Carlos Alberto Soriano: “Quiero extender mis alas y volar” (ensayo)

El mejor exponente salvadoreño de la novela sociológica, fallecido prematuramente a los 41 años, comenta sus libros.

Carlos Alberto Soriano
La Zebra | #33 | Septiembre 1, 2018

Escribo desde los doce años, desde un día en que no pude más con tanto brillo y tanto trópico y todo ese éxtasis se desbordó en versos que fueron surgiendo sin ninguna técnica ni pericia y que, sin embargo, me dieron un par de satisfacciones estudiantiles en aquellos tiempos. Fue así hasta que lo que empezó como una inquietud juvenil tomó forma definitiva por medio de la narrativa, después de un lapso de varios años estudiando y desentrañando la carpintería del novelista. En resumen, leyendo, que es una de las grandes herramientas de cualquier aprendiz de escritor.

Los mejores libros, en mi humilde opinión, son los que tienen el poder de atraparte y no soltarte. Hay tres libros que me han servido de referentes esenciales para encontrar el camino a mi propia voz: Cien años de Soledad de Gabriel García Márquez, por el desborde creativo en la creación del universo de Macondo y por la altura de su pluma; Las Armas Secretas de Julio Cortázar, por esa virtud única de fijar en nuestra memoria sus relatos, aun cuando retrata las situaciones más cotidianas; y Un día en la vida de nuestro Manlio Argueta, por la inmensa capacidad de rescatar la poesía de las cosas que, sin ver más allá, nos parecen intrascendentes.

Generalmente escribo con una estructura ya definida, es decir, con un principio y un final conocidos, y con la longitud y alcance del texto ya determinados. Pero más de alguna vez la historia —que siempre tiene vida propia y se expresa— reclama más en tiempo y espacio, y llega a ramificarse y complicarse hasta desembocar en una novela. Eso me sucedió con Listones de Colores, que era, en un principio, un cuento corto que fue tomando giros y reclamando acciones y personajes hasta convertirse en la novela que es ahora. La verdad, no es tan sencillo pretender ampliar una historia hasta llegar a obtener una novela a partir de un cuento. Es un riesgo enorme, porque requiere de gran habilidad y enorme dominio del oficio lograr “estirar” y “retorcer” una historia, de tal manera que no se noten los posibles artilugios del autor para enlazar personajes, historias y circunstancias.

Ángeles caídos (2005)

Ángeles Caídos, mi primera novela, narra la historia de tres amigos, cuya identificación como hombres gay se convierte en el motor que impulsa los encuentros, las rupturas y los reencuentros entre ellos. Ser hombres gay en El Salvador es también el detonante para el camino que los tres han de seguir por la vida, caminos que los llevarán a conocer de cerca los submundos sexuales, por demás sórdidos, como el travestismo, la prostitución y la delincuencia, con sus lógicas consecuencias y derivaciones. Tal enfrentamiento también los acercará a situaciones como la muerte, el amor, el VIH, el dolor y la soledad, pero sobre todo a la amistad que nace de entre tanto avatar y que los devuelve aleccionados y sublimados al camino que les tocó como seres humanos diferentes en una sociedad intolerante.

La chispa que encendió y desencadenó la escritura —de una historia que yo ya llevaba en mente— fue el testimonio de un travestí, el cual leí alguna vez entre los papeles de una amiga. Él narraba la forma en que vio morir a su amigo, otro travestí, en una confusión provocada por un robo y un intercambio de pelucas inoportuno. Inspirado en esta anécdota emprendí el duro trabajo de la investigación, de entrevistas y de conocer un poco de cerca ese mundo tan sórdido y terrible de la marginación social de la homosexualidad y el travestismo en el país, para empaparme de todos los detalles que se esconden detrás de un par de tacones que se pasean por las calles solitarias a medianoche.

Ese proceso me llevó a descubrir muchos detalles que yo ignoraba y que me sirvieron para perfilar personajes, dar verosimilitud a las escenas y atestiguar que hay una vida y un rostro humano detrás de cada historia que pudiera parecerle a la sociedad, a simple vista, abominable. Antes de esto, la fuerza de la novela radicaba en la exaltación de los valores humanos de los personajes que, desde un principio, fueron tal y como son ahora. La idea de escribir sobre este tema era romper un poco con los estereotipos vigentes y abandonar la visión pintoresca y hasta bufonesca que siempre se les imprime a los personajes homosexuales.

No tuve ningún miedo de presentarla a las editoriales porque sabía que cualquier editor que se precie de su trabajo, sabría poner el valor literario de la novela por encima de los prejuicios que pudieran nacer en torno a la temática. Fue así como tuve una oferta de un editor español que, lastimosamente, no fructificó, pero también pasé por el caso de una editorial nacional que ni siquiera respondió a mi solicitud. Al final, la fuerza de la historia hizo todo el trabajo a la hora de convencer al editor quien, desde el principio, en una actitud muy valiente, estaba convencido de publicarla, como sucedió efectivamente en 2005 con ésta, la Editorial Lis.

