Rose Marie Galindo: “[Re]escritura de la figura materna en ‘Cenizas de Izalco’ de Claribel Alegría” (ensayo)

Un ensayo que explora cómo la gran escritora centroamericana introduce en su novela un concepto de maternidad que rompe con el esquema narrativo patriarcal.

Rose Marie Galindo
La Zebra | #25 | Enero 1, 2018

En las obras literarias escritas dentro de los postulados de la sociedad patriarcal, frecuentemente la figura de la madre es representada de manera negativa, como una figura ausente en el texto literario o como una figura de la cual el héroe o la heroína tienen que separarse para alcanzar la madurez. Incluso, como Marianne Hirsch señala en The Mother / Daughter Plot, aun autoras femeninas e incluso feministas reproducen esta tendencia en su afán por separarse de una figura que se concibe más bien como “a constraining rather than an enabling force in the girl’s development, and an inadequate and disappointing object of identification” [“Una fuerza limitadora en lugar de habilitadora en el desarrollo de la niña, y un objeto de identificación inadecuado y decepcionante”] (169).

A primera vista, Cenizas de Izalco, de la escritora salvadoreña-nicaragüense Claribel Alegría continúa esta tendencia, reproduciendo una visión tradicional de la figura materna. Por ejemplo, cuando la obra se inicia, la madre de Carmen, Isabel de Rojas, acaba de morir y es con ocasión de esta muerte que la hija vuelve a la ciudad cafetalera y tradicional de Santa Ana luego de muchos años de ausencia. Al mismo tiempo, la obra parece presentar en Isabel de Rojas un modelo negativo para la hija: Isabel ha sido a los ojos de todos los que la conocieron, especialmente a los ojos de su marido y de sus hijos, la encarnación de la esposa modelo y de la madre “perfecta,” siempre dedicada a cumplir a cabalidad los deseos de todos, intachable, abnegada y sumisa, viviendo hasta el final y sin quejarse, las infidelidades de su esposo y el tedio de la ciudad provinciana. Diferentes voces presentan a lo largo del texto esta identidad: “Tan buena su mamá, tan amable con todos, no como esas señoras encopetadas. Y toda la caridá qu’hizo sin alharaca” (12). Y luego: “Mamá me cuidó durante la fiebre. Estuvo todo el tiempo a mi lado mientras me convalecía. Recuerdo su brazo sosteniendo mi cabeza para que bebiera un poco de agua o caldo” (21). De este modelo negativo así como de la ciudad de Santa Ana es que ha querido huir Carmen al marcharse al extranjero a la edad de diecisiete años, en un intento por construir su vida de manera distinta a la de su madre.

No obstante, cuando se analiza a fondo esta obra, puede apreciarse que en Cenizas de Izalco se produce la deconstrucción crítica de esa figura materna tradicional y la (re)escritura de una figura cuya subjetividad tiene una función clave en el reconocimiento liberador que la hija emprende de su propia vida.

La concepción de la muerte como el espacio que posibilita la palabra femenina y la afirmación de la subjetividad escondida es un tema que se encuentra presente ya en La amortajada, de María Luisa Bombal. La obra de Alegría retoma esta idea pero con una variante. Aunque en Cenizas de Izalco también la figura materna central está muerta, a diferencia de lo que ocurre en La amortajada en Cenizas de Izalco la autoconciencia que la madre tiene de su problemática y de la opresión sufrida no se va con ella a la tumba sino que es transmitida a la hija. Este acto materno se concretiza en el legado que la madre hace a Carmen, a la hora de la muerte, del diario del norteamericano Frank Wolf. Este documento, fechado entre noviembre de 1931 y enero de 1932 —simbólicamente también fechas de la más importante insurrección campesina en El Salvador— contiene el relato de una parte de la vida de la madre que tanto Carmen como todos los demás miembros de la familia desconocen, como es su fugaz romance con Wolf. Al mismo tiempo, el diario aporta datos aún más importantes como son la plena conciencia que la madre tiene de la opresión a que la condenan el medio y su condición de mujer. Por último, el diario de Frank también inscribe el hecho trágico de la imposibilidad materna por romper con su vida limitada.

Esta ruptura del silencio materno desafía las normas patriarcales[1] y, como me propongo examinar en este trabajo, funciona en la obra como un acto transgresor a varios niveles: en primer lugar le permite a la hija una nueva lectura de la vida de la madre y de su problemática, borrando de un plumazo la imagen de la madre tradicional que Carmen guarda de ella. En segundo lugar, la herencia materna le posibilita a Carmen reconocer la alienación en su propia vida y el vacío existencial de un matrimonio sin amor. Por último, este acto materno permite la restitución de la relación madre-hija, perdida en vida.

