Fabricio Estrada: “José Adán Castelar en mi memoria” (crónica)

¿Cómo defendemos la dignidad del poeta ante la historia? Con la memoria. He aquí la prueba de que Castelar, desde su poesía, mantuvo una postura crítica hacia el poder hasta sus últimos días.

Fabricio Estrada – textos y fotografía
La Zebra | #25 | Enero 1, 2018

I

Transcribo los poemas del Maese Castelar con Puccini de fondo y es a él a quien escucho cantar. Siempre lo hace. Eleva su aria cuando está feliz, cuando siente que la poesía se ha posado entre el corillo de quienes lo escuchamos. Es su poesía lo que él es, no se puede distinguir dónde comienza cada espacio de su ser preciso y humano.

El Maese Castelar fue el primero de los poetas dispuestos a trasladarnos su conocimiento poético en Casa Tomada. Recuerdo que Pepe Luis nos dijo: “Este próximo sábado el poeta José Adán Castelar vendrá al taller a darles una ponencia sobre la poesía hondureña, así que vengan sensiblemente preparados”. Mi ansiedad era insostenible a la vez que tecleaba durante la semana entera sobre mi calculadora de asistente de contabilidad.

¡El poeta Castelar nos hablará de poesía!, me decía ahí mismo y las cuentas salían erradas, y repasaba mis poemas para ver cuál podía llevar para que me revisara.

El sábado llegó. Un sábado de 1993 en Café Paradiso, cuando éste quedaba donde ahora se encuentra la Librería Navarro. El poeta estaba ahí con unas anotaciones, junto a la ventana, y nosotros le rodeábamos en un silencio expectante. Comenzó por Juan Ramón Molina y fue él quien nos reveló a Merren y a Pompeyo del Valle.

“La poesía es misterio”, nos dijo, “Nunca olviden que todo misterio debe ser profanado”.

Y salimos de esa tarde a celebrar donde nos agarrara el viento, porque Adancito —como cariñosamente seguimos diciéndole— nos había revelado el desenfado y la elegancia en el verso, la lectura de Seferis y de Ungaretti y, además, me había aceptado un poema que luego publicaría en el diario para el cual escribía. Mi primer poema publicado estuvo en sus manos. Fue él quien me hizo ir a comprar el diario como si me hubieran mandado una carta que todos leerían.

Seguimos viéndonos cuando lo trae el viento, y las anécdotas son tremendas como las profundas carcajadas con que celebra su honestidad y descubrimientos. Cuentos, poemas, ensayos, poemas, ensayos, cuentos… los tiene por cientos este poeta inagotable que ha sido cantado por nuestros trovadores en los momentos más urgentes a los que él jamás ha renunciado.

Desplegada bandera del mar, Adancito pasa de mano en mano desde siempre. Un clásico vivo que arremete con dulzura contra la oscuridad, como un escribiente chino que se confunde en la Plaza Roja y luego aparece en su Ceiba natal hecho luz desgarradora pero, también, felicidad espléndida en nuestras letras.

Julio 6, 2015.

La poesía es misterio. Nunca olviden que todo misterio debe ser profanado.
José Adán Castelar

II

País de nadie, habitación de sueños.
Más que respuesta, pregunta.
J.A. Castelar

Era el final de la tarde de un diciembre de 1994. Viernes. Le escribí una carta al poeta Castelar y en ella un poema sobre los desaparecidos. Los restos del estudiante Nelson Mackey habían sido recuperados luego de dos años de su secuestro por la aún en funcionamiento maquinaria militar de los años 80. Le escribí con la enorme expectativa de escribirle a un grande vivo y la emoción era la misma de meses antes, cuando en el Taller de Poesía Casa Tomada, el poeta había asistido a darnos una charla sobre la poesía hondureña, gracias a la invitación que le hizo el también poeta y Maese José Luis Quesada.

En 1987 leí por primera vez un poema de Castelar. El profesor Vargas, que nos daba la materia de Español, reforzaba su cátedra en el colegio de Sabanagrande con nociones sobre Derechos Humanos y, entre los materiales que nos repartía en forma de boletines, venía un poema que me dio el campanazo interior para que, por igual, iniciara ya a buscar la vida. No era para menos entonces, que al escribirle y escucharlo a mis 20 años, mi alegría tuviera un enorme sentido reverencial por la memoria poética que me había llevado a estar ante él y su serena sabiduría. El mismo que me respondió la carta era el mismo que nos repetía los nombres de la poesía en Paradiso, así como el sacerdote maya de Monterroso. Adancito repetía uno a uno los deslumbrantes versos que hicieron nuestro tiempo en una Honduras que adquiría en sus palabras dimensiones universales.

Me lo encontré en la calle la semana siguiente.

“Poeta —le dije con suavidad—, le dejé una carta en Paradiso ¿se la entregaron?”.

Él me quedó viendo con una sonrisa enorme que luego se eclipsó.

“No, no —me respondió—, no me han dado nada; sólo me llegó un poema que me mandó un señor de nombre Mauricio…”

“Soy yo”, le dije, y él, luego de quedar unos segundos calibrando sus lentes ante aquel flaco y tímido ser que era yo, estalló en su proverbial risa de Li Po.

