Jorge Ávalos: «Lolita en el cielo de la memoria» (ensayo)

Una nueva apreciación de la novela de Vladimir Nabokov, una de las más controversiales de la historia.

Jorge Ávalos
Ilustración de Vladimir Nabokov
La Zebra | # 70 | Octubre 28, 2021

En los últimos años han aparecido un sinnúmero de ataques renovados y descalificaciones o, al contrario, defensas apasionadas de Lolita, una novela tan afamada como infamada. Llegué a la obra de su autor, Vladimir Nabokov por casualidad, en mi adolescencia, cuando mis lecturas todavía se limitaban a los clásicos. Un día, mientras leía Las almas muertas, presté en la librería pública de Burlingame, California, un estudio sobre la vida y obra de su autor, Nikolai Gogol, escrito por Nabokov (1899-1977). Nunca imaginé que un ensayo literario me iluminaría tanto como me haría reír (uno de los capítulos se titula “Juventud y muerte”). A partir de entonces leí todos los libros sobre literatura escritos por Nabokov, y nunca dejó de sorprenderme.

Un ejemplo. Como entomólogo, Nabokov asegura que la descripción que hace Franz Kafka de la criatura monstruosa en La metamorfosis sugiere que Gregor Samsa se convierte en un escarabajo, no en una cucaracha como muchos suponen. Esta distinción es iluminadora, pues agudiza y define mejor el poder simbólico de su transformación.

La obra de Nabokov, tan multiforme, tan fascinante por las configuraciones inusuales que adopta y por la mutabilidad de su lenguaje —siempre astuto e irónico, siempre brillante—, es adictiva. Agradezco, por lo tanto, que no llegué a su universo literario por medio de Lolita. Al contrario, esta fue la última de sus novelas que leí. No por prejuicio, sino porque no parecía ser tan interesante como, por ejemplo, Pálido fuego, que se presenta como un tratado académico sobre un poema excéntrico de 999 versos. De alguna manera esta novela trata sobre un loco que se cree rey y otro, muy real, que cree que su destino es matar a un rey, pero que, por accidente, mata al autor del poema, quien tiene el nombre improbable de John Shade. Ahora bien, ¿quién diablos quiere leer una novela sobre una niña frívola cuando puede leer esta deslumbrante maravilla?

Antes de continuar, otro ejemplo. En Poemas y problemas (1966), un libro que reúne 39 poemas escritos en ruso, 14 en inglés y 18 desafíos de ajedrez, Nabokov asevera que “los problemas de ajedrez exigen de su creador las mismas virtudes que caracterizan al mejor arte: originalidad, invención, concisión, armonía, complejidad y una espléndida falta de sinceridad”. Así que yo digo: ¡Dadme poemas y problemas cualquier día del año!

Leí Lolita, al fin, porque no tuve más remedio. Ya había leído todo lo demás de Nabokov. Me gustó, aunque no tanto como Pálido fuego o Habla, Memoria o los ensayos literarios. En su primera lectura, por su vitalidad lingüística, sólo la pude comparar con el Joyce de Finnegans Wake (así es, soy un monstruo, la leí en mi adolescencia). Al hacer esta comparación hay que hacer esta salvedad: Nabókov se deleita en el control de su lenguaje, Joyce desata un océano multiforme; pero en ambos el grado de vitalidad lingüística, de invención verbal, es equivalente. Sólo ahora, en una segunda lectura, descubro con turbación que Lolita contiene escenas que no recordaba en lo absoluto. Hay una descripción de los burdeles asquerosos en los que se trafica a niñas en los barrios marginales de Londres que me llenó de pavor. En efecto, Lolita nos presenta con el retrato implacable de un depredador sexual experimentado, pero no creo que la mirada de Nabokov sea depredadora al momento de representar al personaje que le da título a la novela.

Si la literatura sólo fuese un asunto de “contenidos”, y si sólo fuese viable un tipo correcto de contenidos, la novela como tal dejaría de existir. La literatura es siempre incorrecta porque es, o debería de ser, una indagación profunda de la condición humana: ¿Qué somos? ¿Quiénes somos? ¿Qué necesitamos para sobrevivir? ¿Qué tan lejos llegaremos para obtener lo que deseamos? ¿Cuáles son las consecuencias de nuestros actos? ¿Por qué sólo el amor nos puede salvar? ¿Y por qué el amor es incapaz de salvarnos? Y, al fin, ¿de qué estamos hechos, carne o deseo, razón o misterio, o de ambas dualidades, tan inseparables como contrapuestas?

