Efraín Caravantes: “A cien años de la odisea de un día” (ensayo)

Diario, crónica y reflexión apasionada sobre una lectura de vida: el “Ulises” de James Joyce. Por un poeta y artista gráfico salvadoreño.

Efraín Caravantes
La Zebra | #31 | Julio 1, 2018

“hablo de la ciudad inmensa, realidad diaria hecha de dos palabras: los otros, y en cada uno de ellos hay un yo cercenado de un nosotros, un yo a la deriva”
Hablo de la ciudad
Octavio Paz

“Pero confundes siempre el camino de tu vida con los caminos del libro. Por ello, cuando lees, retornas siempre a una calle que no llega a ningún lugar.”
La ciudad del deseo
Jorge Ávalos

16 de junio
Todo pasó un día como hoy hace 114 años: 16 de junio de 1904. Todo pasó en un día y cada año lo que hace es florecer. Bloomsday. El día florece como florece el viaje. Todo libro es un viaje. Leyendo conocemos la otredad: todo lo que no es yo, todo lo que está en cualquier lugar, menos aquí. Entonces, mientras leemos asistimos a la disolución de las identidades, al derrumbe de la separación. Yo, cualquiera que sea la palabra que me nombre, soy todos, y este día es todos los días, la eternidad.

Supe de Ulises (1922), de James Joyce, muy probablemente hacia el año 2010, a mis 27 años. Una amiga, cerca de esa fecha, me prestó una edición que, de entrada, no me gustó. Era uno de esos libros de Editores Mexicanos Unidos, los cuales me parecen excepcionalmente feos. Fue el primer intento. Fallido. Para mí, los libros son sujetos de apreciación desde su forma hasta su contenido. Juzgo cada libro por su diseño, su papel, su tipografía, su contenido, sus ideas. Ignoren a quien les diga que “no se debe juzgar un libro por su portada”.

No fue sino hasta el año 2014 que encontré una edición mínimamente decente y, siendo una novela voluminosa, en un solo libro. A veces, Ulises está partido en dos. La edición que encontré fue la española de Debolsillo, traducción de José María Valverde. Ese año comencé a conocer más sobre el viaje que tenía en las manos y comenzó a crecer mi interés. Libros como este son, además de un viaje, un desafío. Sin embargo, antes de terminar la primera parte, ya había dejado de leerlo. Segundo intento fallido. ¿Por qué? No estaba preparado. ¿Por qué? No leí libros hasta que llegué a la universidad, por lo que, para ese tiempo, no había leído la Odisea, de Homero. Y Ulises está basado en la Odisea.

¿Se puede leer Ulises sin haber leído la Odisea? Sí y no. Puede leerse sabiendo a grandes rasgos lo que sucede en la Odisea (Ulises sale de Ítaca hacia Troya. Pasa 20 años fuera de su tierra, condenado a vagar sin rumbo. Favorecido por los dioses, regresa y comienza una serie de encuentros: primero con Telémaco, su hijo; luego Penélope, su amada y fiel esposa; y por último, Laertes, su padre), pero se deja de lado una gran cantidad de información que, probablemente, solo probablemente, ayuda a procesar mejor el texto, a tener un mejor viaje. Algunos simplemente dirán que hacer esto es equivalente a un pecado.

Para el tercer intento pensé que debía prepararme mejor, por lo decidí dos lecturas que me harían tener una mejor experiencia: busqué y encontré una edición decente de la Odisea, versificada en hexámetros; y desempolvé el Retrato del artista adolescente (1916), también de Joyce. Ya dije que Ulises está basado en la Odisea. Ahora agrego que el Retrato registra el paso de la adolescencia a la adultez de Stephen Dedalus, un aspirante de artista, poeta. Stephen, ya adulto, reaparece en Ulises.

