René E. Rodas: “Diario de invierno” (poesía)

Fragmentos del libro más ambicioso del poeta salvadoreño, escrito durante su exilio en Canadá (1990).

René E. Rodas
Selección de Jorge Ávalos | Arte de Carlos M. Barrios
La Zebra | # 36 | Diciembre 1, 2018

Diario de Invierno

[Fragmentos]

1

La ciudad periódico se destruye a diario. A diario se reconstruye página a calle, avenida y fotografía, anuncio, crimen de sensación, para que mañana temprano nos deje el consuelo de ser otra vez la misma. No está hecha para la memoria sino para la repetición; y en la suprema hora del consumo sin fin, todo termina, todos terminamos en la ira codiciosa del desperdicio. Pero la noche de la ciudad es la ilusión del deshecho y la transformación. A ella se acercan las criaturas en desahucio. Hombre guión mujer diptongo fugaces puntos humanos con sus almas de baratillo en patihuelas de temor y se consume la vida tangente de tu pobreza paralela a todas las pobrezas que habitan en la página de calles tumultuosas del barrio de los ochavos.

2

Bestia sagrada
siempre fuera de tu templo,
llaga precisa, lictor del canto
enjaulado en las espinas del mundo:
Salamandra.

3

La Salamandra se despierta sobre su ala de espuma. Pasea su alcurnia por el ruedo y un gramo de luz ilumina al mundo. (El gato en postura egipcia deja afectar su indiferencia):

Tertium non datur

Vuelve la Salamandra a su frágil condición de llaga. Y nadie mejor que un gato sabe ser lo que es, sectario e inalcanzable como la belleza.

4

En los talleres del silencio
la mujer
— Penélope comparsa de un telar eléctrico,
extrañada para siempre de Ítaca—
cuenta sus años
en carretes de cáñamo blanco.
Su alma hiberna
en las noventa estaciones de su edad.

5

“Si preguntas a estas calles
por las que paso a diario
quién soy,
te dirán que nunca lo supieron.
Ni siquiera esta tierra donde estoy plantado
ni mis pasos
conocen mi nombre.
Nadie oye la redondez de mi ojo.
Pero vigilo.”

6

¿Cómo hablar de esa tierra amada del tamaño de mi más profunda herida? ¿Cómo remontar la precaria ola del dolor de uno para exclaustar el oceáno naufragado del dolor de todos? Es tan pequeña mi barca. Y así frágil.

Ah, mi viejo rincón de presencias abruptas donde una abuela sádica guardara sus más crueles monstruos para mancillar mi primer canto. Aquel huraño baúl de fotos familiares donde padres y nietos flotan en edades de sangre. Nunca me contó entre los suyos esa buhardilla de fantasmas intrépidos domiciliados en el coraje. Tierra de criaturas mutantes, cuya traviesa crueldad jamás alcanzó la altura de un ser curioso (Nos quedamos cantando, mientras marchábamos sin saber dónde colocarnos aquél engendro que nos preñaban las furias de miseria y codicia: “Por aquí pasó un soldado todo roto y remendado. Lo que vi que no llevaba era…” Así te llamas ahora: soldado rojo o azul, peón de Joaquín Thaler o peón de una cáfila de locos; no importa. Patria, soldado roto y mutilado.)

En tus laceradas tetas de perra vieja y abusada convergen el genocida y el aventurero, el amo viejo y el cazador de fortunas que paga derecho de piso con sangre ajena. Y en esa caseta de subastas se reparten tu última leche, tu leche exhausta, tu sagrada leche.

Esas cosas de la paz que se abren paso entre las miasmas de la guerra; momentos gramíneos que sobreviven a la destrucción y respiran y nos ayudan a respirar en medio de la asfixiante saturnalia del escarnio a la vida, del pillaje al espíritu. Aquella paz que nos resuelve del terror con una broma en la cocina, con la burla misma a la muerte que nos imponen aquellos cuyo valor se especula en el sufrimiento de otros; la paz que nos rescata para el presente en un abrazo de amor. —“Aquí, aquí te amo. Aquí donde nos matan y ahora que morimos en cédula de abonos mientras exhibimos nuestros documentos de identidad a esta patrulla de crápulas—.”

