Liliam Jiménez: “El vientre de mi madre” (poesía)

Poemas de una salvadoreña que sufrió la persecución, la cárcel y el exilio en Guatemala y México.

Liliam Jiménez
Retrato de la autora por David Alfaro Siqueiros
La Zebra | # 49 | Enero 1, 2020

Canto a mi propia muerte

Y quien no está listo para morir
es porque está muerto.

Liobomir Levchev

Va caminando la gente
por el viejo cementerio
con pasos cortos y lentos
por avenidas de flores,
bajo abedules erectos.

Sobre los hombros el féretro
y en el fondo de su caja
una mujer abrasada
que tuvo cuerpo de cera,
por corazón una llama.

El viento gimiendo canta:
la muerte apagó su sueño
lavó su color moreno;
la cubriré con mis alas
en su alcoba de silencio.

De azafrán era su cuerpo
y de azabache su pelo,
con un lunar en la cara;
llena de velas el alma
que alumbraba la mirada.

Hay cuchillos en sus venas.
Lleva heridas en el pecho,
están fríos sus despojos
y la vista de sus ojos
en la sombra quedó ciega.

Tuvo dolores secretos,
tristezas que no quería,
de modo que el tiempo cierto
lo utilizó en dar consuelos
sin dárselos ella misma.

Ayer la vida cantaba
en sus poros asombrados.
Hoy su cuerpo se desgrana
en un silencio ondulado
sobre la tierra mojada.

El aire esparce semillas
sobre su cuerpo desierto.
La tierra abre su seno
y el río baña su lecho
para que duerma tranquila.

El vientre de mi madre

I

Mi madre, joven mujer de húmedo frescor,
sencilla obrera que no entendía el fondo de la Historia,
ni de dónde viene el golpe del verdugo,
ni por qué las manos de las masas
levantan el fusil en el momento crítico.
Ella no sabía
que por la garganta del poeta puede hablar la muchedumbre,
que el mar palpita igual que el corazón del hombre,
que la pasión puede ser una bandera herida
y que los pueblos corren como un río hacia el mañana.
Mi madre rezaba cada día para lavar su tristeza,
para obtener el pan temporal de su miseria
y ganarse el cielo, dócilmente.

II

Ella trabajaba
hasta que el sol se escondía en la penumbra,
cuando sus dedos laboriosos, hinchados de coser
dejaban el dolor en los vestidos
y sus ojos casi inmóviles, tristes, ya no veían el color
ni la luz de la lámpara encendida,
hasta que sus pies cansados sentían el peso de la sangre.
Ella, que no tenía tiempo para el gozo,
no sabía tampoco
que cuando llega el amor el cuerpo canta
y la boca se llena de maravillosas mieles.

III

Un día de ésos
que clavados quedan por siempre en la memoria
mi madre conoció a un militar de peso marcial
que mostraba un blasón soberbio
y una guerrera de verdoso mar
donde tres estrellas de plata brillaban como nunca.
Tras aquel hombre
se fueron el alma y los ojos gastados de mi madre
con su mirada horizontal y extraña.
Se dio cuenta al instante
que también en la tierra existe un hondo cielo.

IV

Mi padre, un jugador de estrellas,
de dulzura salvaje,
emporio de la gracia y la alegría, sagitario,
era veloz en el deseo y en las alas.
El amor de los dos echó a rodar sus mil cabezas,
sus colores nuevos y sus serpientes líquidas.
Supo entonces mi madre que un lecho quieto
no sirve más que para encerrar la muerte,
que es necesario prender el alma por las noches
para poder iluminar los labios con el rojo.

V

Pero una tarde en que la lluvia
caía levantisca sobre el polvo,
conturbada mi madre
con la tristeza que le salía de los ojos
sintió moverse su vientre de sonaja.
Era para mi madre aquel pálido vientre
un mortuorio túmulo.
Queriéndolo ocultar se lo ceñía con una faja gris
que inventaba la muerte.
Y aquel vientre, presionado, que ansiaba erguirse
para imitar las torres,
guardaba, débil, en el fondo el fruto de un pasado gozo.

VI

Era yo para mi pobre madre la sombra de su ruina,
el germen concebido en una unión ilegítima
de un amor no nupcial que agitó su sosiego.
Yo no debía nacer. Ni alzar mi voz en años jóvenes
ni acampar en la vida para llenar mi corazón de mundo.
Mi religiosa abuela
y el medio aciago de envilecidos lagos
a mi madre la hacían temblar
como la tempestad hace mover los buques.
Y esta pobre mujer de suaves tréboles
anhelaba mi muerte
antes que el escándalo pintara
las graves acuarelas de su drama.

VII

Yo debía morir
a la hora en que la noche se viste
con funeral ropaje de inconfundible seda
y los pliegues sutiles de su sombra
van creando los fantasmas.
Yo debía morir
a la hora en que sacude el viento
su cabellera gris en las ventanas
y la brisa está dormida en los jardines.
Yo debía morir
a la misma hora en que llora el silencio,
al borde del abismo que la nostalgia tiene.

VIII

Pero yo sin saber cómo ubicarme
en el oscuro vientre de mi madre
me aferraba a la vida.
Pequeñita, con el corazón apretado,
entre tanto desamor de aquellas noches absolutas
yo me alumbraba con el primer quinqué de mi tristeza.
Era aquel vientre un paraíso de ceniza,
un aposento de agua con verticales puertas
donde estaba callada y a soledad sujeta.
Veía crecer ante mis párpados cerrados
las velas de mi sangre,
mi invisible conciencia
y la silueta delgada de mi cuerpo.
Veía cómo los sueños y los ríos se juntaban
y cómo en la sombra
se hace también visible la cuestión humana.

