Jorge Ávalos: “Ingmar Bergman y la semilla del mal” (crítica de cine)

Un examen comparativo de las dos películas “americanas” de Ingmar Bergman, ambas rodadas en inglés.

Jorge Ávalos
La Zebra | # 54 | Junio 1, 2020

Hace poco me propuse ver todas las películas de Ingmar Bergman, uno de los más grandes cineastas de todos los tiempos. Para mi sorpresa, una rápida revisión de su filmografía completa me revela que ya las he visto casi todas a partir de las primeras obras maestras de la década de 1950, pero hay algunas que no. Así que se trata de una nueva visita a las obras de uno de los cineastas que más admiro. Comencé, para sacarlas del camino, con estas dos que nunca antes había visto y que tienen una muy pobre reputación. Esta reseña contiene revelaciones de la trama (“spoilers”) de una de las películas, El huevo de la serpiente, pero de ninguna manera afectan la experiencia de verla, de hecho, quizás ayude a su mejor comprensión.

Las únicas dos películas de Bergman filmadas en inglés están consideradas entre sus peores creaciones: El huevo de la serpiente (1977) y La carcoma (1971). El problema real es que tanto una como la otra parecen pálidas imitaciones de Bergman realizadas por otros directores. Las dos aspiran a la belleza y profundidad de las mejores del director sueco, pero carecen del impacto emocional que distinguen al resto de su obra por dos razones: porque el lenguaje no tiene el brillo usual que esperamos de sus guiones y porque ninguna de ellas posee la profundidad y la fuerza que caracterizan a sus mejores obras. Ambas, además (lo cual es muy raro), parecen ser incursiones tímidas en películas de género: el thriller en un escenario de guerra; y el melodrama romántico, aunque yo sostengo que es algo más intrigante que esto.

Aun así, no carecen de interés. Sus historias giran en torno a las atrocidades cometidas por los nazis en dos períodos históricos. Ambientada antes de la segunda guerra mundial, El huevo de la serpiente es sobre la gestación del nazismo. La carcoma, ambientada en 1970 en Suecia, es sobre el efecto de ese horror más allá de la guerra, pues el personaje central es un hombre asediado por la memoria del holocausto que mató a sus padres.

Es muy probable que estas dos películas hayan influido en los lenguajes de otros cineastas. No puedo evitar relacionar el universo de El huevo de la serpiente con la visión oscura del terror totalitario tal y como aparece representada en el cine de Terry Gilliam. Además, la sección de los títulos —blancos en fondo negro, y con música de jazz de la década de 1920— recuerda el estilo que adoptaría Woody Allen para los títulos de todas sus películas. En La carcoma, asimismo, Allen debió haber reconocido el potencial del estilo de Bergman aplicado a la construcción de dramas con personajes americanos, que él mismo ensayaría luego con gran éxito en películas como Interiores, Manhattan y Hannah y sus hermanas, entre otras.

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David Carradine, con sombrero, en una escena de El huevo de la serpiente.

Tanto en El huevo de la serpiente como en La carcoma Bergman fracasa, en gran parte porque no sabe aplicar con precisión las reglas de los géneros que evoca. No quiero sugerir que debió haberse apartado de su propio estilo, o que debió haber hecho películas según los modelos comerciales de Hollywood, sino que los guiones contienen una grave falla estructural, común a las dos cintas: Bergman explica lo que sólo debe ser hecho evidente por medio de la acción y de manera integral durante el desarrollo de la historia. Las explicaciones —“exposición” en dramaturgia— son innecesarias cuando todo lo demás cumple su cometido, pero son fatales cuando intentan: o reemplazar partes ausentes en el guion, o reparar sus fallas estructurales.

En el caso de El huevo de la serpiente, en lugar de dosificar la revelación de la truculenta verdad, llegamos hasta el final de la película sin comprender qué es lo que subyace en la historia hasta que el personaje que representa el mal, un doctor nazi bastante estereotípico, nos lo explica todo, en los últimos minutos, rellenando los graves vacíos narrativos de la historia, al punto de explicar el título, incomprensible hasta ese momento.

El huevo de la serpiente es un thriller político sin suspenso, aun cuando ocurren varios sucesos misteriosos, incluyendo una serie de asesinatos que parecen incriminar a su protagonista, un judío de origen americano, llamado David Rosenberg. Sucede que David es un acróbata de circo varado en Berlín, atrapado en un círculo vicioso de pobreza, depresión y alcoholismo. Un día de tantos regresa a su apartamento y descubre que su hermano se ha volado los sesos. Esta escena, al inicio, demuestra cómo se distingue Bergman de otros directores, pues es incapaz de replicar tópicos. David entra al apartamento con una bandeja de comida. Al descubrir que su hermano se ha suicidado, en lugar de repetir el tópico de dejar caer los platos con un estrépito, como suele suceder en estas escenas, David vacila por un instante y luego coloca la bandeja con sumo cuidado en el piso, como si no quisiera despertar a su hermano. El arte de Bergman aparece en detalles como este, pero la película en general le debe más a la sorprendente influencia de Cabaret (1972) en su representación de Alemania en la década de 1920 que a la fidelidad histórica.

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Liv Ullmann en una escena de El huevo de la serpiente.