La lectura que del diario del norteamericano Frank Wolf realiza Carmen a su llegada a Santa Ana la enfrenta con la existencia de un rostro materno hasta ese momento ignorado. “Regreso a mi dormitorio, abro la segunda gaveta de la cómoda y saco el diario de Frank. Hay cosas que todavía no entiendo. La imagen que dibuja de mamá es demasiado extraña, no he podido asimilarla” (35). En primer lugar, el diario de Frank le revela a Carmen una Isabel inteligente y vital, que percibe el ambiente que la rodea como rutinario y mediocre, y para quien su condición de mujer casada y con hijos no es suficiente como realización personal. Consciente de las limitaciones de su mundo provinciano y, sobre todo, de las limitaciones que el medio le impone por ser mujer, Isabel es delineada por Wolf como una mujer que, entre proyectos de “crochet” y “salsas francesas” (114), se asfixia en Santa Ana y se desvive por vivir otra vida más acorde con sus posibilidades intelectuales. Para ella, su jardín de cuatro paredes es la réplica exacta de su mundo (p.91), donde “todos los días uno observa la marcha del sol desde que se levanta hasta que se pone, oye interminablemente a las amigas hablar de trajes, niños, criadas; a los hombres, de la política local, del precio del café, de las cosechas” (92).

En el diario, la veracidad de las observaciones de Frank acerca de la vida de Isabel y su interioridad, son corroboradas por la palabra materna, que resuena a través de las páginas, crítica y amarga: “Nuestras madres nos enseñan a preparar cuatro o cinco platos exquisitos, pero nunca la cocina de todos los días. Aprendemos a conducirnos como si fuéramos hechas de vidrio, incapaces de inclinarnos a recoger un papel del suelo” (114). Y luego: “Veo a Carmen crecer aquí y me angustio pensando que va a caer en la misma red estúpida, insípida, convencional, que me atrapó a mí” (115). Al final del diario también es la propia voz materna la que afirma su imposibilidad por abandonar con el amante ese medio que la limita.

—Tú y yo somos demasiado parecidos. Me he preguntado una y otra vez si  es sólo miedo a lo desconocido lo que siento. ¿Es que estoy atada a mi casa, a mis sirvientas, a la protección que me ofrece Alfonso? Podría empezar una nueva vida a tu lado, sabiendo que los dos compartiríamos las mismas dudas, las mismas indecisiones? No he podido contestarme esas preguntas, Frank. A lo mejor no soy más que una  pobre cobarde. (166)

A partir de esa lectura, la reconstrucción de la figura materna se le plantea a la hija como una tarea ineludible. Durante muchos años, el recuerdo de su madre se ha fijado en una Isabel “vestida de negro y con mantilla para ir a un entierro. Con su sombrerito de paja y velo para asistir a una boda, con su traje de dos piezas para los viajes a San Salvador” (16). En otras palabras, la figura de una madre diligente, que cumple a cabalidad, y sin quejarse, sus deberes sociales y domésticos. Después de la lectura del diario de Frank, la solidez de esa imagen se quiebra y se transforma en una diseminación de imágenes, signo de la fragmentación del yo de Isabel:

Todos la recordamos distinta. Frank también. Los seis ciegos alrededor del elefante. En el ataúd, con los ojos cerrados… vibrante a la orilla del cenote, con aire altivo de princesa maya; con la risa gorgoteándole cuando se preparaba para uno de sus viajes, con su mirada grave (así es como más la recuerdo), caminando erguida por el corredor con su manojo de llaves tintineando. (135)

En busca del verdadero rostro materno, Carmen comienza una evocación reflexiva, que tiende a concentrarse en la época de juventud y de madurez de su madre, es decir, en los años inmediatamente anteriores y posteriores al encuentro con Frank. Desde esta relectura crítica de la vida materna, hechos antes inexplicados ahora se le vuelven inteligibles: el aferramiento de la madre a los escritores franceses y su amor por París, el empeño con que todas las semanas visitaba a las monjas de la Asunción para hablar en francés de historia y de literatura clásica, los frecuentes viajes a San Salvador. La subjetividad materna que surge de sus recuerdos no sólo es la de una mujer completamente reducida a la inmanencia de la vida cotidiana, sin ningún horizonte existencial donde invertir sus inquietudes, sino una subjetividad caracterizada por el desarraigo y la soledad. “Es raro, Carmen —me dice mientras caminamos por una calle de Santa Ana—, a pesar de haber vivido aquí toda mi vida me siento como de paso, como si no perteneciese a este lugar” (53). Es al mismo tiempo, la de una figura trágica, que posiblemente lamenta hasta el fin de sus días la posibilidad perdida de realizarse.

