Ruth Grégori: “Violentadas desde los medios de comunicación” (ensayo)

Un análisis exhaustivo de una expresión reciente de la violencia simbólica contra las mujeres en El Salvador.

Ruth Grégori
La Zebra | #27 | Marzo 1, 2018

Debe haber sido en mis años adolescentes cuando comencé a entender que existían diferencias e injusticias de clase. Había ricos, había pobres, y estábamos los del medio. Más adelante, durante mis años universitarios, conocí algunos conceptos que me permitieron comenzar a nombrar ciertas señales que había vivido desde que tengo memoria pero que no alcanzaba a reconocer como algo que me dañaba a mí y a otras mujeres más que con el vago nombre de machismo. Aprendí que existía el Patriarcado, la desigualdad y la violencia de género, así como el Enfoque de Género y el Feminismo que habían surgido en respuesta a un sistema social que discriminaba a las mujeres, por ser mujeres. Luego de graduarme, mi breve paso por un par de medios de comunicación hace ya más de una década me hizo empezar a darme cuenta de que la discriminación por razones de género también ocurría al interior de los medios de comunicación y cómo desde ellos se reproducía y transmitía a la población.

Antes de eso no notaba cosas que ya estaban ahí y luego comenzaron a molestarme. Por ejemplo, que un día habitual de revisión de los dos periódicos de mayor tradición, sea en su versión impresa o virtual, asegure un recorrido por imágenes de mujeres semidesnudas en anuncios publicitarios tanto como en secciones de espectáculos. O que, por el contrario, una noche habitual de búsqueda de programación informativa en televisión nacional depare con frecuencia encontrar presentadoras de noticias vistiendo minifaldas y escotes favorecidos por los encuadres de cámara, mientras que en la mayoría de espacios de debate y opinión predominan entrevistados y entrevistadores hombres. Incluso los afiches promocionales de programas informativos evidencian estas prácticas discriminadoras. Aun cuando se traten temas que competen directamente a las mujeres en la revista televisiva más popular del país, los presentadores hombres llegan a poner en duda si un “no” de una mujer de verdad es un no mientras se excluye a las mujeres presentadoras de tal discusión. Y si a eso agregamos los datos sobre desigualdad salarial y el acoso sexual que afecta el entorno laboral de las mujeres periodistas al interior de los medios de comunicación en El Salvador, revelados por un diagnóstico elaborado por la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos e Internews, queda al descubierto que la violencia de género también está enraizada en el cuarto poder.

El inicio 2018 trajo una de las sorpresas más grotescas sobre las expresiones de violencia en contra de las mujeres desde los medios de comunicación. El 8 de enero un economista salvadoreño confesaba haber pedido perdón ante un hijo no reconocido por el abuso sexual en contra de la madre del mismo, en una publicación del periódico digital Contrapunto titulada “Ante mi posible hijo” (reproducido aquí: “Ante mi posible hijo”). Dicho texto fue eliminado del sitio web del periódico un día después, luego de que se corrieran quejas a través de las redes sociales por dar espacio para que “violadores se vanagloriasen de sus delitos”. Los tweets notificaban del caso a instituciones nacionales con competencias para actuar legalmente en casos de violencia contra las mujeres mediante etiquetas a entidades como ISDEMU y la FGR. No trascendió ninguna otra información sobre el caso.

Pero el presente texto se enfoca en una de las expresiones más retorcidas de violencia contra la mujer que haya visto jamás en un medio de comunicación. Y es que, por muy ofensivos que resulten los casos arriba citados, ninguno de esos periodistas o medios de comunicación han labrado una trayectoria de prestigio en toda Latinoamérica enarbolando posturas de avanzada y discursos en defensa de la Democracia y los Derechos Humanos. Me refiero a dos columnas publicadas a finales de 2017 en la sección de Blogs de El Faro y firmadas por el periodista Roberto Valencia: la primera, titulada “Violentados por tener pene”, publicada el 20 de noviembre de 2017, y su secuela, publicada diez días después, titulada “Gracias, Laura”. En ambas columnas, el autor se vale de una serie de subterfugios para, esencialmente, descalificar los análisis de violencia “en clave feminista” que, a su juicio, incurren en un sesgo reduccionista que “linda con la estupidez” al “preponderar el género sobre la clase social”.

