Astrid Lindo Fuentes: «Todos los Ricardos» (memoria)

El escritor salvadoreño Ricardo Lindo (1947-2016) en los recuerdos de su hermana.

Astrid Lindo
La Zebra | # 70 | Octubre 23, 2021

Yo tenía seis años cuando mi hermano Ricardo se fue a vivir a España, de esos primeros años de mi vida puedo recordar a un Ricardo introvertido con el que no había muchas interacciones. En esos tiempos un viaje a Europa se hacía para no volver en muchos años, sobre todo cuando no se era millonario.

El Ricardo que vino después fue el de las cartas, en las que reflejaba todas las felicidadesy vicisitudes de un adolescente con un presupuesto ajustado, pero fuera de la vigilancia de sus padres.

Cuando tenía 11 años volví a conocer a Ricardo. Mi padre fue nombrado embajador de El Salvador en España y para entonces Ricardo vivía en Francia y llegaba de vacaciones a Madrid con cierta frecuencia. Este Ricardo de ahora era un aventurero que había conocido toda Europa pidiendo jalón, auto stop como lo llamaba entonces. Muchas veces cuando llegaba, iba con amigos igualmente aventureros, de diferentes nacionalidades europeas que también conocían mundo, un mundo que en algunos casos se expandía más allá del continente europeo y llegaba a lugares tan remotos física y culturalmente como Camboya. Era un mundo de pelos largos, de hippies y de personas que se salían de muchos esquemas a los que yo había estado acostumbrada, era un mundo fascinante al que yo no dejaba de ver con cierta envidia.

Ricardo se quedó varios años en Francia y en Suiza después de que regresamos de España, y volvió a aparecerse en el país a finales de los setenta. Yo ya era universitaria y el que regresaba distaba mucho de ser el que había dejado el país a principios de los sesenta y el que visitaba Madrid hacía no muchos años. El Ricardo que venía estaba atormentado por muchos monstruos que le perseguían con sus voces y sus sensaciones táctiles. El mundo de las alucinaciones se había apoderado de él, y solamente una hospitalización y algunos medicamentos lograron aplacar la ferocidad de esos monstruos.

Poco a poco fui descubriendo a diferentes Ricardos encerrados en la misma persona. A veces, para mi gusto y mi incomodidad se salía de muchos de los esquemas tradicionales, pero, por otro lado, a veces me resultaba muy encerrado en esquemas de los que yo ya había salido. El eterno conflicto entre hermana de excéntrico y de hermana menor.

Otra de las características de Ricardo era su eterno despiste. Por alguna razón, en sus últimos años, a mi padre no le gustaba que le celebraran, ni siquiera que le recordaran sus cumpleaños, sin embargo, por pura casualidad, el día de su cumpleaños comíamos juntos todos los que vivíamos aquí y hablaban por teléfono los que vivían afuera. Ese día —era uno de esos días, obviamente—, la comida era más rica de lo usual y poco a poco fueron llamando por teléfono Arturo, Irma y Héctor. Después de la última llamada Ricardo preguntó: “¿Y qué pasa hoy? ¿Por qué esta comida y las llamadas por teléfono?” Por supuesto a los demás, no nos quedó más que tirarnos la carcajada, incluyendo a mi papá.

Rompía tanto los esquemas que cuando llegó la guerra no asumió ningún bando político y se concentró en solidarizarse con el dolor de quienes sufrían, vinieran de donde vinieran. Más de alguno salvó literalmente su vida gracias a la solidaridad del artista que pasaba por despistado.

Había un Ricardo divertido, que sabía sacar la parte humorística hasta de lo más dramático, pero había al mismo tiempo un Ricardo dramático, que sabía encontrar el drama en lo cotidiano.

A veces Ricardo era susceptible, a veces de manera extrema, aun cuando la gente no sabía por qué se había molestado.

