Javier Payeras: “El futuro es una herida en la neblina” (ficción)

Un capítulo de la novela inédita La luz del principio, escrito como una constelación de intermitencias emocionales.

Javier Payeras
La Zebra | # 53 | Mayo 1, 2020

Destrozamos todo como se destroza algo para recordarlo luego. Nuestras fotografías fueron muy buenas y la luz indiscutible en el momento exacto. Pero no comprendimos nada de la vida.

Comes en silencio en el sitio pequeñito que cruza la calle hacia tu casa. Sientes lo mismo… Eso mismo cuando los días pasan y no pasan. La vida sucede, eso es todo. ¿Qué memoria dejarán los lunes como éste?

Los pequeños cuadros donde te dibujas huyendo. Sabes que hay desdicha porque la encuentras alrededor. No eres una persona triste. Aprendiste eso como una palabra intermitente, haces muecas, relatas una historia delirante y te ríes.

Te ilusiona comer chocolate y ver películas extrañas cada noche. Cuando estás a solas y nadie grita por más cerveza a ningún mesero. Se han agotado las renuncias, te ha llevado el diablo y no alcanza para continuar. Ves la madrugada, es como una bola de fuego, sus llamas forman rostros y entonces comienza a volver la voz que se desvanece durante el día.

Elegiste un buen disco para caminar esta noche al volver del trabajo. Sientes la ropa más sucia, sientes los pies rotos y no te viste al espejo en todo el día. Extrañas a una persona.

Las primeras frases aún están para ti, todavía puedes repetirlas. Las historias que concluiste y quemaste. Al verlas arder se reveló que así sería todo: palabras y despedidas; frecuentes, cambiantes.

La pequeña mecha encendida se apaga. La lluvia arrecia detrás de ti. Aguardas que el cielo amaine y puedas encender lo que no se ha humedecido. El gris en las calles semeja un trazo constante de un lápiz suave e implacable. ¿Hacia dónde van tantas cosas olvidables?

El azar que permitimos. Las personas veneradas. Su voz. No recuerdo nada más que valga la pena. Figuras, entender que somos la generosidad inconclusa. Todo lo humano.

Una entrevista al poeta en la pantalla. La patria de sus muertos. La banalidad en los extremos. El relato. Derivaciones de un pequeño tragaluz.

Soy tinta. Este cuaderno. Aquella mancha. Las llaves de mi casa. El vaso de cerveza. La letra Garamond. El color en descanso. El teléfono en silencio. La lluvia a medias. Un recorte doblado en un libro. El pendiente eterno. La luz reflejada en un charco.

Estos fragmentos de vidrio líquido y el impertinente color gris que me devuelve mi cuerpo. Mis manos se han cubierto de vasos derramándose. Entre mi frente y mi nariz los anteojos cubren lo desnudo de mis pensamientos. Lo pasado y el repetir. Volver del día de mañana y decirme que ya no habrá amaneceres como estos últimos. Pensar, pensar, pensar, pensar…

Grandes espacios que se quedan en blanco. Un fragmento transcrito se detiene cuando la visión de una palabra se borra o cambia delante de nosotros. Una pequeña mancha se adentra en la página. Constante es la mancha y se lleva todo a su paso.

No te muevas, luce un costado de la imagen que se ha hecho trizas. Hoy no llegó. Acaso entender que la línea del horizonte nunca es recta.

En los bolsillos amplios rebotan las monedas. El sonido brilla y es un espacio entre la memoria y tu nombre.

Una orilla sin otra. El sitio que es la vuelta a lo mismo.

Como cicatriz crece la mancha en la pared. La veo y no comprendo lo que lleva escrito. La letra en mis manos es una pulsión.

Manchas o letras que se lleva el río frente a mis ojos.

Mercurio paso frente al sol y el hilo se hizo sustancia. La voz gemela de los tonos al mediodía. Tanta avanzada de palabras que simulan importancia.

Quedan nombres y derrumbes en las ideas de un viejo. Quedan algunos párrafos que indican el camino. Si no dormimos no despertamos. Estar despierto es la muerte.

Esa esquina en la página cruza de una mirada hacia otra mirada. Voy en una salida lenta.

El humo del eucalipto ardiendo me ayuda a respirar. Mis pulmones marchitos. La luz que pone una distancia blanca entre el cielo y yo. Me convenzo que los cometas a veces se estrellan en el espacio de la madrugada.

A un lado queda la orilla. La vida que en horas desaparece. Queda esperar acaso una mejor respuesta.

Buscamos aire fresco. No soportamos la espera y rompemos las paredes en la oscuridad. Si fuésemos pacientes tocaríamos cada centímetro hasta encontrar una puerta.

No se puede retener la memoria. Las imágenes nos observan como los ojos de los muertos, esos espejos quebrados.

El futuro es una herida en la neblina.

Rojo es el tono que aplico sobre la hoja de papel. Busco en mis libros algún nuevo comienzo. Soy espectador y calígrafo.

Encuentro en una noche todas las horas transcurridas, algunas más frías y otras incendiadas. He derrochado todo mi destino inmediato por si alguna vez amanecía.

Cada línea escrita, la persistencia del que golpea la pared de junto. El afinado conversar de los canarios que me dan la bienvenida.

La agenda de los medicados. Ver lucecitas, esperar la llamada de los amigos. Embriagarse. Revisar las redes sociales y sus alarmas estúpidas. Quedarse dormido. Lo único real es si hace frío –ponerse un suéter-, si hace calor –una camiseta de algodón-. Por lo demás la edad, los dolores físicos y la muerte. Entre todo lo real uno inventa cosas.

Los libros de mi habitación me observan. Tengo ojeras y una postura de vagabundo que me hace pensar en lo inalterable del dolor espiritual de mi edad media.

Ver alrededor el lugar que es la sombra sólida, el techo que me viste y las paredes llenas de ojos que también me observan. Afuera el día es soleado, pero no quiero salir y encontrar a nadie. Soy nadie. Siento la llanura, el peso del silencio y de los sonidos.

Ciudad de Guatemala 5 de enero 2020


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JAVIER PAYERAS (1974). Poeta, novelista y ensayista. Desde 2017 es autor de la columna quincenal “Interzonas”, en la revista centroamericana (Casi) literal. Es autor de más de una veintena de libros. Sus novelas incluyen: Ruido de fondo (2003); Afuera (2006); Días amarillos (2009); Limbo (2011); e Imágenes para un View-Master (2011). Sus cuentos están reunidos en dos colecciones: (…) y once relatos breves (2000); y La Ciudad de tu Sueño (2015). Entre sus libros de poesía se encuentran: Soledadbrother & relatos de autodidactas (2003); Raktas (2001); Fondo para disco de John Zorn (Costa Rica 2013); Slogan para una bala expansiva (Guatemala 2015); y Esta es la historia / Azul Cobalto (Guatemala 2018).

Fotografía: Retrato de Karina, por Jorge Ávalos, april, 2020.