Cuestionar al ser humano, es decir, observar nuestro comportamiento bajo una mirada descarada y representar nuestra naturaleza de manera tan exhaustiva, en la manera en que lo hace Lolita, es algo que para la sociedad será siempre inaceptable, porque significa romper el tejido de todas las normas. Eso es lo que sucede cuando se devela la intimidad de nuestras vidas y se exponen los procesos de nuestras mentes. Esto será siempre indecoroso, brutal y despiadado.

Si de verdad pudiésemos documentar todo lo que sucede en una mente y hacerlo público, sería un escándalo. Nadie le hace esto a nadie en la realidad sin afectar la psicología de la persona expuesta a los ojos de todos. La literatura, por lo tanto, es un espacio virtual, factible y privilegiado, siempre riesgoso y sólo aprobado por las sociedades que presumen de tener suficiente libertad para permitir, dentro del ámbito de la creatividad literaria, lo que de otra manera sería inaceptable.

Consideremos ahora que esto que la literatura hace tan bien con la sicología de las personas también lo puede hacer con el comportamiento de las sociedades, al exponer las trampas económicas del capitalismo, las falsas normas sociales de la burguesía, la impunidad política, la violencia estructural, el engaño propagandístico de los poderes de turno y la falsedad inherente de todos los dogmas. Las novelas no sólo revelan la vida interior de las personas, también nos muestran cómo éstas persiguen sus deseos y cómo se manifiestan en la realidad sus intenciones más secretas al actuar e interactuar en la sociedad.

La literatura tiene raíces en la antigüedad, pero eso que comprendemos como ficción, es un espacio democrático ganado poco a poco a lo largo de los siglos y que sólo ha conquistado con plenitud absoluta en el último siglo, con la educación universal y con la conquista de cada vez más libertades. Y sólo en una parte del mundo. En algunos países árabes la existencia misma de Jane Austen constituye una blasfemia.

La vasta libertad de la novela en occidente continúa siendo muy relativa en otras partes. En las primeras traducciones al ruso de las novelas de Gabriel García Márquez se censuraron los más explícitos pasajes sexuales por un anacrónico sentido de pudor. Y la China continental, que prohíbe la mayor parte de la literatura occidental, también censura esos mismos pasajes de contenido sexual, pero no por recato, sino porque en China la pornografía es prohibida por razones “demográficas”. La literatura erótica, suponen las autoridades, podría incitar a la reproducción descontrolada de la especie humana.

Lolita es controversial por los temas que trata, y debe serlo —ese es el punto de su historia—, pero también representa una ruptura literaria, tan actual ahora como lo fue en 1955, año de su publicación. Comparado a la elegancia estilística y al virtuosismo verbal de Nabokov, el Marqués de Sade no fue nada más que un aficionado a las letras. El ruso es el verdadero provocador.

Todo encaja en Lolita, pese a sus excesos. O, quizás, debido a ellos. El desborde de habilidades del autor comienza con su maestría inaudita de la lengua inglesa. Los retruécanos, las frases de doble sentido y las punzadas de ingenio se suceden, imparables, párrafo tras párrafo, página tras página, en un contexto que explota la noción del sofisticado pensamiento colonial de la vieja Europa ante la ingenuidad del idealismo democrático en el nuevo continente. El genio de Nabokov se expresa también en esta sagacidad política. En su novela, un pedófilo inglés se empeña en conquistar y explotar sexualmente a una adolescente americana. Al lograrlo, descubre que la ingenuidad de una niña no significa inocencia, y que la realidad pedestre de la naturaleza humana triunfará siempre sobre el ideal estético de los deseos.

La novela, escrita desde el delirante punto de vista del pedófilo no es erótica, y en ningún momento se pierde de vista la idea de que la pedofilia es un crimen. Para acercarse a Lolita, el perverso Humbert Humbert se casa con su madre. Cuando ésta descubre su plan en sus diarios y amenaza con denunciarlo a las autoridades, la persigue por las calles donde muere atropellada. Así, Humbert causa la muerte de su esposa y se libra de los riesgos que ella representaba, pero sin que nadie sospeche de él.

