Nelson Alonso: “Tres poemas” (poesía)

Una voz poética que construye una narrativa de sensibilidad urbana desde un diálogo interno. Ganador de los XXX Juegos Florales de Poesía en El Salvador.

Nelson Alonso
La Zebra | # 67 | Julio 14, 2021

1. París chiquito

Pues de lo que hablo no es sino de esta época,
y de lo que ocurre en China y España, y en el mundo.

—César Vallejo

París chiquito es la cuna de los grandes poetas:
aquí descomponen líneas para sus gustos europeos,
se renueva su dolor compartido por el abandono
y se declara que el lenguaje del pueblo también es poesía,
que la sabiduría viene desde ángulos imposibles para los sentidos,
que los pequeños dioses son conductas sociales incomprensibles…
y que nadie comprende sus aspiraciones etílicas
en una literatura que reside como manifiesto de la mortalidad.

A esta tierra vuelve el que tiene la fuerza para llorar de nuevo,
el que recorre sus avenidas con todos los vientos en su contra:
ninguno quiere ser la envidia de quiénes admiran el fracaso
ni morir olvidados en algún muelle desconocido.

Cae la noche detrás de la montaña
y el mundo gira sobre una ciudad que ya no existe.

Aquí comienza el primer aliento de la vida,
aquí yace lo eternamente anacrónico de la palabra.

Somos la calamidad vuelta carne,
hemos llorado con una intensidad que justifica lo de esta noche.

Vociferamos blasfemias cuando nadie las exige…
imaginamos, también, que el cielo baja sobre nosotros,
que la ciudad nos resguarda de la soledad a puros golpes,
que con este ruido lo desbordado abrirá todas sus puertas.

Es mejor no saber nada en esta tierra diminuta,
pues la locura nos consume mientras continuamos diciendo:

Por esta noche estará bien salir de copas,
tomar la selva con un cristal de alcohol barato.
Viene conmigo la multitud de bebedores,
de refugiados nocturnos.
Vienen con intenciones imperdonables
mientras bebemos litros de sueños exterminados.

Qué divertido:
hemos llegado a cualquier taberna que nos recibe.

París chiquito nos resguarda con sus dolencias:
a través de sus calles hay laberintos de una mente desconectada
y suenan las cuerdas vocales de un ebrio que se piensa poeta
que no es ni ebrio ni poeta,
pero afirma que los excesos forman parte de su literatura.

En el púlpito tiembla un miedo que será olvidado más tarde
y explota la procesión de sombras en este lugar que nadie conoce.

Alguien dice:

—Es que yo admiro la vida bohemia, yo pienso en poesía y las ganas de salir con ustedes me vienen a la memoria.

Qué divertido es morir, pequeño saltamontes,
qué divertido es buscar un lugar para dormir en el suelo,
vomitar hasta que solo salga aire,
y creer que el alcohol nos volverá mejores artistas.

Qué divertido, pequeño, qué divertido.

La vida nunca fue un sueño sino una pesadilla mal organizada,
la tragedia es la razón principal para que mis labios ya no tengan miedo.

En la mesa se ha subido alguien mientras baila cualquier canción,
y el ingenio es ahora un receptáculo de una triste disculpa,
los poetas se remiten a ensoñaciones vistas en el paraíso,
la distancia se acorta con tres botellas de poesía,
París es apenas la puerta del inframundo
y sobreviene el espectáculo que se desliza sobre nuestro rostro.

El espejo de la taberna siempre enfoca terriblemente las caras
y la mesa de otro cliente por poco es botada por los fallecidos.

La fiesta muda de espacio y tiempo,
«cualquier excusa es bienvenida para la sed de estos muchachos».

La calle se despliega por nuestras aventuras
porque después de la poesía viene la perdición de la carne.

Fulano dice:

—Una chispa explota mi tímpano en la noche,
tímpano de ceniza y piedra que arde siempre,
resiste para siempre,
no reconoce madre
y su única potencia vive en esta ciudad de porquería…

Mengano responde:

—Buscamos la verdad porque tu voz calla
al pie de una sombra de pólvora y castigo.
He aquí mi diestra, extraño verbo no conjugado,
he aquí mi alma manando la esencia del silencio.

