Trigueros de León: «Tres locos» (ficción)

Tres estampas memorables del poeta y articulista salvadoreño, que destacan por el vigor de sus descripciones.

Trigueros de León
Arte de Armando Solís
La Zebra | # 70 | Octubre 20, 2021

Toyano

Goya mismo no le habría pintado. Era un oscuro capricho: la cabeza salvaje, de Medusa; los ojos esmaltados de fatídico brillo; la boca dura, de piedra.

Nunca pronunció palabra. Veía como alguien que cayera, de pronto, sobre la tierra.

Lo cobijaba la sombra de las veraneras, en los parques, y eran cama blanda los gramales.

Pasaba horas enteras junto a las fuentes, viendo caer el agua o, en las noches serenas, miraba al cielo florecido de estrellas. Siempre sus ojos buscaban algo, algo que jamás dijo.

Toyano era el loco sombrío. La expresión grotesca, tenía un algo de Fauno y de Demonio. Entre los árboles espiaba a las muchachas con mirada de agudo pedernal.

Huían de él las colegialas y los pájaros.

Allá abajo, en la tierra que le dio abrigo, deben haberse desatado las serpientes de sus cabellos.

Sixto

Ríe y camina automáticamente. El sombrero es de paja. Lleva chaleco morado y un cristo de bronce en el pecho.

Decir Sixto es hacer llegar a nosotros una bandada de párvulos recuerdos: el colegio, los traviesos que le volcaban el carretón de basura, la mañana de sol.

Inofensivo, va Sixto por las calles, como un muñeco de cuerda.

La linda Elena

Como en la parábola de Guyau,[1] esta loca esperaba, cada mañana, a un novio imposible. No se adornaba la cabeza de azahares ni vestía traje nupcial; pero sí creía que llegaría Don Antonio, ser por ella idealizado.

Era buena la loca. Trabajadora como una hormiga. De la mañana a la noche iba por las calles vendiendo canastas y muñecas de trapo.

Reina de sus pobrezas, cargaba pesada corona. Las manos enjoyadas de baratijas y toda ella llena de cadenitas y medallas.

Caminaba así… En el bolsón mugriento asomaba el trozo de pan blando.

La seguía una perra. Fúlgida, con quien compartía la comida. Tecolotes de barro, a quienes daba soplo de vida en su locura, tenía en la pocilga, que era su vivienda.

Hablaba por teléfono desde los postes del alumbrado público, con el fantástico Don Antonio.

—¿Cuándo se casa, linda Elena?

—Ya va a venir Don Antonio. Así me dijo hoy que le hablé por teléfono y les va a quitar todas sus riquezas, que son mías.

La loca iba por las calles del pueblo arrastrando metales, hasta que un día, al fin, contrajo nupcias con la muerte.

Campanario (1941).


[1] La historia original de una loca que se sienta a esperar cada día a su prometido, tantas veces imitada, es del filósofo francés Jean-Marie Guyau (1854-1888), pero fue José Enrique Rodó (1871-1917) quien la usó como una parábola para hablar de la muerte de los ideales, en su clásico ensayo Ariel (1900).


RICARDO TRIGUEROS DE LEÓN (San Salvador, 1917-1965). Poeta y articulista. Recordado como el legendario editor de la Dirección de Publicaciones e Impresos de El Salvador, que lo convirtió en un agente literario al servicio de la proyección de las letras salvadoreñas en el exterior. Poeta modesto, reservó mucha de su inspiración a la construcción de delicados sonetos en Nardo y Estrella (1943) y en Presencia de la Rosa (1945). Excelente articulista literario, recopiló sus retratos y entrevistas de escritores en Perfil en el aire (1955), y sus prosas impresionistas y poéticas en Campanario (1941) y en Pueblo (1960).

Arte de Armando Solis: “Rostros en blanco y violeta” (1974).