En calidad de padrastro, Humbert se convierte, legalmente y a los ojos de la sociedad, en el único protector de Lolita. El peligro se acrecienta y es inminente. Aunque Humbert —un narrador poco fiable—, crea que seduce a Lolita, esto no es lo que en verdad ocurre. Más bien la secuestra y establece con ella una relación exclusiva de prostitución. Lolita está consciente de que los favores sexuales que él demanda de ella son actos de violación, y por eso mismo tienen un valor económico bajo la figura del chantaje, porque son ilegales.

La mayor parte de la novela, un viaje por las autopistas y moteles de los Estados Unidos, es la narración del escape permanente de las autoridades por Humbert y su esclava, Lolita, y de cómo la pierde, gracias —sí, gracias— a la intervención oportuna de otro pedófilo. Hacia el final, Humbert apenas logra entender que una vez que Lolita aprende su juego, sólo usará sus mañas para lograr su libertad. Este es el verdadero argumento de la novela. No es una fantasía enfocada tras velos transparentes y la suave luz de la tarde sobre una niña seductora. No. Al final, bajo el embrujo de su narrador, Lolita nos devela un melodrama repugnante. La historia de fondo es de una crudeza digna de Jim Thompson, el autor de El asesino que llevo dentro.

De hecho, la ironía transversal de la novela radica en que Nabokov aborda el descaro de su personaje de la misma forma en que los autores de narrativa negra manejan el crimen y la evasión contada por un asesino sociópata, excepto que la manera tan hipócrita en que la sexualidad es tratada por la sociedad convierte las situaciones —que en una novela negra serían de un suspenso y un terror casi intolerables—, en ejemplos hilarantes, casi histéricos, de la comedia humana. Los dictados de la moral son expuestos como una farsa cuasi teatral en la que participan, con mucha diligencia, todos los actores sociales.

El triunfo del pedófilo en Lolita es posible porque su manejo de las apariencias encaja a la perfección con la manera en que la sociedad ha estructurado su régimen moral. Se trata de un sistema en el que las personas usan las máscaras de la conformidad para verse reflejadas en los espejos de lo socialmente esperado. Si consideramos nuestra realidad, el triunfo del sacerdote pederasta en el seno de la iglesia católica y de sus comunidades se debe a esta doble hipocresía, la del individuo y la de la sociedad, cada parte viéndose en la otra, que es su espejo. En este punto podría reemplazar la frase “régimen moral” por patriarcado, pero creo que es preferible hablar de una pulsión que refuerza al poder patriarcal al mismo tiempo que es robustecida por la hipocresía de los sistemas morales. Lolita sigue siendo vigente porque los aspectos más depredadores de la naturaleza humana siguen estando latentes.

Cuando Humbert es capturado al fin, esto no ocurre debido al descubrimiento de la explotación sexual y sistemática de su hijastra, aunque esto es lo que sale a la luz con lujo de detalles en su testimonio escrito (la novela en sí), sino por asesinar a otro pedófilo, Quilty, el hombre que destruye su ideal estético, un ideal que le había permitido justificarse a sí mismo y que una vez destruido le revela la falsedad de su paradigma. La ingenuidad americana, descubre el protagonista, era también una ilusión.

A diferencia de Humbert, Quilty es un pedófilo que no se resguarda tras la máscara de la respetabilidad y la elegancia, sino detrás de su poder económico. Esta ironía es lo que Stanley Kubrik apreció en la novela cuando la adaptó al cine: en lo que tiene de alegoría del colonialismo y de la brutalidad perversa del poder capitalista en el mundo postcolonial. (No exagero. He aquí la prueba: Quilty es el modelo exacto de lo que llegaría a ser el sórdido millonario Jeffrey Epstein en nuestro tiempo. Por sus vínculos con el poder político y las élites de la cultura, la historia de Epstein constituye una suma de las dos comedias negras de Kubrik: Dr. Strangelove y Lolita. Kubrik debió sospechar la existencia de una relación oculta entre estos dos ámbitos del abuso del poder masculino: la siguiente encarnación de una niña en una de sus películas es la francotiradora vietnamita cosechando víctimas entre un batallón de los Estados Unidos en Full Metal Jacket. Sólo a ella le otorga Kubrik una visión subjetiva.)