El objetivo del presente análisis es desmontar tales estrategias que, en realidad, encubren un tipo de violencia muy específico: la violencia simbólica (LEIV, Art. 9, literal g), cuyo ámbito de reproducción por excelencia lo constituyen los medios de comunicación. En ella se incluyen diversos tipos de prácticas que fomentan estereotipos de dominación y discriminación de un género sobre el otro: uso de imágenes, discursos y lenguaje sexista (hipersexualización del cuerpo de las mujeres, humor sexista), mensajes que validan la descalificación intelectual o profesional en razón de género, noticias que justifican a agresores y culpan a las víctimas, entre otros.

Parte I. De sesgos y estrategias erráticas

En su primera columna Valencia utiliza un titular que él mismo reconocería luego, en su segunda columna, había resultado “desafortunado”. Preocupado por haber sido “malinterpretado”, el mismo autor  decidió escribir un nuevo texto para aclarar algunas ideas de la primera.

En efecto, al hacer referencia a un tipo de violencia condicionada por un atributo genitosexual masculino, Valencia parte de una extrapolación errónea del uso del enfoque de género, al cual el mencionado titular parece que intenta parodiar. Pero la violencia de género no la sufren los hombres por tener pene sino las mujeres, por no tenerlo, o las personas que teniéndolo no son heterosexuales (no sienten atracción sexual por otros hombres con pene) o no cumplen los roles asignados a hombres heterosexuales en la jerarquía social impuesta por el Patriarcado. En eso consiste la discriminación sexista.

Pero, contrario a lo que afirma Valencia en su segunda columna, lo desafortunado o equívoco de su primera columna no se limitaba al titular, o a un párrafo en particular. Hay en ella importantes problemas de claridad, coherencia y jerarquización de ideas. Dicho autor se vale de un “aluvión de datos fríos” para afirmar que la condición de ser hombre predispone a ser víctima de la violencia pandilleril o de la represión estatal, engrosando así las cifras de homicidios o de presos. La cantidad de espacio que ocupan estos datos y afirmaciones, así como la insistente repetición de ideas asociadas y la dirección sugerida por el titular mueven a pensar que ese es el planteamiento central que busca defender. Sin embargo, en su segunda columna, Valencia “aclara” que en realidad esas eran ideas secundarias, y que lo que en verdad deseaba plantear era un riesgo de sesgo en los análisis feministas que se hacen en El Salvador, que él califica como reduccionismos que “lindan con la estupidez”: “el grueso de los análisis en clave feminista preponderan el género sobre la clase social”, escribe.

Aparte de aspectos básicos que se darían por descontado en un trato interpersonal habitual o en un ejercicio profesional, como el respeto básico y el sentido común, que evitarían llamar “estupidez” a una postura sólo porque no se comparte, la pregunta de fondo que corresponde plantear es: ¿por qué estos yerros del primer texto de Valencia podrían ser considerados, más allá de limitaciones de redacción, como expresiones sexistas?

Recapitulemos. Primero: Valencia utiliza un titular desafortunado y equívoco que descontextualiza el apropiado y preciso uso del enfoque de género. Segundo: partiendo de una falta de claridad sobre el enfoque de género, que evidencia el inapropiado uso del titular, critica un sesgo reduccionista que en realidad dicho enfoque no tiene (al contrario, la naturaleza “transversal” de dicho enfoque implica el reconocimiento de que el fenómeno de la violencia de género “atraviesa” distintas épocas, zonas geográficas, clases sociales, orígenes étnicos, etc.). Tercero: la insistencia de Valencia en proporcionar “un aluvión de datos fríos” respecto al impacto de la violencia en los hombres jóvenes salvadoreños no se corresponde con una abundancia de datos concretos respecto a los sesgos reduccionistas que advierte en los análisis feministas en El Salvador.

Entonces, si el primer texto de Valencia no sustenta sus afirmaciones en una comprensión clara del enfoque que critica ni en ejemplos o información verificable, ¿en qué se apoya? En temores y preocupaciones. En suma, en prejuicios. En prejuicios de género. Critica, desde el desconocimiento y los prejuicios, a un actor social específico, las organizaciones y mujeres feministas salvadoreñas que reivindican el enfoque de género como una perspectiva válida y necesaria para superar la discriminación que sufren las mujeres por ser mujeres.