No entendí por qué no había leído antes la Odisea, por qué me había tardado tanto en llegar. Y solo pude responder que los caminos de la literatura, como los del Señor, son misteriosos. Me pareció una historia fantástica, sumamente interesante, y comprendí por qué es uno de los más importantes poemas que se han escrito en la historia.

¿Notaron que he hecho dos referencias al cristianismo en lo que va del texto, sobre el pecado y los caminos del Señor? No son gratuitas. En el Retrato, Stephen Dedalus es alumno de varios centros educativos cristianos en Dublín. La educación de Stephen, como la del mismo Joyce, fue jesuita. Se dice que en el Retrato comienza el gran aporte que la Compañía de Jesús ha legado a la literatura universal. Joyce desarrolla, como ya dije, el paso de la adolescencia a la adultez de Stephen, no solo a nivel conceptual, sino narrativo: va experimentando pequeñas rupturas en la forma de contar la historia, dinámica que en Ulises encuentra toda la madurez y ninguna clase de arrepentimiento.

Como mi ritmo de lectura es lento. Del 21 de julio al 5 de noviembre de 2017 leí la Odisea; del 6 de noviembre al 31 de diciembre, el Retrato. El año nuevo, 2018, me encontró iniciando junto a Ulises la odisea de un día, a 100 años de haber comenzado a ver la luz del mundo, por entregas, en The Little Review, de Estados Unidos. El tercer intento del viaje fue totalmente distinto.

1 de enero
Here comes the fun.

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5 de enero
Filosotaptor
Si hace años dije que “me gusta la gente que es más interesante que un libro” y ahora digo que “me gusta la gente que es más interesante que Ulises, de Joyce”; y si, por la técnica, llego a que Ulises es, sobre todo, la mente de alguien ―hasta donde voy, de Stephen Dedalus―, no tanto lo que piensa sino cómo lo piensa, cómo procesa ideas y emociones, llegaría a que, en el fondo, lo que me gusta es el proceso de la mente humana para procesar esas ideas y esas emociones. Si todo eso es así, ¿esto me deja gustando de mayor cantidad de personas, aunque no sean más interesantes que un libro?

James Joyce a.k.a. Tejedor de Viento
“¿Y si Pirro no hubiera caído por mano de una arpía o si Julio César no hubiera muerto apuñalado? No se les puede suprimir con el pensamiento. El tiempo les ha marcado y, encadenados, residen en el espacio de las infinitas posibilidades que han desalojado. Pero ¿pueden éstas haber sido posibles, visto que nunca han sido? ¿O era posible solamente lo que pasó? Teje, tejedor de viento.” (Cap. 2)

10 de enero
Corrección: Ulises no es la mente de Stephen Dedalus. Tampoco la de Leopold Bloom. Es como caer en el piso 7½ del edificio Mertin-Flemmer. Es muchas mentes. Incluso las suyas. Asistan a su propio espectáculo. Léanse.

De la misma manera en que un actor interpreta un papel, Joyce se encarga de hacer una interpretación contemporánea de la historia de ese hombre que vagó por mucho tiempo. Para Joyce, Ulises reencarna en Leopold Bloom y su odisea dura solamente un día. Para Joyce, Telémaco reencarna en Stephen Dedalus y su lealtad por el padre es menor que nada. Para Joyce, Penélope reencarna en Molly Bloom, quien no solo es infiel, sino que goza demasiado su relación extramarital.

En esa reescritura, a manera de una épica cotidiana, Joyce profundiza más todavía en los personajes, sobre todo llevado de la mano del stream of consciousness o monólogo interior, una de las técnicas narrativas más presentes en el libro y que varios autores estaban utilizando por su tiempo, de diferentes maneras.

Digo “una de las técnicas narrativas” porque en Ulises cada capítulo está escrito con una técnica distinta, cada uno es un viaje en sí mismo, es un libro que cambia a cada momento, a cada página, a cada oración, incluso a cada palabra. El movimiento, a menudo vertiginoso, nos recuerda a la vida misma: Ulises, como Frankenstein, está vivo. Y es un monstruo.

