Salarrué: “La extraña poesía de Ishbelia Larydhia” (poesía)

Un texto inédito que anticipa las ficciones de Borges, y en el que el más grande narrador salvadoreño se inventa a una enigmática poeta oriental.

Texto y arte de Salarrué
La Zebra | # 56 | Agosto 1, 2020

Ishbelia Larydhia, el pájaro de Masira, nació en esa isla breve en donde las tardes se mueren de dulzura, situada al sur oeste del estrecho de Ormuz. Su padre, natural de Siammar, a dieciséis días de Basora, vendía pájaros. El desierto y el mar, las dos inquietudes largas, ofrecieron a la niña admirable el tesoro de sus sorpresas. Su producción está contenida en un pequeño libro, “Bahía”, traducido al francés por Marbet Akhastru, el maestro loco, que tenía situada su escuela en Mirbat, la clara playa que se baña en las olas del Mar Arábigo.

Ishbelia, “la niña del cántaro sin son”, como ella se llama en un bello poema, murió en el incendio de una selva, que ella misma provocó.

La traducción —nuestra— presenta defectos que reconocemos grandes. Hay en la poesía de esta extraña mujer una mente tan extranjera, tan complicada, que al trasladarla al español, premeditadamente hemos acomodado un poco el rebelde y lánguido sentimiento de la autora.

La composición que ahora presentamos es una de las más delicadas de su libro.

Canción de una mujer sin sol

Ya mi inquietud no va a tener tus alas
para perderse en la ilusión del vuelo.

Ya mi loca inquietud, que tantas veces
—muchachito de seda, almita rara,
pedacito de amor y de veneno—,
que tantas veces, digo, te embriagara
los ojos y los labios…

¡Oh, tus labios!
Recuerdo…

Ya no será en mis noches, sueño mío,
mi más bella esperanza, mi más dulce consuelo.

Solamente una antorcha que se apaga
entre el viento de este loco misterio
de un amor
sin tu amor.

Yo quemaré tu alma en esa lumbre
y veré que la noche florece de luceros.


SALARRUÉ (1899-1975). Seudónimo de Salvador Salazar Arrué, pintor y narrador salvadoreño, reconocido en vida por sus innovadores e influyentes cuentos costumbristas, en especial los reunidos en las colecciones Cuentos de barro (1932) y Cuentos de cipotes (1945), considerados clásicos. También exploró una veta de ficción fantástica al estilo de Lord Dunsany, en los libros O’Yarkandal (1929) y Remotando el Uluán (1932). Su novela breve El Cristo Negro (1927) es una obra maestra, una distinción que no alcanzó con sus otras tres novelas. En El Libro Desnudo y en Íngrimo (ambos publicados en 1969 como parte de su obra selecta), experimentó con una variedad de relato fantástico en el que se mezclan reflexión filosófica, surrealismo poético y un sofisticado humorismo lingüístico. Al margen del costumbrismo, escribió cuentos realistas y fantásticos que anticipan el realismo mágico, pero que no adquirieron mayor reconocimiento debido a que los publicó en colecciones misceláneas y desiguales que reunían relatos, ensayos y crónicas. Su primer libro, El libro más bello del mundo (Cuentos de Nueva York), permanece inédito; de éste proviene el texto que publicamos.

La dos pinturas son obras de Salarrué: en el encabezado un retrato de su hija Maya; el segundo, un autorretrato de juventud.