IX

Un día trece de diciembre
cuando el dolor se confundía entre las sábanas
el vientre de mi madre abrió su boca,
su débil túnel de cristal oscuro,
y de estos labios tibios, sin voz, surgió la queja.
Cayó una niña en el discreto lecho en su desnudez primera.
No fue varón para obtener un éxito.
Mi madre no quiso ver mis ojos,
mis pozos redondos llenos de agua.

X

De pronto, me encontré sola, inocente,
sin que ninguno me adorara o me quisiera dar un beso
en los suaves litorales de mi carne.
Temblé por vez primera en brazos fríos.
Tuve la sensación de que el silencio
puede ser bueno para las cosas grandes,
de que la vida es lucha y sudor vertidos en el camino
para encender el fuego.
Afirmé mi propio yo sin olvidar un átomo
y lo esculpí en el río auditivo de mi sangre.
Se incendió la luz en mis pupilas
y el mundo empezó a caminar sobre mis hombros.

XI

El mundo abrió sus puertas,
su estela perfumada de amapolas,
su fantástico engaño y su campo de batalla.
El mundo abrió sus cauces, sus móviles placeres,
sus fértiles aceites y sus profusas lámparas.
El mundo abrió sus ojos felices donde la vida miramos,
su quietud pensativa, su vasta llanura
y su materia viva que siempre regresa.

Once años de exilio

Salí de mi país, por primera vez, en 1945, muy joven, herida por la fría realidad del medio ambiente, sin ninguna experiencia, ávida de conocimientos, alentada por sueños y poblada de anhelos profundos.

Once años lejos de mi patria me enseñaron a ver, con claridad, que la persona que se dice humanista debe vivir, debe luchar, debe soñar en función de su propio pueblo. Y solamente así es capaz de sobrevivir y de vencer a la muerte.

Once años de ausencia de mi propio país, me demostraron con precisión que las manos que laboran a diario en el campo y en la fábrica, son las manos que hoy se alzan victoriosas con el nuevo mensaje de la vida.

Once años fuera de este ambiente salvadoreño, me sirvieron de escuela para llegar a descubrir el camino justo del hombre y la profunda razón de su existencia.

Once años maduraron sobre mi cuerpo, sobre mi corazón y mi conciencia, como maduran lentamente los frutos dorados por el sol entre los árboles.

Once años llenaron mi voz y mi palabra de minerales esencias, aprendí a modelar los ecos, a responder al tiempo, y a soportar el azaroso camino de los que pugnamos por expresar al pueblo. Un lenguaje interior se ha desatado en mi propia conciencia, nacido del antiguo dolor del hombre y transmitido de generación en generación en ese angustioso éxodo del hambre.

Yo no soy más que un producto humano de la sociedad contradictoria de esta parte Occidental del mundo. Estoy viviendo, inmersa, una época brillante de transiciones históricas. Golpea fuertemente en mis sentidos el drama de estos pueblos; y respiro, como si fuera un aire de tormenta, los vientos que ahora se desatan con el siglo.

Abro los poros hacia el mundo y percibo con el tacto la nueva realidad que se avecina. La tibia y antigua voz del hombre de mi raza ha penetrado en mis oídos y me ha entregado indefensa en la corriente de sus aguas.

Abro los ojos y caben en ellos todos los paisajes; abro mi pecho y cabe todo el Cosmos. Conmovida contemplé el Izalco, subí la parte más alta de los Cuchumatanes; azotada por emociones diversas atravesé el atlántico, vi los grandes lagos de Suiza y volé sobre el Cáucaso; admiré Siberia, y estremecida llegué hasta el Asia donde la China guarda sus tesoros antiguos. ¡Qué sed Abierta! ¡Qué inmensidad de sueños!

Este texto apareció originalmente en la crónica de viaje “Yo estuve en China”, publicado en la revista La Universidad, vol. 84, No. 3-4 (julio-diciembre), pp. 393-404, San Salvador: Editorial Universitaria, 1959.

 


liliam

LILIAM JIMÉNEZ (El Salvador, 1922-México, 2007). Poeta salvadoreña. Exiliada en México desde la década de 1960, Liliam Jiménez fue conocida por una inquebrantable adhesión al socialismo, cuyos ideales expresó en su obra poética y testimonial. Estudió Filosofía y Letras en la Facultad de Humanidades, de la Universidad de San Carlos, Guatemala. En este país vivió de 1945 a 1954, cuando fue derrocado el presidente Jacobo Arbenz, año en el que se exilió en México. En 1958, en Viena, representó a las mujeres de El Salvador en el iv Congreso Internacional de Mujeres; en Moscú, a las mujeres de América Latina, en el Encuentro de Mujeres; y en Pequín fue invitada por el Comité de Mujeres de China. Realizó numerosos viajes relacionados con sus actividades periodísticas, políticas y culturales. Sus artículos y poemas se han publicado en periódicos y revistas de Europa y América Latina, como en El Día, Excélsior, La Jornada yUnomásuno, de México; y en Diario Latino, Venceremos y Revista 32, de El Salvador. Fue corresponsal de noticias de las agencias Notisal (El Salvador) y novisti (URSS). Su poesía, traducida a varios idiomas, cuenta con varios títulos: Tu nombre,Guatemala; La palabra y la vida; y El corazón del sueño, entre otros. Sus temas son el amor, el dolor, la libertad y el anhelo de justicia para Latinoamérica. En El Salvador se publicó una antología de su poesía: Canta corazón y canta (San Salvador, DPI, 2002).