Por tanto, Valencia habría incurrido en hacer afirmaciones falsas basadas en prejuicios. ¿De qué manera eso, ofensivo de por sí, sería además discriminador y sexista? En el fondo, el mensaje que llega a través de la maraña de confusiones del texto, es que la perspectiva de las mujeres feministas en El Salvador es menos integral que la de otros actores, principalmente respecto a la del autor, hombre, que afirma tal cosa desde la posición de poder mediático que le ofrece un espacio privilegiado para emitir opinión desde el medio de comunicación para el cual trabaja. Además, al “relativizar” el peso de la variable de género, de la violencia de género y del enfoque de género, el mensaje que se transmite es que el tipo de problemáticas de las que se ocupan las feministas es menos importante que otros tipos de violencia. Todo ello lo afirma el autor desde una limitada comprensión del enfoque de género y del feminismo, expresado de forma confusa y sin datos que sustenten tal afirmación. En suma, a partir de una actitud de superioridad intelectual no justificada, uno de los rasgos característicos de la ideología dominante en un sistema patriarcal.

Parte II. El “falso argumento” de la condescendencia

Aparte de incluirlo en el titular, Roberto Valencia utiliza 14 veces el nombre propio “Laura” en su columna “Gracias, Laura”. Con ese nombre apela en distintos momentos a la destinataria directa de la misma, como respuesta a la que Laura Aguirre escribiera comentando la primera y confusa columna “Violentados por tener pene”. No sería descabellado ponderar que la elección de utilizar un nombre propio en una columna pública pueda además adquirir un valor simbólico, de referencia indirecta a otras mujeres quienes, como Laura, pudieran discrepar con él. El uso del primer nombre remite a una relación de confianza. El uso repetido del primer nombre evoca, más bien, un sentido de exhortación.

Recurrir al uso de un nombre con función apelativa, cuyo propósito habitual es plantear preguntas y mandatos a fin de obtener una respuesta, pero que además constituye un estilo predominante en la publicidad y en la propaganda política —empleado esta vez para hacer referencia a una relación de confianza en el espacio público—, es congruente con una idea que anima el segundo texto de Valencia: su deseo de enfatizar que, hablando en confianza, con cariño y comprensión empática de por medio, en verdad, no había nada de qué alarmarse en su primera columna. Así, le escribe a Laura: “Quizá creíste que mi reflexión había provocado un pequeño incendio y, como militante de la causa de la que sos una activista, te viste en la necesidad de salir a apagarlo. Eso está bien, Laura. El problema es que no había fuego alguno, no al menos donde vos creíste verlo.” Es decir, en confianza —¿con afecto?—, le concede a Laura que se haya sentido alarmada. Pero, acto seguido, le aclara que no había amenaza real que justificara tal sentimiento.

¿Fue Laura la única que creyó ver un “fuego” y sintió responsabilidad de hacer algo para apagarlo…? ¿Estaba Laura siendo hipersensible, melodramática, o simplemente haciendo “alharaca” sobre un fuego que en realidad no estaba ahí, como escribió el mismo Roberto Valencia a la escritora e historiadora, exbloguera de El Faro, Elena Salamanca en una red social cuando ella expresó críticas sobre su primera columna…? No. Hubo al menos dos personas más, aparte de quien escribe estas letras, que sintieron necesidad de comentar los planteamientos de Valencia escribiendo sus propias columnas.

