Jorge Ávalos: «Agustina Gurevich en Can Serrat» (crónica)

Por medio de una instalación, una dramaturga argentina explora las posibilidades de la palabra como umbral a una experiencia de transición vital.

Jorge Ávalos
La Zebra | # 68 | Agosto 7, 2021

El 6 de agosto, la directora de teatro y dramaturga argentina, Agustina Gurevich, presentó resultados de su beca de creación en Can Serrat, una residencia localizada en El Bruc, una zona rural en las afueras de la ciudad de Barcelona.

A partir de la poesía que escribió durante el período de su residencia artística, Agustina creó una nueva obra: una cascada de palabras que, después de la caída inicial, se convierte en un riachuelo que recorre el área de la “bodega” junto al taller de impresión.

Para escribir el largo poema de esta instalación eligió el inglés por dos razones: porque cascada en inglés incluye la palabra “caída” —waterfall—, y porque esto le permitió distanciarse de su idioma natal lo suficiente para alcanzar un grado de extrañamiento con las palabras. Así inicia su recorrido poético:

Shine on me

W
    a
      t
        e
          r
            f
              a
                l
                  l
F
  a
    l
      l

on the
pond

La entrada a su instalación incluía un pasaje estrecho y muy bajo que obligaba a los participantes a agacharse para poder entrar, como si accedieran a una gruta secreta. La lectura de su poema, por el recorrido a través del espacio, se convierte, poco a poco, en un acto de participación emocional. Desde un verso que circunda un espejo circular y que invita a romper el espejo de las ilusiones, pasando por un pequeño pozo en el que los versos se sumergen, hasta un punto donde los lectores deben arrodillarse para experimentar el poema frente a un espejo en el que se completa el círculo de una medialuna de piedras, el poema «Waterfall» de Agustina es una instalación que nos invita a reconsiderar la poesía más allá de sus palabras. Es un espacio de transición, un punto donde la vida se recompone y busca una nueva definición. Agustina lo llamó un territorio “liminal”, un umbral de indefinición entre dos momentos de su vida.

Agustina Gurevich, diseñadora de Imagen y Sonido (UBA) y Mágister en Escritura Creativa (UnTreF), es una dramaturga que, como señala Paula Baró, surge en un período de “renacer de la cultura independiente” en Buenos Aires. Como gestora cultural, creó de forma colectiva el ciclo Teatro Cortito y el galpón cultural La Playita. Co-dirigió el cortometraje Justicia poética, que participó en el Festival de Cine de Mar del Plata, el Festival La Mujer y el Cine, y otros. Su video instalación “Parece roto” fue creada en residencia en la galería Hiedra y fue seleccionada por el Centro de Investigación Cinematográfica para su muestra Artistas Emergentes. La colección de poemas que surgió de esta experiencia obtuvo una beca de creación en la residencia artística Can Serrat, España en 2020 (desplazada al verano de 2021 por razón de la pandemia del coronavirus).

Su libro, Repetición de un naufragio (Paisanita Editora, Buenos Aires, 2021), está diseñado como un memento: “Yo por mi parte tengo una forma de amnesia”, nos confiesa la autora en las notas preliminares, “junto, guardo, anoto, saco fotos, colecciono cualquier cosa material, cualquier pista que me confirme que viví… Por eso construí este libro como un regalo, un juguete, una pieza heterogénea que es parte clave de un mecanismo que viene desplegándose en el tiempo”. Su libro, que incluye un díptico teatral —“Últimamente sueño Fernández” y “Repetición de un naufragio”, además de una “Bitácora de exploración” de los montajes, que ella también dirigió—, es una edición limitada de 100 ejemplares. Una de sus páginas está “rociada con el perfume dulce que usaba Rosamontes en sus cartas: Eau D’Azur”, la sección que describe el hundimiento del bote Don Félix fue estampada a mano con peces rojos y escamas de brillantina, y la portada es una de estas maravillas simples en la que o ves el retrato de una mujer o el de un hombre, dependiendo de la inclinación del libro.

Ya desde el título de su libro, Gurevich nos anuncia la naturaleza ritual de su dramaturgia. Si bien todo el teatro se funda en las repeticiones de sus representaciones, y es así como sus actores se encuentran una y otra vez en una obligada condición ritualista, sacramental, de lo humano en sus momentos más trágicos o vulnerables, en “Últimamente sueño Fernández” Gurevich asume la voluntad de la repetición como un mecanismo dramático: su personaje, Rosamontes, quiere regresar a ese momento en el tiempo cuando el amor era real, “firme en mi tesitura de amarlo perdidamente”.

Ese intento vano de escenificar el amor perdido es la fuente de tensión dramática de toda la obra. Gracias a su poética, que combina estrategias del teatro del absurdo con un sentido ensoñador de la acción y la palabra en la escena, el efecto final es tan humorístico como encantador. Comprendemos la tragedia de Rosamontes desde el principio —la imposibilidad de recuperar el amor perdido—, pero saberlo no nos impide gozar del trayecto que nos expone a la hilarante intensidad de sus esfuerzos.

Hay un toque de comedia del cine mudo en esta historia —al menos, a esto nos invitan las acotaciones que sugieren su puesta en escena—, pero el lenguaje nos sorprende una y otra vez con giros que nos alertan de una conciencia de la palabra y de cómo solemos preferir sus ambigüedades cuando escapamos de las verdades más difíciles de aceptar. Cuando Rosamontes le dice a Fernández: “Será posible que lo admire tanto que quiera besarme?” Él se apresura a responder, con un tartamudeo: “nn-no-no va a ser posible”. Ella confirma la verdad con la tautología que es en realidad una afirmación de su deseo: “Sí, lo noté, porque no estoy sintiendo ninguna boca sobre mis labios”. En otro momento, ella se atribuye cualidades como una manera de crear una equivalencia romántica con el objeto de su deseo: “Fernández, cántese una, que usted canta tan bonito y yo escucho tan bien”.

En su teatro, escribe Paula Baró, en la contraportada del libro: “Los sueños son parte de lo real, aunque su materialidad sea misterio y lógica no binaria. Agustina Gurevich escribe dormida y despierta, dentro de la fantasía, donde todo es lo que es y también lo contrario”.

Sus textos dramatúrgicos, aclara Agustina, “no responden técnicamente a las reglas de la escritura dramatúrgica”. Su propósito es abrirlos a la intuición y la imaginación de futuros creadores escénicos: “La intención es construir un mapa estelar, marítimo y terrestre de nuestra exploración, usando como medio la creación escénica. Lo dejo todo acá con la fantasía de que otras exploradoras lo encuentren y usen lo que les sirve para su propio viaje”.

Con su cascada poética en Can Serrat, vemos que Agustina comienza un nuevo viaje.


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