Antonio Gamero: “Buscando tu saliva” (poesía)

Un auténtico antipoeta en El Salvador, antes de la aparición oficial de la antipoesía.

Antonio Gamero
La Zebra | # 64 | Abril 14, 2021

Buscando tu saliva

En esta constelación de gritos
y en este vaivén de olas humanas y difusas,
yo busco la corriente clara de tu saliva
—ungüento iluminado de palabras y risas—.
Me quito la camisa, el miedo y los zapatos
y subo por escalas de aire y nada
para asaltar y desflorar
la desnuda verdad de la esperanza.
Bombardeo la noche
con mis vacilaciones de luciérnagas
y mis manos llegan submarinas
a sabotear el rojo resplandor de tus piernas.

Yo busco inopinadamente tu saliva
para que no se riegue inútilmente
en este gran vacío donde todo se pierde
y para humedecer la tierra
donde la yerba y la golondrina
bajo la sed se hermanan en la muerte.
Yo busco tu saliva mentolada
para pegar cabezas
desprendidas del cuerpo de los niños
y para alimentar las células
de la gente leprosa que anda buscando asilo.
Para abrirles los ojos a los gatos naciendo
bajo trenos de sol desgobernado
y para desapegar las estampillas
de cartas censuradas que me vienen
de los confusos y lejanos puertos.

Yo sé que todos los amantes vinieron
a besar la rosada cicatriz de tus labios
y a extraer el zumo de tus limas maduras:
al herirte la carne y al enardecer tus brazos.
Mas yo he venido sólo para buscar tu saliva;
tu saliva que sirve sólo para limpiar metales,
tu saliva que apaga el cansancio de mis miembros,
tu saliva que ahoga la cólera de las viejas,
tu saliva que lava la camisa de Dios,
tu saliva que ablanda las conciencias,
tu saliva que abre hoyos en las piedras,
tu saliva que es frágil en la hora de abrazarnos,
tu saliva que es sangre perfumada, incolora,
tu saliva que es germen de santos y profetas,
tu saliva que es sal y agua bendita
para animar la ira del demonio.

Todos los amantes vinieron a buscar tu carne;
en cambio yo agonizo buscando tu saliva
para inyectar este animal enfermo
que traigo aprisionado en mi camisa.

Poema de la novia antiortográfica

          “Hamor, en ti yo bibo
          penzando a cada istante”.
          Este era siempre el raro
          principio de sus cartas.

¡La novia antiortográfica que tuve,
era un primor para escribir palabras!

“Hamado, quiero berte oy por la noche”,
me decía en escueto telegrama,
y esta postdata me agregaba a veces:
“Mi direxión es: Caza de los Laras”.

          No sé si fue en su infancia
          alumna desatenta,
o alumna que llegara tarde al aula,
pero aquella su forma de escribirme
era cosa que hacía mucha gracia.

Y yo la amé, porque era pura y buena.
Más buena que ese mundo de muchachas
que egresan de colegios e institutos
con la mente de tests indigestada.

          La amé, porque tenía
la sangre fervorosa, como llama,
y en su saliva limpia y transparente
se bañaban desnudas las palabras.

Un día se murió de ser soltera.
La lloraron las gentes de la casa,
y hacia el punto final del cementerio
en un pobre ataúd se la llevaban.

La colocaron bajo un árbol seco
que de sólo mirarlo pena daba,
y la fueron cubriendo, poco a poco,
de tierra negra las hambrientas palas.

Y no sé por qué tuve la ocurrencia
de grabar estas letras en su lápida:
“Haquí iase la nobia que fue ziempre
henemiga del mal y la Gramática”.

Y cuando yo escribía este epitafio,
          en los altos cipreses,
¡dos ángeles con hache la lloraban!

