José Adán Castelar, hijo: “La nueva vida del poeta” (memoria)

El hijo del poeta hondureño José Adán Castelar —quien falleció a los 76 años en la víspera de la navidad de 2017— conmemora a su padre en esta emotiva despedida.

José Adán Castelar, hijo
La Zebra | #25 | Enero 1, 2018

Murió como vivió, por la fuerza del corazón. Decía que viviría sólo diez años más y nosotros nos enojábamos. Tal vez él, acostumbrado a rastrear el alma y a registrar los afectos, algo presentía. Pero la muerte, siempre enamorada y presurosa, vino antes para marcarnos las navidades: un infarto, dos; difícil quien se resista, y nos ha dejado sin poeta.

Queda su recuerdo con un libro en la mano al lado de la ventana, buscando la luz, como árbol. Eso fue hace tiempo, cuando desde la infancia no distinguíamos que era poeta, solo papá. A veces leía y escribía de pie, a mano; acumulaba un fólder tras otro repletos de textos manuscritos, titulados con una letra indescifrable, como de alambre, y luego en la firma se adivinaba el José Adán Castelar.

Algunas fotos se aplastaban bajo un vidrio con una esquina rota en el escritorio: un joven Castelar posando en blanco y negro como para pasaporte; otra junto a García Márquez y Rigoberto Paredes en un viaje; el recorte de un verso de César Vallejo; y alineando en la cancha con uniforme sesentero y un pesado balón color cuero. Le preguntábamos si había jugado fútbol y decía que por supuesto, que tenía una zurda… nunca pudimos comprobarlo; también lo había intentado con el sóftbol.

Su otra ocupación era la medicina, comenzó joven en el hospital Vicente D’Antoni haciendo de todo, hasta que le encargaron un dispensario médico cerca de La Ceiba, en medio de piñeras.

Al final de la jornada se quedaba entre analgésicos, antipiréticos, antisépticos, jarabes, pomadas y pastillas, para leer y escribir un rato. Más tarde subía a la segunda planta, donde vivíamos; dejó la habitación más grande para su biblioteca. Huíamos de sus inyecciones, decíamos que tenía la mano pesada, mejor con su pluma que con las jeringas.

Sus amigos poetas, pintores y músicos lo convencieron de que no podía seguir poetizando entre las fronteras del mar y el imponente Pico Bonito, que se viniera para Tegucigalpa, y él, que no se lo dijeran dos veces; en un camión cupo todo el menaje y el perro, y dale para la capital. Le aceleraron la vida y las publicaciones, las presentaciones, las lecturas, las tertulias, las cervezas. De esto hace 32, casi la mitad de su vida.

Lo habitaban las preocupaciones de siempre, que reflejaba en su poesía militante: la pobreza inaceptable de los hondureños, la injusticia como forma de vida, la desigualdad artificiosa, las vejaciones inconmensurables; también pueblan sus libros el amor desprejuiciado, la amistad irreprochable, la libertad, el aire, el mar y esas cosas que solo los poetas saben cómo se llaman.

Fue, sin pretenderlo, maestro de muchos, sobre todo de jóvenes sedientos de letras, que buscaban nerviosos la aprobación, el consejo, de aquel poeta incapaz de gritar y de decir que no. También vinieron los músicos y le pusieron melodía a sus versos y los cantan. Llegaron los pintores y lo plasmaron en lienzos de colores.

El poeta no murió, sobrevive en su luminosa obra, en nosotros, en sus amigos, en la lucha popular; solo ha cambiado de vida, tiene nuevos vecinos en el cementerio, silenciosos como él, y pronto se hará querer, como hizo acá entre nosotros. Sobre todas las cosas, es una buena persona, generoso, no aprendió a odiar ni a hablar mal de nadie.

Ya no podrá leer nuestras notas y comentarlas, pero iremos a verlo para contarle. Estaría feliz de saber que su nuevo hábitat tiene vista a la montaña y que la carretera de en frente va hacia el mar.

 


JOSÉ ADÁN CASTELAR, hijo (Honduras, 1966). Periodista y presentador de televisión. Hijo del poeta hondureño del mismo nombre, José Adán Castelar. Es también columnista de El Heraldo, donde se publicó originalmente esta columna.

En la fotografía aparecen el poeta José Adán Castelar y su hijo, del mismo nombre.