A propósito del Día de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, Virginia Lemus escribió una columna titulada “Catálogo de violadas 2017”, en la que hacía referencia específica a la columna de Valencia “Violentados por tener pene” como ejemplo de “cierto tipo de periodismo que se presume audaz y valiente” pero que se escuda en estadísticas para minimizar la importancia de la violencia de género y termina confundiendo “culantro con verdolaga”: “Hay pocas nociones más ingenuas que la objetividad del periodista. Ésta es inasequible e imposible: quien escribe, quien reporta, aborda el hecho noticioso con toda su noción de mundo, sus ideas de lo correcto y lo incorrecto, de lo justo y lo injusto.” En su segunda columna, Valencia intenta presentar los planteamientos de la columna de Virginia como los primeros atisbos de la emergencia de actitudes de “sectores radicalizados del feminismo” capaces de agredir a periodistas en nuestro país. Aun cuando el ejemplo que aporta ocurrió en México y reconoce que tal cosa aún no se ha visto en El Salvador, advierte: “…ya hay autoproclamadas voceras del feminismo que pregonan a los cuatro vientos quiénes pueden y quiénes no escribir sobre violencia de género”. Pero contrario a lo que afirma Valencia, Virginia no aboga por “dictar” quiénes pueden o no hablar sobre violencia de género, sino porque quien desee hacerlo lo haga desde la información y el conocimiento antes que desde los prejuicios: “…si va a cobrar por escribir sobre violencia ejercida contra mujeres, tenga al menos la seriedad de hacerlo rigurosamente. Eso pasa por reconocer sus propios sesgos y hacer lo posible por dejarlos de lado, como cualquier profesional”. Resulta curioso notar que ya antes, en 2015, otro periodista de El Faro se había referido públicamente de manera discriminatoria a Virginia Lemus.

En su columna «A propósito del texto: “Violentados por tener pene”», Julia Aguilar, más que alarmada o indignada, se manifiesta entristecida por la columna de Roberto Valencia: “…lo triste es que lo que hiciste con tu texto, fue precisamente, una lectura parcial, sesgada e interesada, y la has utilizado para soslayar y minimizar la realidad que nosotras vivimos y nosotras denunciamos, además de hacer parecer que con nuestra denuncia, lo hacemos con la intención de minimizar el hecho de que los hombres jóvenes salvadoreños están enfrentando actualmente una situación muy difícil”. A pesar de su valoración desfavorable sobre la naturaleza sesgada de la columna de Valencia, Julia eligió enfocar su carta pública en la preocupación que él expresara sobre la exclusión de la variable de clase en los análisis feministas: (En la discusión clase-género, las feministas) «tenemos sumamente claro que a las mujeres, “el género nos une, la clase nos separa”». De ese modo, ante el planteamiento de Valencia de que “ni la violencia homicida ni la represión estatal afectan parejo a los alumnos varones”, Julia responde a Roberto que “…también es real que la violencia social actual en nuestro país, tampoco afecta de igual manera a alumnas, mujeres, de esos mismos centros educativos, aunque todas, tengan vulva”. De este modo, Julia enfatiza la naturaleza “transversal” del enfoque de género, es decir, que “atraviesa” y permea al interior de las clases sociales con un nivel adicional de desigualdad: el de la discriminación de género.

¿Y qué era lo que decía Laura Aguirre, a lo cual Roberto Valencia sintió necesidad de responder con una segunda columna aclarando que, en verdad, no había fuego qué apagar…?

En su columna “Denunciar las violencias no es una competencia de cifras”, Laura Aguirre establece claramente el foco principal de su texto. Si bien, también partiendo de referencias a cifras, reconoce que ser hombre joven supone un riesgo cuantitativamente mayor de morir asesinado en El Salvador, considera “problemático” y “riesgoso” el uso que a veces se hace del argumento numérico-estadístico: “…a veces, como en el último texto de Roberto Valencia en su blog en El Faro, este tipo de cifras no se utilizan para complejizar el debate, sino para minimizar la violencia de género, especialmente la que se ejerce contra las mujeres”.

Laura Aguirre es licenciada en comunicación social y obtuvo su doctorado en sociología con una tesis enmarcada en las perspectivas feministas críticas. Había sido columnista de El Faro desde 2015 y en el 2017 coordinó para dicho periódico una amplia investigación especial realizada en El Salvador que llevó por título “Un paraíso para los violadores de menores”. Una de las piezas de dicho especial, “Por qué queda impune el 90% de las violaciones”, hizo a El Faro acreedor del Premio Latinoamericano de Periodismo de Investigación 2016-2017 otorgado por el Instituto de Prensa y Sociedad (IPYS) y Transparencia Internacional. Aún con este currículum, Roberto Valencia, luego de escribir una confusa columna a partir de un conocimiento superficial del enfoque de género y el feminismo, elaborada principalmente a partir de temores y prejuicios, responde a Laura, una especialista en el tema, en tono condescendiente. Y le aclara, además, que, en realidad, no hay ningún fuego que apagar.