Esto es lo que ella tenía, solamente esto: Santa Ana con sus rostros, sus pequeñas tragedias, sus escándalos, sus comedias; papá con su carácter rudo y sus pasos firmes sobre un mundo que pueda ser visto y palpado, Alfredo, yo, el resto de la familia. Y por un breve instante, Frank. Era un mundo pequeño el suyo, un mundo gris con uno que otro rasgo de color… Frank fue una muralla en su camino, nunca supo como desplazarla o demolerla. Si él no hubiese aparecido, mamá tal vez hubiera aceptado mejor esta vida, las convenciones, las esporádicas infidelidades de papá, su papel de madre y de ama de casa. Pero Frank le abrió una puerta hacia otro mundo factible. ¿Quién cerró esa puerta finalmente? ¿Fue él o fue ella? Quienquiera que haya sido, ella nunca pudo olvidar ese vislumbre, nunca pudo amoldarse a Santa Ana después de eso. (141)

Al mismo tiempo que la hija reconstruye la subjetividad materna y descubre su rostro escondido, su propia vida comienza a ser cuestionada. Desde el lado de la muerte, el texto de Isabel la interpela de manera silenciosa y le sirve de espejo.

En el desarrollo textual de la obra, este cuestionamiento se lleva a cabo de manera paralela a la relectura de la vida de Isabel, en un entretejido que señala las similitudes de sus vidas, a pesar de las diferencias de tiempo y de geografía. Así, mientras Carmen reflexiona sobre las limitaciones que su madre tuvo que soportar en Santa Ana, pronto se da cuenta de que ella, aunque vive en Washington y aparentemente tiene más oportunidades de desarrollarse intelectualmente, también se halla presa de la alienación del ama de casa: “Washington es más grande que Santa Ana. Hay teatro, parques, museos, pero pensándolo bien mi vida es parecida a la de mamá y quizá peor. No tengo hermanas, ni siquiera una amiga íntima con quien desahogarme. Todos los días hacer las camas, pasar la aspiradora, lavar los platos, cocinar” (26). En otras palabras, no es el lugar lo que le determina sus limitaciones sino su ubicación dentro de la institución matrimonial patriarcal. Por otra parte, ante la vida matrimonial de sus padres, vacía y falta de amor, Carmen también reflexiona sobre la suya. La falta de comunicación en su matrimonio es evidente, “cada vez tenemos menos que decirnos” (74) y como su madre con el doctor Rojas Carmen también se descubre casada con un hombre trabajador pero rutinario, “the perfect organizational man” [“el hombre organizado a la perfección”], que simplemente la llena de aparatos domésticos. Sin embargo, su vida carece de espontaneidad y de proyectos vitales. Las máscaras y las etiquetas definen su identidad y tras ellas Carmen intuye un angustiante vacío: “¿Quién sería yo si no llevase conmigo mis etiquetas de esposa y madre?… A Paul le gustan sus etiquetas (burócrata, marido, padre)… ¿Quién es Paul? ¿Quién es Carmen? ¿Qué tendrían que decirse si dejaran a un lado sus papeles?” (111). El espejo le devuelve un rostro muerto, sin vida, “con el vacio adentro, rechinando” (142).

Como su madre con Frank, Carmen también percibe en su vida puertas de escape a su prisión; en su caso, su potencial de escritora y su talento intelectual. Sin embargo, también como su madre ella se halla consciente de las limitaciones que su condición de mujer le impone: “…es más fácil para los hombres abrir puertas” (142). En resumidas cuentas, al igual que su madre Carmen también se cuestiona si no es el miedo a abandonar lo seguro de su ambiente lo que la detiene.

A través de este cuestionamiento y de la comparación con la vida materna que hace Carmen, la obra de Alegría pareciera sugerir que la hija también se halla condenada a repetir la historia de la madre. Sin embargo, entre la vida de Isabel y de la hija media una diferencia fundamental: la madre ha hablado a la hija en un gesto mudo y silencioso que la muerte carga de fuerza. Como un mandato, el diario de Frank insta a Carmen a no repetir el error de la madre; ese parece ser el mensaje cifrado de Isabel y la respuesta a la constante pregunta que se hace Carmen: ¿Por qué me dejó mamá este diario… escrito de prisa… con la tinta desteñida después de treinta años?… ¿Qué la impulsó después de haber guardado el secreto todos estos años, a entregármelo así, sin palabras, sin explicaciones, como un golpe repentino en la cara a través de la tumba? (123) Si como Marianne Hirsch señala, “the silence of mothers about their own fate and the details of their lives, insures that those lives, those stories will be repeated by daughters” [“el silencio de las madres sobre su propio destino y los detalles de sus vidas aseguran que esas vidas, esas historias, serán repetidas por las hijas”] (67), es lícito pensar que la ruptura de ese silencio asegura lo contrario.

