José Adán Castelar: “Mitología de la ruptura” (poesía)

De un poeta hondureño que sondea profundidades con la palabra desnuda, ofrecemos esta selección que nos abre una rendija a las posibilidades expresivas de toda su obra.

José Adán Castelar
Selección de Fabricio Estrada
La Zebra | #25| Enero 1, 2018

Cauces y la última estación

La gente pasa demasiadas veces por los mismos lugares,
como si la repetición fuera la más hermosa costumbre.
Y todos pisamos esa sombra abandonada ayer al mediodía:
la misma que anda de un punto a otro buscando
a su dueño, al final se mezclará
con el humo de los fumadores.

Los borrachos escupen sobre las huellas y las borran,
pero aquel olor nuestro insertado
en las paredes donde el día y la lluvia
reclinan la cabeza. Después, todo es abrir
puertas y pechos.

Siempre al pasar
regresamos. Y cada sitio es nuestro epitafio.
Y si miramos bien, nuestro ir y venir no tiene
sentido: es como un payaso en un pueblo de payasos,
como un muerto con miedo,
como un conservador entre magnolias.
Como idiotas somos conducidos. Jefes
y horarios tiranizan. Se nos caen
los sueños. Se nos terminan las rutas. Quedamos
desnudos en la verdad de otro. Transigimos con
el tiempo que nos come: débil bocado, leche
de rabia, pan de ceniza.

No es raro entonces,
que pidamos prestado otro ropaje.

La calle es la fragua de los deseos. ¡A fundir
en ella, pues, todo pasado,
cualquier terror!

Pero uno transcurre demasiadas veces por los mismos
lugares, tanto que ya ese viaje es nuestro destino.

Pero un buen día preguntamos por aquel
desconocido
que solíamos encontrar en el Parque Central,
y cuya sombra saludaba a la nuestra
al cruzarse. “Se fue”, es la respuesta. Y pensar
que su persona es hoy
esa ranura entre la multitud.

La sequedad

Ya perdí la palabra.

En silencio, oigo su trepidar
lejano.

Vaciado por manos
de significación,
ya no sé dónde está el horizonte.

Soy una sombra
salida de la piedra. El eco
de nada en la nada.

Como si no hubiéramos nacido, ya perdí
la palabra. Su huida
es mi silencio en el desierto. Su muerte
es mi muerte en la palabra.

Única muerte verdadera.

Nostalgia

¿Ardió ya mi última estrella
Con mis remos destruidos
me hundo en el exilio.
Busco el puerto
de niños
que tenía.
En mi horizonte
sólo hay despedidas
y un lamento que no me pertenece.

En la yerba,
con mi hoja de laurel
harapiento, veo
a la primavera cada vez
más lejos,
¡tan lejos!

Su última flor
me llama
        desde
            el mar.

Terco pájaro

Se tambalea, afuera,
tu pie
deshecho.

Entre las ruinas
no explicas, pero
andas.
Y, bajo la lluvia,
cantas,

cantas,

cantas.

Invierno

Todavía la lluvia oscurece la luz
y extrae, de pozos y rincones, husmos
y fumadores.

Las pláticas escuchadas bajo el ramaje
de la triste estación, son ella misma. Y los gestos
y vestuarios son nuestro tiempo uniformado.

El sol, es nostalgia en la ventana
y, como un dios, es recordado por los que fueron
niños en la sombra.

Los árboles son como su propia
tiniebla de pie, y un silencio
de piedras les aplasta el follaje.

Por un largo tiempo las plantas heliófilas
y los asmáticos soportarán la ruina,
y los sueños, como el petrel, volarán lejos.

Ah el invierno, cómo apagará lámparas y ojos,
cómo extiende, sobre el significado
de los seres y las cosas, la humedad
de la antigua derrota,
las cenizas de los héroes muertos.

El electricista

Elevado por encima del orgullo blanco
de las casas y el miedo aéreo de los curiosos,
el electricista lleva a cabo su trabajo
de hilos, montado sobre sostenes
de viento material.

