Carlos Soriano: “Y afuera, la lluvia” (ficción)

Una amiga, una promesa… El último cuento escrito por este autor salvadoreño, muerto prematuramente.

Carlos Alberto Soriano
La Zebra | #33 | Septiembre 1, 2018

Aún no sé si fue la voz de la Callas, el o mio babbino caro, esas notas que erizan la piel y a ratos parecen espeluznantes o simplemente el frío que a pesar de mis precauciones, se colaba por algún resquicio en el cuarto enorme. Lo cierto es que esa súbita exhalación fría que brotó a mis espaldas, atravesó la alcoba en penumbras y sacudió débilmente las cortinas, me hizo cubrir la boca con ambas manos y padecer un escalofrío que me recorrió de punta a cabo. Dionisio, evocó, obligado, el inconsciente, y tuve que reprimir el grito horrendo y maldecir el presentimiento que me sacudió entero el pecho desde adentro. Y a partir de ese momento, la Callas y sus notas me inspiraron un temor más grande que el gozo de sus arpegios.

Afuera, sin tregua ni cambios de ritmo, llovía. Llovía como si San Pedro hubiera dejado abierto el grifo en un olvido divino, o como si alguna virgen distraída, regresando del río de agua viva, hubiese roto alguna ánfora celestial en el camino. Pero no había sido la lluvia. Eso era seguro. Ni el viento que convertía a las ramas en figuras siniestras. Tampoco podía haber sido Jaime, faltaba más, mudo y siempre inmóvil sobre la cama, ni esa maraña de tubos y agujas que lo mantienen vivo, que aunque asustan a primera vista, ya no son capaces de sobresaltarme. Y, sin embargo, bien pudo haber sido el tedio, enorme y lúgubre, que a veces parece inflarse y bostezar sobre los muebles. Pero luego lo pienso mejor y rectifico: Al igual que Jaime, aquí todo está desahuciado, a las puertas de la tumba y en el olvido del mundo. Así me quedo más tranquila.

Por mi propio bien y el de mi cordura, lo mejor será hacerme la loca y asumir que aquí no pasa nada, distraerme con las lámparas neoclásicas y abrigar un poco más a Jaime, aunque no lo necesite.

Doña Rigoberta asomará a las ocho de la noche, hipócrita y sin emoción, vete para tu casa, Martita, que se hace tarde. ¿Tarde para qué, vieja rancia? he tenido ganas de gritarle algunas veces como hoy. ¿Tarde para llegar tarde a todos lados? ¿A la vida de los míos? ¿A la de Dionisio al borde de la muerte? ¿A la mía en particular? Pero dejo a la noche pasar, oscura y fría, porque talvez sea lo mejor para todos. Pero insisto en que ella no sabe, ni sabrá nunca, que aquí adentro cenan vísceras los demonios, juegan locos los duendes ignorados y se suicidan las almas de otros tiempos, en un eterno círculo vicioso.

La lluvia tiene tres días sonando en los cristales, los mismos que yo llevo sin abandonar estas cuatro paredes, y sin dejar de escuchar a la Callas y sus secuaces. Conozco a la Callas muy bien desde que doña Rigoberta me la presentó con su Traviata y admito que quedé impresionada por la intensidad de su voz y el drama que transmite en cada nota, pero tres jornadas completas sin dejar de escucharla, de día y de noche, me ha dejado un poco aturdida. Es todo. Te relaja, te concentra y te ayuda a trabajar y a dormir mejor, sostiene doña Rigoberta. Por eso la programa desde su salón elegante y la transmite con parlantes pequeños por toda la casa, sin opción de silenciarla. Y la música y la Callas han sido su presencia en los últimos dos días, porque en cuerpo y alma no se ha presentado, y me hace feliz porque de dos males, el menor, como bien se dice.

