Álvaro Darío Lara: “Tres elegías y una esperanza” (poesía)

Un escritor salvadoreño en diálogo con los poetas que iluminaron su propio camino.

Álvaro Darío Lara
La Zebra | # 67 | Julio 15, 2021

Misiva a Salvador Novo

Desde la Zona Rosa de México, D. F.

Hoy he pensado –hondo– en ti,
Salvador Novo,
por decir todos nosotros,
por decir infancia
y adolescencia
de miedos nocturnos
y confesionario cruel.

Hoy,
cuando se han besado,
acariciado,
tomando de la mano
frente a nosotros
hombres y mujeres
que portaban el verde clavel
de los amores
que ayer
no osaban decir su nombre.

Hoy
ellas y ellos
mostraban a los transeúntes
la tibia sonrisa del girasol
un cauce azul ante la lluvia implacable
del insulto y del prejuicio.

Pero hoy
nada turbaba ¿sabes?
a la estrella fulgurando en los labios
a la plenitud de una sonrisa abierta.

Hoy,
ya nadie advertía
–ríos de corbatas y carteras–
el tránsito de otros amores
altos como el cielo
cálidos como este verano.

Puedes dormir en paz
arrullado por el colibrí
de las bellas pasiones,
bebiendo siempre del agua clara
de este nuevo paisaje,
que tiene árboles y calles
ahora más floridos y profundos,
Salvador Novo, amigo, hermano.

(2007)

Homenaje a Luis Cernuda

A 40 años de su muerte

Sólo sabía decir palabras.
Sus palabras contundentes hacia el techo.
Sus palabras incendiando la quietud de los espejos.

Soledad y cruel abandono para el alma.
Así vagó. Así vivió, Luis Cernuda
el hombre más valiente
que dictó la flor oscura y verde
del extraño amor que se arrastraba
por los túneles y callejuelas
de aquella España irremediablemente desangrada.

Luis Cernuda
conjugando nubes y olvido.
Un río esperando el alba.

Crece la desolación
anulando todas las quimeras.
Se yerguen de pronto, otras imágenes.

Ahí no existían horarios ni citas.
Nudo de la corbata para llegar
puntual a los destinos.

Sólo había un cuerpo resplandeciente.
Un búcaro, un junco
abierto hacia la interminable noche
hacia la fría madrugada
de la más suprema elegía.

Él sabía que la dicha
era un engaño de los dioses.
Como Góngora
comprendía
la universal metáfora de la rosa.

Esplendor de lo fugaz.
Brillo que apenas dura un instante.
Así buscó el amor.
Así negó el amor.

Ahora, Luis Cernuda, el de los tactos
y las miradas que descubrían un cuerpo
tras las rústicas ropas.

Mira, como todos seguimos aquí,
sembrando girasoles en la luna
bebiendo del agua azul de los recuerdos.

Encontrando siempre nuevos rostros
soltando la misma estrella
creyendo férreamente
en la fábula de las alas.

Así, las cosas, en tu 40 aniversario, querido Luis,
poeta, Luis Cernuda.

(2003)

Poema a Borges

Todas las cosas hermosas alguna vez fueron libros.
Libros grandes
llenos de letras negras, metálicas, coloridas y sabias.

Páginas enteras dedicadas
a la caída de Constantinopla
a los versos de Netzahualcóyotl
a nuestro triste rostro
perdiéndose
diluyéndose
en los estanques del Tiempo.

Nada quedará, entonces
de nosotros, Príncipe chichimeca,
–dijo, dijiste, dijeron los poetas–
Sólo el rugido del jaguar
se extenderá por el monte.

Nos habremos ido
con el arte miniaturista de los monjes,
y la sed y el hambre
de los niños harapientos
crucificados en todas las esquinas de este mundo
de ruido y de miseria.

Habremos despreciado
la flor de loto,
y nuestro será
el Valle de la Muerte.

Pese a todo, aquella
molécula interna
aquella chispa inevitable
aquella sonrisa compasiva del Buda
sabrá con certeza
con convicción profunda,
más allá de los relojes de arena
las cartografías
los espejismos del desierto
los dioses de bolsillo
el jardín soñado y perdido mil veces,
que todas las cosas hermosas,
alguna vez fueron libros.

26 de enero de 2011.

Los muchachos

Al poeta Alberto López.

“Mascar, el buey de nieblas, la nada”.
Lezama Lima

Y eran entonces, los muchachos,
los cuatrocientos muchachos
embriagados en la playa.
Mientras sonaban
las estrellas de la Edad de Oro.
Sus cuerpos jóvenes y broncíneos
relucían
frente al apolíneo mar del misterio.

Largas cabelleras.
Cuerpos espléndidos.

Qué finos reflejos
los de sus omóplatos
luminosos y salobres
húmedos y negros de áspera arena.

Carretera infinita
y curvilínea.
Extasiado cigarrillo.

Era el Puerto de La Libertad
con sus piedras, muelle y abismos
con sus tríos y cervezas
con sus voces estrepitosas
inundando
aquel permisivo hotel
de una época de polaroid y tocadiscos,
ya perdida para siempre
en los implacables
laberintos
del tiempo.

Eran otra vez sus voces
sus alegres rostros
sus sonoras carcajadas
que celebraban
la amplia autopista
de todos los deseos.

Ese era su mundo
y no había más.

Y nadie sabía
lo que los extraños dioses
les reservaban.

Entonces,
nadie sabía.

Marzo de 2020.


ÁLVARO DARÍO LARA (San Salvador, 1966). Poeta, académico y crítico literario. En poesía ha publicado: Vitrales (1987); Estaciones (1994); Este reloj marca soledad (Nicaragua, 1995); Violeta de Contracorriente (1998); Minotauro (1998); y Quiromancia (poesía, Falena Editores, 2019). Editó una antología de poetas jóvenes, Los Vecinos de la Casa (San Salvador, 2001). Como académico es autor de las ediciones críticas de Obras escogidas de Matilde Elena López (Dirección de Publicaciones e Impresos, El Salvador, 2006) y Obras escogidas de Ricardo Trigueros de León (Dirección de Publicaciones e Impresos, El Salvador, 2007). También ha sido un animador cultural, como columnista en suplementos literarios y como conductor de programas en radio y televisión.

Arte: Caín de Wilhelm Von Gloeden.