Miguel Ángel Espino: “Farabundo Martí” (poesía)

Un texto inédito del novelista salvadoreño sobre el líder comunista durante los años de su persecución en El Salvador, en 1930.

Miguel Ángel Espino
La Zebra | # 71 | Noviembre 22, 2021

El siguiente texto apareció publicado en el periódico Patria, de San Salvador, el 5 de septiembre de 1930, en la página de portada y bajo el título periodístico: “Murió la madre de Martí”. En realidad, no es sobre la muerte de Socorro de Martí, sino sobre el dolor de su hijo, Agustín Farabundo Martí (1893-1932), quien alcanzó reconocimiento internacional como compañero de Augusto César Sandino (con quien aparece en la foto en México, en 1929) y, finalmente, como fundador del partido comunista. En 1932, Martí sería fusilado por su rol en un levantamiento campesino e indígena armado. Es un elogio al hombre, y nos fue difícil categorizar el texto, hasta que al fin nos decidimos por llamarlo poesía.

Nota del editor


En México acaba de fallecer, pobre, vieja, triste, la señora doña Socorro de Martí. Yo sé que murió suspirando por regresar a su patria. Varias veces solicitó repatriación, que le fue negada por razones de economía. Murió suspirando por su hijo, por Agustín Farabundo, ese salvadoreño que ha pagado tan caro el derecho de pensar alto. Al leer la noticia, sólo he pensado en la tormenta que borda reflexiones amargas en el corazón iluminado de ese indio de manos desesperadas.

No quiero hacer comentarios sobre la personalidad de este muchacho, hijo de la Universidad salvadoreña, fuerte y extraño, que ha ido por todas estas tierras escribiendo sus palabras solitarias.

Quiero recoger en esta visión el paso de la desgracia por su carne altanera, en donde ningún sacrificio ha labrado un desmayo. Quiero pensar en lo que él siente a esta hora, en lo que queda de sus luchas, de sus puñetazos, de sus anhelos redentores. Porque todos estos hombres de hierro vuelven a niños cuando los besa una tempestad de ese tamaño. Agustín Farabundo, perseguido, huraño, debe sentir ahora que sus manos rudas de sembrador no fueron capaces de levantar una casita para que escondiera en ella los suspiros y las canas, y las lágrimas de la viejecita aquella que bajo las balsameras de su pueblo apaciguó con canciones sus primeras rebeldías. Debe sentir que sus manos, entregadas a un ideal, heridas en la lucha, bellas en la batalla, no pudieron alcanzar un poquito de paz para endulzar los últimos años de ella.

Y toda su fiebre, todo su grito, todo su reto, debe estar de rodillas, recogiendo las lágrimas bravas.

¿Qué vale todo frente a este dolor? ¿Qué santidad es más grande que la santidad de arrullar a una viejecita blanca, sombra en los ojos, luna en el pelo, y una larga alegría en la boca marchita?

Allá, debe decir el perseguido, y entre sus dos manos de oso debe retorcer la espiga suave del amor. Y debe pasar por su corazón, lleno de nubes y arrebatos, la brisa perfumada de la paz.


MIGUEL ÁNGEL ESPINO (1902-1967). Escritor y abogado salvadoreño, perteneció a una familia de escritores, entre los que se cuenta el renombrado poeta costumbrista Alfredo Espino. Un derrame cerebral en 1951 puso fin a su ascendente carrera literaria. Destacó como narrador en Mitología de Cuscatlán (leyendas, 1919), Como cantan allá (relatos costumbristas, 1926) y Hombres contra la muerte (novela, 1942). También es autor de dos libros de poesía: La ciudad visionaria (poesía y prosa poética, inédito, con el cual ganó los Juegos Florales de San Salvador en 1936) y Trenes (poesía en prosa, 1940).