Czeslaw Milosz: “Sobre los ángeles” (poesía)

Nuevas traducciones de la poesía sencilla y profunda del premio Nobel polaco de 1980.

Czeslaw Milosz
Traducciones de Jorge Ávalos
La Zebra | # 37 | Enero 1, 2019

Tan poco

Dije tan poco.
Los días eran breves.

Breves días.
Breves noches.
Breves años.

Dije tan poco.
No podía perdurar.

Mi corazón se agobió
de júbilo,
decepción,
ardor,
esperanza.

Me asediaban las quijadas
de Leviatán.

Desnudo, descansé en las playas
despobladas de islas ignotas.

La blanca ballena del mundo
me acarreó hasta la boca de su estómago.

Y ahora no sé decir
si algo de todo esto fue real.

Berkeley, 1969

Sobre los Ángeles

I

Vosotros fuisteis despojados de todo: las blancas túnicas,
las alas, aún la certeza de vuestra existencia.
Sin embargo, yo creo en vosotros,
mensajeros.

II

Allí, donde el mundo se cimbra y muestra su revés
—en un grueso tejido bordado con bestias y estrellas—,
vosotros vais, inspeccionando las hábiles costuras.

III

¡Qué transitoria es vuestra estadía!
Aquí y allá: en el altivo minuto matinal
cuando el cielo se aclara
o en una melodía y su eco en boca de los pájaros
o en el aroma de las manzanas al final del día
cuando la luz hechiza los dorados huertos.

IV

Se dice que alguien os inventó
pero, ¿a quien convence esa patraña
si los humanos se inventaron a sí mismos?

V

Y esa voz… — evidencia válida, sin duda alguna—
sólo puede provenir de cuerpos radiantes y etéreos,
con las dos alas surcando la fina espalda —¿por qué no?—,
y los traslúcidos dedos ceñidos al relámpago de la espada.

VI

Tantas veces he escuchado esa voz mientras duermo.
Iniciado a su misterio, entendí cuanto pude,
una orden o un llamado en una lengua celestial:

El día se acerca.
Otro.
Haz lo que puedas.

Una conversación con Jeanne

No hablemos más filosofía. Desiste, Jeanne.
Tantas palabras, tanto papel, ¿quién puede tolerarlo?
Te dije la verdad cuando te hablé de distanciarme.
Dejé de preocuparme de mi amorfa vida —no era
mejor o peor que las habituales tragedias humanas.
Por más de treinta años hemos librado nuestra disputa
como lo hacemos ahora en esta isla, bajo el cielo del trópico,
donde escapamos un chubasco y un instante después brilla,
radiante, el sol. Y donde yo pierdo la razón, deslumbrado
por la naturaleza de la vegetación: hojas de preciosa esencia:
esmeraldas. Nos sumergimos en la espuma, donde las olas se rompen.
Nadamos lejos, hasta donde el horizonte es una maraña de arbustos
de guineo; parecen pequeños molinos por las hélices de sus palmas.

Pero he sido inculpado: No estoy a la altura de mi obra;
no exijo lo suficiente de mí mismo,
como pude haber aprendido de Karl Jaspers;
y mi despecho por las opiniones de mi tiempo decae, apático.

Me dejo voltear por una ola y miro las blancas nubes.
Tienes razón, Jeanne, no sé cómo velar por la salvación de mi alma.
Algunos han sido elegidos, otros hacemos lo que podemos.
Lo acepto, merezco mi suerte. No aspiro a la sabia dignidad de la vejez.
Intraducible a las palabras, elijo mi hogar en el ahora,
en las cosas de este mundo, en lo que existe y, por lo tanto, nos deleita:
La desnudez de las mujeres en la playa, el moreno fruto de sus pechos;
hibiscos, alamanda, un rojo lirio; devorar con mis ojos,
labios, lengua, el jugo de la guayaba, el jugo de la prune de Cythère;
ron con hielo y miel; orquídeas-bejucos de la húmeda selva,
donde los árboles se elevan sobre los zancos de sus raíces.
La muerte, me dices, la tuya y la mía, se acerca más y más.
Sufrimos y esta pobre tierra no fue suficiente.
Pero la púrpura tierra, con sus jardines y hortalizas,
estará aquí, aunque rehusemos mirarla; el mar, como en este día,
respirará desde sus abismos. Empequeñecido, desaparezco
en la inmensidad, cada vez más y más libre.

Guadalupe

Un poema para el fin del siglo

Todo está bien. El sentido
del pecado se ha disipado
y la tierra está presta,
en su paz universal,
para consumir y deleitarse
sin credos ni utopías.
Pero yo, extrañamente,
rodeado por estos libros
de profetas y teólogos,
de filósofos y poetas,
busco por una respuesta.
Huraño, cejijunto, despierto
en medio de la noche
o musitando con el alba.
Me abochorna admitir
lo que tanto me abruma.
Al expresarlo en voz alta,
parezco indiscreto e imprudente.
Parece, incluso, una injuria
contra el espíritu de la época.

Ah, mi memoria
rehúsa abandonarme,
y en ella habitan seres
que sufren su propio dolor
y mueren su propia muerte,
su propio estremecimiento.
¿Por qué, entonces, la inocencia
de las costas paradisíacas
y los cielos impecables
sobre la iglesia de la higiene?
¿Será porque aquello
sucedió hace tanto tiempo?
Al más santo de los hombres
—refiere un cuento sufi—
Dios dijo con una pizca de malicia:
«De haberle revelado a la gente
cuán pecaminoso eres,
sin duda dejarían de venerarte».
«Y yo», respondió el místico,
«de haberles confesado
cuán misericordioso eres,
ni se preocuparían de ti».
¿A quién debo acudir
con esta oscura materia
de tormento y culpa
que afina el orden mismo
del mundo, si ni aquí ni allá,
ni en lo bajo ni en lo alto
ningún poder consigue abolir
la causa y el efecto?
Ah, no pienses, no recuerdes
la muerte en la cruz,
aunque Él muera cada día:
el único, el misericordioso,
aquél que sin necesidad
consintió y permitió
la existencia de todo lo que es,
incluyendo los clavos y la tortura.
He aquí el último enigma,
el intolerable ardid.
Mejor la voz del silencio:

Palabras hay que no son para el vulgo.
Bendito sea el júbilo,
lo pretérito y lo cosechado.
Aún cuando no a todos
nos sea conferida la serenidad.

Berkeley

 


Czesław_Miłosz_2011(Lt,_detail)

CZESLAW MILOSZ (1911–2004). Poeta, ensayista, traductor y diplomático polaco. Después de la guerra, fungió como agregado cultural en París y en Washington, D. C., hasta que desertó en 1951. Es autor de un clásico estudio anti-estalinista, El pensamiento cautivo (1953). Entre 1961 y 1998 fue profesor de lenguas eslávas en la Universidad de California, Berkeley. Se convirtió en un ciudadano de los Estados Unidos en 1970. In 1978 fue galardonado con el premio internacional de Literatura Neustadt, y en 1980 con el Premio Nobel de Literatura. Después de la caída de la cortina de hierro dividió sus estadías entre Berkeley y Cracovia, Polonia.