René E. Rodas: “Homenaje” (poesía)

Una muestra breve de la poesía del salvadoreño René E. Rodas, que ofrece puntos de entrada a toda su trayectoria.

René E. Rodas
Selección de Jorge Ávalos | Arte de Carlos M. Barrios
La Zebra | # 36 | Diciembre 1, 2018

Homenaje

Te veo, admonitorio, inclemente,
sacándome los dientes con un hilo.
Te recuerdo como una sombra inmensa,
amenazando mis miedos,
llegando puntual
a pisotear mi risa
como un verdugo responsable.
A veces también te veo como cuando
me alegraba verte.
Cuando eras el más bueno
de los malos padres.
En ocasiones al recordarte
sólo oigo un látigo ciego que golpea.
Otras veces dejo de recordarte,
y al ver esa fotografía
donde apareces de frente y muy serio,
con esa cara de quien ha alcanzado
sus módicos sueños,
me doy cuenta
que el olvido es el traje que mejor te sienta.

De los violines y otras cuerdas, 1984.

Lim la leve

Es tan ligera
que las puertas automáticas no se abren a su paso.
La lluvia no la moja y puesta al sol no hace sombra.
Tiene un frente delicado, armonioso.
Pero desaparece de perfil.
Los diminutos anteojos redondos resbalan
hasta los dos puntitos de la nariz.
Lim es un suspiro que no suspira nunca.
Le gustan los tipos rudos, pesos pesados,
de manos cuarteadas
y tan anchas como asiento de excusado.
“Los hago retorcerse como pollitos”,
confiesa con la segura levedad de su voz.

Poemas de Montreal, 2010.

La canción de Amnios

Una cuerda de embriagadora belleza era yo, doncella y juncal. Y la brisa y el sol vibraban en mí.

Una flauta de fina madera era yo. Y la belleza hacía de mí la canción que seduce al dios del tiempo.

Una promesa hecha de alertas y rumorosas colinas era yo. Y las miradas se llenaban de calor y gratitud al verme.

Y un día llegaste tú. Un impetuoso océano era tu voz. Y me hiciste parte de la fabulosa leyenda del deseo.

Era la hora de la siesta, lo recuerdo. Y me dejé raptar de tus requiebros. Y bebí de tu copa y soñé tus sueños.

Me sacudió tu peso como un campanazo de rebato. Y tu olor desesperado de varón inundó mi piel.

Mi cuerpo se dejó hechizar de la sabia rudeza de tus manos. Y desperté a tu llamado.

Me supe más viva que nunca, habitada por el relámpago y en él despierta. Y en mis entrañas ardió tu palabra.

Desde aquella tarde crece en mí la presunción de una bestia sagrada. Un delgado hilo en la inmensa rueca del tiempo.

Flagelo en que la vida desata su peste. En mí encontró una pródiga nuez en la que construir las armas de su reino.

Espiral extasiada en la expansión de su signo. Para crecer se aferra al tierno mucílago de mis paredes interiores.

Pececillo abrumado por el silencio marino que hay en mí. Bestia amada y extranjera que mi vientre acoge.

Creces incorrupto, como fuera de las horas, obstinado en tu propio provecho. Incrédulo de ti mismo como la obra ante su creador.

Que mi belleza te sea armonía, misterioso huésped. Que mi juventud te dé vigor. Que te sea plácida esta habitación.

Ah, invasor. Hoy sólo somos tú y yo. Mañana te me ha de robar el mundo y ya nadie podrá salvarte.

Poemas de Montreal, 2010.

De La balada de Lisa Island

The tramp

I
Saltaste en un tren de carga con tu hermana.
Llevabas la guitarra y los dólares negros
de tu tercera cosecha en Charlotte Farms.
Te quedaste ocho meses en una playa de Baja California.

II
Saltando en trenes de carga llegaste al puente Cartier.
Pusiste un clasificado en la única página
de un periódico imaginario:
«Busco peregrino que me cuente un cuento».

Encuentro

Bajo ese puente te encontré: En tu regazo agonizaba
el verano, y tú eras una isla llena de colinas y sauces.
Cerca había un río y más cercano el río de tu voz.
«Cuéntame un cuento, peregrino» dijiste.

