Salarrué: «El misterio de la Navidad» (ensayo)

Una interpretación simbólica de la Navidad por el famoso cuentista salvadoreño, desde la perspectiva de la teosofía, pero también de la alquimia.

Salarrué
Arte de Aída Salarrué
La Zebra | # 72 | Diciembre 18, 2021

Esta carta de Salarrué a Claudia Lars, editora de Cultura, se publicó en las páginas de esa revista en la edición Nº 30, San Salvador, octubre-diciembre, 1963, pp. 89-91.


Admirable y amada Claudia:

Pastora de bien cuidadas páginas, tu petición —que al principio me pareció tan fácil y sencilla— hoy me resulta muy difícil de satisfacer.

Tu revista amerita verdaderas obras de arte. No puedo —ni sé por qué— escribir algo como lo que tú esperas sobre la Navidad. Mi cuento de Navidad fue escrito hace algún tiempo. Puede encontrarse en mi libro Eso y más. Bien sabes que se titula “El niño diablo” y que gustó tanto a nuestro amado Jinarajadasa, que lo tradujo al inglés y lo publicó en la India.

No obstante, me puse —con la persistencia de una araña— a tender hilos de esperanza de un rincón a otro, en una claraboya de la mente, tratando de construir una irisada tela en forma de sol o de estrella. No pude coger más que descoloridas mariposillas y alguna chispeante gota de rocío o de lluvia, que miente un diamante. Ideas incongruentes, extrañas, vinieron aleteando, sin que con algunas de ellas o con todas juntas, lograra escribir algo verdaderamente inteligente.

He pensado mucho sobre la poca importancia que se ha concedido a la fiesta de Navidad, como significado de una verdad cosmogónica. He visto con claridad que la Virgen, de pura que es —como la estrella de Darío— también está desnuda. Me he dado cuenta de que brilla así… y se parece a Venus… ¿Si serán las dos, una y la misma?… Entonces viene a mi memoria aquella invocación de las letanías: ¡Stella matutina!… Y la veo como a la Noche, cubierta con un manto azul, estrellado, pero transparente, que la deja siempre desnuda. He contemplado al arcángel Gabriel como simbolizando el Alba, con la estrella de la mañana en la diestra de dedos temblorosos, anunciándole a la Noche el nacimiento del Sol… ¿No pareen los Reyes Magos los otros tres rumbos del Espacio, trayendo su oro, su mirra y su incienso?… ¿O serán ellos, viéndolo de otro modo, las tres razas raíces de la humanidad: la lémur, la atlántida y la aria —Melchor, Gaspar y Baltasar—?… ¿No es la virgen, además, la Rosa Mística? ¡Una rosa de galaxias en el infinito Espacio-Tiempo!…

Nuestra particular filosofía, amiga Claudia, nos habla de la Materia-Virgen; de la materia informe que gesta lentamente La Forma, es decir, El Hijo. Toda forma es el segundo aspecto de la Divinidad y, por lo tanto, es el Verbo, la palabra, la vibración o sonido creador… ¡Qué confuso es todo esto!, ¿verdad?… ¡Pero qué sugerente!…

No sé si recordarás unos versos de tu admirado Francis Thompson, que dicen:

All things by inmortal power
near or far,
hiddenly
to each other linked are,
that thou canst not stir a flower
without troubling a star.

Versos que llegué a traducir bastante bien —dicho sin modestia— como tú verás, respetando hasta la rima:

Toda cosa hecha en el mundo
por arte de la divina mano,
encierra un sentido profundo.
De una cadena misteriosa
es eslabón la cosa aquella…
No es posible cortar la rosa
sin el tormento de la estrella
.

Luego veo el Sol —unidad de toda forma en nuestro sistema planetario— llegar a la cruz del véspero, donde es clavado y se desangra. El sepulcro es el Nadir, y después viene la resurrección y el medio día…

No es tan extraño pensar que el pesebre —o el establo, si se prefiere— es el mundo donde se refugian y pastan todas las bestias, de los hombres para abajo… Sobre ese pesebre nació el Astro-Rey.

¿Y el Espíritu Santo?… ¿No concibió María por obra y gracia del Espíritu Santo?… Por obra y gracia de ella misma —digo yo reflexionando— puesto que el Espíritu Santo, siendo el tercer aspecto o la tercera persona de la Divinidad es, por fuerza, el Dios-Madre. ¡Dios Padre, Dios Hijo y Dios Madre!… Dios-Madre: lo que sabemos llamar nosotros —tú y yo— El Fuego Creador, el fuego por fricción, así como el Hijo es el fuego solar y el Padre el fuego eléctrico…

El Espíritu Santo —Dios Madre— es Arriba, lo que la Virgen María es Abajo. Por lo tanto, hay entre ellos sincronía inevitable.

Sabemos —tú y yo— que el Espíritu Santo se halla en el hombre en la base de la columna vertebral —el Kundalini de los orientales— y en medida que despierta y se eleva hasta el cráneo, el hombre se hace más inteligente, más humano, más espiritual, hasta llegar a la iluminación, a la santidad. Este fuego serpentino es, en cierto modo, la vitalidad, la Vida y el Espíritu Santo.

Pensando así, regreso a las letanías cristianas y oigo llamar a la Virgen: Turris Eburnea —Torre de Marfil— una bella forma de obligarnos a pensar en la columna vertebral…

No, amiga mía, renuncio al esfuerzo de escribir algo claro y conciso sobre el Misterio de la Navidad. Lo mejor que puedo hacer es ofrecerte estas reflexiones desmadejadas.

Tienes que saber comprender y dispensar. Otra vez, si la vida o la muerte lo permiten, diré lo que pides, lo que quieres escuchar y comprender.

Te besa la frente,

Salarrué


Ilustración de Aída Salarrué, San Salvador, diciembre de 1977.

SALARRUÉ (1899-1975). Seudónimo de Salvador Salazar Arrué, pintor y narrador salvadoreño, reconocido en vida por sus innovadores e influyentes cuentos costumbristas, en especial los reunidos en las colecciones Cuentos de barro (1932) y Cuentos de cipotes (1945), considerados clásicos. También exploró una veta de ficción fantástica al estilo de Lord Dunsany, en los libros O’Yarkandal (1929) y Remotando el Uluán (1932). Su novela breve El Cristo Negro (1927) es una obra maestra, una distinción que no alcanzó con sus otras tres novelas. En El Libro Desnudo y en Íngrimo (ambos publicados en 1969 como parte de su obra selecta), experimentó con una variedad de relato fantástico en el que se mezclan reflexión filosófica, surrealismo poético y un sofisticado humorismo lingüístico. Al margen del costumbrismo, escribió cuentos realistas y fantásticos que anticipan el realismo mágico, pero que no adquirieron mayor reconocimiento debido a que los publicó en colecciones misceláneas y desiguales que reunían relatos, ensayos y crónicas. Una muestra parcial de su poesía aparece en Mundo nomasito (1975). Su primer libro, El libro más bello del mundo (Cuentos de Nueva York), permanece inédito.