Y prosiguen los parloteos mientras tambalean sus pasos,
y nosotros somos ellos y todos y ninguno.

Qué divertido.

Todo vive con nosotros y canta a lo supuesto,
todo sonríe con gracia de farsa colectiva.

El poeta dejará para siempre nuestro cuerpo y sangre
y experimentará su palabra sobre el sepulcro.

Sin embargo, hoy es niño que llora solitario
mientras reclama un beso y se marcha a dormir.

Guardemos silencio…

París chiquito es la cuna de los grandes poetas:
despierta, no duermas pequeño saltamontes
porque la oscuridad apenas está comenzando.

2. Poema para ser recitado en una ruta 109

Recorro el camino de siempre en una regresión que no acostumbro:
como todos los días, hay una trabazón del demonio.

Un muro nos explica:
        sin pausa y sin miedo

[REBOTA EL ECO EN UNA PARED HUMANA]

y recuerdo que alguien afirmó que en el autobús se origina el lenguaje.

Nada es un regresar de caminos
        porque estos pasos no son para nosotros:
qué damas y caballeros son aquellos
        que dan su asiento al vacío.

Ir parado me da dolor de espalda:
pienso que he vivido de hambre,
que me alimento con cartas que jamás serán recibidas.

(Vaya corazón, para tal sitio)

Suben más personas:
después de haber amado tanto
        uno tiene que decir si anda mal.

Entonces arranca el autobús:
qué estrés… y vos ya estás esperando
                al otro lado del teléfono.

Me decís que las nuevas residenciales tienen nombres de santos,
que entre tanto santo de concreto es increíble que existan árboles.

(A wálmar lleva, corazón, a wálmar lleva)
y YO te llevaré a la gloria (solo por esta noche).

[DISMINUYE LA VELOCIDAD]

Podés perder el tiempo, pero menos el teléfono:
luego me preguntás lo qué está sonando
y yo te respondo que salsa,
que muchas gracias me tengo que ir
y que te vaya bien de expectativas.

[SILBIDO]

Hay un árbol muerto y profanado por las llantas del microbús,
hay tres filas de autos en una carretera de dos carriles,
también salsa, túmulos y pensamientos desordenados
y una fiebre que se termina entre los huecos de la ventana.

[MÁS SILBIDOS]

Ahí va la policía, con su cincuenta y siete catorce de multa
        porque tienen hambre los perros…

Creo solamente que son desiertos los cañales
        que yo contemplo este día:
mares los naufragios y abandonado nuestro polvo.

Y una ambulancia rompe cualquier especulación,
cualquier resonancia encefálica de astros terrenales.

Entonces exclamo:
cuánto desierto en este oasis de asfalto carcomido,
cuánta arena dispersa en estos frenos de embotellamiento.

La publicidad permanece vacía sobre la calle:
está quemada la tierra,
y la ambulancia retumba sobre la orilla carbonizada.

[AUMENTA LA VELOCIDAD]

En un poste eléctrico dice:
Cuando el justo gobierna el pueblo se alegra.
La cara del poste eléctrico está rota y tachada
y la velocidad del autobús difumina el rostro del poste.

[CORREN ATRÁS, SUBEN ATRÁS, AVISA].

De pronto aparece un abrazo
y una niña juega con sus padres a vender para vivir:
todo es un presagio del 11/08/97 en una cruz.
Suena Desesperada, se te nota en la mirada
y se romantiza mi lenguaje en combustiones de pensamiento…
                                                               otra vez.

[DISMINUYE LA VELOCIDAD]

Los motociclistas pasan entre los autos
        y a veces rompen el camino con sus cabezas…
(Sin embargo, antes de criticar motoristas
                        tengo que conocerme el corazón del automóvil

[CORREN ATRÁS, SUBEN ATRÁS, AVISA].

y con poesía pasarán siglos, pero siempre miraré de lejos).

