T. P. Mechín: “Los sueños de Fulanito” (humor)

El vaivén de las opiniones políticas, en una crónica escrita hace 100 años, pero tan actual ahora como entonces.

T. P. Mechín
Ilustración de Toño Salazar
La Zebra | # 64 | Abril 1, 2021

Fulanito era rebelde porque era patriota. Lo decía en todos los tonos y todos los días, inclusive los feriados.

En materia de patriotismo Fulanito no le cedía el puesto a nadie, porque creía tener derecho a ocupar el primero. Reconocía, eso sí, generoso y razonable, que había también otros patriotas, y en ocasiones llevaba su condescendencia hasta admitir que los hubiera tan patriotas como él, pero más que él, ¡¡jamás!!

Era partidario decidido de la libertad de la prensa, esa “hermosa conquista de las democracias modernas”. Decía que la prensa es “el cuarto poder del estado”; que los periodistas son “sus sacerdotes o los apóstoles”, los “voceros de la opinión pública”, señora de todos sus respetos. Cierto es que él nunca escribió nada, pero no era por temor, sino porque además de que al mojar la pluma sus ideas volaban asustadas, la ortografía le resultaba una tiranía estúpida, y él no se sometía, ¡no!

Fulanito era devoto fanático de la libertad, lo cual significa que amaba todas las libertades. Él se llamaba a sí mismo, libertario.

Cuando el Gobierno metía en la cárcel a media docena de ciudadanos patriotas, Fulanito se escondía de los primeros, pero continuaba trabajando en la sombra. A los criados y a los mozos de su finca les daba conferencias de civismo, pintándoles la tiranía con los más negros colores.

Les hablaba de “la dignidad humana”, de los “derechos del hombre”, de la “igualdad ante la ley”. Les llamaba “hermanos” y, naturalmente, abominaba de la pena de muerte.

Si sabía que algunos ciudadanos habían sido flagelados en la Policía, Fulanito se ponía lívido y empezaba a temblar; pero era de coraje. Entonces valía la pena de oírlo. El hombre se transformaba, se crecía: ¡resultaba hasta elocuente!

¡Oh! ¡El día que a él le tocaran un pelo de la cabeza!… ¡¡Brrr!!

“¡El hombre que es atropellado de esa manera —gritaba Fulanito—, tiene derecho de matar!” (Las mujeres de la familia y las criadas viejas se persignaban).

Si por desgracia le pusieran alguna vez un dedo encima… ¡ah!

Entonces le verían meterle los cinco tiros del revólver al “tirano”. Ni uno menos. Por supuesto que estas voces las daba en los cuartos interiores, donde sólo le oían su madre y su nana, la vieja nodriza.

* * *

Así hablaba Fulanito cuando Fulanito era patriota y rebelde.

Este pícaro mundo da muchas vueltas. ¡Qué razón tenía Galileo!

Un pariente de Fulanito llegó al poder por pura carambola, y Fulanito comenzó a cambiar de ideas.

Había cerca de su finca unos vecinos léperos, y Fulanito consiguió en el acto que la policía los persiguiera.

Uno de los perseguidos de modo tan arbitrario, hombre que tenía las entrañas en su puesto, juró que Fulanito se las pagaría.

(El pobre diablo había recibido una buena tanda de azotes con los consiguientes meses de cadena para mientras le cicatrizaban las heridas).

Fulanito, como hemos visto, era valiente, pero en dicha ocasión tuvo miedo. ¿No lo tuvo Napoleón el 18 Brumario?

¿Tuvo algo de extraño que Fulanito acudiera a las armas? No sólo se armó él y armó a sus criados hasta los dientes, sino que puso todo su empeño con su pariente para que el peligroso forajido fuera pasado por las armas, así, lo mismo que si se tratara de pasar un huevo por agua.

Aunque Fulanito en sus buenos tiempos había dicho perrerías en contra del nepotismo, de la noche a la mañana, por arte del parentesco, se encontró con una cartera: lo hicieron ministro. Verdad es que no entendía palotada del ramo que le encomendaron, pero Fulanito ya no se acordaba de una de sus más resobadas frases: “Hay que buscar los hombres para los empleos y no los empleos para los hombres”.

Porque hemos de estar en que Fulanito se sabía de memoria todos los lugares comunes en uso, y los había repetido con regularidad matemática en sus tiempos de rebelde, pero pronto olvidó muchos, no reservándose sino algunos escogidos para las circunstancias, entre ellos el famoso de “la oferta y la demanda”, que usó después a troche y moche, porque Fulanito, con asombro de propios y extraños, despuntó como financiero y economista, a pesar de su escasísima simpatía por la aritmética…

¡La Patria por fin iba a salvarse!

* * *

Con la edad solemos cambiar de ideas, o de “orientaciones”, como dicen ahora por ahí.

El poder las cambia radicalmente, de la noche a la mañana, al no más cogerlo

“Yo no soy de los que van más allá de la Ley”, decía modestamente don Carlos Meléndez, el día que le cayó la guayaba del cielo o del… infierno. Después ya vimos en qué pararon la modestia y la honorabilidad.