Qué dicha la de Jaime que no debe soportar a ambas, ni a la Callas ni a su madre. La madre de él no la de la Callas. A ella y su tiranía. Si es cierto que los moribundos pueden escucharlo todo, ya puedo adivinar lo que estará pensando Jaime. Pero si el coma es un estado perfecto de absoluta inconsciencia, la envidia es lo más humano que se me ocurre en este momento. Y a mí que me rapten los simios de otro planeta o me coma en salsa la bruja, condenada como estoy a este sitio. Con tal de que no sea la bruja de doña Beta, como suelen llamarla todos en esta casa. A mí siempre me ha prohibido llamarla Beta, como si con el mote le robara parte de su esencia. Perdone usted, doña Beta, me atreví alguna vez, muy respetuosa en mi actitud y mis formas, y me clavó una mirada peligrosa como un cañón, para luego recordarme con su tono ácido lo que era cierto y sigue siendo a pesar de las circunstancias: Que nunca fui ni seré en esta casa algo más que la enfermera que cuida a su hijo, y que las confianzas entre nosotras están vedadas por un mandato divino. Luego se aprestó a recitarme en orden alfabético el resto de prohibiciones que sabía de memoria desde quién sabe cuándo. Y de este episodio inolvidable, han pasado ya casi diez años.

Lo mejor es que siga aquí sentada como estoy en este momento, mirando las cortinas sin moverme, porque ay de mí si me sorprende espiando por las ventanas.

Miro a Jaime tan apacible sobre la cama. Es guapo, aún en su estado y sus condiciones. Aunque lo era más cuando recién acepté este trabajo y él llevaba apenas una semana de haber caído enfermo. Nunca he confiado en la gente de dinero, pero Jaime me cambió el panorama de raíz con su humanidad y su trato. Ella no. Ella es otra dimensión en otro mundo. Y el mismo Jaime se encargaba de repetírmelo con voz quedita. No le hagás caso a mi madre. Está tan vieja que ya está zafada, me decía. Y nos reíamos, siempre por lo bajo, por si se aparecía de repente en la puerta con sus vestidos color rata. Así fue naciendo entre los dos esa amistad que ahora me tiene junto a su cama. No el amor. Esa es una palabra muy grande. Para ser honesta, nunca he creído que la costumbre de estar dos personas juntas pueda tornarse en amor. Por eso cuando él me tomó de la mano por primera vez y me miró a los ojos con ternura cierta, un espasmo tibio me recorrió la médula, no por deseos reprimidos ni por falsas mojigaterías, sino porque la fuerza del compromiso que en aquel momento adquiría, además de la cobardía de no saber negarme, iban a jugar en mi contra tarde o temprano.

No hablo de fingir y jugar sucio. Eso es otra historia. Hablo de no tener el valor para negarle una expresión de amor a un moribundo. Por eso busqué el momento perfecto y las palabras precisas para ser, ante todo, muy clara y enfática con Jaime, una vez él se sinceró por completo conmigo. Yo tengo novio, lo amo y voy a casarme, le dije. Y él se rió, tímido al principio, como siempre, sin soltar mi mano ni dejar de mirarme, hasta que se desató en carcajadas violentas que hicieron venir, alarmada, a doña Rigoberta. No pasa nada, intervino él, sin dejar de reírse, hasta que ella volvió a su salón elegante y él recuperó el aliento para aclararme la razón de tanta risa: Ya lo sé, muchacha, no soy idiota. Tengo claro que nunca tendré algo contigo, mucho menos en mi estado, pero quiero que sepas que hubieras sido la esposa perfecta para mí. Y se lo agradecí con los ojos aguados, porque era noble, muy noble de su parte.

Desde ese día fuimos grandes amigos. Los mejores, podría decirse, en perfecta comunión el uno para el otro. Hasta que cayó en ese coma progresivo que él vio llegar a través de la ventana y me lo describió como un gran pájaro de alas blancas que venía a posarse sobre él hasta habitarlo por completo. Y así se fue desvaneciendo mientras la Callas sonaba cada vez más alto y él adquiría para siempre el silencio.

Nunca tengas miedo de enfrentar tu destino, fue lo último que me dijo. O lo último que yo recuerdo porque me eché a llorar como una niña. Y me dispuse a quedarme para siempre a su lado, en espera de ese último momento que él describió como el más hermoso, tal como le había prometido un par de días antes. Pronto serán nueve meses de este hecho.

Siempre he sido muy perceptiva, quizás por eso no me extraña todo esto que sucede. Quizás por eso Jaime me escogió como su amiga.

