Carlos Castro: “Manuscrito de don Chepito Canales encontrado en una gaveta” (ficción)

Recordamos al gran novelista salvadoreño, fallecido en septiembre de 2018, con el ingenioso homenaje que le hiciera al poeta Alfonso Kijadurías.

Carlos Castro
La Zebra | #34 | Octubre 1, 2018

La Biblioteca Nacional acaba de recibir para su custodia temporal después de difíciles negociaciones con la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos, el original manuscrito de los Textos Dispersos trabajados en San Salvador por don Chepito Canales entre 1885 y 1890, y publicados en edición mínima de cuarenta y dos ejemplares (todos perdidos) con los auspicios del gobierno del general Francisco Menéndez. Tengo ese valioso autógrafo en mi poder, en calidad de préstamo en regla. Se trata de un legajo de veinte pliegos, folios en octavo mayor empastados con cartón delgado forrado de cuero, y texto en buen estado de conservación, aunque presenta algunas dificultades insuperables para su lectura, debidas generalmente a la mala calidad de las tintas y al tamaño microscópico de la letra del autor. Contiene materiales diversos por sus temas, extensión y habilidad de composición. Incluye estudios geográficos, botánicos y minerales, cuentos breves, reflexiones filosóficas, disquisiciones literarias, y notas biográficas de importantes personajes del pasado nacional, que dan a este libro un meritorio lugar en nuestra historia cultural. Del autor se desconoce casi todo, pero por algunos de sus escritos puede ser considerado como uno de los iniciadores de la investigación científica y literaria en el país; ha sido mencionado, siempre en forma lateral, despectiva y fugaz, por Gavidia en Cantando y bailando en el maizal, por Masferrer en Las humildes tortillas, por Dalton en Volveme a querer, mamita, y por Armijo en Todas las noches escucho la polilla. El texto que sigue, producto de los estudios de don Chepito sobre la vida y obra de Queixada, primer poeta nacional, es un buen ejemplo de sus preocupaciones intelectuales, a pesar de evidentes anacronismos y debilidades estilísticas.