2 de febrero
Acabo de ver a unos señores que regresaban de la ferretería con bolsas y tubos de PVC. “Fontaneros han de ser”, pensé. Luego de eso, sin mayor consciencia de ello, empecé a examinar la palabra “fontanero”, que comparte raíz con “fontana”, y pensé en la de Trevi y los turistas lanzando monedas para tener buena suerte. Luego pensé en la versión en español, “fuente”, y de cómo el agua, más allá del lenguaje, es la misma para todos y recorre los espacios y se amolda en cualquier lugar del mundo. Luego pensé que “fuente” también es tipografía, y me interesó investigar desde cuándo le llamamos así, pero sobre todo me gustó imaginar al lenguaje, a las letras, los signos, como esa agua que recorre hasta los más lejanos rincones de la mente humana y la inunda, para hacerse parte del stream of consciousness de la vida. En esa extrañeza estaba cuando recordé a Mario y Luigi saltando y metiéndose en las tuberías y me dio risa recordarlos. Fue precisamente ese contacto de personajes y cañerías lo que me hizo salir de la realidad del lenguaje y volver a la realidad de las cosas: recordé que el chorro de la pila no está funcionando bien y que, por más que piense y verbalice el mundo, este no va a arreglarse solo. 

12 de febrero

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El capítulo 7 de Ulises ha sido el más duro de leer hasta ahora. Por unas referencias de lugares en este, me puse a recorrer Dublín en Google Maps, buscando calles o monumentos que aparecen en él. En eso estaba cuando encontré gentes que ya hicieron hasta recorridos ubicando capítulos y actividades hechas por los personajes o haciendo referencias a la Odisea. Nada nuevo, pero de utilidad. Sin embargo, cuando busqué el lugar donde comienza Ulises, que es la estructura señalada en blanco en la fotografía y que yo imaginé más grande mientras leía, lo que me sorprendió fue el mar (Thalatta! Thalatta!): es del mismo color (o muuuy similar) que el color que tanto buscaron para la primera edición de la novela, hace 96 años (la primera imagen inserta). Sabía que Joyce había insistido mucho en cierto color de azul turquesa, pero, pobre ingenuo que soy, nunca lo asocié directamente con el color del mar en ese preciso lugar de la tierra, si es que antes tenía el mismo color. Al menos ahora parece que sigue teniéndolo. Y me parece super hermosa esa decisión de diseño: cubrir ese libro con el Mar Irlandés. Me gusta que incluso la edición que yo tengo y leo (la segunda foto inserta) respete de buena manera eso. Teniendo todo eso en cuenta, y luego, leyendo el capítulo 8, llego a que: “Realmente, ¿cómo puede uno ser propietario de agua? Siempre está fluyendo en corriente, nunca la misma que en la corriente de la vida perseguimos. Porque la vida es una corriente.” Y este libro, también.

19 de febrero
Acabo de terminar Ulises 31. Y pienso en Homero poniendo en boca de Atenea que “Necesario es que el viaje fructífero sea y termine”, incluso antes de narrar todas las aventuras que pasará el arquetipo de Nadie. Sin embargo Kavafis, también actuando bajo conocimiento, agrega:

No temas a los Lestrigones ni a los Cíclopes
ni al colérico Poseidón,
seres tales jamás hallarás en tu camino,
si tu pensar es elevado, si selecta
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo
(…)
si no los llevas dentro de tu alma,
si no los yergue tu alma ante ti.

