Jorge Ávalos: “El taller literario y el potencial creativo” (entrevista)

Despertar la percepción, trabajar la memoria como fuente creativa y fortalecer el oficio de escribir son los pilares de un taller literario, según este reconocido escritor salvadoreño.

Jorge Ávalos
Entrevista de Gabriela Mendoza
La Zebra | #28 | Abril 1, 2018

Usted dijo que el tipo de taller que impartía era diferente a los demás, ¿qué tiene de diferente?

Nadie puede aprender a ser escritor por medio de un taller. Sin embargo, un taller sí puede abrir una puerta a nuestro potencial creativo, al potencial que ya está en nosotros, y puede mostrar opciones para canalizar el talento o la necesidad apremiante para la expresión personal. Los contenidos, la metodología y el diseño de mis talleres obedecen a esta convicción.

¿Qué temáticas incluye en los talleres que brinda?

Cada sesión de un taller debe estar estructurada alrededor de un objetivo de enseñanza. Los contenidos corresponden a estos objetivos. Yo me concentro en tres metas claramente definidas: la primera es desarrollar las habilidades de percepción de los estudiantes; la segunda es trabajar la memoria como fuente inagotable de inspiración; y la tercera es ejercitar la voluntad y el hábito de trabajo, que requiere dedicación y pasión constante.

¿Incluye alguna metodología para sus alumnos?

Sí. Mis estudiantes dedican un tercio del tiempo haciendo actividades prácticas para ejercitar la percepción sensorial; otro tercio, en ejercicios de memoria y de imaginación; y otro tercio en ejercicios de escritura.

Por lo general, ¿cuánto tiempo duran los talleres?

Yo prefiero una estructura de una sesión a la semana durante dos meses. Un taller debe ofrecer espacio para que el escritor trabaje por su cuenta y también debe tener un límite para que el escritor se gradúe de esa etapa y ponga a prueba lo que ha aprendido.

¿Qué se espera de los alumnos, que escriban algo grande, que publiquen?

No. Un taller es un período de proceso que permite la experimentación y la libertad. No es necesario que un participante escriba algo “grande”. Lo más importante que un taller le ofrece al participante es la oportunidad para asumir la voluntad de crear por medio de la palabra. Para llegar a eso, el instructor tendrá que brindar nuevas herramientas y el participante deberá descubrir y utilizar sus propias habilidades y talento. Aun así, no niego el poder de la publicación. Los resultados de mi último taller de narrativa, organizado por el Foro de Escritores, fueron publicados, y tanto los participantes como yo nos sentimos muy orgullosos de los logros, tan evidentes.

¿Es importante que se impartan talleres de literatura en el país?

Sí, en la medida en que estén bien diseñados y con el interés del participante en mente.

¿Se considera detractor o partidario de los talleres?

Soy partidario de motivar la imaginación y la creación por cualquier medio, pero me opongo a las siguientes deformaciones de un taller, y las cuales he visto en El Salvador: primero, un taller no debe ser permanente, porque esto crea un sentido de dependencia en el taller por parte del participante; segundo, un taller no debe convertirse en una capilla para el escritor que lo imparte, porque esto atrofia el talento individial del participante; por último, un taller debe ser un espacio de confianza en el que no se viole la distancia saludable que debe existir entre la persona que imparte el taller y la persona que lo recibe. Este último punto es un imperativo ético que está a la raíz de cómo funciona un taller: los participantes son vulnerables porque comparten sus historias personales, nos abren sus corazones y exponen sus emociones. Por lo tanto, violar ese vínculo de mutua confianza es siempre un abuso de poder.

¿Recomendaría a los jóvenes que quieren empezar una “carrera” como escritores que se acerquen a los talleres literarios para formarse como tales?

Algunos de los participantes en mis talleres, que sentían que no podían escribir, son ahora escritores de oficio, algunos de ellos periodistas. Esto sucedió porque encontraron la confianza en sí mismos para confirmar una vocación que ya estaba latente. Así que sí es posible usar un taller para explorar la posibilidad de una carrera como escritor, como comunicador o como periodista.

¿Cuál es el papel del director del taller y cuál el del alumno?

Un taller es un proceso participativo. El instructor del taller es ante todo un facilitador que dirige al alumno a través de un proceso de auto aprendizaje. Mi filosofía es que el escritor se hace a sí mismo. No puede ser de otra manera porque escribir es una tarea muy solitaria y necesitamos aprender a gozar de esa soledad creativa.

Puede mencionar algunas experiencias enriquecedoras cuando ha impartido los talleres, algún caso en especial.

Yo tengo un ejercicio que llamo “del ángel”, que funciona como una frontera: a menudo se convierte en la primera vez en que el participante escucha su propia voz. Casi siempre, más de alguno se pone a llorar al leer los resultados de ese ejercicio. Ese momento siempre es emocionante y enriquecedor para todos.

¿Algún resultado de sus talleres lo ha sorprendido?

Sí. Hay gente que desborda talento y uno no puede más que maravillarse. También he descubierto que hay escritores ya publicados, principalmente hombres, que sufren una crisis del ego cuando nadie los elogia en los talleres, es un fenómeno muy extraño que desaparece cuando aprenden a superar estímulos externos y se enfocan en sus propias fuerzas internas.

¿Qué debería esperar un alumno al terminar su taller de escritura?

Encontrar su propia voz.

 

Taller de Letras de Jorge Ávalos

Para participar en el próximo taller de letras de Jorge Ávalos en San Salvador, escribe al correo incluido en la siguiente postal:

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Esta entrevista de fondo fue realizada por Gabriela Mendoza para sustentar el artículoTalleres de escritura: técnicas, intercambio y creación, publicado en El Diario de Hoy, el miércoles 27 de enero de 2010.

 


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JORGE ÁVALOS (1964). Escritor y fotógrafo salvadoreño, editor de la revista La Zebra. Como cuentista ha ganado los dos premios centroamericanos de literatura: el Rogelio Sinán de Panamá, por La ciudad del deseo (2004), y el Monteforte Toledo de Guatemala, por El secreto del ángel(2012). En 2009 recibió el Premio Ovación de Teatro por su obra La balada de Jimmy Rosa. En 2015 estrenó La canción de nuestros días, por la que Teatro Zebra recibió el Premio Ovación 2014.