Es difícil sacar adelante un libro en una sociedad sin tradición de lectura. Sin embargo, desde que se publicó Ángeles caídos se ha estado vendiendo muy bien por sí misma y las opiniones que me llegan a través de diversos medios, de gente que nunca imaginé, me alientan a continuar este camino que emprendí hace ya algunos años, y que son mi mejor indicativo de que voy en la dirección correcta.

Presenté esta novela en Guatemala en 2006 y, antes, en un Congreso en Panamá en 2005, y en cada presentación vendí todos los ejemplares que había llevado. Tiempo después, a través del correo electrónico, me han estado llegando las impresiones de varios lectores tocados por la historia y por el planteamiento del tema, que se aleja de una visión tradicional para enfocarla desde un punto de vista más humano. Pero quizás la mejor anécdota fuera de El Salvador ha sido la de un joven guatemalteco que en la segunda presentación que hice en su país, se acercó para agradecerme porque a través de mi novela había tenido el valor para revelarle a sus padres que es gay. Esto significa —para mí, como escritor— que la historia es capaz de mover voluntades y provocar acciones, el cual considero que es uno de los mayores logros de un creador.

Las reacciones más memorables a Ángeles caídos han provenido de heterosexuales. Recuerdo la llamada de una señora de ochenta años, que quería felicitarme y decirme que con mi novela había llorado y reído, identificada con los personajes. Pero, sobre todo, estaba fascinada porque con su lectura había comprendido a plenitud la realidad de la condición homosexual en nuestros países. Las únicas críticas negativas que he leído han sido en un foro de un sitio de Guatemala, donde un lector se mostraba indignado por el título del libro —sin haberlo leído— a pesar de que otra persona —con la novela ya leída— le explicaba el por qué del título; y la de otro lector que estaba molesto porque yo no ahondé más en el tema del VIH, que según él, daba para más. En ese sitio, se abrió un intenso debate sobre la novela y, por fortuna, la mayoría de las críticas fueron positivas.

Hasta la fecha ninguna iglesia o institución conservadora ha dado una reacción a la novela, pese a ser la primera novela de su tipo en El Salvador, un país donde los prejuicios y la intolerancia están muy presentes. Se trata de un silencio muy elocuente.

Aunque lo domino muy bien, nunca me he planteado escribir netamente en inglés, pero estoy considerando la posibilidad de realizar una traducción propia de Ángeles Caídos al inglés. Creo que es una novela que, por su éxito y su impacto social, merece la mayor difusión posible.

Listones de colores (2006)

Listones de Colores es una historia de amor ambientada en el mundo de las “maras”. Aunque pudiera parecer simple hablar de una novela en esos términos, por la complejidad de su trama no lo es. Con esta obra gané el Premio Centroamericano “Rogelio Sinán” que otorga anualmente la Universidad Tecnológica de Panamá. A juicio del jurado que la premió, se trata de una obra bien estructurada, con un interesante desarrollo de una historia narrada a varias voces que aclaran o contradicen el relato previo [sobre la estructura de esta novela, ver: “Un ejercicio de autocrítica”]. Aparece la locura, la violencia y drogas, las maras y pandillas. Los monólogos interiores están hechos con un lenguaje muy rico y los diálogos entreverados tienen otro tono que permite advertir el léxico real de los personajes. A título personal, puedo agregar que Listones de Colores es toda una exploración social del mundo de las maras y pandillas y, sin justificarlo, también busca encontrar la parte noble que existe dentro de cada personaje, por terrible que parezca.

En Listones de Colores hay un travestí amigo de la pareja protagonista, Mario, cuyo papel es esencial para el curso de la historia y sus diversos giros. A nivel personal, ha sido uno de los personajes más fáciles de perfilar en una obra, por la experiencia previa que ya tenía de su sicología, sobre la cual profundicé en Ángeles Caídos. El efecto sobre los lectores ha sido muy impactante ya que el carácter pasional de Mario ha sido tomado como un gran logro en cuanto al perfil de su personalidad y por su rol en la novela.

Con Listones de Colores decidí tomar el riesgo de usar el “voseo”, que es una forma coloquial muy centroamericana de hablar. El “voseo” tiene su riqueza. Aún no sé si seguiré usando formas tan coloquiales en futuras publicaciones, pero creo que sí.

Vaivén (2007)

No existe unidad temática en Vaivén, mi primer libro de cuentos. Los temas son un abanico muy amplio de personajes, situaciones y condiciones. Los doce relatos son totalmente independientes entre sí y nacieron como parte del ejercicio de mantenerme escribiendo, que siempre pretendo cultivar. La idea de agruparlos en un libro obedeció más a cuestiones de género literario que a unidad temática.

Como autor, la idea principal del cuento es contar una historia y hacer esto lo mejor que pueda, y con todas las herramientas y técnicas a mi disposición. La interpretación que le dé el lector es algo ajeno a la intención artística de crear y narrar. Es verdad que siempre existe una intención detrás de cualquier obra de arte, pero en la mayoría de los casos, es de carácter inconsciente y aflora de la misma manera.