Esto resulta incomprensible. Inexplicable. ¿Sería al menos posible que estas tres mujeres, activistas feministas, estuvieran viendo “algo” en el texto de Roberto Valencia que, por alguna razón, él no alcanzaba a ver?

«La violencia homicida contra nuestros hombres jóvenes duele y la entendemos como un problema que atañe a todo El Salvador. En cambio se sigue normalizando y minimizando las violencias que nos afectan específicamente a las mujeres, como demostramos con el especial “Un paraíso para violadores de menores”. ¿Por qué? Responder sin miedo a estas preguntas obligatoriamente llevará a cualquiera a las construcciones de género, a cómo aprendemos a ser hombres y mujeres y a la posición jerárquica que cada uno ocupa en la sociedad. Los unos con más privilegios, las otras con menos», añadía Aguirre en su columna. Siguiendo la lógica expositiva de Laura, así como los elementos desarrollados en el presente texto, ¿no cabría evaluar que en la segunda columna de Valencia también priman prejuicios afines a una ideología patriarcal basada en prejuicios de superioridad masculina “construidos” socialmente?

Si Valencia en verdad entendiera los planteamientos esenciales del Enfoque de Género y el Feminismo, admitiría que en una sociedad patriarcal como la nuestra es más probable que un hombre goce de privilegios vedados a las mujeres de su misma clase social a que ocurra lo inverso. Admitiría también que es más probable que el criterio de una mujer, aun cuando  pertenezca a una clase económico-social elevada o goce de una formación superior del más alto nivel, será más fácilmente cuestionado y puesto en duda, tanto en público como en privado, toda vez que quien lo ponga en duda sea un hombre con pene, heterosexual y con acceso a una posición de poder.

Esto también ocurre en el escenario mediático. La opinión de un hombre será en principio más fácilmente escuchada, leída, tolerada y aceptada por sus congéneres hombres, e incluso por algunas mujeres. Resulta curioso que, con todas las imprecisiones, equívocos, problemas de estructuración, de sustentación y de sesgo basado en prejuicios ya señalados, la columna de Roberto Valencia “Violentados por tener pene” se convirtió en el cuarto texto más leído de la sección de Blogs de El Faro en 2017. En cambio, la columna “Denunciar las violencias no es una competencia de cifras”, de Laura Aguirre, una especialista en el tema, mucho más clara en sus argumentos, mejor estructurada y totalmente respetuosa en su lenguaje, no logró colarse en el conteo de las diez columnas más leídas de 2017 en El Faro. Claro, puede haber otras variables que hayan influido en tal desbalance de lectores, pero lo que resulta crucial en este caso es reparar en el potencial masivo de reproducción de ideas falsas, sesgadas o verdaderas, por parte de periodistas y medios de comunicación.

El ejercicio periodístico puede conducir a informar o a desinformar sobre qué es y cómo se manifiesta la violencia de género. La dinámica de trabajo en un medio de comunicación, en tanto parte del entramado social de violencia estructural de género  también reproduce patrones de discriminación. Como parte de dicho entramado, muchos periodistas hombres ejercen violencia en contra de compañeras de trabajo y, a nivel más amplio, del público femenino, en diversas formas. Acá se han citado apenas algunos ejemplos. En una sociedad como la salvadoreña, enraizada en uno de los territorios más violentos del mundo, los medios de comunicación social pueden convertirse en la gasolina que expanda el fuego de una cerilla. Y, en tiempos de nuevas tecnologías e Internet, tal responsabilidad se amplía a las redes sociales, una discusión en la que el New York Times se ha adelantado al definir una serie de pautas que orienten su uso cuando se forma parte de la planta laboral de un periódico.

Parte III. El falso problema de los falsos opuestos

Sería un error plantear nuevamente esta discusión en términos de una “guerra entre los sexos” (tan rentable en términos de rating o número de clics), de hombres contra mujeres, de hombres machistas contra mujeres feministas, o cualquier otra alternativa que derive en un nuevo reduccionismo.