El encuentro final entre Humbert y Lolita le revela al primero que lo que él vio en ella nunca estuvo allí: su paradigma del deseo era una ilusión sostenida por su poder, y sólo mientras podía ejercer su rol autoritario de “padre”. No fue una ilusión la muerte de su esposa ni el abuso que ejerció sobre una niña ingenua. No fue una ilusión el hecho de que al imponerle a su hijastra la perversa imagen de su deseo y hacerla realidad haya servido para formar a la víctima perfecta de otros hombres como él. Al final de la novela, Lolita resulta ser sólo una niña, vulnerable e ingenua, incluso vulgar y con gustos simples como los suelen tener todos los adolescentes. Su tragedia última —la muerte durante su primer parto—, le impide realizarse en la ansiada normalidad de un hogar, para quedar atrapada en el ámbar de la historia de Humbert.

Nabokov era también un coleccionista y estudioso de mariposas, y Lolita refleja un tratamiento fastidioso, casi entomológico, de la pedofilia. Nabokov la disecciona con una frialdad científica y las referencias sociológicas, periodísticas y psicológicas que aparecen a lo largo del libro sobre este desorden siquiátrico es enciclopédico para su tiempo. Su novela, por lo tanto, soporta las más diversas lecturas y desde las más variadas disciplinas. Estoy seguro de que Lolita contiene una reconstrucción y una crítica del andamiaje patriarcal, pero un análisis reduccionista sería una trampa debido a su densidad semiótica. Sus múltiples estratos de significación producen algo así como una prueba de Rorschach: una mariposa de tinta que se presta a múltiples y contradictorias interpretaciones, sin excluir las proyecciones y miedos de sus lectores.

También, supongo, existe la lectura sin prejuicios de la novela y su efecto tan peculiar. Así la leí yo la primera vez y mi mente la clasificó otorgándole un lugar privilegiado, pero en un estante inusual. Yo creo que Lolita pertenece a la tradición de las más salvajes sátiras, y está en el nivel reservado a las mejores obras de Voltaire y Swift, pero dentro de una línea de realismo irónico, lúdico, a la manera de Sterne y Machado de Assis.

Sin duda, hay lectores que llegan a esta novela atraídos por las posibilidades eróticas del tema (un engaño del cine y el mercadeo, a mi manera de ver), pero el único rasgo de sensualidad en la novela está en su lenguaje. Quien llega a ella atraído por la idea de la niña seductora, la “ninfeta” —una palabra creada por Nabokov y revestida de una “espléndida falta de sinceridad”—, descubrirán su propia miseria y se quemarán las alas como una alevilla atraída por la llama de una vela, porque en la novela esta idea no se materializa jamás: es una ilusión creada por el personaje para justificar su perversión. Al convencerse de que la ninfeta sí existe, engañándose a sí mismo, el pedófilo inicia el escabroso camino de su autodestrucción.

En su ensayo “Sobre un libro titulado Lolita”, Nabokov asegura que la fuente de inspiración para el libro fue un artículo periodístico sobre un simio en un jardín botánico que, tras meses de enseñanza de un científico, produce el primer dibujo realizado por un animal. ¿Qué dibuja el simio? Los barrotes de su jaula.

Nabokov sabía que había escrito una obra provocadora, un artificio literario sin igual, y se deleitaba en los ataques, las descalificaciones e, incluso, las defensas de su obra basadas en argumentos morales. Yo sé que hay un cielo para los escritores. Se llama Memoria, y Nabokov está allí, riéndose todavía de quienes atacan, descalifican o defienden su obra. En ese cielo todavía está encendida la llama fulgurante de Lolita.

El infierno es el olvido.


JORGE ÁVALOS (1964). Escritor y fotógrafo salvadoreño, editor de la revista La Zebra. Como cuentista ha ganado los dos premios centroamericanos de literatura: el Rogelio Sinán de Panamá, por La ciudad del deseo (2004), y el Monteforte Toledo de Guatemala, por El secreto del ángel (2012). En 2009 recibió el Premio Ovación de Teatro por su obra La balada de Jimmy Rosa. En 2015 estrenó La canción de nuestros días, por la que Teatro Zebra recibió el Premio Ovación 2014. En El Salvador, en los certámenes de los Juegos Florales, ha ganado el premio nacional de ensayo 2020 por Las tres muertes de Alfredo Espino, el premio nacional de cuento 2021 por El espejo equivocado y el de teatro infantil 2021 por El niño que no se quería bañar.