Había un Ricardo que tenía una gran conexión con los niños, muchos de los cuales disfrutaron de sus obras de teatro infantiles, de sus cuentos y de sus dibujos y muchos atesorarán esos cuentos escritos e ilustrados por él que recibían de regalo para las navidades. Su conexión con los niños era natural porque en muchos sentidos nunca dejó de ser niño. Cuando en el año 88, estando yo en Davis California, estaba comprando regalos para la familia, para enviarlos con una amiga que venía, alguien me preguntó que cuántos años tenía mi hermanito porque yo le estaba comprando un caleidoscopio. Les dije que era 11 años mayor que yo y que el caleidoscopio lo disfrutaría más que una loción o algo de ropa. También, como casi cualquier niño, protestaba cuando para su cumpleaños se le regalaba ropa en lugar de pinturas o papel para pintar.

Como eterno niño, a veces era egocéntrico, le costaba a veces ponerse en el lugar de los demás, y podría juzgar de manera muy dura las acciones de los demás, pero al mismo tiempo era muy generoso enseñando a otros su oficio de escritor, y, sobre todo, a amar la literatura.

Ricardo nunca fue bueno con los números, los trabajó lo suficiente como para sobrevivir las exigencias académicas del bachillerato y no sé si sus estudios en España o en Francia le demandaran algo de eso, pero con el manejo de cifras sus criterios llegaban a determinar las cantidades como mucho o poco, independientemente de lo que se tenía que hacer con esa cantidad. Por consiguiente, en el manejo de sus finanzas, si consideraba que tenía mucho, gastaba y si tenía poco se restringía. Normalmente esos gastos, además de la sobrevivencia tenían que ver con la solidaridad y o generosidad hacia otras personas. Si había mucho invitaba, pagaba cuentas de otros y si no alcanzaba, se amparaba en quienes podían apoyar. Ese fue su sentido del dinero.

A principios de los noventa había llegado al país un amigo con el que compartió apartamento en sus tiempos de París, Rafael iba acompañado de su amiga Carmen, quien también había coincidido con ellos en Francia, y de su hermano Carlos, también viejo amigo dada la amistad de nuestros padres. Carlos había regresado no hacía mucho de Canadá, donde había vivido por un par de años, después de muchos años en México. Esa noche, Ricardo se quedó platicando con Rafael y con Carmen y yo con Carlos.

Las visitas de Carlos llegaron a ser más frecuentes, y pronto dejaron de ser para Ricardo y empezaron a ser para mí, sin embargo, ni Ricardo ni yo nos terminábamos de aclarar. Ahora, Carlos y yo llevamos 22 años de casados.

Finalmente podría decir que Ricardo fue un ángel protector para muchos que estuvieron cerca de meterse en líos y a los que protegió o les ayudó a encontrar un camino menos riesgoso en su vida. No todas esas personas supieron valorar ese papel que él jugó en sus vidas. Pero al mismo tiempo, Ricardo tuvo muchos ángeles en su vida, sin los cuales pudo haberse metido en líos muy grandes, algunos valorados por él, otros menos.

De los ángeles que tuvo, uno de ellos fue mi madre, sin cuyo amor y apoyo difícilmente habría llegado donde llegó. Cuando mi madre cayó enferma y necesitó más de protección y apoyo de los demás, fue mi tía Margoth quien cumplió su papel de apoyo hacia él. Al final de su vida, cuando ambas señoras habían partido, Ricardo mantenía largas conversaciones con mi abuelita María, nuestra abuela materna, a través de un retrato de ella que mantenía en su casa. Estoy segura de que estas tres señoras fueron quienes le ayudaron a cruzar sin miedo ese túnel que lo llevaría a nuevas dimensiones de su existencia.

Cuando alguno tenga que cruzar ese túnel, por favor no busquen que Ricardo sea el guía, porque no creo que a estas alturas haya superado su despiste.

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ASTRID LINDO FUENTES. Nació en Santiago de Chile cuando su padre, el escritor Hugo Lindo, era embajador allá. Es psicóloga, con una maestría en Educación. Actualmente trabaja en la UES.