Jorge Ávalos: «La educación del poeta» (humor)

Una tesis sobre cómo los poetas aprenden su oficio.

Jorge Ávalos
La Zebra | # 45 | Septiembre 1, 2019

Un poeta aprende al revés.

La universidad de un poeta es su infancia, cuando aún no sabe escribir, pero desarrolla una capacidad invencible para el asombro hacia el mundo que le rodea. Si esta capacidad de asombro sobrevive las trampas de la educación primaria, o los grandes esfuerzos de la sociedad por conformar, contener o suprimir el impulso creativo que nos otorga la inefable etapa de los primeros años de vida, el poeta mantendrá su visión original, su capacidad para detectar y aprehender lo que no se puede expresar con palabras (porque, en efecto, lo inexpresable es la fuente inagotable de la poesía).

La educación media del poeta es el fracaso. El fracaso forma el carácter, pero no lo destruye ahí donde hay una visión despierta al asombro. Es esta larga etapa del fracaso —abismal en la adolescencia, considerable en la juventud— cuando un poeta comienza a crearse un mundo interior, que año tras año se va enriqueciendo gracias a que descubre dentro de sí las dos facultades que conectan lo humano con lo divino: el amor a la palabra, y el descubrimiento insano de que esa palabra no existe para decir cosas, sino para crear un universo propio de barrocas simetrías, desvaríos bizantinos, arrebatos surrealistas y un gusto tropical por la incognoscible granada y otro por la resabida guayaba, como tan bien lo señalara José Lezama Lima.[1]

La educación primaria de un escritor ocurre, casi por accidente, en los caminos de su formación intelectual: durante los insípidos estudios en el bachillerato y la universidad, así como en la exploración de sus pasiones más puras, como la lectura de la filosofía, el aprendizaje de la botánica y la ferretería sexual. Estas tentativas tendrán su noche oscura, cuando las fuerzas de la tradición le obliguen a la investigación acuciosa sobre los aspectos más eróticos de la dulce ciencia del boxeo o a la arriesgada crítica deconstructiva, feminista y posmoderna sobre el imaginario del diablo y la celestina en el arte medieval, sólo para citar dos de los ejemplos más recurrentes. Esta es la etapa cuando el poeta afina el dominio de su materia plástica: la palabra. Y es entonces cuando el poeta escribe con la misma fascinación con la que una niña moldea una serpiente de plastilina morada y amarilla, o un niño hace una torre de arena húmeda ornamentada con caracolitos rotos.

Al doctorarse, el poeta será ya como un sucio torrente de humanidad, no muy lejano emocionalmente de una humano de sólo cuatro años de furia, brutalizado por la experiencia de haber dedicado varios años de su vida a la escritura de una tesis, la cual será, si hemos de ser honestos, el equivalente moral de rayar una hoja de papel con crayolas de los más diversos colores y con el máximo empeño.

Cuando menos lo espera, allí por el medio siglo de vida, el poeta ya es un bebé sonriéndole al universo, jugando con la muerte, bebiéndose una o dos galaxias del pecho de Hera, y orinando, salvaje, sobre las petunias recién plantadas por el impertinente y quisquilloso ángel del Amor.


[1] Lezama Lima, José. Esferaimagen, Tusquets Editores, 1970.


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JORGE ÁVALOS (1964). Escritor y fotógrafo salvadoreño, editor de la revista La Zebra. Como cuentista ha ganado los dos premios centroamericanos de literatura: el Rogelio Sinán de Panamá, por La ciudad del deseo (2004), y el Monteforte Toledo de Guatemala, por El secreto del ángel (2012). En 2009 recibió el Premio Ovación de Teatro por su obra La balada de Jimmy Rosa. En 2015 estrenó La canción de nuestros días, por la que Teatro Zebra recibió el Premio Ovación 2014.

Arte: “The Victory Of Eros”, painting by style of Angelica Kauffmann – Angelica Painting.