Dennis Arita: “Conmigo bajo el sol” (crónica)

¿Qué tanto conocemos a una persona? Un escritor hondureño rememora los breves encuentros con otro, Gustavo Campos, fallecido el 13 de enero, 2021.

Dennis Arita
La Zebra | # 61 | Enero 1, 2021

Gustavo Campos nació en 1984. Treinta y seis años y siete libros después, Tavo está muerto. Me lo dijeron al mediodía del 13 de enero, Día Mundial de la Lucha contra la Depresión. Al principio creí que era una broma macabra. Después de quién sabe cuántos intentos de “irse”, como escribió Maru Ramos, Tavo parecía inmortal.

Una hora después comprobé que no era una broma cuando vi el carro de la funeraria estacionado frente a la casa de dos plantas, perteneciente a su familia, de la que Tavo se iba y a la que siempre volvía. El cielo estaba gris, pero eso no tiene nada que ver con nadie.

No lo conocí tan bien como otros dicen o creen haberlo conocido. Mi experiencia sobre Tavo se reduce a las pocas veces que me encontré con él.

La primera vez que lo vi fue a mediados de la década del 2000 en la Regional de Cultura, donde desempeñaba misteriosas labores. Recuerdo que hizo esa vez una broma sobre la “sonrisa tatuada” de uno de sus amigos de aquella época, a quienes retrató con nombres en clave (Hans, Arp, Henri, Elizabeth) en varios de sus libros. No parecía estar haciendo una broma porque lo dijo con su típica pronunciación pausada. En ese momento no sabía que era típica. Lo supe después.

Pasaron meses sin que volviera a saber de él. Me contaron que corregía notas en un periódico o en una revista. Quien me lo dijo me guiñó un ojo y me reveló uno de los hábitos de Tavo: no le gustaba el trabajo de nueve a cinco en una oficina. Prefería la libertad al precio que fuera. Me di cuenta de que no me habían mentido cuando vi a Tavo caminando por la primera calle, cerca del cine Géminis, y me saludó con un “Ya dejé ese pinche trabajo”. Estaba feliz.

Lo vi otras veces, acá y allá, inesperadamente, y siempre quedábamos en “nos vemos pronto”, pero hasta allí. Ese otro encuentro se cumplía, siempre, según las reglas del azar. Una vez me lo encontré en un negocio de Circunvalación, donde estaba imprimiendo las pruebas de una antología de cuentos en la que me incluyó, solo él supo por qué.

Esa noche bajamos caminando y hablando hasta Barandillas. Al final de las quince o veinte cuadras de caminata, Tavo se despidió con un “te debo el pisto por este cuento”. Le dije que lo olvidara, aunque en secreto esperaba que lo del dinero fuera verdad. Increíblemente lo fue. Es la única vez que alguien me ha pagado por un cuento. Un novelista gringo dijo que la señal del éxito para un narrador es que alguien le pague por un texto. Si es así, Tavo es el responsable de mi éxito secreto.

Si éramos amigos (tal vez lo fuimos), de esa clase de encuentros sencillos estaba hecha nuestra amistad.

Lo vi solamente dos veces más. De las dos, recuerdo la primera con alegría, gratitud y melancolía. Fue en 2017. Yo acababa de salir de una sucesión de enfermedades y en algún momento creí que iba a morirme. La muerte es un asunto en el que preferiría no involucrarme, pero a la muy cabrona le da por salirnos a todos con su cara de payaso desnutrido.

Tantas enfermedades juntas me convirtieron en víctima de alucinaciones y fantasías. A veces creía que no podía respirar. Esperaba y temía morirme en cualquier momento. Los atardeceres eran el peor momento del día. Salía a caminar en cuanto daban las cinco de la tarde y no paraba hasta que era de noche. El resultado fue un insoportable dolor de rodillas. Para renovar los ligamentos empecé a tomar glucosamina y a comer gelatina por galones.

“Yo te puedo ayudar”, me dijo Tavo en noviembre de 2017. Me llevó dos blísteres de antidepresivos y me escribió las indicaciones en la página de una libreta. Me habían contado que él se deprimía seguido y que había intentado suicidarse. Por alguna razón misteriosa, no lo logró. Las pastillas que me dio (y que no tomé y aún tengo en alguna parte) eran para él.

“Pero, si querés, te llevo a que veas al psiquiatra”, dijo. Contesté que había renunciado a mi trabajo y no tenía dinero para pagar la tarifa de un consultorio.  “Por lo menos andás para el bus, ¿no?”

No, no andaba. Nos fuimos a pie desde el centro de San Pedro hasta el hospital San Juan de Dios. No sé cuántos kilómetros fueron, pero fueron muchos. Hacía un calor bestial. Yo iba jadeando por el camino sin pavimentar junto al Infop. Tavo, mucho más joven que yo, caminaba como si nada mientras hablaba de quién sabe qué. Ahora que lo pienso, ese día coincidí con mi antítesis: yo, el que no deseaba morirse, caminé con Tavo, el que deseaba morirse.

Tener pensamientos maliciosos no era uno de mis padecimientos mentales de esos días. Siempre he tenido esa clase de pensamientos. Pero en ese momento no tuve ninguno. No pensé, mientras caminábamos bajo aquel sol de pesadilla, que Tavo me acompañaba en ese largo viaje a pie porque, como yo, no andaba un centavo en el bolsillo.

Eso no me importó. Lo único que importó fue que me acompañara. Aunque ese día me dieron cita para seis meses después y terminé curándome a pura fuerza de voluntad, lo único que me importó fue que Tavo caminó conmigo bajo el sol.


DENNIS ARITA nació en La Lima, Cortés, en 1969. Es narrador y documentalista independiente.