Hoja de vida

La existencia real de Alfonso Queixada Huríes del Paraíso, el gran poeta mestizo, cumbre solitaria en los infértiles años de la Colonia, no suscita en la actualidad las dudas que su figura legendaria causaba a eruditos y académicos todavía en años recientes. La crítica especializada ha establecido ya con certeza algunos hechos esenciales de su vida, y con métodos infalibles ha sabido separar la obra auténtica de la apócrifa. Ahora sabemos que su iniciación poética tuvo lugar en la adolescencia, en las escarpadas laderas nortes del cerro del Jabalí, donde diariamente buscaba oscuras y aromáticas hierbas de poder. Nueve lascivas doncellas se le aparecieron una soñolienta mañana de abril mientras dormitaba junto al río, y después de refocilarse holgadamente con él, lo incitaron a convertirse en poeta y a cantar sobre dioses y demonios. Al partir, le entregaron una rama de tamarindo como símbolo de la misión teúrgica y profética que le habían encomendado. Poco después, cuando cumplió sus quince años, decidió vivir solitario en un aislado rancho de paja y bajareque en las faldas del volcán, recogiendo despreocupado lo que naturalmente le daba el bosque selvático: un día frutos, otro día flores. Por entonces era magro de cuerpo, de apariencia frágil y desgarbada, aunque ya era capaz, mediante concentrado esfuerzo, de transformarse en un instante hasta adoptar el poder y las habilidades de los felinos en sus cacerías nocturnas. Comía crudos los animales que atrapaba, casi siempre cusucos, monos, ardillas y culebras; con el tiempo probó todas las hierbas y aprendió a diferenciar las inicuas de las venenosas, las ensoñadoras de las demoníacas. Tiempo después comenzó a bajar al pueblo, donde hizo unos cuantos amigos entre los parroquianos que encontraba habitualmente los fines de semana en los estancos de aguardiente. Al principio fue víctima de burlas y contumelias a causa de sus costumbres de cenobita, pero pronto todos aprendieron a respetar y temer sus iras y a su paso alborotadores y tumultuantes terminaban por apartarse temerosos y confundidos. Usaba el cabello largo, hasta la media espalda; aconsejaba dormir en tierra y meditar estudiando las mudanzas del aire; llevaba machete, cinturón de mecate, camisa y calzones de manta, sandalia de cuero. Vivió unos pocos años en el edénico pueblo con nombre de pájaro, y otros muchos en la capital de Intendencia, dedicado a escribir poesía en papel de corteza de árbol y en tablas de madera fina con tintas vegetales que él mismo elaboraba. Se ejercitaba en la composición de enigmas en versos hexámetros, y la tradición le atribuye algunos poemarios tempranos de naturaleza mística, hoy perdidos; se conserva completo, en cambio, su Florilegio de poemas obscenos. Hay quien afirma que fue hijo de brujo y de maga, y que cuando necesitó mujer se arrejuntó con hechicera. Aprendió así el arte de adivinar por encantamientos, y sus maestros y benefactores brujos le indicaron que el aire está lleno de fantasmas y simulacros, y el mundo animado y saturado de espíritus. A pesar de que íntimamente prefería la vida de anacoreta (podía pasar días enteros meditando, y de hecho dedicaba cotidianamente una hora al silencio), la gente culta y letrada de la Intendencia y de la Capitanía lo consideraba un notable contertulio que poseía tanta eficacia para persuadir como para disuadir, de ingenio ágil, versátil, fecundo en la invención, chispeante en las ocurrencias, fraguador constante de frases y decires. En un poema escribió que “entre la muerte y la vida no hay diferencia alguna”; y preguntándole uno “¿por qué no te morís vos?”, respondió “porque no hay diferencia”. Hoy día se le atribuyen preceptos poéticos como el de no hablar mal del difunto; guardarse de sí mismo; no corra la lengua más que el entendimiento; a caballo regalado verle siempre el diente; no agitar las manos al hablar, porque es cosa de necios; a Dios rogando y en la hamaca esperando; buena es siempre la quietud, peligrosa la precipitación; machete estate en tu vaina, y otros semejantes. Don Luis Pacheco, su biógrafo más importante, revela en su Vida de vagos y ociosos ilustres, que el poeta Queixada tuvo un hermano gemelo que vivía en la Capitanía como escribano a sueldo del gobierno, y menciona muchos que sospechan que era él mismo, pues tenía el don de la ubicuidad. En los archivos coloniales hay extensos documentos que describen personajes simultáneos deambulando por la región con igual o parecido nombre (lo cual, según los autores, se entiende como una sospechosa coincidencia o como la prueba de que sabía aparecer en varios lugares a la vez): entre ellos Alphonse Machoire, un francés que por esos mismos años llegó a la zona disfrazado de comerciante en telas pero dedicado en realidad a la trata de blancas y de negros; Alf Jawbone, un aventurero inglés convertido en vendedor de biblias españolas después de haber perdido un brazo y escapado de alguna batalla contra los misquitos de la costa atlántica; Alphonset Kim, un oscuro fabricante de embutidos, inmigrante de origen teutón, del que no se tienen más referencias que su gusto desmedido por las carnes suaves y redondas de las nínfulas adolescentes locales, según consta en las deposiciones hechas en su contra por un grupo de padres ofendidos. De la vida de Queixada en la capital sólo se tienen imágenes difusas y a veces contradictorias, donde los viejos tiempos de vida licenciosa y desordenada se mezclan con los de intensa reflexión poética. Algún testimonio lo describe mordaz, acrimonioso e iracundo, y otro cuenta que era tan contencioso, que la vehemencia le ponía cárdenos los párpados inferiores. Su obra conocida es poco extensa, pero concentrada, densa y es notable en ella, sobre todo en sus Versos oscuros el desarrollo natural de su percepción instintiva de la verdad. En su madurez dedicó tiempo al estudio del pensamiento filosófico antiguo, y cambió el conocido proverbio platónico “no cometas la imprudencia de llevar lechuzas a Atenas” por el de “no llevés cocos a Sonsonate”. Hay tres versiones principales sobre su muerte. Una dice que alcanzó los ciento veintiséis años y, ya desfallecido y falto de fuerzas, dejó voluntariamente de vivir, avasallado por los excesivos placeres. Otra, que desapareció después de haber abandonado todo, lanzándose al cráter de uno de los varios volcanes activos de la zona, en cuyas faldas se encontraron sus sandalias junto al camino. Una más, que en una noche de tormenta, alcanzado por un rayo, se convirtió en luz. Su última frase escrita conocida dice que “la palabra debe sellarse con el silencio, y el silencio con el tiempo”.


CARLOS CASTRO (1944-2018). Historiador salvadoreño, graduado en la UNAM, México, donde vivió la mayor parte de su vida. A principios de la década de 1990 comenzó a colaborar con la revista Tendencias, de San Salvador, donde publicó artículos sobre temas históricos, pero también una serie de cuentos inspirados por la historia, incluyendo “Manuscrito de don Chepito Canales encontrado en una gaveta”, de intención paródica, y el “Informe sobre Barrios liberales”, que se hizo célebre. Sus cuentos fueron duramente criticados por la Academia de Historia de El Salvador porque los publicó sin dar indicación alguna de que se trataba de textos de ficción, y por no intervenir y aclarar cuando estos textos entraron a la bibliografía histórica nacional. Su cuento sobre Barrios se convirtió en el primer capítulo de su única novela publicada, considerada un clásica desde 1993, cuando ganó el premio nacional de novela Salarrué: El libro de los desvaríos (Dirección de Publicaciones, El Salvador, 1996). Sus ensayos sobre historia son poco conocidos, uno de ellos, “Sociedad y cultura en el siglo XIX” (págs. 163-164) aparece en La República (1808-1923), coordinado por Álvaro Magaña Granados (Banco Agrícola, San Salvador, 2000).