Pero es que no es tan fácil en la práctica salir victorioso si, como Armijo, uno sabe que:

No soy Ulises
fuera de la escritura
el mundo no lo conozco

Me parece un pedazo de vidrio
Un despelote donde tirios y troyanos tienen la misma sangre
y se vuelven furiosos
locos Macbeths

en cualquier rincón, cualquier ciudad del mundo que es todas las ciudades.
(“Una ciudad entera pasa allá, otra ciudad entera viene, pasas, calles, millas de pavimentación, ladrillos en pilas, piedras. Cambiando de manos. Este propietario, ése. El dueño de la casa no se muere nunca, dicen. Otro se mete en su ropa cuando llega el aviso de dejarlo. Compran todo el sitio a fuerza de oro y sin embargo siguen teniendo todo el oro. Hay una estafa ahí, no sé dónde. Amontonados en ciudades, erosionados siglo tras siglo. Pirámides en la arena. Construidas sobre pan y cebolla. Esclavos. Muralla de la China. Babilonia. Grandes piedras que han quedado. Torres redondas. El resto es escombros, suburbios extinguiéndose, chabolas”, leí ahora en el capítulo 8 de Ulises, y quise que fuese mío ese párrafo.)
Pero cualquier ciudad

siempre es la misma. Otra no busques
―no hay―,
ni caminos ni barco para ti

¿o no, Kavafis? Solo existe lo que está frente a uno para cada uno, al alcance de la mano y de un segundo. Lo demás puede ser cualquier cosa. Acabo de terminar Ulises 31 y, luego de 26 capítulos animados, el que Borges “decía que Nadie era su nombre” justamente sentencia: “Ha sido un viaje extraño”. Y su hijo: “Un viaje maravilloso”.

Paralelo a la lectura de la obra maestra de Joyce, he visto series como Ulises 31. He recordado al poeta griego Constantino Kavafis y al salvadoreño Roberto Armijo, quienes fueron grandes apasionados de la Odisea. Durante estos meses y también ahora, mientras escribo esto, The Odyssey, de Symphony X, ha sido mi banda sonora. Hace unos días volví a ver 2001: A Space Odyssey y terminé de ver El viaje de Chihiro. Por un meme supe que hay quien encuentra similitudes entre la Odisea y la película de Bob Esponja. En mi escritorio tengo, para leer más pronto que tarde, una copia de Omeros, de Dereck Walcott, poema épico que retoma varios personajes de Homero para ubicarlos en otro tiempo y otro espacio.

6 de marzo
“–El arte tiene que revelarnos ideas, esencias espirituales sin forma. La cuestión suprema sobre una obra de arte es desde qué profundidad de vida emerge. La pintura de Gustave Moreau es la pintura de ideas. La más profunda poesía de Shelley, las palabras de Hamlet ponen nuestras mentes en contacto con la sabiduría eterna, el mundo de las ideas de Platón. Todo lo demás es especulación de escolares para escolares.
(…)
–Los escolásticos fueron primero escolares –dijo Stephen supercortésmente–. Aristóteles fue un tiempo escolar de Platón.” (Cap. 9)

13 de marzo
Hoy en la mañana crucé de la Torre Telefónica hacia la Pizza Hut del Salvador del Mundo. Iba caminando por el paso cebra cuando noté a una  chica a mi lado. Sonreímos. Ella se adelantó y me fijé en su blusa, en los botones dorados que tenía detrás. Trabajé, almorcé, escuché música, fui al baño, me lavé los dientes, salí de trabajar. Por la tarde, para regresar a casa, el bus al que me subí venía lleno, por lo que me quedé parado. Una chica que iba sentada me pidió el libro que llevaba en las manos, Ulises, y sonrió. Poco a poco, viéndola, comencé a pensar en la sonrisa del paso cebra de la mañana. Estaba en eso, absorto, cuando se levantó para bajarse y me devolvió el libro. Al darse la vuelta y caminar hacia el fondo del bus, su blusa, los botones dorados.

27 de marzo
Veo el pasado en mi back-up de fotos y veo islas en medio de un océano. En esta vista, cada isla recobra su justa medida: la que tenía territorio de más se reduce a lo que fue y la que estaba disminuida se crece a su verdadero tamaño. Otras se pierden, engullidas por el océano. Después de todo, algunas de estas parecen hermosas islas. Pero los pies en otra parte, lejos.

