Hernán del Solar: “Aquí no pasa nada” (crítica)

Una de las primeras y más iluminadoras reseñas de Cenizas de Izalco, la célebre novela de Claribel Alegría.

Hernán del Solar
La Zebra | #26 | Febrero 1, 2018

Recordar el pueblo de la infancia y de la adolescencia, al cabo de algunos años, puede servir de estímulo al más diverso repertorio de nostalgias. Visitarlo, tal vez sea una equivocación lamentable. Así suele suceder en la vida y la literatura. A muchos autores les ha tentado el tema. Cualquiera de nosotros debe de haber leído más de una tentativa de semejante evocación. Ahora nos encontramos ante una de ellas. Cenizas de Izalco (Barcelona, 1966), del norteamericano Darwin J. Flakoll y su mujer, la nicaragüense-salvadoreña Claribel Alegría.

A todos nos parece que escribir en colaboración es una tarea difícil. Casi imposible es imaginar que lo consigan marido y mujer. Este norteamericano y esta nicaragüense desmienten la casi imposibilidad de hacerlo. Su libro quedó como finalista del Premio Biblioteca Breve, en 1964. Pocas recomendaciones pueden ser tan buenas. Ahora Seix Barral lo publica en su colección Nueva Narrativa Hispánica, que está acogiendo autores y obras de encomiable calidad.

Flakoll nació en 1923 en Dakota del Sur. Es periodista, diplomático. En su país conoce a Claribel Alegría, que si ha nacido en Nicaragua ha vivido desde niña en El Salvador. Él es licenciado en historia; ella, en filosofía y letras. Se entienden perfectamente, se casan, viajan, deciden escribir junto. Escriben una antología de poetas y cuentistas hispanoamericanos, New Voices of Hispanic America, que aparece en Boston en 1962. Claribel Alegría ha escrito —sola— varios libros de poesía: Anillo de silencio; Suite; Vigilias; Acuario; Huésped de mi tiempo; y Vía única, fuera de sus narraciones Tres cuentos, de hace unos diez años.

En una entrevista publicada en México, Flakoll cuenta que —norteamericano— comenzó a interesarse por el mundo latino de su mujer a través de los incontables relatos que ella le hacía acerca de personas y lugares. Muchos de los recuerdos se referían a la familia. El marido escuchaba y de pronto resolvió que con todo eso se podía escribir una novela. Claribel Alegría contestó que en su pueblo, Santa Ana, donde vivió desde los seis años, nunca pasó nada. Flakoll pensó que eso importaba mucho para esforzarse en hacer una buena novela. Mientras se pusieron a escribir, la novela se llamó —para no olvidar el tema—: “Aquí no pasa nada”.

La imaginación de un novelista tiene que afanarse grandemente para en su narración nada suceda y parezca, sin embargo, que ocurren muchas cosas, porque en ningún momento el interés decae y siempre hay algo que está dominando la atención de quien lee. Darwin J. Flakoll y Claribel Alegría atraparon el secreto de entrar imaginativamente en el pueblecito salvadoreño de Santa Ana y de encontrar en él, que vive sesteando, una existencia bastante poblada de casos y cosas novelables. Desde luego descubren que, bajo la apariencia de pueblo dormido, puede hallarse en erupción permanente un mundo subterráneo de pasiones. Aquí, en Santa Ana, este universo pasional se manifiesta de repente de manera tan visible como el volcán Izalco, que vomita fuego, humo y ceniza con una prodigalidad que muy poco le falta para ser cotidiana.

