Carlos Cañas: “Un ángel perdido en mi camisa” (poesía)

Cuatro poemas inesperados de uno de los más importantes pintores salvadoreños del siglo XX.

Carlos Cañas
La Zebra | # 56 | Agosto 1, 2020

En la oficina

Hay un ángel perdido en mi camisa.
¿De qué color será? ¿Blanco, gris, negro o rojo?

No. No sé cuál es su color,
pero daría lo bueno que en mi alma existe
para averiguar el color de mi ángel.

¿Blanco, gris, negro o rojo?
¿Cuál será su color?

Una nube pasa, ya lluvia,
por la ventana.

El tiempo, ahora, es gris:
gris enmarcado, duro y frío.

Luego, una voz me cae en los oídos
y me pregunta: ¿De qué color es tu ángel?
¡Mi ángel! ¡Ah, mi ángel!
No. No sé su color,
pero seguro estoy
de que un color tiene que tener.

No puedo aclarar nada.
El tiempo es gris y estoy en la oficina,
donde una sombra viene y me dice:
“Joven, ¿ya salió mi solicitud?”.

El misterio entonces se pierde
y ya no puedo pensar en el color.

¡Cómo llueve!
El tiempo es gris y pesado.
El tiempo es sordo y ciego, por dentro y por fuera.

Luego, otra palabra:
es la del jefe de la oficina, que me dice:
“¡Despierte, joven, despierte!”

Vaya, ¡qué fastidio!
Bueno, el tiempo es largo.
Y el color de mi ángel
lo tengo que saber,
en mi mañana del mañana,
siempre en hoy.

Adiós misterio, hasta pronto.
Y que tu cita, tanto para ti como para mí,
sea de fuego por siempre.

¡Ah, qué dolor el mío!
¡Ángel incoloro,
el no saberte me está doliendo!

Canción

Hoy, en este mediodía claro, abierto,
las mariposas elevan sus flores de fantasía
para tejer de misterio
la blanca luz que se derrama
sobre el oro verde de la tierra.

Y las gentes, como anunciadas
del blancor de las ovejas,
entre las calles se agrupan
para arder su entusiasmo
en los decorados de las tiendas.

Y ya en el campo, la luz se transforma
por el verde de las hojas
y el rosa de las rosas, en luz de arco iris.
El río, entonces, inventa su canción
de estirado violín de agua.

Todo camina con la piel caliente.
En el horizonte de hiriente vidrio,
árboles calcinados se sonríen.
Y un poco más lejos, en la altura,
las nubes se dibujan en corderos
alimentando su gula
en el pasto azul del cielo.

Poema

En tu forma está.

(Un cordero danza en la luz).

¡Aire, toma mi mano,
mi voz y mi sonrisa clara!

Llave, pluma,
tomad entera mi camisa.

Llanto, el aro toma,
que la noche
sus frutos madura.

Llanto, el aro toma,
que luego es la luna,
la sombra, los pasos y el cansancio,
y un canto que no cesa de llamarme.

¡Aire, árbol, mi aire toma,
que el dolor no es sólo nombre!

Con la voz, la alegría llega

Nueva voz nace
de la rosa y de los pasos.
Voz abierta en campana
y surgida de la tierra, de los cuerpos
y de las horas vacías.

Voz que de estrella viene en la noche
y de vientos y ramas en la aurora.
Voz que de los cuentos y de los niños
con flores, frutos y pájaros viene.
Voz que, trágica y tierna,
emerge de la sombra y de las abejas.

Voz extraña, voz de cosas secretas,
que en metálicas sonoridades
viene del ángel y del triángulo.

Y con la voz, la alegría llega.

La alegría llega: yo lo creo.
¿Y por qué no habré de creerlo
si todos, en mi rededor sonríen?

Sí, todos sonríen.
Sonríen aun dentro de las cavernas del dolor.

Sonríe el ángel de las calles sucias
y el panadero vestido de harina,
y el vendedor de diarios y la costurera,
el burócrata y el capitalista.

Todos ríen. Entonces, ¿por qué no he de reír?

Sí, tengo que reír. Tengo que reír,
porque tengo adquirido el derecho de reírme;
el derecho de reírme de mí mismo,
reírme del dolor y de la miseria,
del automóvil y de la carreta.
Tengo la Cédula y la Vialidad, y un diploma venido a menos,
es decir:
tengo el derecho de andar libre por las calles,
con la gracia de ser un ciudadano más.

Sin embargo, para ser feliz,
¿qué ley me acredita?

Sólo la risa existe
y he de reír.
La risa es mía.
La risa es mi llanto.
La risa es mi alegría.

La risa es mi capitana
en el muelle de las horas dislocadas.

Sí, he de reírme.
He de reírme desde mi negra raíz
a mi levantada copa.
He de reírme, porque hoy tengo
en las manos y en la cara
el mapa de la risa.
Mapa nacido por el llanto de la sangre
y por mi nombre de letras antiguas.

Y con el delirio de un náufrago
veo la flor del aire crecida en el paisaje.
Y luego, sin quererlo, escucho un relinchar de celestiales caballos.

Al mismo tiempo, una espada de verde fuego
me anuncia el camino de la esperanza.

Y espero:
una voz me llama
y la esperanza es mía.

San Salvador, 1949.


CARLOS CAÑAS (San Salvador, 1924-2013). Pintor, muralista e ilustrador salvadoreño, pionero del arte abstracto en la región. A lo largo de su vida experimentó con una multitud de lenguajes y estilos, incluyendo el cubismo y la abstracción pura, la pintura matérica y el expresionismo, aunque solía regresar a la pureza de la línea simple y el arte figurativo. Estudió en la Escuela Nacional de Artes Gráficas de El Salvador y en 1944 egresó como profesor de Dibujo, Pintura e Historia del Arte. En 1950 viajó a Madrid becado por el Instituto de Cultura Hispanoamericana, gracias a las gestiones del poeta y diplomático Raúl Contreras. ​En ese país se formó en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Fue catedrático en la Universidad de El Salvador, donde se desempeñó como profesor de la Escuela de Arquitectura. En 1974 fungió como jefe del departamento de artes de promoción cultural en la misma institución. También ejerció el cargo de director del Centro Nacional de Artes (CENAR) entre los años 1996 y 2001. Estos poemas, que datan de 1949, fueron publicados en La pájara pinta, noviembre de 1966, pp. 3 y 4.