René E. Rodas: “La locura es una enfermedad saludable” (ficción)

Un cuento inédito, acaso el primero que escribió el poeta salvadoreño René E. Rodas (1962-2018), a sus veinte años.

René E. Rodas
Arte de Carlos M. Barrios
La Zebra | # 36 | Diciembre 1, 2018

Las ventanas se abren a las siete; las puertas interiores, a las cinco cincuenta; las que dan al patio, a las siete y cinco y el portón blanco y alto de la calle, lo abren según vayan entrando y saliendo los médicos, enfermeras, enfermeros, personal de servicio, etcétera.

Eligio es el líder del pabellón de maniáticos, por eso es el primero en levantarse. Se pone de pie de un brinco y exclama: “Buenos días, camaradas”. Todos le respondemos de igual manera y procedemos a saludarnos unos a otros al estilo francés. Este es el primer acto de la tanda diurna y es simplemente impecable, discreta e íntimamente impecable. A continuación, recibimos a las enfermeras de turno que, por lo general, vienen malhumoradas, asaltándonos con sus inmensas jeringas o con sus cajas de pastillas, con las cuales nos acechan, mientras reparten amenazas y empujones a todo mundo.

Luego de un duchazo despabilador, el desayuno: la asistencia mutua entre colegas nos ha dado la clave para soportar dignamente cierto tipo de torturas sutiles, tales como el arroz cocido, pero con todo y granza. Los del personal de servicio, entonces, se miran entre sí y sonríen malévolamente. Después vamos a nuestro patio particular y nos distribuimos coquetamente, pavoneándonos.

De pronto, sin previo aviso, como improvisando, uno de los más tristes dice de manera muy convincente: “Está lloviendo”. Los más cercanos a él nos quitamos el gorro y alzamos el rostro; nos lo volvemos a poner y al poco tiempo que metemos las manos en los bolsillos, escondemos la cara, avergonzándonos de nuestra incapacidad para tan metafísicas sensaciones.

Los doctores, que son nuestro público especializado, toman nota del suceso, mientras le aplican teorías y recetas, felices de saberse oportunos y eficaces. Aparecen de pronto, en pleno escenario, dos pilluelos vestidos de verde claro y toman al recitador por los brazos, llevándolo silenciosamente ante el cuerpo médico.

Nosotros hacemos mutis en medio de una gritería espasmódica: representamos una fuga a cuatro manos, en piano de cola; telón. Nos felicitamos reservadamente y esperamos al laureado. Aparece pinchado de ambos brazos, lloroso, pero satisfecho.

Durante el almuerzo un grupo se reúne para hablar francés como japoneses en el café Pushkin de Moscú; otros juegan al ajedrez con coliflores, cáscaras de plátano, puntas de plátano (que sirven de torres), y cuanto encuentran a mano, procurando que gane el bando que lleva las blancas, a condición de que recurra siempre al mate del loco. Los más románticos escriben epístolas del tipo wildeanas con su sopa de letras. Hay títulos interesantes, como: “De dementis”.

Enfermeras, doctores y trabajadores sociales deliran emocionados ante ese derroche de calidad escénica.

“¡Increíble!”, escuchamos.

“Me lo suponía”, dice el doctor Domínguez con su voz de sacerdote casto. “Era justamente lo que yo le decía, doctora Méndez”, clama satisfecho el doctor Bonilla.

El núcleo de la sesión ha sido un éxito, algunos hasta fumaremos un cigarrillo por la emoción. En el transcurso de la tarde hacemos el trabajo más duro: cada uno de nosotros hace un “solo” ante su médico de cabecera; les permitimos que nos mientan piadosamente, diciéndonos en tono cariñoso: “No se preocupe, mi buen Fernández, allá en el mundo exterior todo está muy bien, mejor y mejor cada día. Lamento mucho no poder prestarle los periódicos, pero usted sabe, el reglamento”.

A lo que respondemos en tono conciliatorio, casi como disculpándonos; parte difícil de la actuación, por el equilibrio que se debe lograr entre la gesticulación y la voz, entre el tono y el movimiento. Sobriedad y economía de medios; esa es la clave.

“Sin llegar a ser tacaños”, nos dice Gualdd, nuestro actual director de escena, “deben proyectar un hombre convincente. Eviten la afectación y el despilfarro escandaloso”.