Abrigo

Era de madrugada, primera gran nevada del año.
Golpeaste a mi puerta. Temblabas de frío.
Recogiste la guitarra y cantaste Shelter from the Storm.
Protestó algún vecino. Nunca Bob Dylan sonó mejor.

Trueque

«Poco tengo que ofrecerle a tu poesía». Así dijiste:
«Mi amor, mi juventud». Te conté de un amigo que habla
del “lucrativo negocio de la poesía”. Y hoy fue cierto.
En ti mis versos han encontrado quien ame su canto.

Desnuda

Apareces silenciosa y blanca
en mitad de la noche
como llega la primera nevada
al final de otoño.

Cabellera

El sol corre sobre el cobre antiguo de tu trenza:
Huye del antiguo invierno, busca tu calor para renacer.
Tardías flores de nieve se prenden desamparadas
al limpio desorden de tu frente.

Mayo

Abres las piernas al cielo y en tus muslos
cabalga el ácido demonio de los sueños.
Conmovidas las estrellas detienen la noche
para mirar su reflejo en el fulgor de tu pubis.

Palabras

Leo para ti en mi idioma y las palabras
van rodeándote con la música de su ceniza.
Te pueblan, te desnudan con su viejo misterio.
Ebrias de tu olor, vuelven a nacer de tu piel.

Enigmas

Busco en la lluvia enigmas para Lisa. Esfinges,
cuadrados mágicos, novelescos, algebraicos:
Ella los descifra con el vientre: La primavera
esconde allí uno hecho de musgo tierno.

Primavera

En un litro de agua hirviendo rayar jengibre, ajos.
Echar sal, una taza de arroz. Fuego lento de después del amor.
Antes de apagar, echar tres puñados de almejas frescas.
Servir sobre hojas de plátano en el cuenco de las manos de Lisa.

Arco del verano

La borrasca de tus palabras cuando me das tu amor.
Las ráfagas de viento con que me encierras en tu rada.
Las oleadas de fuego con que cauterizas mi amargura.
Sabor de mar tu piel desnuda, ola viva tu cuerpo.

Noches de verano

Llueves sobre mí con tus manos de tormenta.
Traes en los labios racimos de chubascos
que descargas a golpes de lengua sobre mi cuerpo.
Insaciable la tempestad arde en tus ojos.

Lluvia

Te sorprendo desnuda labrada a un arce.
Enloquecidas gotas de lluvia se precipitan a tierra
desde tus pezones respingados.
El viejo arce te abraza con sus ramas nudosas.

La balada de Lisa Island.
Montreal, verano 1999.

 


RENÉ EDGARDO RODAS (1962-2018). Poeta y periodista salvadoreño. Cursó estudios de Letras en la Universidad Centroamericana de El Salvador (UCA), y fue docente en la Universidad José Matías Delgado. Detrás de los violines y otras cuerdas (1984, publicado parcialmente en la revistaTaller de Letras, UCA, El Salvador, 1986, y en el Suplemento Cultural del periódico El Día, México, D.F., 1987); Cuando la luna cambie a Menguante – XIII cantos en prosa (1986, publicado por entregas en las revistas Els Joglars, Barcelona, España, 1992-1993, y en Tinta y Papel, Universidad de la Plata, Provincia de Buenos Aires, Argentina, 1993-1994); Civilvs I Imperator (poema-monólogo, 1989, MalaYerba Editores, Toronto, Canadá, 1996); Diario de Invierno (1995, MalaYerba Editores, Toronto, Canadá, 1997); Balada de Lisa Island (1999, Dirección de Publicaciones e Impresos, Concultura, Ministerio de Educación, El Salvador, 2004); El Libro de la penumbra (1999, publicado por entregas en El Ojo de Adrián, revista virtual de Arte y Literatura, El Salvador, 2006 -2007); El museo de la nada (2003). Los dos últimos poemarios anteriores fueron publicados bajo el títuloPoemas de Montreal (Editorial Delgado, Colección las dos orillas, El Salvador, 2011). En 1991, en Toronto y en Montreal, como parte de un díptico teatral, Retratos de poder, se representó “Civilvs I Imperator” en una adaptación de la actriz salvadoreña Yanira Contreras, junto con “La camisa de fuerza” de Carlos Santos, adaptado por el actor hondureño Walter Krochmal.

Arte: “Spotty Dog”, de Carlos M. Barrios, abril, 2016.