En el 2016 hice una serie de collages, un abecedario de obsesiones. Escogí para diseñar cada letra los apellidos de los autores y artistas que me apasionaban. La jota fue únicamente para Joyce. Corté al azar un mapa del Itinerario de Ulises por el Mediterráneo y un retrato de Joyce, luego los fui pegando intercalados, como haciendo un mosaico con las piezas. Entre estas surgió entonces un camino, como surge también en medio de las paredes de un laberinto. Ulises es un libro imposible, un viaje lleno de pistas, muchas de ellas irreconocibles, pero que en conjunto componen el rostro de cualquier persona en el mundo.

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8 de mayo
Qué increíbles los capítulos 11 (todo tan musical, tanto que termina con un pedo), 12 (parodias intercaladas de estilos jurídico, religioso, deportivo, nacionalista, etc., en medio de una conversación acalorada antisemita en un bar) y 13 (pasaje erótico de novela rosa en la playa, con Misa, fuegos artificiales, mensajes escritos en la arena y luego borrados y monólogo interior muy interesante) de Ulises. Es impresionante cómo cambia a cada momento este libro: me siento enamorado.

13 de mayo
He llegado al “corazón” de Ulises, capítulo 15: la “magna fantasmagoría” escrita como teatro.

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16 de mayo
“Titivillus o Tutivillus fue un demonio que durante el medievo se creía que trabajaba en nombre de Belfegor, Lucifer o Satanás para introducir errores en el trabajo de los escribas. (…) También ha sido descrito como el demonio que recuerda y que produce, principalmente durante el servicio religioso y el tiempo de oración, la charla ociosa, la mala pronunciación, murmuración u omisión de palabras, para que pueda imputarse el Infierno a los pecadores y a los que ofenden.”

✓ Charla ociosa en todo el libro.
✓ Mala pronunciación y escritura totalmente a propósito.
✓ Murmuración muy frecuente.
✓ Omisión de palabras, oraciones, párrafos completos.
✓ Creación de palabras u oraciones o párrafos impronunciables en un solo respiro.
✓ Ideas sueltas que tienen seguimiento únicamente cientos de páginas después.
✓ Burla durante o del servicio religioso (en latín, además, citando a los grandes místicos cristianos).

James Joyce fijo estaba poseído por Titivillus o, mejor aún, fue Titivillus en hueso y carne y licencias.

Pocas veces en la vida he tenido la sensación de estar leyendo algo que, más que un libro, es la vida misma, tan impredecible, tan presente, tan inconclusa. Tengo una pasión incansable por el movimiento, por las cosas que cambian, por lo que no entiendo, por lo que parece o es un rompecabezas, por lo absurdo.

Desde que leí Trópico de Cáncer (1934) y Trópico de Capricornio (1938), de Henry Miller, no encontraba algo que me impresionara y obsesionara tanto por tanta transgresión junta a todo lo establecido. He sabido de personas que dejan de leer los Trópicos porque no entienden, porque no saben qué quiere decir Miller, porque no es la estructura acostumbrada de una novela, porque no tienen estructura, etc. Y todo es cierto. Tanto Ulises como los Trópicos son ampliamente reconocidos como grandes ejemplos de anti-arte.

Es emocionante pensar que Ulises estaba siendo escrito al mismo tiempo que Marcel Duchamp estaba tumbando un urinario en el piso, para nombrarlo La fuente (1917). Es emocionante pensar que muchos años antes que el Teatro del absurdo fuera reconocido y aglutinado por sus rasgos en común, muchos años antes que obras como Esperando a Godot, de Samuel Beckett, o La cantante calva, de Eugène Ionesco, fueran publicadas en 1952, Joyce, en el capítulo 15 de Ulises, escribió una obra de teatro totalmente absurda. Absurda, cómica y, sobre todo, irrepresentable. Ulises, desde cualquier punto de vista, es un libro imposible, y que exista en el mundo bajo ese término, simplemente, quizá sea su mayor encanto.

