando a los negros con un ojo mientras conversaba con otra mujer, se acercó a las muñecas, las contó varias veces y luego reanudó su cháchara con la cliente.

Pero esta parte de nuestra historia es solamente un eslabón entre otros dos eslabones; podríamos decir un eslabón de cobre entre dos de oro. Hay oro y hay oro: el primero lo era de dinero y el último uno de fantasía y amor, por muy excéntrico que lo fuera. Charlie, después de todo, no era un artista exactamente, era un simple “dilletanti”, un rico excéntrico cuya única expresión creadora consistía en cierta manera poética nunca escrita pero sí vivida intensamente en su imaginación. Inventaba caprichosas ideas que usualmente dejaba vagar en el mundo de las ideas, pero, ocasionalmente incorporaba estas fantasías al mundo de la acción. Tenía, a no dudarlo, un buen sentido del humor, aquel humor delicado de lágrima en una esquina de la sonrisa.

Tal era el caso que nos ocupa de la muñequita desarrapada. Turnia era (por supuesto) solo una niña imaginaria, un personaje escapado del limbo de sus cuentos nunca narrados ni escritos. El único objeto real de esta fantasía era Neuma, la muñeca proletaria, y como él lo asegurara iría a comprarla al día siguiente al tenducho aquel, para la supuesta niña huérfana.

Puedo asegurar a ustedes que Charlie era en verdad mucho más poeta de lo que sus amigos le hubieran concedido. Hasta quisiera retirar (si ustedes me lo permiten) el adjetivo de “dilletanti” que antes usé para describirle, porque… ¿por qué habría de ser la poesía sólo cuando está escrita? La poesía puede serlo también cuando uno mira aquella belleza que parece inexistente. Ver, por ejemplo, una cosa maravillosa en una infeliz muñeca de 45 centavos, sucia y rota por añadidura; tomarla con cuidado y cariño y llevarla con él para una supuesta chiquilla desheredada, seguro de haber encontrado un verdadero tesoro, una pieza preciosa, una joya para su museo privado de objetos emotivos, de mágicas cosas donde la muñequita rota (bautizada ya con el nombre de Neuma) estaría tal vez por largo tiempo como “la muñequita de Turnia”, iluminada por lámparas de exquisito buen gusto y aspirando el aire puro de una sala rica.

Por supuesto, fiel a su palabra, Charlie llegó la tarde siguiente al thrift shop de la 2ª Avenida y compró la maltrecha muñeca (segunda en la fila) pagando los 45 centavos sin reparar (aparentemente) en la mirada obtusa de la vieja vendedora intrigada por el hecho no muy corriente de que un hombre tan hermoso y bien trajeado viniera hasta este tugurio para adquirir un juguete tan misérrimo.

Y así fue como Neuma salió al fin del tenducho para su extraordinario viaje por el mundo de los sueños.

Una historia de Navidad es, por lo general, una donde alguien, por ser bueno, obtiene su justo premio, ya sea con la intervención de un hada, de un ángel, del Niño Dios o de Santa Claus. ¿No es verdad?… Bien, en esta historia que nos ocupa algunas personas serán premiadas (es de esperarse que así sea) mas no el personaje central de la misma, la pobre Neuma, la pequeña e inofensiva muñeca de arrabal. Como se verá, su modestia y bondad potenciales no merecieron (de acuerdo con las extrañas normas del Destino) recompensa alguna; por lo contrario, todo lo que consiguió la pobre fue un tremendo porrazo en la cabeza, dado contra un muro, feneciendo “in continenti” todo lo que una muñeca puede fenecer. ¿Por qué sucedió tal cosa? No me lo pregunten ustedes. Las cosas pasan así de pronto en este mundo incomprensible. La Justicia es a veces ¡tan injusta!… al menos en apariencia, pues, de sabios es entender que cada cosa y cada ser está sujeto a una ineluctable Ley de Causa y Efecto correctora de errores y perfectamente equitativa, lo parezca o no. Además, hay también un punto tragicómico en el que la Ley del Destino corta, coincide o choca con la Ley del Estado y por ello (por muy absurdo que resulte) aquél que hizo estallar la cabeza gomosa y despeinada de nuestra muñequita contra la pared no fue un ladrón y asesino, como podría lógicamente suponerse, ni un borracho o un loco exasperado, sino un honorable, respetable e imponente oficial de policía del cercano Distrito Policíaco y en la propia noche de Navidad, para que más nos apene. Pero todo esto merece, necesita o reclama una explicación sucinta y vamos a darla en seguida.

Sí…, ustedes han adivinado correctamente: los dos fornidos negros eran dos hombres de buen corazón, dos humildes y adocenados ladronzuelos de Dios quienes tenían negros sus cuerpos, por complejas razones biológicas, pero cuyas almas eran blancas igual que todas las almas sin segregación posible.

Ese mismo día habían perpetrado (acaso por falta de meditación y cálculo) un pequeño asalto a mano armada en una tienda al lado opuesto de la ciudad, asalto que rindiera acaso una suma muy superior a la deseada o esperada, la no tan mínima suma (relativamente hablando) de seiscientos cuarenta y tres dólares con cincuenta y siete centavos, redondos… no tax

Después de escapar hasta el lado oriental del burgo en su destartalado carro Ford, se habían estacionado y deliberaban los pasos a seguir allí donde la excéntrica actitud y proyecto de Charlie distrajo sus almitas temerosas y contentas a la vez. Desviaba su atención, antes inquieta por causa de aquella fuga incompleta (como toda fuga), el deseo expresado por un extraño señor, de comprar para una niña pobre una pobre muñeca. Tal vez la pobre niña amiga era, además y casi seguramente, una negrita.