Un pájaro surca el último firmamento. En su ala asustada se aferra nuestra victoria. En su ala rapiñosa vuela altiva nuestra derrota; y acaso no llegue a destino pues el cielo ha de acabársele y las nubes caen a su vuelo como láminas de acero festonadas con tu dolor y mi sangre.

Aún, Venus jugó a pintar esta noche, y el mar fue grácil ola y resuelta tempestad una jornada más. Eso también es la patria.

La patria era un volcán de cráter florido que iluminaba por el Norte la meseta donde mi pueblo se desesperezaba con ternura de calles rectilíneas y manchas de zanates enloquecidos de sol brisa y decembrina.

Los ojos de madre, tristes, siempre tristes, habitados de una nostalgia cuyo horizonte dolía presentir.

De una escuelita en el campo —una galera a la sombra clemente de los árboles— volvía la hermana a las cinco de la tarde. La paz renacía para siempre en su abrazo, en su sonrisa. Y ella no iba a marcharse nunca, ni a dejarme solo en el centro del juguete macabro del mundo. Se quedaban junto a mí, para protegerme, sus ojos coquetos, inteligentes, y sus amorosas manos: luz cantora de mi corazón de niño.

En la noche de navidad, madre me llevaba al portal de Belén, en una esquina de la sala de casa. En silencio, cómplices de un juego imprudente, develábamos un pesebre de sarmientos cubierto con una mantilla de algodón. Ahí se escondía el dios de mi madre (“¡Ya nació!” susurrábamos. “¡Ya nació!”) Ese dios es una estatuilla yacente del tamaño de un palmo. Los rizos de yeso, la pancita y las mejillas sonrosadas, las piernas regordetas, los graciosos pies y la inquietante sospecha de que en cualquier momento saltaría a mis brazos: en eso radicaba su poder. Tenía unos dientes precoces y sus gesto de pax se baldaba un poco en el índice y el medio rotos en la mano derecha. Rodeado de figurillas de barro (reyes magos, pastores, una marimba), gobernaba un reino de garzas y camellos en un oasis de vidrio y bosque de orquídeas vivas. Aquella criatura de ojos vivarachos del color de las avellanas, coronado con un aura de latón, era la encarnación más humana y accesible que jamás vi de cualquier dios.

Y más tarde en mi verso, la paz fue tu rostro de diosezna, tu voz que dice mi nombre, y me tiendes tu mano menuda y me sonríes, bailarina, con tu expresión seria y tierna: no dices nada más. El silencio es elocuencia de amor en tus ojos. Y eres más bella que la primera rosa que floreció en el mundo. Estamos en el templo escandaloso de tu pelo y allí nos quedaremos. Celebramos la caricia ansiosa de tu boca y es noviembre en los celajes incendiados. Me levanté de mi soledad para amarte, bailarina, y eres tú el verso indescifrable donde el misterio revela la sencillez de su alma.

7

Un hombre resiente las mañas mesquinas de su tiempo, lee folletos donde se le ofrece un futuro de promesa en puntuales abonos de sangre. El hombre estudia y se ensombrece, se informa, se asocia, asiste a congresos, hace tribuna en las gradas facultadas de su escuela y, sin saberlo, endiosa a la Historia aun a costa del pasado: acepta una antigua declaración de guerra. (Y su voz apocalíptica afecta el peso en la cuchara del albañil, que aún tardará varios años en conocerlo y en llevarle ese ladrillo que hoy busca con la mano). En las primeras horas de su día testimonial, aquel hombre cree incluso en el amor y construye paraísos portátiles en los barrios de las piezas de repuesto; ahí, sobre el fango o el polvo de la pobreza, la excensión de su magia dispensa fraternidades e instaura compromisos sin protesto. Ese hombre comanda escuadras y pelotones, renuncia al vértigo de un poema y declara, ¡Ah, Santón desaprensivo! que sólo es bello lo que coadyuva la guerra; compra velas sin pabilo para su casa, pues su convicción es la de ser agente viajero de una aurora coronada de soles. Hace promesas, describe mundos de papel en los que la felicidad es un carné del partido, y en cuyas escuelas los niños cantan su pagaré al Futuro.