[POR FIN SE DETIENE]

En el momento alguien pronuncia:
con razón pasó la ambulancia.
Surge el morbo y de ahí viene la policía.

La gente amotina los ojos a la ventana por puro gusto.
Alguien ha muerto, dicen,
        y todos se asombran cuando ven al mentado muerto.

Quizá venía muy rápido el hombre
        (porque si venía en camión era hombre)
o las pandillas quizá fueron,
o simplemente quería morirse.

No lo sé y nadie lo sabe tampoco.
Comienza a marchar el autobús:
qué gran tragedia, mi gente,
                        un finado, pobrecito.

El asombro dura segundos…
                y entonces continúa la vida.

3. Desacostumbrada

Para Lucio y Adonay.

Todo es un regresar a través de los pasos
mil novecientos ochenta –mil novecientos noventa y dos,
un viaje inconcluso por la espalda de la bestia.
—Josué Andrés Moz

Desacostumbrada…
heme aquí sobre tu sombra,
sobre tu superficie para pasos rebeldes.
Reclama mi abandono como tuyo:
mis años forman sublevación de carne,
fanatismo de tragedias y risas
          que peregrinan bajo peligros de taberna.
Heme aquí,
          mientras creo un arsenal de frases espantosas:
el fin está cerca,
tan cerca que me rompe la vida.
Esta tarde esperé la miel,
                    para mis manos,
                              germinada;
esta tarde alguien ha muerto a solas
                    en la esquina de un sueño que no es dulce.
La gente despelleja mi nombre,
me culpa sin certezas legales.
Solo yo conozco la verdad del suceso:
me vuelvo a tu piel fallecida
          y lloro porque nace desde mi pecho.

Llora, desacostumbrada,
          he aquí tus desperdicios:
una línea de trenes que se quedó sin hierro porque se lo robaron,
un conjunto de casas
                     (a latas y cartones)
con electrodomésticos de familias burguesas,
un perro aguacatero,
un techado
           (que cuando llueve)
se transfigura en alarma de incendios,
equipos de sonido que consternan al prójimo 
y un televisor plasma que sobrevive
                    porque hay fútbol los domingos.
Un funeral de amigos que se emborrachan,
autos que destruyen tristezas cuando un niño descubre a su hermano.
Una madre que grita en su sepulcro.
Pronuncia
          —hijo pendejo—
mientras se lanza sobre la tierra.
Y sigue el daño cada dos de noviembre porque no volverá a casa,
a territorios que lo esperan con cinco frutos,
más el que viene brotando con soberbia de cárcel prematura.

[VAMOS CAMINANDO HACIA EL PUEBLO]

Un policía nos reclama
—las manos en la nuca y las piernas abiertas—
porque quiso darnos un sobresalto
                    y terminó con el juicio lejos del cuerpo.

[UN TRAYECTO EN PATRULLA]

Un pago en hojas verdes
          para que solo dieran golpes
                    sin tener que ir a prisión.

Una marcha interminable
porque dejaron las cervezas en la casa de Lucho,
un niño que se escapa del prostíbulo porque tiene miedo,
una risa de burla sobre sus hombros,
una joven que aspira su cigarro cuando los feligreses no llegan…
otra, avienta con un cartón su zona de trabajo,
un calor desnuda expectativas que se arman si hay dinero,
un ingreso de siete dólares difícilmente permite cualquier lujo:

—por lo menos vivimos—.