17 de mayo
¿Personajes de Joyce?

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21 de mayo
Ella, toda bronce, de unos 45 años, cruza de extremo a extremo el bus. En una de sus pantorrillas tiene un tatuaje. Lleva una niña vestida como Minnie Mouse en brazos y un celular. Se sienta, le hace cariños, y pronto mueve su atención a su celular. Después de escribir algo breve, borra las aplicaciones abiertas, lo apaga, abre su escote y lo guarda junto a su pecho izquierdo. Sonríe.

22 de mayo
Ella, por su camisa estampada y una pequeña pila de periódicos que bien podrían ser una almohada, vendedora de “noticias” impresas, “rubia”, acostada en la acera bajo un árbol cercano, por su postura, por la composición y si estuviera desnuda, sería una escultura de Maillol. Él, parado, sostiene, aunque no es necesario (¿o sí?), una escopeta, en pose desafiante, como de superhéroe; le hacen falta solamente una capa y viento para moverla. Están entre que hablan y ríen. Ella, de pronto, detiene la acción porque ve pasar a un hombre que la mira. Él voltea y también lo ve pasar. El hombre que pasa los ve y piensa que “Ella, por su camisa estampada…”

23 de mayo
He estado trabajando en diseño editorial por varios años. Recientemente conocí a un ejecutivo de ventas de una imprenta y comencé a trabajar con él. No sé cuándo comencé a visualizarlo como Leopold Bloom, aunque sí sé por qué: ambos tienen casi la misma edad y se dedican a publicar materiales impresos. Cada vez que leo lo que hace Leopold, imagino que es el ejecutivo de la imprenta que conozco quien lo hace. Navegando en la web me encontré un boceto atribuido a Joyce, en el cual escribió en griego el primer verso de la Odisea: “Habla, Musa, de aquel hombre astuto que erró largo tiempo”. Más abajo, a la izquierda, dibujó una figura: Leopold Bloom, el publicista. No les puedo expresar la sorpresa que me llevé al darme cuenta del parecido extremo que tiene mi conocido con Leopold Bloom. Estoy pensando en regalarle un bombín.

23 de mayo

24 de mayo
—¡Vé! Qué chivo —dice ella de la nada—. Estar ahí, en esa hamaca.
Sorprendido y cambiando su objeto de atención, él le sonríe. Ella mira hacia arriba y levanta las manos, como si dibujara la sombra de un árbol que cayera sobre ella, como si estuviera clamando a Dios o como si ambas actividades se dieran en un solo gesto. Hay algo de ironía en su expresión. Es morena, lleva una gorra gris. Él vuelve a su actividad.
—Es una gran bendición, debe darle gracias a Dios por eso.
Por esa frase, él se da cuenta que sigue cerca. Vuelve a verla.
—Sí, estar ahí…
Ella se moja los dedos y pasa las páginas imaginarias de un libro que sostiene en la otra mano. Pronto y también de la nada, sin razón aparente, ella se deshace del libro imaginario, toma su carretilla y sigue su curso.
—Plantas, plantas, le llevo plantas —se escucha cada vez más lejos.
Sobre esas líneas, fading away, él se queda pensando en los privilegios y en la opresión de las plantas, de los árboles, que silenciosamente sostienen el mundo sin reclamar nada: son vendidos con fines estéticos, sostienen hamacas que eventualmente sostienen cuerpos, y algunos de esos cuerpos sostienen libros gruesos y de portadas azules que, dicho sea, también son producidos a partir de ellos. Pobres.