“Caramba, ¡yo pensé que quien me escribía era alguien mayor! Sí, sí, leí tu poema y va a ser publicado el sábado en el periódico. Buscalo y… ¡Tenemos que seguir hablando!”

Vi cómo se iba por la acera que bordea el palacio episcopal, con una lentitud que luego entendí como su forma de ralentizar el paso de las cosas más bellas y breves del día.

Llegó el sábado, y ahí estaba el poema. Por primera vez yo era publicado, por primera vez miraba mis versos en letra impresa. “Limpien los huesos”, ese era el título del texto y desde entonces, puedo afirmar que el poeta fue mi presentador oficial y quien, desde entonces, me dio toda su confianza.

Luego vinieron tantos viajes juntos al interior del país, en innumerables lecturas que nos dieron viaje, risas y canto en los busitos, en lobbys de hoteles, en mesas donde la dorada aura de la cerveza le hacían recordar que pudo ser cantante de ópera o un hondureño confundido por chino en la Plaza Roja de Moscú.

“El misterio es lo mas importante en el poema —me decía—, escribir la palabra detrás de un espejo para que sólo flote su fuerza y termine por quebrarlo…”

Y yo regresaba alucinado por las calles ya rotas de Tegucigalpa, palpando las paredes donde se escribían versos de sus libros para que  nunca nos atreviéramos a compartir el crimen del silencio. Su honestidad era transparente y en verdad era algo bello verlo junto a la cofradía de Ezequiel Padilla, Rigoberto Paredes, Rafael Rivera, Juan Domingo Torres, todos ellos confiados a su memoria implacable cuando un verso referencial se escapaba. Se dejaba escuchar su voz suave y todos callaban. Luego venía el brindis por los poetas Vincenzo Cardarelli, Giuseppe Ungaretti y Blanca Varela. Y claro, la aria de rigor elevándose en su voz, la repetición de su tantra: “¡Qué maravilla Puccini, qué maravilla!”, y para finalizar, Mayakovski.

Lo conocí en el transcurso de 22 años y estuve en casi todas sus lecturas, asimilando su dolor por Honduras. Hace unos 9 días, Martita, su hija, de quien fui compañero laboral en el Ministerio de Cultura, me escribió para decirme que el poeta había escrito un texto contra la dictadura de Juan Orlando Hernández (JOH), pero que iba firmado con el seudónimo que acostumbraba a usar cuando en los 70 y ochentas las cosas se ponían de cuidado. Protesilao se revolvía de nuevo contra el asco sin fin:

Mi caso es de vida o muerte:
Ser presidente de Honduras.
Conmigo que esté la suerte
o la trampa. Mis guaruras
sin trampas no hay fisuras
en nuestro modo de actuar.
Trampas, trampa… así obtenemos
los comicios de mañana.
De lo contrario, la cama
o la cárcel… ¡Si perdemos!

“Habla JOH”, III. Por Protesilao

Le dije a Marta que lo publicáramos en Facebook con su nombre real, ella le preguntó al poeta y le respondió que sí, que lo hiciera. Luego la llamada que intentó Martita a mi teléfono se cortó. “Mi papá quería hablar con vos”, me dijo. Y solo yo sé, lo que maldigo ahora las fallas de comunicación que quedaron en Puerto Rico luego de María. No lo pude escuchar y reír con él la última vez. No pude decirle cuánto lo he querido y cuánto lo he extrañado, cuánto compromiso nos dio a tantos y cómo respeto cada palabra que escribo una vez que siempre está presente, vivo, absolutamente él, pájaro que entra en cada fondo, como una mano al río. Un río que no será nunca el Leteo.

José Adán Castelar (La Ceiba, Honduras, 1941-2017), nos deja un legado poético con una estatura invencible. La estatura de la dignidad que no deja de ser hasta el último destello.

Diciembre 26, 2017.

 


fabricio_estrada-perfilFABRICIO ESTRADA (Honduras, 1974). Escritor y fotógrafo, actualmente reside en San Juan, Puerto Rico. Sus poemas aparecen en antologías iberoamericanas y ha participado en representación de Honduras en diversos festivales internacionales. Sus artículos de opinión han sido publicados en revistas digitales de Iberoamérica. Prepara la publicación de su narrativa. Su obra poética está reunida en los libros: Sextos de Lluvia (1998); Poemas contra el miedo (2001); Solares (2004); Poemas de Onda Corta (2009); Blancas Piranhas (2011); Sur del mediodía (2013); Houdini vuelve a casa (2015). Aparece en numerosas antologías de poesía, entre ellas: Cien Años de Poesía Política en Honduras, Roberto Sosa, editor (2003); La Hora Siguiente, Poesía Emergente de Honduras, Salvador Madrid, editor (2006); La Herida en el Sol, Antología de Poesía Centroamericana Contemporánea (UNAM, México, 2008); Puertas Abiertas, Antología de Poesía Centroamericana, Sergio Ramírez, editor (Fondo de Cultura Económica, México, 2011); Cuerpo Plural, Poesía Hispanoamericana Contemporánea, Gustavo Guerrero, editor (Instituto Cervantes de Madrid, 2010).