Esa excusa mediocre nos consume la mollera.
Mientras tanto,
          en mis sueños,
          la rutina no es dura.
Un recién titulado es el gozo del país,
una mujer que vende verduras es tachada como molestia,
una sierva cristiana de ningún modo quiso reprender a su niño,
un vigilante pide identificaciones que significan vida o desvanecimiento.
Una familia desintegrada mira con ojos de hambre,
un muchacho es hallado desnudo,
sobre el piso,
mientras pierde de vista el amor ordenado en la biblia:
una cama no es suficiente para que la infertilidad surta efecto…
No obstante, alguien dice
—es pecado—
y llaman a cualquiera para que martirice al lujurioso.
Esconde tu cicatriz de siglos,
un sueño que fallece,
un padre alcoholizado que contrapone su arma en la frente de su hijo,
otra madre que mira sin hacer nada más que llorar por el miedo.
Piedras,
no de caminos,
sí de hombres minerales que rechazan consuelo;
sí de la marihuana con alcohol farmacéutico y soda,
sí de postes orgánicos que gritan
—allá viene la jura—
y juegan a esconderse entre casas abiertas,
sí del mismo patriarca que padece vergüenza por su engendro,
sí de la romantización sobre el uso excesivo de narcóticos,
sí de cateos en guaridas para desarrollar armas,
sí de canciones para narcos que mueren entre gomas etílicas,
sí de estirpes que gozan su propia carne,
sí de las persecuciones religiosas con frases llenas de salvación,
sí de tragos que forjan disputas a las tres de la mañana…
sí, porque vivo en la mugre de todos,
en la calma temporal que tritura huesos de soberanos y vicios.
Es mi historia la que presento frente a sus narices,
miren mis ojos que dominan el arte de la pena,
oigan mi voz que tiembla en el desaguadero,
entre vómitos ebrios
                    y barajas con lodo.
Desacostumbrada…
he aquí la bestia,
          el mal de cada día:
la peste personal a pobreza que repugna también a sus emparentados.
Qué mejor panorama que la caducidad de mi tierra:
contempla mis palabras de poeta malnacido,
de pobre,
de testigo a la fuerza,
confesor por consuelo
y ganas de lucir a mi nación.
Pues sufro en mi piel la miseria,
pues por locura he visto como alguien se desgaja la vida
y también como mueren las descendencias de la calle a golpizas numéricas.
A veces todo marcha impecable…
luego, hay decapitados bajo una pasarela
que sabe de violencia como de pasos ávidos
                                        y rumbos a la nada,
porque nada nos queda,
ni siquiera una lluvia de plomo que reviente cráneos desconocidos,
ni siquiera un sombrero para quitarnos cuando pase la desventura:
no existen coincidencias de pueblos sepultados,
ni recta sepultura para los impíos.

[ESTE DÍA DESAPARECIÓ LA BESTIA EN UN CAÑAL]

Todos callan,
negando gritos,
mientras termina
           (bajo piedras y palos)
                    que rompen su cadáver.
Nadie, ni su familia
estaba preparada para el quebrantamiento…
entonces regresamos al cementerio
y llora una hermana con voces a su espalda.
Un miedo convive con nosotros,
un homicida explora a testigos del hecho.
La misma hermana anda en busca de venganza:
su hija abre las pestañas
y mira cómo queda
           (la poca sensatez)
          con sus juegos de culpa.
El delirio es común en su insomnio:
el estudio de su hija ya no importa.
Esa niña comienza su travesía doméstica,
un violador despoja su niñez con caricias.
En el salón hay lágrimas y manos:
—una escuela sin niños es un paso a la necesidad—
dice el anciano mientras le desliza la falda con dureza.
Contempla, desacostumbrada:
          este miedo es el verdadero.
Escucha su lamento
que se transforma en odio, odio, odio, odio
                                   ¡oh Dios, sálvame!


NELSON ALONSO (El Salvador, 1997). Poeta. Egresado de la Licenciatura en Letras en la Universidad de El Salvador. Ha ganado dos premios literarios: Segundo lugar en el Primer Certamen Estudiantil Universitario, 2018 (poesía); y los XXX Juegos Florales de Santa Ana, 2021 (poesía) con Autobiografía de mis pasos. Apareció en la antología poética cubana/salvadoreña: Dos naciones en verso (Editorial Shushikuikat, 2019); también, en una antología poética hispanoamericana de hombres menores de 30 años, preparada por Chuleta de Cerdo Editorial; y en diversas revistas digitales como Cabezarrota, El pez soluble, Artesanos & Editores y Small Blue Library. Además, está a cargo del proyecto de difusión literaria Una verdad sin alfabeto.

Arte: “El bus” de Frida Kahlo (fragmento).