Francisco Gavidia: «El hombre y el mundo» (poesía)

El poeta romántico de El Salvador cuyos experimentos con la métrica y los contenidos influyeron en la poética de Rubén Darío al impulsar el modernismo.

Francisco Gavidia
La Zebra | # 64 | Abril 2, 2021

Sobre mi verso

               Como lo debo sólo
al rubio Apolo, y porque en mí no fuera
propio que elogios propios escribiera,
son estos versos en loor de Apolo.

               Mi verso es verso llano,
en que suena la voz y en que el acento
del hombre se hace oír y el eco humano.
               Apresurado o lento,
como de un río la sonante plata
               cuyo espejo retrata
gentes, bosques, viviendas y animales,
árboles, rocas, vida y movimiento,
               corre en libres raudales,
llevando al par idea y sentimiento.

               Como lo debo sólo
al rubio Apolo, y porque en mí no fuera
propio que elogios propios escribiera,
son estos versos en loor de Apolo.

Soneto

Duerme. La curva de su casto pecho
que alza su seno al respirar tranquila,
como ola mansa voluptuosa oscila
en el mar de blancura de su lecho.

Pecho armonioso y al suspiro estrecho
que a los aires su bálsamo destila;
nieves en que se abisma la pupila;
busto que el arte y el amor han hecho.

Redondeces de espuma en que se embriaga
como torrente de oro desatado
la luz que en vuestro piélago naufraga:

Formó esa curva sobre el mar salado,
Venus, cuando al nacer, flotante y vaga,
rasgó la onda su seno nacarado.

Amor

Yo quiero el mar, no la ola,
quiero el cielo, nubes no,
para ella yo, sólo yo,
y para mí, ella, ella sola.

Que esperanza y ansiedad
y fe, y amor y… ese abismo
sea ella misma y yo mismo:
los dos una inmensidad.

Los dos uno, un solo aliento,
y una fe y una pasión:
y los dos su corazón
y los dos mi pensamiento.

Ser llamas abrasadoras,
astros ardientes, intensos,
dos corazones inmensos
para poblarlos de auroras.

¡Amor! ¡Amor!… Amor de esos
que al fundir los corazones,
alzan a lo alto oraciones
que son lágrimas y besos.

La sombra

Madrigal

Mientras tocabas el piano
con bella, inspirada mano,
de tu buen gusto a merced,
vi el contorno soberano
de tu sombra, en la pared:

bosquejo de tal pureza,
que tu graciosa cabeza,
de sombra, erguirse miré
con esa dulce nobleza
que ennoblece al que la ve.

La lámpara derramaba
luz radiante que ofuscaba;
y tu sombra era más densa
cuanto la luz la rodeaba
más vívida y más intensa.

Tan íntima la impresión
que mi corazón sentía,
que aquella beldad sombría
conmueve aún mi corazón
y embarga mi fantasía.

Da el piano su último acento,
que en los aires se disuelve;
luego al dejar tú el asiento
mano invisible revuelve
luz y sombra y lineamiento.

Cual si al fin hallara rota
su fuerza la evocación,
al morir la última nota
la imagen se agranda, flota,
huye por aquel salón.

Ondula y se extiende vana,
casi ondea como un velo,
cubre la pared, y gana
por fin la abierta ventana,
esfumándose en el cielo.

Dejándome, sin razón,
algo extraño que me pasma,
en mis pupilas visión,
un ansia en mi corazón
y en mi espíritu un fantasma.

De tu sombra y de tu ser
la igualdad vaga me asombra
que de este afán de querer
todo se nos va a volver
una ilusión y una sombra.

8 de febrero de 1887.

La ofrenda del brahmán

Poema indostano

I

Yo era un brahmán conocedor del Veda;
yo me vestía mi ropón de seda,
y el concurso de santos y de sabios
oía, cual rumor de la arboleda,
toda la inspiración, la ciencia toda,
manar, al escaparse de mis labios,
los versos de Valmiki, en la pagoda.
          Yo congelaba el iris,
          y al rayar de la aurora,
          las nieves eminentes
          de los Dawelaguiris,
nimbadas de fulgores refulgentes,
que hería un soplo de oración sonora,
eran tímpanos cándidos de rimas,
rapsodias profundísimas y extrañas,
con que daban a Brama, las montañas,
gracias por las edades de sus cimas.