Estancias para una resignación con la muerte

Yo no sé por qué lloran
las esposas y madres y hermanas de los muertos.
Si ya no está de moda
el llanto, ¿por qué mojan de lágrimas el tiempo?
¿Por qué no alzar el puño
y dar de puñetazos en el viento?
¿Por qué no recoger el arma que dejaron
y fusilar la cólera del cielo?
¡Cómo siento que soy el buen hermano
del que cayó abatido en la trinchera!
Y con el alma herida de coraje
¡cómo siento en mi boca la blasfemia!
¡Mujeres timoratas, alegraos conmigo
de que los hombres mueran en la guerra!
Dejad que todos caigan;
que caigan los patanes, los santos, los poetas.
Hay urgencia del polvo de sus huesos
para abonar el surco de la tierra.
Hay locos minerales subterráneos
que quieren adherirse a su tristeza.
¿Qué porvenir tendrá un pobre soldado
que regresa al hogar sin una pierna;
que sus ojos llenose de sombras para siempre
y no sabe en qué punto quedaron sus orejas?
¿Qué amigo le dará lo que ha perdido?
¿Qué mujer le será su compañera?
¿Qué foco de esperanza le alumbrará su abismo?
¿Quién le rescatará de la pobreza?
Nadie. La patria sólo
le pondrá sobre el pecho una dorada pieza,
y dirá el vulgo al verlo, fríamente:
Ese es un veterano de la guerra.
Madres, hijas y esposas, alegraos conmigo
de que los hombres mueran,
porque ya los asilos y los hospitales,
los manicomios y los barrios pobres
están llenos de gentes miserables.
Yo no sé por qué lloran vuestros ojos
y vuestros labios callan la injusticia.
Si en la vida moderna no se llora,
¿por qué llenar de lágrimas la vida?
Madres, hijas y esposas timoratas,
dejad que todos mueran.
Estaba ya previsto
que morirían de hambre y de pavor.
Sobre la era informe,
que el huracán dibuja en sus cenizas,
¡cae totalitaria la voluntad de Dios!

Romance del hijo futuro

Hijo mío, hijo futuro,
tengo dos novias más una.
De las tres novias que tengo,
¿cuál va a ser la madre tuya?
¿La de ojos largos y oblicuos,
la de boquita de azúcar,
o la que tiene los senos
rosaditos como tunas?

Las tres son dulces, muy dulces,
pero una de ellas me dice:
“Yo no quiero tener hijos;
vida de madre es muy triste”,
y casi en las mismas frases
la segunda me repite:
“Renuncio preñez y todo
porque vivamos felices”.
Y la tercera, embriagada
como de un santo lirismo,
me dice: “Quiero ser madre
para alumbrar mi destino;
quiero sentir en mis senos
la boca suave de un niño;
quiero, con todas mis ansias,
fecundarme en tus suspiros,
para besar tu retrato
en la desnudez de un hijo”.

Hijo mío, que aún no vienes
en el barco del misterio;
hijo que duermes ignoto
en la sangre de mis versos,
tengo dos novias más una
que es la novia que más quiero.
¿Cuál va a ser la madre tuya
de las tres novias que tengo?


ANTONIO GAMERO (El Salvador, 1917-1974). Poeta y periodista salvadoreño. Formó parte de la generación que infundió a la poesía de preocupaciones sociales y de un lenguaje más humano, menos afectado por el refinamiento del postmodernismo o los excesos de las vanguardias, junto con Oswaldo Escobar Velado y otros. En la década de 1940, Gamero fue la figura más relevante entre los poetas jóvenes y el más prometedor. El poeta y ensayista Gilberto González y Contreras escribió: “Antonio Gamero, el de la veta diabólica, maldiciente y revolucionaria, que escandalizó los campanarios aldeanos con su T.N.T.” (Hombres entre lava y pinos, 1946). Esta visión crítica sobre su figura y su obra desapareció cuando, en medio de las luchas contra la dictadura de Martínez, su periodismo satírico se desfiguró en ataques personales y malentendidos sobre sus intenciones. Atacado aún por sus mejores amigos, fue aislado de los círculos intelectuales, aunque recuperó su amistad con su mayor adversario, Escobar Velado, y dirigió una importante revista literaria en la década de 1950, Síntesis, que creó un puente entre los escritores de la primera mitad del siglo XX y la juventud literaria de entonces. Es autor de dos libros de poesía: T.N.T. (su título es una alusión a la dinamita, San Salvador, 1943); y Bajo el temblor de Dios (San Salvador, 1950). Su “Romance del hijo futuro” apareció en Puño y letra, 1959, una antología de facsímiles manuscritos editado por Oswaldo Escobar Velado.

Arte: detalle de “Madame Butterfly” de Benjamín Cañas.
Caricatura del autor por Manuel José Arce y Valladares.