A. Morales Cruz: “La casa llena de agua” (poesía)

Poesía y prosa de un escritor panameño conocido por su inclinación a crear obras de una “escritura inestable”.

A. Morales Cruz
La Zebra | # 37 | Enero 1, 2019

Verdad 10/6

El poeta dice lo que puede de lo que es…
lo que dice, en verdad lo dice?
o es una exageración para encontrarnos
tu  yo   la maestra   tu tía   el chofer
el banco   el candidato   el jefe
detrás de la iglesia y revisar nuestras
perversiones dentro de esa línea
del horizonte

o donde velan a los deportistas y
toda la nación llora ese momento

los periódicos y los vendedores
no saben cómo ocultar la fila de llantos
de experiencia bancaria

las heladerías cierran
las fondas cierran
también cierran sus piernas
las

en el fondo,
es cuestión de experiencias con la luna

los perros comienzan a dormirse

el cansancio del día cae en su charco

Osos 7/6

Ya nos empezamos a limpiar
y ya te veo doble

en esta cama donde un universo
con patas de mesa
chorrea todo el jugo de almendras
de tu vaso a tus piernas,
que salieron de prisa por una puerta
rajada
sin picaportes
porque eso acostumbran hacer
las alcobas llenas de mosquitos
en el plato de frutas
o en la caja que duermen las facturas y las medicinas

arriba donde descansa un óleo
y se ven dos jarrones y una pera
voy a tender la mesa, dijiste
al ponerte las medias azules

en la cama aun los zumbidos
progresan la medianoche

nada por sí mismo nos llega
solo acontecen plurales vistas de enemigos
forzando la puerta
del baño
a que entren esos osos

Luz roja

Cuando se puede, se come, pero todos los días vemos televisión. Me levanto a las diez. Como no voy a la escul, me rebusco unos cuantos chavos lavando parabrisas en el semáforo de la cincuenta. Antes me paraba por la Rusvel. En realidad este trabajo me duele. Vivo puteado por los conductores que, cuando le tiro a limpiar los vidrios, me dicen de vainas. Todo el día me caen el sol y los aguaceros, para poder llevarme unos cuantos dólares a mi casa, por mis hermanos, por la vieja.

Cuando puedo, descanso debajo de un palo de mango y veo las nubes, oigo el ruido de los carros, y el olor a gasolina me tuerce el estómago, acostumbrado a estar vacío y sonándome.

Tengo 14 años y sólo llegué al quinto de primaria. A veces pienso en una casa grande y un padrastro que me lleve a los juegos de béisbol. Después me doy cuenta que son aguevasones del Resistol que inhalo, como todos aquí lo hacemos, para aguantar este tren, broder.

A veces me voy a la playa y los cangrejos me rodean y puedo ver los barcos como se hunden al final del cielo, allá donde ya no alcanzo a ver. Tengo 14 años y sólo llegué al quinto de primaria.

La casa llena de agua

La casa llena de agua. Por los bordes, entraba la agitación de lo lluvioso. Las hojas de zinc semiquebradas eran un paradero de agua colándose por entre las ranuras raídas y débiles. Era una casa débil, encima de ti. Tratabas de incorporarte y volvías a tumbarte en la cama. El frío y el viento también te hacían débil o frágil. Porque la fragilidad es la mejor condición del vidrio. Y tú calificas como esa copa de cristal. Un ser vidrioso es un ser compuesto de melancolía. Ya el agua llegaba hasta un poco más arriba de los tobillos. Yo me levantaba del agua como un meteorito acuático y miraba el ámbito inundado contigo en la cama. Charqueaba de un lado a otro, como buscando algún objeto de oro o un viejo documento personal, tal vez una carta con tus iniciales. Parecía martes. Porque los martes es cuando más llueve en octubre. Ya me había acostumbrado a esa rutina. No hay reportes en la radio. Pero la tormenta persiste y afuera se escucha el zumbido como si tuviera boca o los dragones de los cuentos se hubieran zafado de las páginas y escurridizos se metieran en la naturaleza de la lluvia, para darle una expresión pero que le dicen tormenta para no decir dragón.

Y yo te cuento, mientras duermes, la historia de los aborígenes que huyeron de la superficie de la tierra para cavar hoyos profundos y esconderse de los leones y de los monos de colmillos que atrapaban y desgarraban como presa, mientras cavaba cerca de la cama un hoyo real. Tú volvías a intentar levantarte pero el miedo al ahogamiento se transformaba en un terror que por tus ojos se veía. Pensé que con un alma así, tan frágil, es imposible sobrevivir a una hostilidad como ésta.

Ahora te contaba cómo mi padre murió en un tiempo como éste, alrededor de abril, cuando la humedad se apodera vaporizando y ahogando la respiración mientras uno quemaba la madera podrida abandonada en la intemperie de las calles.

Entonces me preguntaste si era mejor morir obstruido por el agua o requemado por la asfixia del calor incesante que se cierne en abril, cuando aparecen las moscas.

Trepé al calor de la cama, puse una almohada apretando tu cara y tú jadeando por la falta de aire te quedaste flotando en la cama de tu abuelita.

Ahora sí, ya no me preguntarás más por qué hago estas cosas.

 

Los textos en prosa provienen del libro Lejanos parientes indecentes. Los poemas fueron compartidos a la revista La Zebra por el autor.

 


A. MORALES CRUZ (Panamá, 1952). Narrador y poeta panameño. Publicaciones de poesía: El círculo, la grieta (1999); Cómicas de Berlín (2011); Agua de tanque (2015); y el libro de cuentos Lejanos parientes indecentes (2007). Aparece en Resonancias: cuentos breves de Panamá y Venezuela (2016); 25 Antenas, poesía hispanoamericana (Rosario Argentina, 2017).

Fotografía: “El abuelo y la hija”, San Felipe, Panamá, por Jorge Ávalos.