Bien entrada  la mañana en las mayúsculas páginas de este hombre que alguna vez amó la lluvia y el viento, ejércitos descalzos batallan sobre un valle de obsidiana calcinante y, como predijo la doctrina, las cercas se tensan y las trincheras se montan sobre pilas de cadáveres — ahora el albañil construye con muertos. El mundo se desgarra entre las consignas y hay palcos a cubierto para los observadores internacionales que ya ensayan sus discursos al vencedor, o enjuagan y ponderan palabras de reconciliación. La noche ceba sus ascuas en la corola de las rosas. El vendedor de armas aparta un cadáver de la mesa para desplegar sus catálogos y el funcionario de toda merced puja su última apuesta a favor o en contra de sus aliados. Mañana, pasado el protocolo del mediodía, escucharemos el saldo sin lisonjas de la especulación. Habremos de ser enviados al escombro que fue nuestra casa con un bono en el bolsillo y una medalla de fierro prendida en el centro de la desmesurada conciencia de ser escoria de guerra. En las nunciaturias, en los palacios de cancillería, en las vitrinas de recibo de gobiernos que tienen fichas de apuesta sobre el cuadrado renegrido que nos nombra, se repartirán dietas, se postergarán multas, se establecerán favores pagaderos a plazos de complicidad. Sobre el viejo cuero de jamelgo de la nación se trazarán nuevos hierros de propiedad, se medirán en catastro nuevos inmuebles con más postas y más alambre, y se batirá una nueva moneda para conmemorar la alianza.

Vendrá después, la copa en la que se arremolinan y suben a la superficie y estallan las burbujas de la paz. El dueño del garito pagará comisiones y mesadas a los secuaces, a los cambistas, a los soplones de juego, a los crupieres; y recordará a los pobres que llegó la hora de la limpieza. Y existe aquel torvo que, al abrigo de su cuarto, contará en silencio el monto de la propina por servicios de coime en esta mesa.

8

En el progreso del trabajador y en el progreso de la maquinaria yace la misma mentira. Para el enemigo de hoy que fue el enemigo de ayer, tú eres el mejor enemigo posible. Luchas con sus armas y aquilatas sus venenos. Cuando lo vences, lo suplantas; lo mejoras para que siga siendo: Terminas pasando revista en sus cuarteles, ocupas un lugar en su mesa, te incorporas a sus chismes de contrabando y alcoba, lamentas sus malestares, te aburres con su ocio, nos tasas con sus ojos de viejo mercader, escondes tu talego con su mismo celo. Ahórrate el oprobio de pedir más actos de fe. Tu doctrina fermenta en la culpa, en el miedo. Tu dios es la orgía de martirio, no la dádiva de los idus del amor, del pan de cada día, del afán de cada hora, del abrazo es este instante. En tu cielo pululan jerarquía de príncipes conspirativos, comandantes militares, comisarios políticos, acróbatas de oficina: no vale tanto sufrimiento. No hay paz prometida que valga una mujer violada en los laboratorios cenagosos de la guerra. En las arcas de tu peculio usurpado, Ilusionista, no hay esperanza que compre el dolor de una familia clavada de manos a la mesa, descabezados sus miembros mientras tragaban el último buche de terror en el ayuno de su vida. No habremos de sufrir más por el futuro en tu nombre, Prevaricador de quimeras. Es duro ya suficiente sufrir el día a día en procura del sencillo amor de hoy.

