Carlos Santos: “José Asunción, el de los entierros” (ficción)

Una estampa sobre un niño que descubre un suceso fantástico en sus observaciones de la realidad, de la pluma de un notable poeta salvadoreño.

Carlos Santos
La Zebra | # 44 | Agosto 1, 2019

¡Excelentísimo desorden!

Los zapatos con sus bocas de desahucio parecen los despojos de una multitud de católicos en desbandada. Las camisas alcanzan la armazón de las sillas, mientras el resto de la ropa naufraga en un mar de lozas anaranjadas.

¡Excelentísimo desorden!

Soy el depositario de un secreto casi tenaz. Soy melancólico. En mi casa tengo un cofre casi inagotable con piedras Tolán, lentes sin empotrar, cuadernos amarillos con viejas lecciones de geología y música, dos dagas de guerra, un ejemplar oscuro del Libro de San Cipriano, y sobre todo las cartas de amor de mi abuelo Esculapio, el poeta; y quiero a través de mi cofre a todos los cofres de la tierra, ocultos o no.

Cuando recién ayer decidí ser melancólico, sólo buscaba un gesto a la altura de mi papel de huésped, pero no tomé en cuenta lo triunfal del amanecer de hoy, con el aire picante de malezas y la grita de los pájaros en la enredadera. Quería que tía Miriam me llamara malvado a la hora de la cena, por sobre la espesura de los plátanos humeantes, haciendo cantar su voz y arrugando los párpados cruzados por venecillas alertas como pistilos, tal como la guardaba en mi recuerdo favorito del verano anterior.

“Socorrida manera de sacar tu ropa del beliz, Joselito”.

Esa es mi tía Miriam; o si no:

“El jazmín despertó un botonal esta mañana”.

Tía Miriam sabe lo bien que me hace el encanto con que le sale vivir. Incluso su manera de sacar las verduras de la cesta de compras y soltarlas en la mesa con manos de jardinera. Sabe que no echo de menos las dos horas dominicales que me concede mi padre para juntarme con los chambos del barrio, creyendo que ellos aceptarán sin más al forastero de los fines de semana, y sin poder entender que al cabo mi soledad ya está habitada y en ciertas cosas yo vuelo mientras los chambos se mueven a saltitos en las ramas.

Me entero de sus cosas cuando les ocurre caer dentro del rango de Teresa, la ventana de mi dormitorio. Como la vez en que Manuel Cordales hurgó bajo la falda de Ligia y se encontró con los puños del hermano, el veneno Figueroa que ya rebasa los trece. Algunos chambos han comenzado a beber como Calixto y el sapo Cuenca. Una noche pasaron por el jardín de mi casa cortando yerbabuena, y se la fueron mascando calle abajo exhortándose uno al otro:

“¡Caminá recto, cabrón, ya parecés preñada!”, y los perros los iban delatando.

Pero mi padre no sabe que ahora me gasto la licencia bebiendo sodas y comiendo salpores en la tienda de Cristina, sólo por el gusto de mirarla atender. La serpiente de seda de su pelo llevada en docilidad sobre su hombro derecho, y saliendo de detrás del mostrador con sus pies maravillosos y desnudos bajo las cintas verdes de sus sandalias romanas. Mi abuelo Esculapio habría usado palabras como junco y espiga para hablar de Cristina. Yo prefiero llamarla Lirio.

Tía Miriam pesca en mis ojos que no echo de menos sino a mi cofre y a Lirio; nunca a mi padre, ni a la barriada, ni a la odiada Teresa. Mi madre no cuenta. Tiene la virtud de hacerse polvo y perderse en las aristas de los muebles; la virtud de hacerse sombra y aparecer o desaparecer cuando la voluntad de mi padre se enciende o se apaga. No pensar en ella, es una orden.