II

Oyendo mis cantares y refranes,
acatando mi fe y sabiduría,
en premio dispusieron cierto día,
ofrendarme una virgen los brahmanes.
Y eras tú, Egandyra enamorada,
de dulce y triste y lánguida mirada;
tan atractiva y pálida belleza,
que toda la India te juzgó al extremo
          de un esfuerzo supremo
del arte de la Gran Naturaleza.
Y eras mía. Y en medio de oraciones,
mago solemne, pensador agreste,
hice las misteriosas abluciones
y desceñí tu inmaculada veste;
          y entonces con ternura
          di un beso a tu cintura
fácil cual junco, y adorable y grata,
y se enroscó a las formas de tu talle
un deslumbrante cinturón de plata.

III

Cual fuente que desbordaba de su lecho,
como hebras del tejido de la noche,
formaban manto misterioso y vago
tus cabellos rodando por tu pecho
con inocente y con sensual halago.
Y en el cuello de nieve, casto y bello,
donoso cual de blanca cervatillo,
posé el labio, apartándote el cabello,
y entonces, luminosa gargantilla
cual sierpe de oro se anudó a tu cuello.

IV

          Nevada e inocente,
cual la espuma más alba de la playa,
admiré la blancura de tu frente,
          pura como el carámbano
que corona la sien del Himalaya.
Allí mi labio, que amoroso quema,
dio un beso ingenuo cual la luz del día,
y cuajada de lumbre y pedrería
engarzase a tu frente una diadema.

V

Te alzó en mis brazos mi efusión sencilla,
y con el más sagrado de los goces,
doblé ante los altares la rodilla,
y pura, así, te devolví a los dioses.

El desnudo

Nunca son Belleza y Verdad
tan puras: la Desnudez,
como cuanto es Verdad y es
Bella la maternidad.

El hombre y el mundo

A Vicente Acosta

En el principio, amigo del fondo de su gruta,
el hombre vio extenderse, como un cuadro admirable,
la campiña, las selvas, manto de la inmutable
                    naturaleza bruta.

Espejo rutilante donde la luz tranquila
reflejaba los cielos, la montaña, el desierto,
la estrella, el mar, la bruma, el fuego, el aire incierto,
                    su insondable pupila.

Caja de honda armonía, donde el eco, vehemente,
del bien o el mal, la huella, hace que vibre y deja
la alegría sonora o la doliente queja,
                    su corazón ardiente.

Mas cuando sí descorre de Natura los velos,
“¿Qué haré”, dice, “que digno de su grandeza sea?”
Y Dios: “Dale tú, en cambio de su tierra y sus cielos,
                    la chispa de tu idea”.

Neurosis

Sabe que es el espíritu un abismo
               y el corazón un mar;
así es que dentro llevo de mí mismo
a la vez una y otra inmensidad.
Mis nervios, arpa viva en el ramaje
cuelgan del árbol de mi cuerpo y dan
un gemido al pasar por su cordaje
               la tempestad.

El árbol del carao

Próximo abril, sobre el verde
polvoroso de los campos,
la primavera sonríe
en las flores del carao;
rojas como aurora, ¡niña!
ascuas, rubí, vino y mantos,
con el rojo de la rosa
y el rojo, en fin, de tus labios.

La diosa flor

Se ha cumplido ya el plazo;
pero en vez de la nube, orlada en fuego;
o del carro flotante,
tirado por cándida cuadriga
de garras o palomas,
en que viene el esposo, negras nubes
entoldan el Oriente; el remolino
de fuego de la guerra
pone su tea a la divina tienda
del azul firmamento
y en medio al humo trágico,
mientras unas ciudades se derrumban,
otras vence nacer a flor de tierra.
He allí que en el valle, al pie subiendo,
como una enredadera,
de esta verde montaña,
cual roja cuna, eleva sus tejados,
nueva ciudad: su nombre numeroso,
San Salvador… El plazo
funesto de ocho siglos, hoy expira.
La juventud eterna de los dioses
no bastó para aligerar su tardo paso.
Todos los días rebosó en mis cestas
la ofrenda de azucenas y de lirios,
hecha al blando recuerdo del amado;
así entretuve mi dolor, que agranda
en estos días la espantosa guerra
y la ruina de los templos,
donde entre los escombros y el olvido,
se hundirán mis altares y mi nombre.
No de amor y sus quejas
he de tratar, mas de dolor…

Bucólica

¡Pobre del habitante
concitadino!
Nunca de caminante
torció el camino,
para ver, en la vega
o el altozano,
lo que del campesino
sembró la mano.
No vio los repollales,
las parchas y pepinos;
los arrozales,
que salpican de grullas y zorzales,
los biombos chinos.