Manuela Rosenberg (Liv Ullmann), la esposa del hermano de David, es el arquetipo de la prostituta con el corazón de oro. Trabaja en un cabaret que sirve de fachada a un burdel. Cuando David le roba sus ahorros vemos otro momento de Bergman que parece remitirnos a Dostoievski. Una anciana lo ve robar, pero en lugar de denunciarlo trata de manipularlo. Manuela sabe que David es el que le ha robado su dinero, pero no le dice nada. Al contrario, trata de ayudarlo, imbuida de un sentido de piedad. El círculo vicioso del alcohólico David sólo se profundiza con la sumisión de Manuela. El misterio de los asesinatos parece seguirlo, incluso a su nuevo empleo en medio de un laberinto de archivos, un escenario verdaderamente kafkiano.

El huevo de la serpiente culmina con el Putsch de Múnich de 1923, el fallido golpe de estado que le dio celebridad a Hitler. David descubre, tras el asesinato de Manuela, que ambos eran sujetos de un extraño experimento nazi que pone a prueba los límites del comportamiento humano. Sin embargo, esta explicación carece de sentido porque hasta entonces no hemos visto nada más que el típico comportamiento adictivo de un alcohólico. Nada en la trama de la película justifica esta revelación absurda.

La carcoma contiene momentos de gran belleza, pero sufre la misma falla que tiene El huevo de la serpiente cuando intenta explicar el comportamiento de su personaje, David (Eliot Gould) un arqueólogo inestable y problemático, con un trauma vinculado al holocausto. Ser un judío de origen europeo no hace a una persona neurótica y violenta por defecto. Admiro la primera escena, crispante, en la que Karin (Bibi Anderson) visita a su madre muerta. Bergman deja el encuadre maestro (master shot) para el final, construyendo la presencia de la mujer con acercamientos (close-ups) y tomas de detalles aislados antes de darnos la toma final del cuarto en el hospital, con la hija ante la madre muerta. Es justo al final de esta secuencia cuando Karin, vulnerable, conoce a David, que parece incapaz de la empatía.

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Eliot Gould y Bibi Anderson en una escena de La carcoma.

Creo que el extraño problema de La carcoma es que se trata de una película erótica en la que, por alguna razón, se contienen las pasiones y se suprime el erotismo con un pudor excesivo: hay escenas eróticas, pero son bastante sobrias, escenificadas en un solo plano. Esta es una película en la que escenas más explícitas de la sexualidad entre los amantes habrían sido más que comprensibles, justificadas. De hecho, la sexualidad de Karin a partir del adulterio es la razón de ser de la película. Es sobre ella, y sobre su adulterio inexplicable. No hay seducción inicial: David le dice a quemarropa que está enamorado de ella cuando es invitado a su casa por su esposo, el afable Andreas (Max von Sydow). Los encuentros entre los amantes, oscilan entre arranques de violencia y muestras de compasión. ¿Por qué acepta ella convertirse en la amante de un hombre claramente neurótico? ¿Por qué decide permanecer con él incluso después de que él se muestra agresivo hacia ella? ¿Cuál es el misterio que los une?

Como en El huevo de la serpiente, en La carcoma Bergman se aproxima a un género sin asumirlo de lleno. Pero, ¿cuál es ese género? El año de su estreno algunos críticos sugirieron que la historia contenía el material que uno esperaría encontrarse en una telenovela. Es una comparación incorrecta, pero apunta a la verdad. La carcoma, propongo, es una película gótica. Contiene sus principales elementos: un personaje oscuro que inserta caos en la normalidad; el tabú de una pasión peligrosa y motivada por fuerzas incomprensibles; la posibilidad del incesto; y, finalmente, el hallazgo de una antigua Virgen en una iglesia en la que se realiza una exploración arqueológica, y que insinúa un misterio, el de su confinamiento a una celda sellada. Una vez expuesta, la virgen comienza a desintegrarse. La razón, descubrimos, es que una larva que ha hibernado por 500 años, alojada en el interior de la madera, despertó al ser expuesta al exterior y ahora continúa carcomiendo la estatua. Intentar salvarla equivale a destruirla, lo cual es una metáfora bastante explícita de la fuente secreta del adulterio y de su dispositivo natural de autodestrucción. Los elementos góticos, sin embargo, no están bien entrelazados, y el efecto final de la película fracasa debido a esta desconexión.

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Bibi Anderson y Eliot Gould en una escena de La carcoma de Ingmar Bergman.

Bergman fue siempre un gran director de actrices. En estas películas son luminosas las interpretaciones de Liv Ullman y de Bibi Anderson. La ternura con la que ambas aman a hombres que no las merecen es conmovedora. Si en El huevo de la serpiente el personaje de Ullmann es destruido por ese amor, en La carcoma el personaje de Anderson encontrará una oportunidad para salvarse al verse cara a cara con la hermana de David, a quien confunde, quizás correctamente, terriblemente, con su otra amante.

Una de estas películas nos introduce a la concepción del mal, que llevará al aniquilamiento humano, representada por el huevo de la serpiente. La otra, a la concepción de una vida, gestada a partir de una pasión irracional. La gestación de una nueva vida, producto de un adulterio, no es, necesariamente, una reivindicación del horror histórico del nazismo, pero se puede entender de esa manera si así lo queremos: la vida se impone aun con nuestros actos irracionales y entre las violencias íntimas, pese a la sensatez y la cordura que la sociedad exige de nosotros.


JORGE ÁVALOS (1964). Escritor y fotógrafo salvadoreño, editor de la revista La Zebra. Como cuentista ha ganado los dos premios centroamericanos de literatura: el Rogelio Sinán de Panamá, por La ciudad del deseo (2004), y el Monteforte Toledo de Guatemala, por El secreto del ángel (2012). En 2009 recibió el Premio Ovación de Teatro por su obra La balada de Jimmy Rosa. En 2015 estrenó La canción de nuestros días, por la que Teatro Zebra recibió el Premio Ovación 2014.