26 de mayo
Una calle larga como el tiempo
Ella, desnuda, de bronce, sobre un pedestal de cemento, sostiene en sus manos una balanza y una espada y mira hacia el sur. Esquina.
Él, cerca de un carro amarillo con patrón cuadriculado, como de ajedrez, sentado en una piedra. Borrachos a su lado. Cabeza de uno de ellos, dormida como escultura de Brancusi, descansa sobre un brazo, alargado. Otro da saltos cortos como si el piso estuviera en llamas. Su diversión. Calle.
Él, en este parqueo de una casa de dos plantas, levanta una especie de tienda de campaña de cartones, se alista para pasar la noche. Le pregunto por el autorretrato que le encargué hace meses. Me dice que lo comenzó, que a alguien más le gusto y se lo vendió. Me despido de él con un abrazo y me pregunta si tengo algo de dinero. Toco mi bolsillo y le pregunto si tiene vuelto de un dólar. Me devuelve veinticinco centavos. Cuando saca la moneda de su bolsillo saca también un cigarro, de esos que tienen el filtro café. Calle.
Ella, con vestido negro y corto, pasa frente a un hombre sentado en un arriate. Su vista la sigue. Mi vista sigue su vista. Me ve al pasar. Calle.
Ella, con vestido negro y corto, camina calle abajo. Puerta balcón abierta. Ella, al fondo, sostiene un niño, como dándole de mamar, sin el pecho visto. Sonríe con malicia. Él, en primer plano, guarda frascos llenos de dulces, frituras embolsadas y panes. En respuesta, también sonríe. Carro con luces encendidas, parpadeantes. Él, lentes oscuros y escopeta en sus manos, se acerca a la reja ya colocada, cerca del carro: “¿A ella la busca?” Desde el carro, responde: “‎No, él”. Carro se detiene. Calle.
Ellos y ellas, en círculo, fuman cigarros y hablan como la gente habla los sábados, al final de la tarde. Maniquíes casi al borde de la calle. Ella, muy joven, limpia con un trapo las partes no expuestas, blancas, con un movimiento que hace recordar un látigo. Vapor, olor a queso quemado. Ellas hablan sentadas en una de muchas mesas. Intercambian monedas. La vieja se ve enojada con la joven. Luces geométricas, colores neón, ellos cuidando la entrada de un pequeño edificio negro. Afuera, él cocina en una plancha de metal con sillas alrededor. Un equipo de sonido reproduce una canción de despecho sobre melodías de instrumentos de viento. Calle.
Él, de lejos, con sombrero tejido, en sentido contrario, trae globos de distintos tamaños, rojos y verdes, bajo sus axilas, en sus manos. Cada vez más cerca. Son seis globos, su piel oscura, su ropa sucia. Pasa de largo mientras murmura palabras incomprensibles. Calle. Globo rojo, el séptimo, con restos de uno verde colgado y desinflado, movido por el aire de los carros que siguen corriendo hacia al norte: manzana de aire dando tumbos, manzana caída de todas las manos, yendo quién sabe dónde.

Pedro Halffter Caro, director de orquesta y compositor español, durante una entrevista publicada en el periódico El Mundo, de España, en enero de este año, habla de su proceso de composición de Thank you Mr. Joyce, una sinfonía escrita a partir de la lectura de Ulises:

“Que es muy difícil entender al principio, pero después resulta fascinante, el preguntarte quién está hablando ahora mismo (…) es muy divertido, eso es lo que yo intentaba, que el público cuando escuche la obra [musical] no sepa exactamente lo que está ocurriendo, esa es un poco la esencia, y que sea algo ambiguo: la ambigüedad y la ironía, que también entra dentro de lo que es el libro (…) yo creo ese libro es inabarcable desde el punto de vista cinematográfico o incluso hacer una obra de teatro, es imposible”.

