Pilar Bolaños: “Qué le costaba” (ficción)

Un niño de un barrio pobre de San José, Costa Rica, sueña con una mejor navidad. Un cuento clásico de 1955.

Pilar Bolaños
Arte de Carlos M. Barrios
La Zebra | # 35 | Noviembre 1, 2018

¿Qué le costaba?

Cuento de Navidad para
los hijos de Mercedes Maití.

Aunque vivía en un miserable callejón, nunca se tuvo a Lingos por menos entre los compañeros de su pandilla, reclutada en los hogares más encopetados de Barrio México. Por el contrario, era el capitán, gracias al valor y a la inteligencia que le reconocían. ¡A Lingos nadie lo engañaba! Así lo decían todos; y así lo creía él, que se había avispado más que todos en mil hazañas callejeras, porque es precisamente en la calle en donde los muchachos viven más aprisa las intrincadas complicaciones que forman la vida diaria. En esas refriegas de aprendizaje, decían algunos que había dejado perdida alguna parte de su ingenuidad. Sin embargo, seguía siendo esencialmente un niño.

Al iniciarse aquel mes de Diciembre, la pandilla anduvo mal. Comenzó a faltar la disciplina. Su capitán solía olvidarse de los planes hechos, de los juegos en perspectiva, de las pillerías imaginadas contra los vecinos, de las amenazas y de las luchas pendientes. Solía dejar a sus compañeros para escaparse, solo, por las avenidas y calles principales de la ciudad con el objeto de escoger primero los mejores juguetes, de entre aquellos que comenzaban a exhibirse en las ventanas del comercio.

En esas visitas a la Avenida Central y al área comercial vecina —única parte del mundo que por entonces le tenía preocupado—, fue poniendo en su memoria una lista interminable de cosas que habría de traerle el Niño-Dios en la noche de Navidad.

¿Y por qué no? Cierto que él había sostenido muchas veces ante sus secuaces que no había tal Niño-Dios; y había sostenido que los regalos los traían los padres; pero cierto también que a él le habían llegado algunas veces en Navidad, sin saber cómo ni de dónde, no todos los que había deseado, pero sí algunos de los más baratos juguetes que había contemplado en las vitrinas. De una cosa estaba seguro: su madre no había podido comprárselos. Era cierto que siempre en Diciembre había tenido mayor contacto con sus compañeros y, por ellos, con sus padres de mejor fortuna; pero, ¿qué importancia podía tener para el caso ese detalle? Aquellos hombres podrían llevar los juguetes de sus hijos; pero, ¿los de él? Esas dudas se las guardaba. No podía perder prestigio entre los otros chicos.

Esta Navidad, Lingos estaba dispuesto a que no le faltara ni uno solo de los juguetes que quería; estaba dispuesto a jugarse el todo por el todo. En ese afán, había casi desertado de la pandilla; había perdido así, en ese mes decisivo, el contacto con sus amigos y como consecuencia, el contacto con los padres de éstos. Pero Lingos ya no reparaba en minucias. Estaba dispuesto, con toda la fuerza de aquella voluntad que lo había elevado a capitán, a darle en esa Navidad una sorpresa a su pandilla.

Volaron los días de Diciembre con los primeros vientos del Norte, como si fueran las hojas de un calendario mal encuadernado; volaron hasta llegar la tarde del 24; hizo el chico una vez más su recorrido favorito, repitiendo para sí —sin que nadie lo oyera porque en la divulgación encontraba un peligro— la interminable lista: un tren eléctrico…; un cincho de puro cuero, con dos pistolas relucientes, como los que llevan los vaqueros de verdad que aparecen en el cine…; una moto N.S.U., pero con sirena como la de los bomberos, que pide vía libre con sus estridentes gritos…; una bola de fútbol, de las que usan los equipos internacionales…; unos celosos patines de carrera…; muchas cajas de dulces extraños…; y más… y más… Casi todo lo que había en las ventanas ya era suyo; o, por lo menos lo mejor de todas ellas lo tenía ya reservado para sí.

Y así se hizo de noche; y la luz artificial trajo un novedoso cambio de colores en las cosas; y trajo el bullicio alocado de los adultos que se exaltan como niños y el de los niños que vibran como alucinados. Pero aquel pillete de patitas en el suelo parecía no cansarse; la excitación constantemente renovada por cualquier detalle le daba siempre nuevas energías. Parecía no cansarse; pero al fin, avasallándolo todo, vino el cansancio que puede más; el cansancio que lo fue jalando, acorralando, con desgano pero con persistencia, hacia el reposo. Él no supo cómo, pero al fin cedió y sintió que descansaba; y hasta le pareció que esa noche sus hermanitos menores no le molestaban disputándole parte del reducido espacio en que solían dormir. Se acomodó como pudo, sin muchas complicaciones porque no estaba la ocasión ni estaba el sueño para remilgos.