En realidad, lo que Valencia parece haber intentado formular, esencialmente, tanto en su primera entrega como en la segunda, resulta finalmente explícito en el siguiente párrafo, de su segunda columna: “…las luchas contra el machismo y contra el clasismo deben, en esta sociedad en particular, ir cuanto menos de la mano”. El problema fue que al plantearlo de manera tan enredada, equívoca y errática en realidad planteó la discusión en términos de lo que se conoce como un “falso dilema” (cuando se asume que sólo existen dos opciones posibles, siendo factible admitir, al menos, una tercera opción).

Lo que Valencia ha señalado como un riesgo de “sesgo reduccionista” en los análisis de las feministas salvadoreñas, que asumen como válido privilegiar la variable de género sobre la de clase, se plantea como un falso dilema en tanto se asume que una y otra opción se oponen en la práctica. Sin embargo, un análisis que “privilegia” la variable de género puede aportar un nivel de profundización que una mirada panorámica, que considere simultáneamente distintas variables, difícilmente logra alcanzar sino a partir de análisis específicos previos. Por otro lado, una perspectiva “integral” resulta mucho más difícil de articular, en vista de la complejidad y multidimensionalidad de variables que involucra, tanto en términos de análisis, como de diseños de políticas y de su efectiva implementación. ¿Acaso no resulta válido también el criterio de viabilidad para admitir las lecturas en clave de género como el aporte sustancial que el movimiento feminista y el enfoque de género pueden hacer a la discusión de los problemas de violencia social en el país, en tanto llega el momento en que los actores políticos estén en capacidad de articular visiones integrales de país?

Excluir, por ejemplo, la variable de género del análisis sobre las condiciones que han posibilitado un feminicidio, una violación grupal y una desaparición perpetradas por parte de agentes policiales hombres en contra de mujeres policías, limitaría la comprensión y efectiva acción de las autoridades frente a un fenómeno más amplio pero profundamente arraigado en el sexismo. En los tres casos se presume complicidad, por acción u omisión, por parte de varios agentes de la Policía Nacional Civil. Por supuesto, hay otros factores relacionados: limitantes presupuestarias, falta de depuración de los agentes, políticas de seguridad desacertadas, entre otras que deben ser consideradas. Pero si los medios de comunicación, la academia y las instituciones de Estado niegan el peso de la variable de género en este tipo de violencia esto sólo contribuirá a limitar la comprensión de la población sobre una de las raíces fundamentales del fenómeno generalizado de violencia que atribula a nuestro país.

Ahora bien, si en realidad estas opciones no son incompatibles, ¿por qué Roberto Valencia planteó la discusión en términos de un “falso dilema”? ¿Lo hizo de manera intencional? No lo creo. La estrategia de utilizar un lenguaje enredado y encubierto para transmitir mensajes sexistas que él utilizó es la misma mediante la cual él y el resto de nosotros hemos sido bombardeados, sutil pero diariamente, a través de los distintos actores sociales que desde diversas instituciones se han encargado de transmitírnoslos de generación en generación por centurias: la escuela, la iglesia, la familia, la plaza pública. Caer en la cuenta de ello, sin embargo, no exime de responsabilidad ni al periodista ni al medio de comunicación por reproducir mensajes, prácticas y valores propios de la discriminación estructural que caracteriza al sistema patriarcal. Máxime cuando se ha llegado a sentar postura pública en este tema, como lo hizo El Faro mediante este editorial titulado “Sobre la violencia de género”.

Pero, ¿en verdad es tan importante hablar sobre la violencia simbólica que se ejerce desde los medios de comunicación en contra de las mujeres cuando hay nueve veces más hombres que mujeres muriendo en El Salvador, “robando” tiempo-aire en televisión y radio, espacio impreso o virtual en los periódicos, a problemas de violencia de mayor impacto en términos numéricos? ¿Se justifica preocuparse por señalar a periodistas o representantes de medios que ejercen violencia simbólica en lugar de ocuparse de delincuentes y agresores responsables de crímenes como los asesinatos, las violaciones o la corrupción? Sí, es importante. ¿Por qué es importante?

Primero, porque los actos de violencia simbólica que tienen lugar en medios de comunicación masiva adquieren un carácter de interés público. Segundo, porque el ámbito de lo simbólico es el ámbito desde donde imaginamos qué es posible o deseable en una sociedad, y qué no lo es. Tercero, porque ni los periodistas ni los medios de comunicación pueden ejercer su profesión al margen de la legalidad, la ética y el respeto a los Derechos Humanos.

