Martivón Galindo: “Exilio y creación” (opinión)

Exilio y creación de una identidad a través de la poesía,  en la meditación de una escritora salvadoreña expatriada en San Francisco, California, desde la década de 1980.

Martivón Galindo
La Zebra | #29 | Mayo 1, 2018

“La vuelta al país es entonces volver a ese lugar que habitan nuestros sueños y que no es más que la fijación del poeta de volver, de retornar al paraíso perdido.”
Alfonso Kijadurías

Exilio que viene de expatriar, sacar a alguien fuera de su patria, es sufrido no sólo geográfica, sino también espiritualmente o por marginación y exclusión, como lo han vivido grupos étnicos como los indígenas y de género como las mujeres. Así tenemos un exilio externo que es un exilio físico y geográfico, y un exilio interno que es el sufrido dentro del país por pertenecer a grupos de exclusión dentro de la sociedad o por no estar de acuerdo ideológicamente con el gobierno de turno.

El exilio interno, que aísla espiritual e ideológicamente al poeta del resto de la sociedad en la que vive, es también una lucha para resistir las presiones al sometimiento del pensamiento dominante. El exiliado interno busca su identidad como fortaleza desde la cual mantener su resistencia.

Como cualquier otro escritor exiliado, el poeta salvadoreño en el exilio externo, es también vulnerable y está permanentemente consciente de su no pertenencia al nuevo ambiente en el que vive; resistiendo así, a la asimilación. Por ello, el exilio va unido con el aferramiento a su identidad como salvadoreño, latinoamericano y revolucionario. Para los exiliados en Estados Unidos, la identidad cultural de grupo los separa de la cultura dominante. Hay también un temor de ser absorbidos por el consumismo y la comodidad de la vida norteamericana. La resistencia es también a esto, y el poeta constantemente critica esas características casi como una forma de exorcismo para no contaminarse con ellas.

Dentro de la tradición cristiana, todos somos exiliados de la tierra prometida desde el momento que Dios expulsó a Adán y Eva del paraíso. Todas las metas y objetivos se ven como relativos, ya que todos estamos condenados a una eterna nostalgia por este paraíso. El exilio del ser humano comenzó como un castigo sentenciado por un ser con una jerarquía superior. A través de esta acción violenta de salida forzada que es modernamente ejecutada por unos humanos en el poder hacia otros seres humanos, se pretende arrancar la identidad del castigado. Sin embargo, se produce un efecto contrario sobre el exiliado: un deseo de construir una nueva identidad. De allí que el nacionalismo está esencialmente asociado con el exilio, con un sentimiento de pertenencia a un lugar, gente y cultura acompañado con una crítica de la condiciones sociales y políticas del gobierno que lo expulsó. Es así que el exiliado puede con la distancia ejercer su derecho de expresión. Sin embargo, cualquier ganancia debida al exilio es disminuida por la pérdida de lo dejado atrás y por la pérdida de la libertad al no poder regresar cuando se quiera. El héroe, como Ulises, que se aleja de su patria, de sus amigos y todo lo que ama, para emprender el viaje, lo hace consciente de la dificultad de lo que le espera: lo desconocido. No obstante, la distancia y la pérdida de lo suyo, hacen del exiliado un nuevo ser, ya sea un amargado y eterno resentido, o alguien quien al encontrarse en la soledad del exilio se cuestiona de donde viene para así crecer y enriquecer sus horizontes mentales. De tal manera que cuando enfoque otra vez su realidad, lo pueda hacer con mayor lucidez y efecto.

En el primer estadio del exilio hay desespero, resultado más de los problemas personales que por circunstancias externas. El exiliado siente que ha perdido el nombre, tiene miedo al fracaso y sufre de tormento moral. Los exiliados de cualquier país comparten el mismo patrón de crítica, nostalgia, angustia y sensación de pérdida de su paraíso. Pero al contrario de los expatriados voluntarios pertenecientes a la elite, los intelectuales comparten el exilio con miles de campesinos y obreros, oficinistas y profesionales que les muestran a los escritores y artistas que no son nada especial.

El retorno está siempre presente en el estar pendiente de lo que pasa “allá”. Como los falsos profetas del infierno de Dante, la cabeza del exiliado está siempre vuelta hacia atrás. No hay, pues, exilio sin la intención de regresar. La ilusión se rompe cuando al regreso se encuentra que hasta el tono en el que la gente habla ha cambiado o aún más desconcertante, que nada —social, política y culturalmente— ha cambiado. Entonces puede producirse el verdadero desarraigo, la no pertenencia.
En el exilio interior, el de los escritores opuestos al régimen o revolucionarios, que viven dentro del país, se da un lenguaje más simbólico, disfrazando las cosas que no se pueden decir directamente. El exilio se da al sentirse separados de un país representado por un gobierno represivo e injusto.

En ambos exiliados el amor por la patria se acrecienta, y más aún por la distancia para el exilio externo. La muerte, por otra parte, toma características a veces gloriosas por los compañeros que mueren luchando, por el dolor y rabia por los familiares y amigos que desaparecen o son hallados mutilados, víctimas de los escuadrones de la muerte. Hay un resabio del interés de los románticos por la muerte, y la voz poética es la del redentor o la del mártir, que se plasma no sólo en poemas glorificando a los que caen, sino también en la pintura donde las imágenes de la muerte aparecen ya como acompañante, oficiante, personaje principal o en una visión apocalíptica totalizadora. Esto lo vemos claramente en el grabado “Venid a ver la sangre por las calles” del artista salvadoreño Ricardo Portillo.

La temática es pues, la misma tanto en los escritores en el exilio externo como en el interno. Lo que cambia es el espacio, la inmersión dentro del ambiente de violencia y muerte, o la mirada en perspectiva desde afuera del exiliado.

La identidad de resistencia está profundamente marcada por el lenguaje popular, regional y coloquial (incluyendo las “malas palabras”), por el uso frecuente de los diminutivos, por los que fueron llamados pipiles, y por el voseo familiar e informal. El poeta Rafael Mendoza lo expresa en su poema “Por vida tuyita” en Homenaje Nacional:

Mirá Salvadorcito chulo
que se te acaben los jocotes
el café
pero, por vidita tuya,
que no se te acaben los Árboles de Fuego

El espacio también viene y va, de allá de El Salvador hacia acá en el norte, en Estados Unidos y Canadá, perdiendo también su identidad, en una angustiosa inquietud de no pertenencia o de doble pertenencia.

 


martivon_galindo.jpg

MARTIVÓN GALINDO. Nació en El Salvador y vive en el Área de la Bahía de San Francisco, California, desde 1981. Obtuvo su doctorado de Literatura Latinoamericana de la Universidad de Berkeley de California. Profesora Emérita de Holy Names University, Oakland, donde fue directora y profesora del programa de “Latin American & Latino/a Studies” por veintiún años. Sus publicaciones incluyen tres libros de poesía: Retazos (poesía en prosa y verso, 1996); Whisper of Dead Leaves (poesía en inglés, 2004); y Solamor (2016). Ha publicado un libro de cuentos: Para amestrar a un tigre (2012). La tormenta rodando por la cuesta (2015), reúne sus crónicas y testimonio. Con Armando Molina editó Imponiendo presencias: breve antología de otros narradores expatriados latinoamericanos (1995).

Ilustración de portada, por la autora, Martivón Galindo: “Los que mueren por la vida [no deben llamarse muertos]”, monoprint.