Gualdd es enemigo acérrimo del Rococó y del Manierismo. De la buena o mala actuación da testimonio el médico con más o menos pinchazos, doble o triple dosis de cápsulas y jarabes. Con seguirse un par de días en el solitario equivale a una apoteósica aclamación, con el público de pie, en el Bolshoi o en un lugar de esos.

A eso de las cinco nos reunimos de nuevo, evaluamos y valoramos. Al fin y al cabo, una de las ventajas del Marxismo en su método de crítica y autocrítica.

Cuando el pito da las seis con treinta vamos a cenar; siempre es algo muy frugal. Una cena liviana es el símbolo de elegancia, aunque aquí nuestra elegancia se vuelve sospechosa. Al compás de un Allegro Moderato, que suena como telón de fondo en las paredes rosadas, aparece el cadencioso grito de un viejo, tanto que, como dice Borges, es una canción de Burdel. Lo inesperado del trance, que hasta entonces había producido una erización masiva de pelos en toda la geografía de los doctores, queda superado con la indiferencia absoluta de los comensales: desaprobación tácita, pero como ignorando lo sucedido.

Regio, magistral. Descansamos hasta las nueve.

Los días de visita requieren alterar la variedad. Entremeses moderados, pero sorprendentes: pedirle a uno de nuestros parientes que le lleve un mensaje cifrado al perro de casa, enviarle al canario una balada melancólica para que la ensaye si le gusta; darle al abuelo una receta especial, muy afrodisíaca, para que la vierta a hurtadillas en el café de la abuela. Cosas así, como un teatro de sainetes. Esto sólo sucede los martes y domingos, de modo que tenemos tiempo para que al guionista se le ocurra algo.

Terminamos el día. Eligio nos felicita y pronuncia frases hermosas.

“Esto es digno de presentarse en Bellas Artes”, declara emocionado; hace planes: “Podríamos pensar en algunas funciones a precio módico, para las grandes mayorías… quizás hasta aceptaríamos algún teatro popular, como el ‘Blanquita’ o algo por estilo”.

Es que Eligio es mexicano, el único mexicano que no es devoto de la Virgen de Guadalupe. Nos da palmaditas en las espaldas y da su autorización para que nos felicitemos; nosotros, entusiastas, nos abrazamos fraternalmente y nos despedimos, de nuevo al estilo francés. Apagan las luces y nos metemos entre las escuetas sábanas, satisfechos con nuestro buen gusto, agradecidos con el público y con la locura.

Al sonar las diez, cierran las ventanas; las puertas interiores, a las diez y cinco; las que dan al patio a las diez y diez. Nunca falta un médico fanático o una enfermera diletante que quiera darnos otra estocada con su agujita de Pentotal. Los árboles de la calle vibran y crujen, entonces, a manera de Coda.

Jueves, enero 20 de 1983.

 


RENÉ EDGARDO RODAS (1962-2018). Poeta y periodista salvadoreño. Cursó estudios de Letras en la Universidad Centroamericana de El Salvador (UCA), y fue docente en la Universidad José Matías Delgado. Detrás de los violines y otras cuerdas (1984, publicado parcialmente en la revistaTaller de Letras, UCA, El Salvador, 1986, y en el Suplemento Cultural del periódico El Día, México, D.F., 1987); Cuando la luna cambie a Menguante – XIII cantos en prosa (1986, publicado por entregas en las revistas Els Joglars, Barcelona, España, 1992-1993, y en Tinta y Papel, Universidad de la Plata, Provincia de Buenos Aires, Argentina, 1993-1994); Civilvs I Imperator (poema-monólogo, 1989, MalaYerba Editores, Toronto, Canadá, 1996); Diario de Invierno (1995, MalaYerba Editores, Toronto, Canadá, 1997); Balada de Lisa Island (1999, Dirección de Publicaciones e Impresos, Concultura, Ministerio de Educación, El Salvador, 2004); El Libro de la penumbra (1999, publicado por entregas en El Ojo de Adrián, revista virtual de Arte y Literatura, El Salvador, 2006 -2007); El museo de la nada (2003). Los dos últimos poemarios anteriores fueron publicados bajo el títuloPoemas de Montreal (Editorial Delgado, Colección las dos orillas, El Salvador, 2011). En 1991, en Toronto y en Montreal, como parte de un díptico teatral, Retratos de poder, se representó “Civilvs I Imperator” en una adaptación de la actriz salvadoreña Yanira Contreras, junto con “La camisa de fuerza” de Carlos Santos, adaptado por el actor hondureño Walter Krochmal.

Arte: “Bird and Snail”, de Carlos M. Barrios, mayo, 2008.