Ningún medio ni periodista puede reducirse a sus yerros y sus prácticas violentas, a menos que de manera intencional incurran una y otra vez en ellos. Todo error supone una oportunidad de aprendizaje, para quien así lo decida. Pero negar la injusticia es revictimizante para quienes la sufren. Cualquier tipo de desigualdad es injusta. Por tanto, la inequidad de género también es injusticia. Quienes sufren violencia simbólica sexista a través de los medios de comunicación están habitualmente experimentando otros tipos de violencia de género —física, verbal, psicológica, sexual— en otros campos de su vida diaria: familia, escuela, trabajo, iglesia, vía pública, etc., etc. La inequidad por razones de género, de clase social, de origen étnico, de color de piel, sigue siendo una realidad en El Salvador y en el mundo entero.

Las columnas “Violentados por tener pene” y “Gracias, Laura” constituyen uno de los ejemplos más lamentables de la violencia simbólica ejercida desde los medios de comunicación en El Salvador. En ellas su autor se vale mensajes no explícitos, encubiertos tras una maraña de confusiones conceptuales, desorganización de ideas y afirmaciones, sin otro fundamento que un sesgo sexista para descalificar como “un reduccionismo que linda con la estupidez” la práctica del enfoque de género y el feminismo. Pero, en el fondo, él busca descalificar a las feministas salvadoreñas, a quienes intenta presentar como mujeres que ven fuegos donde no los hay, incapaces de reconocer el peso de la variable de la clase social, voceras de un radicalismo capaz de llegar a agredir a periodistas. En fin, como seres que se mueven más por el instinto y las emociones que por la razón. Tales descalificaciones, basadas en estereotipos de género, no sólo promueven la desinformación sobre el fenómeno de la violencia de género sino también su “naturalización” y “normalización”. Y esto se ha hecho a la luz pública.

Ojalá El Faro, Contrapunto, TCS y todos los medios de comunicación en El Salvador retomen las sugerencias de incorporar más mujeres periodistas a sus equipos de trabajo, no sólo como presentadoras y redactoras sino también en cargos de dirección con acceso a toma de decisiones; ojalá apuesten de manera estratégica por formar a sus periodistas hombres y mujeres en qué es la violencia de género y cómo los medios de comunicación se convierten en reproductores de la misma; ojalá sus jefaturas tomen conciencia de la importancia de incorporar este tema en la agenda de discusión mediática así como de la relevancia de que participen en su discusión tanto hombres como mujeres, sea en calidad de periodista o de fuente informativa. Prácticas como excluir a las mujeres de las discusiones que competen a las mujeres o, excluir de ellas a los hombres —su extremo opuesto— bajo la lógica de que “los temas de mujeres mejor que los discutan las mujeres” no abonan a resolver un problema que afecta a la sociedad entera. Un medio de comunicación que asume su labor de fiscalización del poder, no puede hacerlo de manera efectiva, coherente y transparente si no es desde una postura autocrítica y reflexiva sobre las dinámicas de poder al interior de su respectivo medio de comunicación. El Cuarto Poder tampoco puede quedar exento del cuestionamiento a su poder.

 


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RUTH GRÉGORI (El Salvador, 1975). Ensayista. Es graduada en Psicología y egresada de la Maestría en Estudios de Cultura Centroamericana opción Literatura de la Universidad de El Salvador. Su formación extra curricular abarca numerosos cursos y talleres en apreciación y práctica de distintas disciplinas artísticas: música, literatura, teatro, cine e historia del arte. Fue periodista en la sección cultural “El Ágora” del periódico virtual El Faro, responsable de comunicaciones e intercambio de conocimiento en el Programa de Seguridad Juvenil en Centroamérica de ICCO & Kerk in Actie (Países Bajos) y docente de Redacción en la Universidad Centroamericana de El Salvador (UCA). En los últimos años se ha desempeñado como consultora independiente en proyectos relacionados a la producción, sistematización y evaluación de textos escritos y audiovisuales. Sus colaboraciones para la revista cultural La Zebra incluyen los géneros de crónica, entrevista, ensayo y crítica de artes.

Foto de la autora: Guillo Martillhoz.
Arte: “Borea” de J. W. Waterhouse