Carlos Santos: “Poesía del suceso poético” (ensayo)

Un poeta salvadoreño explora la idea de que la razón de ser de la poesía es el misterio: lo que no puede expresarse con palabras, lo que carece de pruebas.

Carlos Santos
La Zebra | # 45 | Septiembre 1, 2019

El reino de la evidencia toca a su fin:
¿Qué verdad clara vale la pena de ser enunciada?
Lo que puede ser comunicado no merece la pena
de que nadie se detenga en ello.
¿Deduciremos de esto que
sólo el misterio debe retenernos?
Es no menos fastidioso que la evidencia.

E.M. Cioran

Nos ocurre escribir poesía, es decir, lo que “sucede” en el ámbito vivo de la experiencia poética, y al hacerlo accedemos, a condición de ser auténticos, a la única naturalidad que nos es posible, la de la verdad poética.

Poesía es acontecimiento, suceso a contrapelo del ardid plural de encuadres y pragmatismos, arideces y abulias de la inteligencia, las emociones y el espíritu. Muchos han demostrado que se puede escribir bajo coyundas de aquella índole, pero no así que les ocurra a la vez poesía en la terrible hoja de papel, ese lugar, entre muchos más allá de los géneros, donde el suceso acude para hacerse visible.

Existe, sin embargo, una actitud poética de gran incurrencia, caracterizada por la simple utilización de la forma poética, para ilustrar contenidos diversos, y cuyo objetivo, principalmente literario, es poetizar. Tal actitud es sobre todo genérica, y por ello encuentra su apoyatura fundamental en la técnica y la habilidad. No accede, en principio, al modo de conocimiento poético, y su vocación se convierte, desde entonces, en voluntad de re-presentación, acusando con ello un anclaje en la dualidad del conocimiento intelectual. Enlace entre los polos, las palabras se vuelven discurso, rodean, envuelven a su objeto, no buscan revelar, sino al cabo producir, sobre todo, un efecto apelativo al sentimiento del lector.

Por otro lado, y en menor profusión, encontramos una actitud distinta, cuya singularidad es la del “suceso poético”.

Cuando el Occidente ha afirmado la capitulación del Verbo, y en las llamadas ciencias humanísticas ha denunciado la confusión entre “objetividad” y “cosificación del objeto”, la poesía del suceso poético busca desembarazarse del acto de glosar.

Ya desde la antigüedad, las lecturas de un fenómeno tan refractario como el mito, muestran la dubitación del intelecto frente a lo nocturno. Vemos al mito reducido al orden moral (la sofística), a soporte de tradiciones y prerrogativas del estado (neoplatónicos y estoicos), a ciencia e historia primitivas (epícureos y cirenaicos), a esoterismo (Salustio), a historia antigua (Evémero). Otros verán después en el mito, la sorprendente unidad entre un modo singular de conocimiento y su forma expresiva. Pero es la postmodernidad la que toma conciencia del mito como modalidad de una función vigente de la psique.

Se sabe que el individuo no es una unidad armónica e integrada, y que la prevalencia de un modo racional de conocer, no indica la ausencia de otras vías de aprehender las realidades. Forman parte de la historia de la ciencia, los casos en que la rigurosa demostración analítica es posterior a la intuición del núcleo de una verdad.

El suceso poético, como la función mitopoyética, da cuenta a su manera de verdades reluctantes a ser enunciadas conceptualmente, si no es a riezgo de secarles vitalidad y riqueza ontológicas. En el ámbito de tal experiencia, la poesía nunca es género; es decir, lejos de ser teoría, es aprehensión inmediata de lo real generando expresión. No es lo mismo la toma de conciencia normal, como diría Gombrowicz, de un lugar común cualquiera, que el hecho de penetrar en su contenido vivo y creador.