Allá en la madrugada, cuando hasta el frío busca acomodo debajo de las ropas, le pareció que oía los pitazos estridentes de la locomotora de su tren, de su querido tren que había mirado siempre con ojos de dueño absoluto para que nadie se lo fuera a llevar; entreabrió los ojos y se dio cuenta de que el hermoso juguete se paraba frente a la puerta de su casa, que la puerta se abría sola de par en par, como en los cuentos de hadas, mágicamente, como la enorme roca aquella que alguna vez sirvió de puerta a la guarida de Alí Babá. El tren pasó adelante y se fue a situar en un rincón, apenas ocupando el espacio indispensable. No había salido del arrobamiento que aquello le produjera, cuando llegó a sus oídos el tableteo, como de ametralladora, de la motocicleta que tenía pedida; el golpe regular de aquel motor que tantas veces acarició con la mirada, y que habría acariciado con la mano de no impedirlo el ventanal; el motor de aquella N.S.U., sí, de aquella moto que no podía quedarse sin ser suya: se abrió también la puerta, con la misma buena disposición, y el segundo juguete fue a situarse, apretado contra el tren, ocupando apenas el menor espacio posible. Muchas veces se abrió la puerta; pero muchas…; cada vez, reconoció el juguete… Pasaron uno… y otro… y otro… y más; pasaron casi todos los juguetes de la lista, como traídos por una alfombra mágica de movimiento interminable, con exactitud pasmosa, en orden impecable, sin omisiones… La pobre sala se fue llenando de juguetes como nunca, pero nunca, ocurriera alguna vez. ¡La sorpresa que le daría el capitán a su cuadrilla!

Lingos hizo entonces un esfuerzo para incorporarse, pero no pudo. Algo así como una parálisis le agarrotaba todo el cuerpo. Abrió más los ojos, porque los sentía cerrados, para asegurarse de que de verdad tenía aquellos juguetes delante de sí. Fijó la atención…; se le aclararon las formas de las cosas y, efectivamente encontró allí, no todos, claro, pero sí algunos, tal y como tantas veces los viera. Estaban allí presentes, realmente tan presentes como él.

No quedaba más camino que alegrarse; ¡que abrazar los juguetes! Lejos de eso, Lingos rompió a llorar, con un llanto sin riberas, como es el llanto de los niños cuando viene el desencanto; con un llanto como nunca lo había tenido, él, que a fuerza de oír a sus compañeros hablar de los Vikingos, alardeaba repitiendo que los hombres no se vendan las heridas durante los combates ni se guarecen durante la tempestad.

—¿Qué le costaba…? —dijo Lingos con amargura de protesta que atajaba el llanto–. ¿Qué le costaba un pinche milagro?

Los juguetes no eran sueño, eran verdad; estaban allí, como un sobrante de felicidad fallida, pero no en la casa de Lingos, sino en el lugar en que los viera siempre. Con aquel cansancio que aventajaba al frío, y con aquel temor constante de que allí se los llevaran, se había dormido en la acera, frente a los ventanales rebosantes de maravillas de la Universal y había soñado entonces su ventura y la sorpresa de su pandilla…

Amainado el llanto, con un gesto de rabia varonil, se emborronó las lágrimas con la manga suelta de su camisa y maldiciendo de aquel frío que le despertara, se fue calle abajo, camino del pasaje de la pobretería…

Los de su pandilla cuentan que luego, cuando volvieron a reunirse, Lingos les dijo lo que había pasado: a él esa Navidad le iba a traer el Niño muchas cosas; más que a todos ellos juntos; pero sucedió que como él, a veces, de la venta del periódico le cogía a Rosenda (tal era el nombre de su madre) algunos dieces y se los gastaba en la calle…, pues… por eso… las cosas le salieron mal y no le trajo nada; pero nada; aunque casi… casi… se las trae…

Costa Rica, diciembre de 1955.

 


PILAR BOLAÑOS (1923-1961). Poeta y narradora salvadoreña. Perseguida por sus ideas políticas en Costa Rica, donde residía con su esposo, el líder comunista Luis Carballo, se quitó la vida a los 38 años. No publicó libro, aunque su poesía y sus cuentos se pueden leer en Repertorio Americano de Costa Rica, en la revista Cultura de El Salvador y en los suplementos culturales de La Prensa Gráfica, El Diario de Hoy y el Diario Latino, todos de San Salvador. De ella escribió Claudia Lars: “Muerta en la plenitud de su vida, era talentosa, luchadora y fina. Escribió poesía, algunos cuentos, pero su obra y su recuerdo quedan fijados en sus convicciones ideológicas, su lucha por las reivindicaciones de los hombres y su empeño por lograr la plenitud de la libertad para nuestros pueblos”. También aparece publicada bajo estas variantes de su nombre: Pily Bolaños, Pilar Bolaños de Carballo y, como abogada y notaria, María del Pilar Bolaños.

Arte de Carlos M. Barrios: “She rides too”, Oil on linen, 95×102, For Maunsell Wickes gallery Sydney.