Sí, para mí es atrayente lo ambiguo, lo incomprensible, lo absurdo, y más porque todas esas cosas están mezcladas con lo lógico, lo estructurado, lo profundamente claro. “He escrito el Ulises para mantener ocupados a los críticos durante 300 años” dice José María Valverde ―en el prólogo del libro― que dijo Joyce en una entrevista. También dice que “en Ulises he metido tantos enigmas y rompecabezas que tendrá atareados a los profesores durante siglos discutiendo sobre lo que quise decir”.

29 de mayo
Solo quien conoce el orden que subyace a las cosas puede desordenarlas para luego revelar sus qués y cómos. A Joyce se le ocurrió, en el capítulo 17 de Ulises, a su llegada a Ítaca después de su odisea de un día, después del insufrible capítulo 16 y antes de darle su voz a Penélope, aclarar el camino. Porque la vuelta a casa seguramente es eso: la gran respuesta. Como a niñitos que no sabemos nada del mundo, nos lleva, respondiendo cada una de nuestras preguntas con una claridad que pasma, emociona y conmueve.

4 de junio
Dicen que el capítulo 15 de Ulises es el corazón del libro. Es el más complejo a nivel técnico, sí. Pero el verdadero corazón es el 17, que narra el camino a solas de “Ulises” junto a su “hijo”, la llegada a “Ítaca”, la despedida como si nada hubiese pasado y el arribo a la cama, a la mujer, “Penélope”. Lo predecible, si no fuera porque entre preguntas y respuestas, tan lógicas y precisas, siguiendo el esquema de una historia escrita hace miles de años, va desarrollándose la verdadera historia emocional de sus personajes, prolongándose hasta el 18.

Sí porque el 5 de junio de 2018 a pocas horas de cumplir 35 años terminé de leer el largo monólogo interior de Molly Bloom y con este a Ulises ella está en su cama Leopold Suopold Poldy Boom Bloom está a su lado ambos están solos sin embargo yo estoy solo en esta cama a la que he vuelto después de un día de trabajo en el que sí fue un viaje de 155 días en el cual disfruté me emocioné me aburrí no entendí porque habría que ser Joyce para saber más aunque no a cabalidad lo que sucede sí El sueño de la razón produce monstruos porque entendí reí sufrí pensé miles de cosas a partir de lo leído y aún así seguiré pensando en sí porque no hace falta entender no se trata de formas se trata de lo que surge de las formas se trata de lo que se siente lo que no está escrito de leer entre sí lo que me interesa es la experiencia un registro amplio de matices tengo unos días para escribir antes de Bloomsday pero no un ensayo no me gusta lo definido no me siento cómodo lo que vale es la experiencia lo que se siente sí el amanecer Así habló Zaratustra se trata de volver después de una guerra se trata de escribir lo que pasó durante se trata de ir lejos porque hay un monolito un enigma que se planta frente a nuestras narices y no se mueve se trata de sobrepasar Júpiter sí el viaje la dimetiltriptamina se trata de escribir la muerte sobre los colores que se fugan en perspectiva sí instantáneas de una muerte territorios desconocidos la exploración caminar caminar caminar moverse incluso físicamente sí se trata de volver a Casa después de haber sobrepasado la noche y encontrar la calma y no querer salir de sí se trata de volver a una casa a un cuarto a una cama que es todos los lugares todas las edades propias y ajenas este día el único somos eso y aquello y la pregunta siempre enfrente y la respuesta siempre amaneciendo de nuevo sí siempre Sí.

 


EFRAÍN CARAVANTES (El Salvador, 1983).

Calla cosas y habla de ellas en textos-imágenes.

Vínculos

Fotos

  1. Marilyn Monroe reading Ulysses – Eve Arnold, 1954.
  2. 40 Foot, Dublin, Ireland (screenshot) – Patrick Spath, 2017.
  3. J – Efraín Caravantes, 2016.
  4. Titivillus – Grabado alemán del siglo XVIII.
  5. Sketch of Leopold Bloom – James Joyce, 1926.