La siesta del caimán

La ceiba cenicienta que retuerce confusa
su raíz —como greñas blanquizcas, como medusa
                    en la margen del río—
la tierra negra atigra con su ancha sombra hojosa,
do se tiende en la siesta, blanca piedra escamosa,
                    el rudo caimán frío.

En el pantano verde zumba, y zumba el zancudo,
enviando sones tétricos al bosque hostil y mudo,
                    que exuda áspero olor;
y la liebre, flechada, deja el zarzal hiriente,
y el sol cobrizo espesa cual vidrio en el ambiente,
                    como bruma el calor.

La lámina del Lempa como fundido plomo,
rompe, en convulsión, ágil el pez bruñido, como
                    juega un clown su puñal;
y las túrbidas ondas que arrastran los despojos
de la selva, chispean tachonándose de ojos,
                    olëoso caudal.

A beber, por el fango de la opuesta pendiente,
baja el buey sudoroso humeando, mugiente,
                    y mordiendo la yedra:
el caimán, cauteloso, hacia el agua ha rodado,
imitando en el río, que hace sonar pesado,
                    el caer de una piedra.

El zapote

No se dice la cosa, si es vernácula. Es rara,
puede ser bella y grande; pero, ¡no! Si son flores—
tal como el esquinsuche, no se dice. Ni el ara.
Ni el aura. Ni el cenzontle, —salvo pestes y horrores.
Animales sagrados son la danta y la guara;
mas no los mienta el poeta, so pena de ser zote.
Hay el lago Xólotl: el humour hace riza;
y este tal nombre en Tura era de emperadores.

Un códice dibuja un árbol: lo estiliza:
tal los pinos de Noche-Buena. ¡Ah!… es el zapote.
Tantas las precauciones y calificaciones
para hablar del grande árbol que me dio tantos frutos
y se alzó donde hoy brilla la Normal de Varones:
cayó el árbol herido, con el progreso en guerra.
¡Qué plantel tan hermoso rinda tantos tributos
como frutos el árbol que dio sombra a esa tierra!

La flor de izote

     La girándula hermosa
     que suspende al poeta—
el izote, al que llaman bayoneta.
¿Qué anuncia o qué defiende
con su explosión de espadas?
     Pues, la yucca gloriossa
que sabe en sus raíces el que sabe:
     las llamadas mandioca;
y del gran Bello “blanco pan” llamadas;
     y  hecha pan es cazabe;
     y lo que más bien sabe,
en la más noble sopa, es la tapioca.

El sol de fuego

…el volcán de San Salvador tiene la
figura de una gran ballena
.
Brasseur de Bourbourg

Es, pues, la gran ballena de Brasseur de Bourbourg,
con la testa hacia el norte, con la grupa hacia el sur.

Y como cuando a Europa, tras la civil contienda,
me llevaban las luchas y la fatiga ingrata
—cariñosa la patria, me hizo esta noble ofrenda—:
vi en nuestra rada, a flor de la mar sonorosa,
dos cetáceos, jugando, cada uno, cual animado monte,
que lanzaban al aire de la testa monstruos,
dos surtidores de agua… curvas de plata
sobre el azul obscuro del mar y el horizonte.

O como cuando un tiempo, con más fatal estrella
pasaba por la costa de la patria aherrojada,
sin poder taciturno posar la planta en ella;
y donde el mar se parten Costa Rica afamada
y el país de los lagos, contemplé hacia la costa,
de día, a ojo desnudo, perspicaz y certero,
pues desde ella a mi nave se hacía mar angosta,
esbelta de la cola mas la cabeza informe,
una hermosa ballena, dada a retozo enorme,
lanzar el doble chorro de su doble agujero;
¡Y esa noche —¡qué asombro!—
                    ver de noche,
                                        sobre el mar un horno!
Vimos los pasajeros la fogata que en torno
incendiaba las olas, del buque ballenero.
Así se ve el cetáceo Quetzal-Tepec a la hora ésta
en que se agita el suelo cual las olas del mar,
arrojar surtidores, en una horrible fiesta,
de los cráteres rojos que horadan su enorme testa
ora sea el Boquerón, ora sea el Pinar.

Milenio tras milenio, remontando el pasado,
el volcán se vería de nubes ceñida su cintura,
tocar a las estrellas, en lo azur de la altura.