De libertario Fulanito devino hombre de orden. Hablaba con calma. Escuchaba con sonrisa de lástima a sus antiguos amigos, de los cuales algunos seguían fungiendo de rebeldes. Estos le pedían protección, justicia, y le recordaban su antiguo “credo”. Fulanito hacía un mohín de disgusto, suspiraba, chupaba el cigarro, y les exhortaba a atener calma, moderación y… paciencia.

“Con violencia nada se consigue”, les decía. “Hacen ustedes muy mal en excitar las pasiones del “populacho”, porque Fulanito ya no llamaba pueblo a la masa, sino “populacho”, a pesar de ser el jefe del Partido Nacional Ultra Democrático.

Hablaba muy serio de “las ventajas del orden”, de las “vías legales”; de “los excesos de la prensa libre”. Al hablar de la “opinión pública”, sonreía de un modo harto enigmático…

Si alguien le objetaba que antes no pensaba así, ponía los ojos en blanco, suspiraba de nuevo, y contestaba lleno de unción, “es de sabios cambiar de opinión”.

A la madre de un pobre estudiante que había sido llevado a pie hasta la frontera con motivo de un articulito “libertario”, y que iba la infeliz a suplicarle por su hijo, Fulanito la recibió muy frío. (Tiempo atrás había estado escondido en casa de ella).

“La prensa no debe convertirse en cloaca —le decía—. Mi gobierno hace honradamente todo lo que puede por el bien general y el de la patria. Altas razones de estado nos ponen en el caso de impedir que se discutan por la prensa ciertos asuntos, como la creación del nuevo Banco. ¿Qué entiende la gente de Bancos? En el caso del empréstito, por ejemplo, es altamente antipatriótico espantar a los banqueros desacreditando al país. Todos perdemos… Hemos perdido, con esa inútil campaña, lo menos el trece y medio por ciento de nuestro crédito, tan escaso ya de por sí.

“Eso no puede continuar, señora, hemos decidido dar un ejemplo…

“Yo siento mucho, créame, que su hijo haya sido el elegido… ¿Pero por qué no escriben de otro modo? ¿Por qué no hacen versos? ¡Oh! ¡A mí me encanta la poesía! Mi gobierno va a establecer juegos florales todos los años, o cada mes, si así lo desean. ¿Por qué no escriben cuentos bonitos, graciosos, o novelitas divertidas? Allí está también la Agricultura, ese campo fecundo del trabajo, esa madre generosa tan necesitada de luces y de brazos… Allí están la Química, como la Escultura y la Gramática, que entre nosotros están en pañales todavía, necesitan de una divulgación inteligente…

“En fin, mi señora, hay muchas cosas de qué hablar, sin necesidad de meterse en política. ¿Por qué se meten en política? ¡Para eso hace falta mucha preparación! ¡Oh!…

“¡Crea, señora, que estos puestos son muy ingratos! ¡Quién pudiera abandonarlos! ¡Desgraciadamente, debemos…; nos debemos a la Patria!

“Lo siento infinito, pero no puedo; me es imposible hacer nada por su hijo… Paciencia, mi señora, paciencia…”

* * *

Hace poco hubo una gran alarma en casa de Fulanito. Un aguacero había alejado esa noche las visitas, y una vez rezado el rosario, más las avemarías de cajón para que la Virgen arregle nuestras finanzas, se fueron todos a la cama, con excepción de los Guardias, que dormían sobre el duro suelo del zaguán.

A eso de la una despertaron todos sobresaltados. Fulanito gritaba desaforadamente en su cuarto.

“¡Que los maten!”, exclamaba. “¡Asesinos, bandidos, escritorzuelos de mierda! ¡Estúpidos; la unión es extemporánea! ¡No nos conviene! ¡Que los fusilen a todos, pero ya, ahora mismo! ¿Un cura? ¡Nada de confesión!”

A medio vestir penetraron en la alcoba su mamá, una tía, la nana y los guardias con los fusiles preparados.

“Pero hijo, por Dios, ¿qué es eso?”, le dijo la madre. Fulanito abrió también los ojos, se incorporó y miró asombrado a todos lados; se dejó caer sobre la almohada, anonadado, y dijo con voz apagada: “¡Estaba soñando que era presidente!”

¡Caracoles con los sueños de Fulanito!

Diciembre de 1921.


T.P. MECHÍN (1873-1944). Seudónimo de José María Peralta Lagos, recordado humorista salvadoreño. Nació en Nueva San Salvador el 25 de julio de 1873, y murió en Guatemala el 22 de julio de 1944. Obras: Burla Burlando; Brochazos; Doctor Gonorreitigorrea; Candidato (Comedia en tres actos); La muerte de la tórtola; Homenaje al Sabio Valle; Algunas ideas sobre la futura organización de la enseñanza superior en Centro América; Masferrer humorista.