Alejandra Pizarnik: “Nada” (ficción)

La gran poeta argentina sólo tenía 18 años cuando escribió este cuento, entresacado de sus diarios.

Alejandra Pizarnik
La Zebra | # 69 | Septiembre 20, 2021

Recostada sobre tres almohadas rojas y verdes, calculaba la menor cantidad de probabilidades que tendría para poder evitar los arquetipos que acechan a todo ser humano. La radio se inclinaba gentilmente hacia su oreja izquierda enzarzándole en gemidos de Tristán e Isolda. Se preguntó adónde quería llegar. No lo sabía. Con la pluma en la mano se lanzaba en un paracaídas mental hacia las hojas blancas y vacías. Las posibilidades de lograr alguna grafía coherente eran infinitesimales, pero se dijo sonriendo que no le importaba. La soprano clamaba ¡Isoooolda! Desdibujó la palabra en su frente, mientras la voz enfilaba hacia una frase llena de erres que le herían las fibras auditivas. Parecían una rueda basta que aprisionara su sensibilidad. Un troquel platinado vertido en el escafandro inhallable pero necesario para encontrar el centro de su ser, el yo fugitivo.

De lejos, de muy lejos, venían los latidos de un perro. Se le ocurrió ubicar a ese perro en la cima de un planeta, Saturno, rodeado de los anillos de fuego (amarillo). Los aullidos se acercaban, lo que motivaba el alejamiento del planeta fantaseado. A medida que se acerca lo comúnmente llamado real, se aleja (o se expulsa) la fantasía. En verdad no sabía qué preferir: si lo real o lo irreal. En cualquiera de ambos, se hallaba triste. Dejó correr el hilo esperanzado de su imaginación, mientras suspiraba inquisitiva y semirresignada. Se preguntaba el valor de ese instante, de esa fotografía de su estar echada en la cama a las 14 h de un 24 de septiembre de 1955. Oh, apresar, agarrar infaliblemente el momento y encerrarlo, esconderlo, tocarlo, decirle ¡«eres mío»!

La visión de un ave grisácea contoneándose humanamente sobre una frente roja, despabiló su doliente deseo. El ave es mi alma. El ave no se siente fuerte, teme caerse, no puede echarse a volar. ¡Ayúdala! ¿Cómo? Y ¿por qué? Porque es tu ave. Elevó los ojos y sonrió al dibujo que, pegado en la pared, representaba lo que ella quería: el ave inaugurando el vuelo.

La soprano emitía gritos pseudosalvajes. La imaginó perdida en un laberinto asfixiante y sus gritos, llamadas de auxilio. Llegó el tenor. Sonrió. No. La mujer estaba a salvo. El laberinto solo estaba en su mente.

Varias horas más tarde, se encontró sentada en una silla. Encendió un cigarrillo, contemplando inerme el humo que huía de sus labios. El cuarto se hundía lentamente en una gris penumbra equilibrada por la luz breve del velador. Oía voces y sonidos. Niños que gritaban. Hombres que reían y ella, ¿qué hacía?, ¿dónde estaba? ¡Oh, sensación de vacío intrínsecamente amorfo!

¡Oh languidez de domingo primaveral! Recordó que era el primer domingo primaveral. ¿Me afecta este conocimiento? Sí. Un domingo de primavera era una abstracción equivalente a la nada vestida con flores angustiadas, perfumes dolorosos, sol malvado; todo ese conjunto de colores y perfumes que, durante los días de la semana, llegaban danzando románticamente a su percepción, sufrían una cruel metamorfosis. ¿Cómo y desde cuándo odiaba ese día? No lo sabía. Recordaba que Dios lo utilizó para descansar. Este dato arrastraba una arcaica cadena de gritos segmentados que la anulaban: Dios, domingo-descanso, seres adorando a Dios desde los orígenes, cavernas prehistóricas, devenir del tiempo, angustias al leer a Hegel, sensación de no ser más que un corpúsculo rebelde en el cosmos descomunal. ¡Domingo! Su habitación se había introducido en las penumbras mientras ella estuvo elucubrando su fobia dominical. Se irritó. Nunca podía palpar realmente el cambio de luces y sombras de los días. Era como contemplar un reloj para comprobar empíricamente la velocidad del tiempo. Y también como las forzosas vigilias a que se obligaba de noche, para recibir el sueño estando despierta y sentir personalmente qué era eso que llaman dormir. Suspiró impotente, ante la conciencia de no poder descifrar esos misterios cercados por tremendos límites. Viró su rostro hacia el descenso de la noche, sin inquirirse nada, sin averiguar lo que ocurría en su demoníaca alma. La imagen del hombre que imaginaba amar se adhirió a las cortinas de la ventana. La visión era cinematográfica. Los dibujos de la tela recordaban los frisos de Matisse tan frescos, tan fogosos, y en el centro el rostro tenso y vibrante de él, que se le venía encima como una mascarilla oriental antiquísima, plena de poderes mágicos y amenazas terribles; el rostro del hombre que creía amar, pleno de palidez estatuaria, de esa concentración de rectas que lo asemejaban más a un dibujo que a una estructura humana en relieve. Cerró los ojos fuertemente y cuando volvió a abrirlos, la ilusión inventada por ella había desaparecido.