No que el coloso, entonces, fuese como el cronista
Fray Francisco Jiménez, en su crónica amena
refiere de su grupa,
                    que era doble
                                        de lo que está a la vista;
pero aquel cubriría, cual fanal, la ballena,
de modo que eran unos
                    tantos montes,
                                        como en su torno agrupa,
y hoy salpican las chozas, y en que el buey hace siesta,
y en que, una curva inmensa, saliendo de la grupa,
tocando a las estrellas, se abatía en la testa.

Su nombre proclamaba la gloria de Quetzalti,
como alzan las pirámides, la de los faraones…
y el monte de Quetzalti endiosaba al primero,
si no el más grande, héroe de ese nombre de leones.

¿Fue protesta de lo alto? Quezaltepeque artero,
nubló el sol muchos días; fugaces claridades
encendían las nube, y a su lumbre mortuoria
vio Quetzalti el castigo de tantas vanidades…
¡Truncada la alta cima que cifraba su gloria!
La ceniza cubría los campos y ciudades.

Fue como siglos antes, en más remota era,
cuando el Ande abrió simas con angustias atroces,
e Ilopango fue entonces ignescente[1] caldera:

Fue preciso partir… ora en paz, ora en guerra;
y volver cuando fueran aplacados los dioses,
sereno el firmamento y aplacada la tierra.
Vivirán de sus armas, de la industria o la caza.

Van a partir a la hora de la Aurora Divina:
pero antes habló el Numen… el Numen de la raza;
y así dijo en Oriente la Estrella Matutina:

“Idos con bien, ¡mis hijos!, los civilizados…
pero oídlo también, ¡hijos míos!… cuando la tierra,
tal vez necesitada de algún fecundo riego,
deje de estar, ya en calma, con los pueblos en guerra,
y surja, arca de vida, del Diluvio de Fuego;
cuando os hayáis mostrado los civilizadores,
y enseñado a los pueblos el amor de las flores,
a cuidar las abejas y a coger los panales,
a cuajar los añiles y a entrojar los maizales
y a sembrar algodones de diversos colores,
a cincelar las piedras y a escribir los anales,
y a ostentar en los cascos las plumas de quetzales;
que prestando su ayuda Pilzimtec o Mavorte,
alcéis la gran pirámide que ostentara Cholula,
y fundaréis gloriosas las ciudades de Tula,
en el Sur una Tula, y otra Tula en el norte;

entonces volveréis
                    en largos éxodos…
                                        y será esta la Tierra,
la tierra en que se adore la Estrella Matutina,
la transfiguración del hombre en dios… ¡misterio!
La Poesía, el Arte, la Libertad Divina,
la que alce la República, la que venza el Imperio;
la que lleve triunfante sus gloriosos pendones
a Masaya invencible, oponiendo su pecho
a la maldad indómita y a sus fríos cañones,
la que proclame libre la Justicia, el Derecho,
y la Paz a la faz de las Naciones.


NOTA

[1] Ignescente: inflamable.


FRANCISCO GAVIDIA (1863-1955). Escritor del período romántico, considerado por la crítica como el primer gran escritor de El Salvador. Descolló en la poesía, pero también fue, según Rubén Darío, el mejor dramaturgo del siglo XIX en la región centroamericana. Escribió ensayo, historia, crítica y cuento, además de ser un traductor de varias lenguas y un animador cultural incansable. Aunque sus innovaciones métricas y su inventiva temática lo convirtió en un pionero del modernismo, su formación autodidacta lo impulsó hacia ambiciones intelectuales neoclásicas. Esta proyección obsesiva hacia el pasado lo desfasó muy rápidamente a los ojos de sus contemporáneos, que vieron el albor de las vanguardias en América Latina. Una de las consecuencias de este enfoque intelectual culminó en sus intentos para reconfigurar la totalidad de su obra en un magnus opus de dimensiones épicas, Sóteer o Tierra de preseas (publicado en 1949), que, en efecto, destruye la autonomía histórica de cada una de sus obras en una masa incoherente que combina el auto-pastiche poético bajo una estructura dramatúrgica irrepresentable. Al desglosar su obra según sus momentos históricos, sin embargo, se nos revela como el más ambicioso de los escritores románticos de la región. Ecléctico y audaz en su primer libro, Versos (1884), y lírico y tierno en su hermoso Libro de los crisantemos. (J. A.)

Para más información: Francisco Gavidia – Wikipedia, la enciclopedia libre

Arte: Alphonse Mucha, «Moët et Chandon» (1899).