Soma: “Biografía para un día de niebla” (poesía)

Una sensibilidad herida, gótica, a gusto entre las sombras, pero que dibuja su presencia con imágenes y trazos tan luminosos como decididos.

Soma
La Zebra | # 53 | Mayo 1, 2020

Biografía para un día de niebla

La costumbre de ocultarme
me llevó a perderme en mí misma,
pero no soy la niña ni la niebla,
me despliego para encontrar mis bordes,
me alargo y en cada orilla encuentro
una cornisa desgastada
donde resbalan
los extraños caballos
del color de la arena.

Y sé que las princesas
guardan luto
y que los príncipes arrastran
sus colas por el fango,
y no son bellos, son grises
y se entretienen
bailando y cantando
alrededor de una botella
que se llena de escarcha y se evapora.

Mientras delgadas niñas
de enormes ojos marrón
mastican durante horas
puñados de amapolas que no pueden tragar,
aquellas que fui caminan de puntillas
adivinando mariposas de humo sobre musgo,
oyendo todo el día gritos que chocan
entre ellos y se destruyen.
Sus vestidos son telarañas de luz.
Poseen una tristeza profunda
y una humedad de cristal.
Y cuando me miran
amargamente
desde el fondo del tiempo y de mí,
casi siento la tensión
en sus labios.

Me despliego hacia mis abismos
hasta ser poseída por el vértigo,
entonces respiro los delirios que emana
el polvo de las flores
que perecen
en el fondo del cráter,
el aroma del desierto y el abandono
que huele a piel desvanecida.

Recuerdo aquellos hombres
que vi arrastrarse
bajo del asfalto,
hacían menos ruido que un susurro,
sus huellas eran brisa
y su color era semejante al del agua
y sus voces tan leves
que casi eran silencio.
Y no había un relámpago
que atravesase
sus ojos de madera.
Y sé que no tenían colores suficientes
para dibujar la humanidad
ni lograban ser tan oscuros
para retratar la penumbra.

No alcanzaban a llamarse vacío
porque se encontraban apenas colmados
de todo aquello
que no tenía nombre
y apenas existía.

Vuelvo a ser una noche y una pregunta.

Y me despliego, y desde mi filo,
me he vuelto una navaja
que corta el horizonte.

Mi diminuto mundo

El mundo es un disparo.
El mundo es una caja de música sin cuerda,
un juguete sin baterías.

Todo es oscuridad,
pero nada más oscuro
que el presentimiento de lo terrible,
la silueta atrás, el aliento
repleto de abejas envenenadas.

La noche es lenta,
pero nada es más lento
que yo intentando levantarme.
Pronto, desisto.
El camino hacia la ventana
es demasiado largo.

La oscuridad tiene hambre.
Me saborea. Es una lengua el frío.
Esta noche ya no es posible
la primavera ni el verano.

No florece la vida
sobre la tierra muerta.

La fugitiva

Asesinaré a esa niña fugitiva,
pero antes le arrancaré las piernas,
entonces no tendrá más opción
que correr hacia sí misma.

No se da cuenta que de aquello que huye
la persigue dentro de su cabeza.

Y que no existe el lugar hacia dónde correr,
por eso le enseñaré a avanzar
hacia su propio centro,
día con día, sin moverse.

Silencio

Me dices que no fume tanto,
pero eres efímero
como el humo
que sale de mi boca.
Y te quedas pegado a mí
como un hongo.
Y te destiñes
como las sombras
se destiñen en el ocaso.
Tengo los labios perfectos,
pero estás colmado de palabras.
Avanzas,
pero te quedas quieto
imaginando canciones.
Y bailas
como si bailar
fuera una tormenta,
y la quietud un abismo,
y el silencio,
la muerte.

Niña

Niña, no te invito a morir
porque eres demasiado débil.
Mi cansancio es la medida de tu debilidad.
Aún no es tiempo
de enseñarte
a ser tu enemiga.

No toda la hierba es mala, niña,
pero eres tan silvestre
alguien deberá arrancarte de su jardín
para que no bebas
el agua estancada en el aire,
esa claridad suspendida sobre el polvo
que no provoca sombra.

Vas a secarte entre las raíces
de un árbol inmenso
o al amparo de una casa
donde te esconderás
para olvidar el sol,
y el sol va a abandonarte para siempre.

Nunca vas a ser el regalo de un hombre.
Nadie jamás se detendrá
para sentir tu aroma.
Eres tan frágil
que hasta la brisa
podría asesinarte.

Quizá fueses veneno, pero no,
eres solo una hierba mala,
y existes para que algún animal enfermo
pueda devorarte.

Nunca serás la selva,
ni siquiera el temblor de un árbol.
Nunca serás ni la amapola
ni la flor del cerezo.
Jamás volverás a ser ni semilla,
ni ave ni una sombra de ave.

No te invito a morir
porque no hay espacio
en este infierno para nosotras.

Y estás tan niña todavía
que no se te han secado
las prematuras hojas
de la tormenta de anoche.


soma

SOMA (El Salvador, 1990). Seudónimo de Laura Elena Vega, artista corporal y poeta salvadoreña. Se graduó con una licenciatura en Artes Plásticas de la Universidad de El Salvador, pero se dedica a la creación y aplicación de tatuajes. Obtuvo el Primer Lugar en El Salvador Expo Tattoo 2018-2019. La Tormenta, su primer poemario, ganó el premio nacional de poesía en los XLII Juegos Florales de Zacatecoluca 2019. Al hablar de su poesía, el jurado destacó que se trata de “una voz femenina singular, que se construye mediante el canto a sí misma, a la ciudad y a elementos naturales”. Su seudónimo, con el que es conocida en el mundo artístico, alude a la droga que causaba gratificación inmediata y es usada para controlar a la población en la novela de ciencia ficción Un mundo feliz de Aldous Huxley.

Arte: “Enemigos íntimos”, Soma (ilustración adaptada de un dibujo antiguo y montaje sobre fotografía).