Es curiosa la cantidad de reacciones que genera un texto, pero más aún el número de interpretaciones que provoca. Me ha sucedido muchas veces. De Vaivén señalo el caso del cuento que le da nombre al libro [ver: “Vaivén”]. La protagonista, al final de la historia, es levantada en vilo por dos hombres de blanco. Incontables veces me han preguntado si ella muere y la llevan los ángeles, o si es algún tipo de simbolismo, o cierto desvarío senil de ella, y me causa mucha gracia, porque mi idea original fue la de dos enfermeros vestidos de blanco, nada más. Pero, precisamente, esa es la magia de la literatura.

Siempre busco que las mujeres de mis historias no sean víctimas de nada ni de nadie. En una sociedad tan dividida a nivel de género —tan machista, para ser exactos—, resulta gratificante poder equiparar un poco las condiciones de ambos sexos y perfilar, desde la literatura, mujeres que no sean ni quieran ser victimizadas.

Si nos fijamos bien en el cuento “Es la primera vez” (en Vaivén) notaremos que Alicia, la protagonista y narradora, nos cuenta al principio de la historia que ella es bachiller y que al abandonar su pueblo deja su diploma a los padres, bajo la consigna de que “les había agotado las últimas reservas de paciencia”. Eso pone ya una gran diferencia —al menos académica— entre ella y Mónica, la prostituta callejera. Además, Alicia es una especie de mezcla entre rebeldía e inocencia que deriva en la prostitución refinada, movida por su curiosidad y su envidia.

Insisto en el mismo principio de la no subordinación de la mujer al hombre, sobre todo por cuestiones de género, y en la emancipación de acciones y de pensamientos. Como cualquier otro individuo de nuestras sociedades, mis personajes mujeres también ríen, se divierten, se vengan, pueden llegar a ser crueles, lloran y sufren, pero en ningún momento desde la sumisión ni a la razón que imponen las ataduras del machismo latinoamericano. Dicho de otra manera, las mujeres de mis historias reivindican la condición femenina.

Obra inédita

Soy bastante persistente cuando escribo.

Al momento de la publicación de mi primera colección de narrativa breve, Vaivén, ya tenía un par de nuevos cuentos terminados. A la fecha tengo una buena colección de relatos cortos de diversos temas (Y afuera, la lluvia). Siempre estoy escribiendo algo y los cuentos son una buena manera de mantenerse ejercitando el oficio, de calentar la mano, a la espera de que haya tiempo —nuestro mayor enemigo por estos lares— para embarcarse en un proyecto más grande. Acabo de terminar, por ejemplo, un cuento bastante largo titulado “Rosaura, Eugenia y los sentidos”, bastante experimental en cuanto a estructura y tiempo narrativo, porque agrupa las acciones de la historia, las circunstancias y las decisiones de los personajes en base a las percepciones de la narradora que es lo mismo que decir sus sentidos.

Además de este nuevo libro de cuentos, estoy muy enfrascado en el desarrollo de una novela que aún no tiene nombre definitivo, pero sí personajes, línea argumental y tono narrativo, aspectos primordiales para no padecer el síndrome de la hoja en blanco. Trabajo en la estructuración de esta novela que va a ser totalmente diferente a todo lo que he escrito hasta el momento. No tal vez en cuestiones estilísticas, pero sí temáticas. Estoy en pleno proceso de crear un mundo nuevo donde ambientar la trama, que me da vueltas por la cabeza y que espero dejar plasmada en los meses próximos. Es la historia de un grupo humano aislado voluntariamente, bajo el liderazgo de un hombre falaz y supersticioso, que intenta vivir de la forma más natural posible, sin comodidades ni tecnología, lo que no los libra de las veleidades y pasiones propias de la naturaleza humana.

La poesía todavía toca mi puerta, pero sólo de vez en cuando [ver: “La Meche”].

Estoy en plena búsqueda de editorial o agente literario fuera de El Salvador, para la novela inédita El olor de las castañas asadas y para las otras dos, Ángeles Caídos y Listones de Colores.

¿Por qué fuera de El Salvador?, preguntará alguien.

Quiero extender mis alas y volar hasta donde pueda, respondo.

 


Listones de colores

CARLOS ALBERTO SORIANO (1970-2011). Escritor, diseñador y montañista salvadoreño. Recibió el Premio Centroamericano de Literatura “Rogelio Sinán” de Panamá en 2006 por la novela Listón de colores. Es autor, también, de las novelas Ángeles caídos (2005) y El olor de los castaños (inédita); y de los libros de cuentos Vaivén (DPI, San Salvador, 2007) y uno sin publicar: Y afuera, la lluvia. Su poesía permanece dispersa e inédita.

La fotografía fue tomada en la cumbre del monte Aconcagua por Carlos Alberto Soriano en febrero de 2006. Localizada en Mendoza, Argentina, con una altura de 6,962 metros sobre el nivel del mar, el monte Aconcagua es la cumbre más alta de las tres Américas.