Alice Lardé: «Tríptico del trópico» (cuento)

Tres minificciones de principios del siglo XX, escritas por una una poeta salvadoreña.

Alice Lardé de Venturino
Arte de Pedro Ángel Espinoza
La Zebra | # 72 | Diciembre 16, 2021

Alice Lardé de Venturino (1895-1983) fue una poeta y articulista salvadoreños. No escribió más cuentos que los que aquí se presentan, un trío de minificciones, y que aparecen entre las prosas poéticas de su libro Sangre del trópico (Editorial Nascimento, Santiago, Chile, 1925). Aun así, es de destacar estas tempranas incursiones en el cuento costumbrista, que ya poseen algunos rasgos de estilo que también usaría Salarrué, unos cuantos años después, en sus Cuentos de barro (1932), tales como el tratamiento de los localismos como vocablos exóticos, remarcados en cursivas, la acción descrita a grandes rasgos y la resolución del cuento presentada por medio de una imagen.

Nota de Jorge Ávalos

La Josefa

Bajo los ardores del sol iba la zagalilla morena con su andar presuroso, camino del pueblo. Arreaba un borrico cargado de legumbres. A dos pasos de ella, haciéndole compañía, caminaba su padre: un indiote fornido y de mirada dura que sacudía, de vez en cuando y con violencia, su negro látigo sobre las ancas del borrico. Los dos iban silenciosos y pensativos. Desde la salida de su huerta no se habían cruzado una palabra.

Antes de subir la cuesta de piedras, a la entrada del pueblo, el padre interrumpió bruscamente el silencio, para increpar a su hija.

—Es la última vez que te lo digo, Josefa. No quiero que le volvás a habar a ese Manolo. La otra tarde te vide que ibas pa la quebrada, donde me ha dicho ña Tiburcia que te juntás con él. Si vuelvo a saber que le habís hablado, voy a teñir mi corvo con su sangre.

Y al decir esto, sin hacer caso de las protestas de su hija, dejó caer, junto con una maldición terrible, el más formidable latigazo al animal de carga que, asustado, subió la cuesta en rápida carrera…

Llena de indignación y coraje la zagala y, al mismo tiempo, sintiendo que entre sus venas ardía toda su sangre india, de regreso del pueblo habló a Manolo. Fue un convenio… una hora… y, a medianoche, cuando todos dormían, sucedió lo inevitable…

La Josefa, tomando una resolución, abrió decididamente la puerta de la cabaña y, con paso cauteloso, cruzó el cañal. Al otro lado de la quebrada se reunió con Manolo, que ya había preparado todo para la fuga.

Un beso vibrante estremeció al boscaje. Y pudo ver la luna, tras de un naranjo en flor, que, en medio de la noche y teñido del más sangriento rubí, se abría otro azahar…

¡Cuánto fulgor!

Al sentir que el sol rozaba su negra superficie, un charco de agua pútrida gritó, lleno de orgullo: “¡Cuánto fulgor despido esta mañana!”

La viejecita

Amaneció, y un rayo de sol se filtró por uno de los vidrios rotos de la ventana y llegó, con su larga caricia de luz, a despertar a la buena viejecita que dormía profundamente. Ella, al sentirle, abrió los ojos y, sonriéndole dulcemente, murmuró con ternura: “¡Voy!”

Ágil como una muchacha de quince años saltó del lecho, se puso su vestido de todos los días, se lavó la cara, se peinó y, después, se fue a la cocina y arregló los leños para encender el fuego.

Al sentir los pasos de la viejecita, un gato negro, que estaba echado sobre las cenizas, se despertó sobresaltado, arqueó el empeine y dando un salto de su improvisado lecho, se fue al corredor y salió al patio como un gran señor, a ver si el sol alumbraba como todos los días.

Bajo la hornilla los leños comenzaron a chispear alegremente, y una hermosa llama se levantó, haciendo hervir el agua que estaba dentro del jarro, y que serviría para preparar el chocolate.

En el corredor se escuchó el grito desaforado de una lora: “¡Pan para la lorita!” “¡Pan para la lorita!”

En el patio, el perro movía la cola con impaciencia, tratando de romper la cadena que lo tenía sujeto.

Al poco tiempo el desayuno estaba preparado. Y era de ver a doña Petronila sentarse a la mesa para tomarlo, rodeada de sus amigos, esto es: de su lora, de su perro y de su gato…