El ritmo le ha ocurrido a las artes y a las actividades humanas desde los comienzos; presencia espontánea, fue la cabalgadura ancestral del rito. Así, el suceso poético es también un hecho natural, que trae a la percepción realidades naturales, y en tal sentido apunta, como aquéllos, por el sustrato, hacia lo universal; por su vocación, a lo revelador. De este modo, el suceso poético se vuelve al mismo tiempo su verdad poética. Sólo para una aproximación abusivamente racionalista, éste aparece como una simple mención de la realidad o una alegoría.

Al menos en la brevedad, instante cargado y claro, el suceso poético es integrador, y su poder de integración se funda en la unidad del estado poético, en el que las grandes dualidades (interno-externo, lógico-mítico, sujeto-objeto) se experimentan como no-dualidad, y accedemos a la experiencia viva de los principios de analogía, identidad y mutación, en el intransigente subsuelo del estilo. El lenguaje, entonces, liberándose de la denotación, negándose a ser instrumento, halla su vocación primordial de acontecimiento.

La técnica y el estilo son, primero, invención, luego viabilidad, eficacia, regularidad, pertenencia, y finalmente agotamiento. Tanto técnica como estilo nacen con la tendencia a ser procedimiento y patrimonio. Sin embargo, desde el momento de ser articulada, la técnica muestra su actitud utilitaria, no busca ser expresiva. El estilo, en cambio, nace para ser expresión, busca encausar una necesidad espiritual. En arte, la técnica es la suma de procedimientos eficaces, que contribuyen al acto de visibilidad de la obra; mientras que el estilo es el conjunto de actitudes, ideas y modalidades expresivas, que no pueden ser por sí solas acceder a la obra de arte. La técnica del poema, desde Homero a nuestros días, ha variado menos que los estilos en que el poema ha encarnado.

En un principio, la técnica sirve para apoderarse adecuadamente del “tema”, pero en el más relevante de los casos, para enfrentar con honestidad la contundencia del suceso poético. Sin embargo se comprenderá, al cabo, que éste crea su naturalidad, su estilo, su modo de ser visible, y sólo aquella parte de la técnica vitalizada durante los procesos formativos, permanece como último “ordenamiento” comenzando de adentro hacia fuera.

El suceso poético, en su actitud y su lenguaje, es claro y preciso, en el sentido en que un sueño o un mito, por ejemplo, son precisos, sin que su “contenido” le resulte claro a la razón por sí sola. El suceso poético exige del lector cierta actitud, el concurso de sus poderes para re-vivir su propia fugacidad misteriosa, su rica brevedad, en una era en la que su valor humano es desestimado en principio, y la cosificación lo asecha desde el vamos.

 


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CARLOS SANTOS (San Salvador, 1956). Poeta y narrador salvadoreño. Exiliado en Toronto, Canadá durante los años de la guerra en la década de 1980. Regresó a San Salvador tras la firma de los acuerdos de paz, donde fue colaborador y redactor de las revistas Tendencias y del suplemento cultura “Búho” de La Prensa Gráfica hasta su regreso a Toronto en 2001, donde reside en la actualidad. Es autor de un influyente libro de poesía: La casa en marcha (DPI, San Salvador, 1999). Su obra incluye un libro de cuento suscrito a la corriente fantástica y neobarroca de Lord Dunsany y Salarrué: Bitácora (Ars, 1998). Su obra poética ha sido llevada al teatro en varias ocasiones: puesta en escena de La casa en marcha, versión inglesa por Walter Krochmal, Sonaha Theatre Collective (Gaya Theatre, Nueva York, 1991); presentaciones internacionales del monólogo La camisa de fuerza, versión castellana por Water Dionisio, e inglesa, por Walter Krochmal, (San Salvador, Washington, Nueva York, Toronto y Montreal, 1988-90); junto con Jorge Ávalos contribuyó textos para un performance especial de Walter Khrochmal presentado en the Franklin Furnace de Nueva York, 1991. La mayor parte de su obra poética permanece inédita.

Fotografía: “Nejla Yatkin”, por Jorge Ávalos.