Por último, y como tercera consecuencia de la ruptura del silencio materno, en Cenizas de Izalco se produce la restitución de la relación madre-hija.

En los últimos años, algunas críticas feministas han planteado la importancia de la relación madre-hija y las razones por las cuales ésta ha sido devaluada dentro de los postulados del sistema patriarcal. Por ejemplo, en su libro Of Woman Born Adrienne Rich señala que esta relación ha sido trivializada y desvalorizada en el sistema patriarcal precisamente por percibirse como fortalecedora de la mujer (226). Por otra parte, Marianne Hirsch apunta como “even within patriarchy, women can be powerful if connected with each other” [“incluso dentro del patriarcado, las mujeres pueden ser poderosas si están conectadas entre sí”] (44). En la obra de Alegría, y como puede apreciarse a través de las rememoraciones que Carmen hace de la vida de la madre, durante la niñez y la juventud de Carmen la relación entre ella y su madre es distante. Carmen no encuentra en ella un modelo apropiado a seguir, y la rechaza. Por otra parte, concentrada en su propia frustración con el medio y en sus preocupaciones juveniles, tampoco tiene tiempo para comprender lo que ocurre en la interioridad de la madre: “Frank sintió la tristeza de mamá. Yo en cambio nunca me di cuenta. Vivía ensimismada, pensaba en el amor con miedo y curiosidad. A los diecisiete años ya Santa Ana me pesaba, me irritaba su atmósfera gris…” (16). Tiempo después, la relación de ambas está marcada por la distancia geográfica y por una cordialidad sin intimidad: Carmen jamás le habla a su madre de su matrimonio con Paul ni tampoco esta, de la tragedia de su vida. Ambas viven en un círculo de soledad. La entrega del diario de Frank a Carmen cambia de golpe esa relación. Funcionando en la obra como un signo de plena comunicación y como un lazo de solidaridad, este gesto abre avenidas entre la madre y la hija. Isabel de Rojas ya no es simplemente la figura de la que Carmen debe apartarse sino una figura precursora cuya rebelión incipiente ella tiene ante sí la posibilidad de completar. Al mismo tiempo, la identificación con la madre fortalece en Carmen la conciencia de la opresión sufrida y le permite una visión amplia de su problemática, al punto de cuestionarse los papeles tradicionales de “esposa” y “madre”: “¿Dónde está Carmen? ¿Ha desaparecido bajo el peso de sus máscaras, de sus etiquetas? ¿Qué pasó con mamá? ¿Chupan los maridos y los niños nuestra sustancia y nos dejan como cáscaras vacías?” (111).

Yendo en contra del discurso patriarcal que señala la desconexión con la madre como condición de posibilidad de la maduración de la hija,[2] Cenizas de Izalco afirma así el valor de esta figura tan poco estudiada en las obras de las escritoras hispanoamericanas.

Obras Citadas

  • Alegría, Claribel y Darwin J. Flakoll. Cenizas de Izalco. San Salvador: Uca Editores, 1987.
  • Hirsch, Marianne. The Mother / Daughter Plot: Narrative, Psychoanalysis, Feminism. Bloomington: Indiana University Press, 1989.
  • Rich, Adrienne. Of Woman Born: Motherhood as Experience and Institution. 10 ed. New York: Norton & Company, 1986.

NOTAS

[1] Al respecto, Adrienne Rich señala: “Patriarchy depends on the mother to act as a conservative influence, imprinting future adults with patriarchal values even in those early years when the mother-child relationship might seem most individual and private.” Adrienne Rich, Of Woman Born, 10 ed. (New York: Norton & Company, 1986), p. 61.

[2] Entre los discursos patriarcales que más enfatizan la relación entre la madurez de la mujer y la ruptura con lo materno, se encuentra el discurso sicoanalítico basado en Freud.


Rose Marie Galindo

ROSE MARIE GALINDO. Doctora en Literatura Hispanoamericana y profesora emérita de la Universidad de Wisconsin Rock-Country. Estudió la Licenciatura en Filosofia en la Universidad José Matïas Delgado, entre 1969 y 1974. Sacó una maestría y un doctorado en Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Wisconsin-Madison (1980-1990). Trabajó por más de 20 años en la Universidad de Wisconsin Colleges, enseñando español y literatura latinoamericana. Se retió en el 2012 y ahora es profesora emérita de esa institución. Es autora de los siguientes estudios: Novela y crisis política en El Salvador (cuatro momentos) (San Salvador, Editorial Delgado, 2001); Cinco escritores salvadoreños de posguerra (San Salvador: Editorial Delgado, 2015); Un recorrido por la poesía de Claudia Herodier (San Salvador: Editorial Delgado, 2016). Ha publicado articulos en revistas literarias de Estados Unidos.