Mi primo Andrés duerme todavía. Desde que tía Miriam lo trajo del dentista con la mitad de la cara hecha una bota, se fue a dormir para no llorar. Su habitación destiñe suspensa en el olor de la esencia de clavo, que es como el olor del olvido. Parece brotar de las paredes, la cama, las sábanas, la almohada, de su cuerpo prieto convertido en un enorme tapón de hierbas y esencia de clavo. Me da risa, porque el poder de concentración de Andrés es capaz de borrar el mundo. Donde quiera que él se encuentre ocupado en algo, sobre todo si es con su navaja, el mundo deja de existir. Por ello no se dio cuenta del primer entierro el verano pasado, aunque ocurriera casi en sus sagradas narices de panela. Mejor así. Tía Miriam y yo seremos los únicos en el secreto. Se lo ha ganado con su encanto. Le contaré los dos episodios a la hora de almuerzo, mientras Andrés escapa de un dentista enloquecido que lo persigue con una fresa.

Pobre, viéndolo dormir, así, bajo el peso de su pequeño otero de carne magullada, Andrés sacó de su mochila el cartucho de sal gruesa y la navaja suiza que le dio mi padre, acercó el racimo de mangos verdes sin levantarse de la piedra, y comenzó a cortarles el tallo rebanando por el peque, de modo que iban quedando las lasquitas lechosas en la punta de los tallos en rama, cuando empezó la bullanga de los cenzontles en la hojarasca.

Te juro tía Miriam que sentí como cuando estás seguro que al lanzar el dado tendrás el número justo para comerte la ficha del adversario. Me moví con cautela, acercándome sin hacer ruido. Me oculté en el tronco de un volador y desde allí los vi. De momento pensé que lo estaban devorando a picotazos. Sin embargo era que lo arrastraban hacia la tierra blanda, donde pronto aquel barullo sacó decenas de patas y se entregó a cavar. Gritaban sus registros innumerables, sacudían las alas negras cruzadas de relámpagos azules, hasta que se fueron hundiendo en la tierra y acabaron por salir del hueco dando saltos. Entonces arrojaron al fondo la carroñita tiesa, las alas de vetas azuleantes ahogadas por el polvo, cubrieron la tumba y se marcharon volando.

Ocupado en rebanar los tallos Andrés ni se dio cuenta, pero yo te aseguro tía Miriam que fue así.

“Eso es charla de Moros, José Asunción”.

Pero fue así. Y luego ocurrió en mi casa.

Tía Miriam se pone de pie y comienza a recoger los platos con las sobras del almuerzo.

Sabés, yo había salido al patio para ver la luna.

Con un tenedor empuja los desperdicios a la bolsa de basuras, antes de colocar los platos en el fregadero.

Cuando de pronto los ratones salieron del cancel llevando su muerto a rastras hasta el seto de begonias.

“Mirá que sos malvado José Asunción. Los muchachos del pueblo anduvieron con la misma conseja hace más de treinta años. Parece que la llevaran en la sangre”.

Sube la risa de los platos en el fregadero.

Toronto, 1992.

 


carlos_santos.JPG

CARLOS SANTOS (San Salvador, 1956). Poeta y narrador salvadoreño. Exiliado en Toronto, Canadá durante los años de la guerra en la década de 1980. Regresó a San Salvador tras la firma de los acuerdos de paz, donde fue colaborador y redactor de las revistas Tendencias y del suplemento cultura “Búho” de La Prensa Gráfica hasta su regreso a Toronto en 2001, donde reside en la actualidad. Es autor de un influyente libro de poesía: La casa en marcha (DPI, San Salvador, 1999). Su obra incluye un libro de cuento suscrito a la corriente fantástica y neobarroca de Lord Dunsany y Salarrué: Bitácora (Ars, 1998). Su obra poética ha sido llevada al teatro en varias ocasiones: puesta en escena de La casa en marcha, versión inglesa por Walter Krochmal, Sonaha Theatre Collective (Gaya Theatre, Nueva York, 1991); presentaciones internacionales del monólogo La camisa de fuerza, versión castellana por Water Dionisio, e inglesa, por Walter Krochmal, (San Salvador, Washington, Nueva York, Toronto y Montreal, 1988-90); junto con Jorge Ávalos contribuyó textos para un performance especial de Walter Khrochmal presentado en the Franklin Furnace de Nueva York, 1991. La mayor parte de su obra poética permanece inédita.

Fotografía: “Retrato de un niño”, Jorge Ávalos.