 

La música se detiene allá afuera y se calla (ojalá para siempre) sobre nuestras cabezas. Algo debe de ocurrir en la gran sala. Miro las agujas del reloj que apenas se distinguen. Son más de las nueve de la noche. Pienso en Dionisio, en la descarga eléctrica, en los doce metros de la caída, en su rostro viril, en todos los que estarán con él junto a su cama de agonizante, sobre todo en su madre. Y adivino lo que dirá esa vieja impía: la mala leche de la Marta, y muchos otros insultos descarnados. Y si fuera solo los improperios, no me importaría, pero que me llame mala mujer para su hijo, como tantas otras veces, me enciende y me hiere, porque Dionisio y ella, mejor que nadie, saben muy bien que siempre he sido para él su cómplice y su apoyo, y que solo el huracán y la lluvia han impedido mi presencia junto a él en estos momentos.

En el espacio hermoso del silencio, revivo la exhalación de hace un rato y siento cómo me invade. ¿Y si es el espíritu de Dionisio tratando de despedirse? Unos días más, mi amor, suspiro y aprieto los párpados y los puños. Jaime ya no aguanta más. Eso es un hecho. No es tener la mala leche que dice la vieja insípida de mi suegra. Es que siempre he sido muy perceptiva para estas cosas. Unos días más, te lo juro, repito a media voz. Cuando pase la lluvia, todo habrá cambiado. Seré una mujer distinta para hacer de vos un hombre distinto. Seré una mujer bendecida por la misericordia divina. Tres días encerrada con un vegetal de carne y hueso son un buen sacrificio para merecer toda bendición del cielo. Diez años pegada por doce horas diarias a esta silla, valen más que cualquier cantidad de dinero, no hay ninguna duda. Por eso no puse ninguna objeción ante su decisión insólita aquella tarde calurosa. Guardá muy bien estos documentos, me susurró mientras me entregaba un legajo de papeles. Y los oculté muy bien en mi cartera, como él mandó, sin saber muy bien lo que obedecía. Entonces me explicó la materia secreta de que estaban hechos, me aconsejó custodiarlos hasta el momento de su partida y entonces buscar al doctor Mendoza, el mismo que los había firmado junto a su cama y en mi presencia, y exigir mi insobornable derecho como la única beneficiaria de la fortuna que por ley y por otras peripecias le correspondía.

Entonces fui yo la que vio llegar un pájaro de alas verdes que en el pico traía un fajo de billetes en vez de una rama y a pesar de que no encontré qué decir ni qué cara poner en ese momento, Jaime me tomó de la mano y habló por ambos: Te lo merecés, no tenés que decir ni agradecer nada. Solo tenés que guardar este secreto, sobre todo de mi madre, porque si me fallás y ella se entera, esa vieja es capaz de muchas cosas.

 

Suena de nuevo la Callas en el parlante negro. Piedad, Dios mío. No he logrado identificar el significado de la pausa, pero reconozco las primeras notas del o mio babbino caro que crece, crece y crece hasta que logra hacer que me incorpore. Y en el cenit de la pieza, reconozco el mandato de Jaime, diáfano y enérgico, que me exige cortar su conexión material y liberar su alma, y en el mismo acto piadoso, liberar la mía. Titubeo. Alargo la mano y a medio camino me detengo. Escucho a la Callas cada vez más alta en sus notas. Miro las cortinas. Escucho la lluvia. Siento el frío. La exhalación todavía vaga por la habitación en penumbras. Cierro los ojos y pienso en Dionisio, ya no más en su familia, en la esperanza que me consuela, en el testamento que mañana estará en el escritorio del doctor Mendoza y en las protestas airadas de doña Rigoberta, en los diez años que he estado junto a esta cama, en todos los años que me esperan. En Jaime, como era, como es, como estará en mi recuerdo para siempre, como se lo prometí el día en que el coma con alas cruzó esa ventana. Abro los ojos, respiro profundo, le doy una última mirada y desconecto el primer tubo.

 


Listones de colores

CARLOS ALBERTO SORIANO (1970-2011). Escritor, diseñador y montañista salvadoreño. Recibió el Premio Centroamericano de Literatura “Rogelio Sinán” de Panamá en 2006 por la novela Listón de colores. Es autor, también, de las novelas Ángeles caídos (2005) y El olor de los castaños (inédita); y del libro de cuentos Vaivén (DPI, San Salvador, 2007). Su poesía permanece inédita.

Fotografía: “Memoria” de Jorge Ávalos.