Por favor, excusen ustedes la blandura de estos dos ridículos ladrones pensando que, después de todo, era tiempo de Navidad, que acababan de hacer “un buen trabajo” (dentro de las normas de su oficio), que habían logrado escapar sin escándalo, que el producto era cuantioso y que la posesión exclusiva de él caldeaba el corazón con una grata soflama de contentura.

Aquel de los negros que tenía el corazón más blando, sugirió al compañero una idea originalísima desde cualquier punto de vista, digna de Gaspar o Baltazar, para no decir de Melchor: ir al thrift shop y en un descuido de la tendera, esconder dentro de la muñeca (2ª en la fila) cierta parte mínima del botín obtenido por ellos, para que cuando la pobre niña la quebrara (siempre los chicos quiebran más tarde o más temprano sus juguetes) se encontrara una niña rica y feliz.

El otro negro no le iba en zaga en cuanto a corazón pero sí en cuanto a cerebro, por lo cual convino en que escondieran en la muñeca no más de cien green bucks y era más que suficiente para hacer rica en verdad a una chica tan miserable. Además… (dudaba él) podría perderla en algún rincón o dejarla en algún trasto de basura antes de quebrarla, con lo que ella y ellos perderían aquella no despreciable tajada del tesoro.

Manoseando la muñeca hallaron la manera de esconder el susodicho tesorito dentro de la cabeza, alzando con las uñas la peluca. La bola de billetes de a 10 era regular pero encajaba apretadita y todo bajo la despeinada cabellera de Neuma. Y la muñeca guardó su secreto sin esfuerzo, no estornudó, ni gimió ni dijo nada… Mirando al vacío salieron de la tienda dejando a Neuma donde estaba: sucia, descolorida, resquebrajada y atipujada la cabecita de dinero.

Al día siguiente llegaron a estacionarse en la misma esquina y desde el interior del carro observaron la llegada de Charlie y cómo, sin regateo alguno, adquirió la muñeca. La calle era de sentido único, estando a su favor, por lo que, sin dificultad, siguieron despacio al extraño personaje de generoso corazón. Charlie cruzó luego a la derecha y desapareció.

Seguros de que había entrado en una alta casa de apartamentos en York Avenue, uno de los negros dejó el carro y penetró al lobby. Charlie estaba allí conversando con el portero de turno, mientras sostenía en una mano la muñeca. Luego, guardándosela en el bolsillo de su jacket, se fue hacia el elevador y se perdió de vista.

El negro se acercó al portero y preguntó:

—¿En cuál apartamento vive Mr. Charlie, el señor que acaba de subir?

—Apartamento 10-D. ¿Quiere subir?…

—Volveré en seguida —dijo el negro. Tal vez va a cenar ahora…

—¿Quiere dejar algún recado?

—No —dijo— ya volveré más noche. Y salió saludando con la mano en alto.

Pocos días después, la policía cogió a los dos negros. El dinero había sido gastado casi totalmente… “Excepto lo que escondimos en la cabeza de la muñeca…”. Los agentes no entendían. Aceptaban la frase en un sentido metafórico: posiblemente alguna amante que se diera el lujo de un permanente o comprara algunos atavíos de última moda.

Cuando uno de los negros llegó al apartamento 10-D, acompañado de un policía, Charlie estaba allí para su gran sorpresa.

El negro señaló inmediatamente a Neuma sentadita inocentemente en una repisa, entre una cabra de porcelana y caracol Yelmo del Rey.

—Allí está —dijo— ¡la muy sesos de plata!

El agente tomó la muñeca con su enguantada mano. Con los dedos de la otra despegó un poco la peluca enmarañada y advirtiendo el relleno de billetes de banco, con un solo golpe seco contra la pared, abrió la cabeza de Neuma haciendo saltar el dinero en todas direcciones.

Charlie había protestado por tan extraña visita sin poder contenerla. No podía entender tan misterioso comportamiento, y aquella cabeza llena de billetes de banco lo había dejado verdaderamente pasmado. Muchas palabras airadas se cruzaron entre todos. Por fin el agente salió llevándose al negro, el dinero y la muñeca (esto es, lo que de ella quedaba) por la cual dejó un recibo provisional pergeñado a prisa sobre un pedazo de papel.

Charlie lo entendió todo a medias no más, como en un sueño extraño. Cerró por fin la puerta, tomó asiento en una esquina del diván y después de reflexionar un buen rato, en melopea de lejanos Jingle Bells navideños, lloró algunas lágrimas furtivas en su pañuelo azul.

—Neuma… —se dijo—. Neuma, ¡pobre muñequita millonaria de 45 centavos, te he perdido para nunca más!…

 


SALARRUÉ (1899-1975). Pseudónimo de Salvador Salazar Arrué, pintor y narrador salvadoreño, reconocido en vida por sus innovadores e influyentes cuentos costumbristas, en especial los reunidos en las colecciones Cuentos de barro (1932) y Cuentos de cipotes (1945), considerados clásicos. También exploró una veta de ficción fantástica al estilo de Lord Dunsany, en los libros O’Yarkandal (1929) y Remotando el Uluán (1932). Su novela breve El Cristo Negro (1927) es una obra maestra, una distinción que no alcanzó con sus otras tres novelas. En El Libro Desnudo y en Íngrimo (ambos publicados en 1969 como parte de su obra selecta), experimentó con una variedad de relato fantástico en el que se mezclan reflexión filosófica, surrealismo poético y un sofisticado humorismo lingüístico. Al margen del costumbrismo, escribió cuentos realistas y fantásticos que anticipan el realismo mágico, pero que no adquirieron mayor reconocimiento debido a que los publicó en colecciones misceláneas y desiguales que reunían relatos, ensayos y crónicas. Su primer libro, El libro más bello del mundo (Cuentos de Nueva York), permanece inédito.