El baja palabras
y le suben palabras, y en un espacio
grisáceo y reducido, desarrolla
su revolución de contactos.

Hombre en el aire,
atado a un horario de mástiles fijos, ve
los techos rojos, el fastidio de la uniformidad,
el momento en que la sal destinataria
y los rostros del barrio coinciden.

Con él cae la tarde: los dos,
como el tendido puente de los muelles, serán
empujados por las primeras sombras hacia
el más brumoso y solitario anónimo.

Canción

¿De qué estás hecha tú?
Eres viento cuando te canto,
carne cuando te poseo,
olvido cuando callas,
muerte cuando no vienes.

Una canción vale un amor,
la carne un deseo,
el silencio un olvido,
tu ausencia la muerte.

¿De qué estás hecha tú?
¿De preguntas, de respuestas?

Entonces, quédate y me lo dices.

Dar de nariz

Bajo las máscaras y el miedo
ninguno de ellos
tenía en el pecho la mañana.

Tumbas eran las palabras
que me decían, astros falsos
de un cielo podrido.

Cada uno seguía su ruta
de abandono. Cada uno
fabricaba su bastión
de ceniza, su islote
odiador.

¡Y aquí vine yo a buscar la vida!
¡Y aquí vine yo a buscar la vida!

Lo digo bajo la llovizna, oyendo
el adiós de los muertos.

Saldar cuentas

Cuando no sirva para nada,
cuando sea estorbo
en la luz
o en la sombra, entonces
me iré, sin que nadie sepa cómo…

No oirán mi último adiós,
no lo oirán, ni mi hola corazón,
bien mío, adiós mi único amor,
¡ya no me gustas!

Me iré así,
como un camino entre
piedras, como el río
en medio de los árboles,
como la hormiga con su hojita
al hombro, como el niño
que muere.

…Y nadie sabrá cómo.

Ni carga embarazosa nunca,
ni viga en el ojo asustado, ni cansancio
en la mano que guía,
ni peso difunto.

Me iré nomás… Y nadie
sabrá cómo.

Mitología de la ruptura

¡Oh dioses! Postergad
el momento en que ella
y yo nos partiremos
el corazón.

Sean ustedes
más benévolos
que el olvido.

Quien de los dos
sobreviva, conozca
para siempre
la felicidad.

De Cauces y la última estación (2006).

 


JOSÉ ADÁN CASTELAR (Honduras, 1941-2017). Poeta y narrador, también ha ejercido labores en los ámbitos de salud, periodismo y gestión de archivos. El corpus principal de su obra está compuesto por una docena de libros de poesía: Poesía Ser (1961); Poema estacional (1966); Entretanto (1970); Memoria en mano (1976); Rutina (1981); Sin olvidar la humillación (1983); Andar (1985); Digo, no es un decir (1986); Pasión del claroscuro (1988); Tiempo ganado al mundo (1989); y También del mar (1991), que aunque no es una antología propiamente dicha, está configurado, con gran fuerza y unidad, con una selección de poemas ya publicados en otros libros; Rutina (1992); Rincón de espejos (1994); Laodamia (1999); Venus en el campo (2001); Cauces y la última estación (2006); y Poema Opus II (2016). Aunque la editorial Guaymuras le publicó en 1991 un cuento, La noche en que a Superman le cortaron las alas, su obra narrativa, reunida en dos libros, permanece inédita (uno de ellos, Actos de amor y otros actos contiene alrededor de cincuenta cuentos cortos). Dejó varios libros inéditos, incluyendo Nombrar, de poesía, Sin importancia alguna, que reuniría sus crónicas culturales, y Mis amigos los pintores, sobre el arte hondureño (ver La estratagema de la palabra). Ha merecido varios galardones: el premio “Iztam Na” de literatura en 1982; el Premio latinoamericano de poesía “Roberto Sosa” en 1986, el Premio Centroamericano de Poesía “Juan Ramón Molina” en 1988 y el Premio Nacional de Literatura “Ramón Rosa” en el 2003.

Imagen del autor: El Heraldo de Honduras.