La belleza estival de sus visiones la entretenían mientras fumaba en la soledad de su cuarto semioscuro. Bebió un poco de aire para musitar un poema que la atragantaba. Era «La rueda del hambriento» de César Vallejo. Su ser se revestía de lágrimas mientras recitaba a su amado poeta triste. Lo adoraba. Ni ella misma sabía cuán grande era su pasión por este hombre terrible y sufrido.

y ya no tengo nada
esto es horrendo

Los últimos versos se pegaban a sus labios, temerosos de salir al exterior, al aire indiferente del mundo. Los acarició emocionada. Los queridos versos se apretujaban en su alma y le rogaban amor, cuidado y, ¡sobre todo!, nada de contaminaciones viles. Sonrió largamente enternecida. Veía un camino terso y coloreado lleno de libros, de cuadros, de pentagramas con formas de alas de pájaros. Sintió que su cuerpo no era más que un servicio destinado a vestirla y a encenderle cigarrillos. Se tocó las manos. Pero no le importaban sino en la medida de su utilidad, en este caso, sostener la pluma. Absorbió la rigidez de la noche. ¡Qué solemne estaba! Sintió deseos de incendiar la ciudad, sólo por el placer de recitar a Vallejo en un fuego inmenso y decir entre las casas ardientes y los hombres asfixiados que éste es el fin de los que se creen eternos, de los que constituyen sus intereses esenciales a partir de las uñas pintadas y las plumas del sombrero; gritarles a todos los que ya no podrían oírle que la vida los expulsa por haberla degenerado, corrompido, que… Se detuvo ante la presencia del recuerdo de Nerón. Rio enfurecida. ¡Arquetipos! ¿No habría tomado ella, inconscientemente, la acción de Nerón para fundirse en su mito, para despersonalizarse e introducirse en otro, perdiendo de esta manera su fin primordial, crear? Su rostro esbozó un infantil gesto de malhumor. ¡Nerón! ¡Qué tontería! Sin embargo, algo se removía en ella, algo que moldeaba una llave para abrir algún negro trasfondo telúrico e introducirla en él, presa en las redes del monstruo más incógnito y terrible que haya existido nunca. Se asustó.

Luego un espacio vacío lleno de rostros y pantallas. Se vio transformada por un vaho celeste que acumulaba sus huesos en forma sorprendente. Estaba acostada y era muy tarde. Percibía un sonido flojo y agudo procedente de la bañera. La figura humana recibiendo con cara estúpida el agua bienhechora, el agua que lava, el agua que higieniza, el agua que remedia el sinfín de los daños cometidos por el no-agua, el agua del agua. ¡Qué falta haría un nuevo diluvio! ¡Un torrente que arrebatase las eternas cantinelas domésticas! ¡Y el eterno girar de las palabras muertas! ¡Y los rostros sorprendidos! ¿Y saben quién murió?… ¡Mmmmm! ¡No me digas! No. ¡No puede ser! Si justamente ayer… Estrechó su mirada en un lamentable gesto de olvido. ¡Oh, poseer una palanca mágica que impida escuchar esas voces, esas palabras! En el sueño de su noche, aspiraba con dificultad el aire con gusto a tabaco que la rodeaba. Venció su malestar prometiéndose pensar en un país lejano, en la luna, en el ensueño de los seres que amaba, seres inexistentes e irreales como ella misma. Soy un trozo de humo solidificado. Soy un residuo que alguien olvidó en el Olimpo. Se veía tan universal a fuerza de no verse. Un globo color verde la llenó de sueños rosados, pero su cuerpo no quería saber nada con la intangibilidad. Sus párpados caían, lentos y aburguesados.

Algo la despertó. Supo después que se había levantado y alguien (seguramente, su madre) la acarició al pasar diciéndole «buenos días». El espejo refulgía de ojos cansados y pelos revueltos Se rio divertida contando los ojos. Eran dos. ¡Eran sus ojos! Tocó su rostro proveniente de allá, de la región desconocida plena de sueños que ahora no recordaba. Intentó atraer alguna señal que le permitiese el acceso consciente a ese mundillo nocturno del que acababa de surgir tan pálida como un habitante imaginario de la luna, cansada como una guerrillera valerosa; aspiró fuertemente sintiendo que su cuerpo se llenaba de un olor vivificante, olor de las mañanas, olor de café y de sol. Poco a poco sus ojos se abrían hacia el extraño arco iris matinal. Sus ojos eran el verde que faltaba para completar el prisma cotidiano.

Rio al pensar que para eso estaba ella, para dar el tono necesario, para impedir la acumulación de colores inexactos. El sol se vio lanzado en un formidable cohete que realizó la trayectoria de la mañana a la noche en el tiempo que ella empleaba para bostezar. Se extrañó, por supuesto, al no ver el sol ni la luminosidad diurna. Se extrañó al encontrarse sentada frente a su mesa, a la luz artificial, al florero lleno de pinceles humedecidos. ¡Claro! Había estado pintando, dando formas a esos rostros que caminaban por su alma. Sus manos parecían sangrar, magníficas en sus manchas rojas. Sus manos estaban cansadas, muy cansadas. ¿Cuántas horas estuvo pintando? Cinco, seis. El día pronto finalizaría. Un día más. Como un soplo negro, sintió un dolor agudo que apuntaba hacia su corazón. Se sentía angustiada por su paseo. Había caminado erguida e incómoda en su traje demasiado elegante para su gusto, mirando rostros y casas.

La angustia siguió caminando, solitaria y desdeñosa. Se sintió liberada, pero una sensación sombría la despegaba del tiempo, algo nauseabundo y extraño lleno de olor a féretro y flores putrefactas. Abrió los labios recordando que hacía dos días que no pronunciaba una sola palabra. Oyó un chasquido como una queja endeble, que provenía de su boca hermetizada. Con gran esfuerzo y desesperanza dijo: «Es el fin».

Septiembre 24, 1954.