9

En el tono más alto del silencio, vuelvo a pedir perdón; estoy desconsolado. Tengo frío y vago en una larga caída desde el torrente de la llama.

El frío inquiere en las líneas de sisal de mis manos. Pero mis manos nada saben responder. No calienta ni un poco hablar de nuestra tristeza. No entibia el aliento presentir que la borrasca acaso en este instante nos ha tendido una cuerda. Nada pido a las mansiones opulentas del frío. Nada a sus colinas sinuosas, a sus sórdidos edificios, a sus páginas donde no pasaré de ser un impersonal artículo de inventario, un punto fugáz entre las sombras.

En horas de errancia, la incertidumbre resuena en mis pasos. La muerte viaja conmigo, hospitalaria siempre, y mi cadáver lo descubro sin temor en los cacharros de la basura. La muerte se dignifica cuando se la acepta para hoy, para este minuto sin apremio. La muerte recupera su potestad vital cuando se la defiende ante quienes vienen a hurtar su poder y a cancelarme en vida, o a postergarme a su dispensa.

Débil, casi inútil, cada vez más sólo dentro de mi corazón forastero, navego en mi arroyo y es mi compás esta voz desentonada. Hoy escribo el poema que presiento. Hoy entrego mi pan y libro mi batalla. Traigo copos de nieve en la barba y el frío me electriza los bigotes. Y sonrío para mi delirio, pues amo y añoro aquella diosezna bailarina bañada de la luz de ámbar de un maquilishuat en mayo: estoy vivo.

La miseria de mi alma no tiene nombre. Pero tampoco hay nombre para tu altivez. Una a otra se atacan y consuelan como hermanas. Hoy la poesía está a resguardo en mi casa de hombre pobre. Vibrante el misterio, grana y madura a su afición en mi rama. Soy un animal del bosque sagrado, alimaña pululante sobre un campo de cadáveres, ceniza aún para abonar un canto. Es tan pequeña mi barca. Y así frágil.

 


RENÉ EDGARDO RODAS (1962-2018). Poeta y periodista salvadoreño. Cursó estudios de Letras en la Universidad Centroamericana de El Salvador (UCA), y fue docente en la Universidad José Matías Delgado. Detrás de los violines y otras cuerdas (1984, publicado parcialmente en la revista Taller de Letras, UCA, El Salvador, 1986, y en el Suplemento Cultural del periódico El Día, México, D.F., 1987); Cuando la luna cambie a Menguante – XIII cantos en prosa (1986, publicado por entregas en las revistas Els Joglars, Barcelona, España, 1992-1993, y en Tinta y Papel, Universidad de la Plata, Provincia de Buenos Aires, Argentina, 1993-1994); Civilvs I Imperator (poema-monólogo, 1989, MalaYerba Editores, Toronto, Canadá, 1996); Diario de Invierno (1995, MalaYerba Editores, Toronto, Canadá, 1997); Balada de Lisa Island (1999, Dirección de Publicaciones e Impresos, Concultura, Ministerio de Educación, El Salvador, 2004); El Libro de la penumbra (1999, publicado por entregas en El Ojo de Adrián, revista virtual de Arte y Literatura, El Salvador, 2006 -2007); El museo de la nada (2003). Los dos últimos poemarios anteriores fueron publicados bajo el título Poemas de Montreal (Editorial Delgado, Colección las dos orillas, El Salvador, 2011). En 1991, en Toronto y en Montreal, como parte de un díptico teatral, Retratos de poder, se representó “Civilvs I Imperator” en una adaptación de la actriz salvadoreña Yanira Contreras, junto con “La camisa de fuerza” de Carlos Santos, adaptado por el actor hondureño Walter Krochmal.

Arte: “Object and creator”, de Carlos M. Barrios, agosto, 2014.