En la novela, la salvadoreña Carmen, casada con un norteamericano, con el cual vive, junto a sus hijos, en los Estados Unidos, se ve obligada a volver al pueblo de Santa Ana porque acaba de morir Isabel, su madre. Una multitud de parientes acude a saludarla, a manifestarle su pésame, a contar —venga o no a cuento— el chismecillo que tiene mayor índole escandalosa. Carmen vuelve a ver el pueblo de su adolescencia, donde nunca pasa nada. La reacción de la joven es casi inmediata, a poco de hallarse entre visitantes:

Si no se van pronto voy a estallar. ¿Cómo pudo aguantar mamá? Todo está igual que antes y peor. Todo ha ido en declive; no pasa nada en Santa Ana. Los días, los meses, los años no significan nada; sigue el pueblo con una sola librería, sin sala de conciertos, sin restaurante. Nada en qué ocupar las horas. Los hombres beben, las mujeres despedazan al prójimo. Un mundito ciego sobre otro mundito estrecho y más munditos sofocantes abajo: los siete círculos devastadores de Santa Ana en la quietud de su infierno. Las tías viejas se marchitan sin hacer nada, se arrebujan como hongos en la casita oscura, esperando la muerte. Marchitas, encogidas, se arrastran de un cuarto a otro rodeadas de gatos, oliendo a gatos, tomando café con leche, mojando migas de pan en el café, incapaces de pensar en nadie más que en ellas, almacenando como avaras sus días escuálidos y mezquinos.

En tanto Carmen, el personaje, va penetrando en esta existencia sin horizonte, los novelistas logran captar detalles curiosos de rincones abandonados, de vidas truncas, y la atmósfera novelesca adquiere una realidad irrebatible. Pero de improviso echa a andar una vida inesperada, que se halla oculta al fondo de los corredores de los días más aburridos. Inmediatamente empieza todo a tomar distinto sentido. Las horas de cansancio, de hastío insoportable tienen una pulsación agitada. En ellas viven imágenes de esperanza, se agitan los deseos, estira los brazos la pasión, los pobladores de Santa Ana pueden no ser —como parece— meras sombras, sino seres vivos que se angustian, alegran, maldicen, perdonan, comprenden, saben que vivir es un problema, aunque la solución sea borrosa y tal vez inalcanzable.

Lo que ha ocurrido es desasosegador: han aparecido unos papeles que, cuanto más atenta sea su lectura, más intensamente cambiarán el recuerdo de la madre. Ya no es la mujer sacrificada en el abandono, en el pueblo donde nunca pasa nada. Ahora es la mujer que ha sido amada fuertemente, que ha correspondido después de vencer íntimos y penosos obstáculos. La historia de este amor —que da un segundo plano a la novela, animándola— va siendo captada por Carmen tan vivamente que a menudo la obliga a trazar un paralelo entre la vida de su madre y la propia. Surgen comparaciones. Vienen secretas preguntas y tratan de buscar el sentido de estar en el mundo. Se yergue esa angustia que todo ser lleva en sí en disponibilidad, potencialmente libre de invadir el tiempo, de cambiarlo todo.

Junto a este cuadro de una mujer que va consiguiendo mayor conciencia de su propia vida mientras se inclina a reconstruir la vida ajena, la de su madre, que súbitamente revela aspectos insospechados, los novelistas tocan el resorte de las pasiones políticas, y en seguida saltan a escena militares ambiciosos, muchedumbres hambrientas y tradicionalmente engañadas, oprimidas. Este violento telón de fondo permite asistir a esa dolorosa vida de ciertos pueblos latinoamericanos que en cualquier instante, aguijoneados por las necesidades, por los resentimientos, por la miseria, arremeten ciegamente contra todo, siendo sojuzgados de nuevo con una crueldad que ágilmente cruza el umbral de lo verosímil.

Con paso mesurado, que nunca se da prisa, la acción novelesca va de la inmovilidad de un pueblo pequeño a la agitación de las pasiones recias, amorosa o política, donde la vida consigue dar su acento de dura muerte.

El Mercurio, Santiago, Chile,
sábado 13 de mayo de 1967.

Cenizas de Izalco

 


HERNÁN DEL SOLAR (Santiago, Chile, 1901-1985). Crítico, ensayista, poeta, novelista, reconocido como un autor pionero en el rama de narrativa para niños de Latinoamérica. Junto con Alone, Raúl Silva Castro y Ricardo A. Latcham fue uno de los cuatro grandes críticos de Chile en el siglo XX. En 1968 fue galardonado con el Premio Nacional de Literatura.