Alberto Masferrer: «En busca del epicentro» (humor)

El arte de salir corriendo en caso de un terremoto… (según el gran ensayista salvadoreño).

Alberto Masferrer
La Zebra | # 73 | Enero 18, 2022

I

Vamos en busca del epicentro. Tarea agradable, a lo que parece, pero no fácil.

Ahí tienen ustedes que todavía no estamos de acuerdo sobre cuál fue el epicentro de aquellos temblores del 7 de junio, hace apenas dos años, y ya nos vemos obligados a correr y husmear y bucear y hablar jerigonza, para llegar, si llegamos, a esta conclusión: “En nuestro concepto humilde podría sospecharse con algunas probabilidades de acierto, que el foco se halla, tal vez por ahí, debajo del suelo, a más o menos profundidad de la superficie, y a una distancia imprecisa, no demasiado lejos ni cerca en demasía, con intenciones más o menos aviesas, según lo manifestarán los sucesos que vengan; a menos que el tal foco se haya mudado de habitación y ya no esté ahí sino en otra parte”.

Confesemos que para llamarle a esto ciencia, se necesita una gran dosis de humildad, y para correr desalados por esos cerros, con estos calores, en caballejos de alquiler y con las tortillas tan escasas, en busca de semejantes resultados científicos se necesita, de veras, amor a la ciencia. A una ciencia que, por supuesto, algún día lo será de cierto y merecerá llamarse así; pero que, entre tanto, es un rompecabezas que nos está quitando a los profanos el poco juicio que nos dejaron los terremotos de hace dos años y los de hace diez días.

Naturalmente, no censuramos a los tres o cuatro hombres sinceramente estudiosos que se vienen consagrando a sismologizar en tan difíciles condiciones. Al contrario, los admiramos y aun les envidiamos: se necesita corazón, entendimiento, desinterés, fortaleza moral y física para entregarse a investigaciones que no pueden hacerse en el escritorio, con la taza de café a un lado y la cigarrera del otro lado, sino entre peligros y fatigas e incomodidades de todo género. Y, todavía más: se necesita paciencia de santo para confiar los escasos resultados de esas fatigas y peligros a un público que, o casi no sabe leer, o lee con arrebato, sin comprender apenas los términos y entiende las cosas a la diabla, cogiéndolas siempre al revés, mirándolas por su aspecto desfavorable o simplemente censurándolas, por habito, sin haberlas siquiera leído.

Antojásemos que nuestros jóvenes sismólogos son, pues, casi unos héroes, dignos de respeto, admiración y ayuda, y la única tacha que ponemos a sus esforzadas labores es… que nos están causando bastante daño actual a cambio del grande y seguro provecho venidero que nos traerán sus investigaciones, cuando, al andar de los años, hayan visto y revisto, compilado y comparado, examinado y vuelto a examinar, refutado o confirmado, rectificado o ratificado, repetido y vuelto a repetir la observación, una, diez, cien y mil veces, hasta que los fenómenos se vean obligados a entrar en el molde sereno de las series, y éstas se armonicen y unifiquen hasta cristalizarse en leyes.

Tal manera de trabajar —digámoslo de una vez: único método que conviene al trabajo científico—, tal sistema de trabajar, reposado, asiduo, sereno, vigilante, paciente y minucioso, no sólo no puede encontrar una atmósfera conveniente en la prensa diaria, sino que son, precisamente, los diarios su peor enemigo. Los diarios, leídos de carrera, escritos de carrera, comentados de carrera, no son, absolutamente, el campo de acción para hombres que necesitan tratar sus cosas con entera serenidad: discutir fríamente, imparcialmente, acuciosamente; examinando todos los matices de las palabras v de las ideas, todas las circunstancias de cada hecho, todas las variantes de cada fenómeno.

Positivamente, los diarios no son campo adecuado para los trabajos científicos.

Si todavía se tratara de cosas ante las cuales los lectores pudiéramos permanecer tranquilos, no sería tan malo: por ejemplo, poco daño habría en que nuestros astrónomos discutieran en la prensa diaria sobre los anillos de Saturno, o sobre el espacio de cuatro dimensiones. Seguirán la discusión únicamente los iniciados, y la gran masa de lectores pasaría sobre ella, indiferente o simplemente curiosa, entendiendo mal, adquiriendo retazos de nociones, que, por ser retazos, aumentaría un tanto su pedantería.

Pero en el caso actual, casi no hay un solo lector que no esté agitado por la tristeza, por el miedo, por la zozobra, por la ruina: unos quedaron sin trabajo, otros sin bienes, otros sin hogar, otros sin padres o sin hijos, otros inválidos, otros afligidos en infinita forma. La psicología de todas estas gentes es de dolor, de inquietud, de temor, de pesimismo, en fin. Si pudiera mostrárseles algo cierto, seguro, evidente, algo, en fin, que fuera verdad, eso les confortaría o por lo menos, les llevaría al campo de la certidumbre, que siempre vale más que el de la oscuridad y de la duda. Dígasenos, por ejemplo: demuéstresenos que dentro de ocho días nos vamos a hundir, o que mañana, mañana no más, volaremos por el aire o pereceremos asfixiados, y por tremenda que sea la noticia, nos servirá siquiera para arreglar nuestras cuentas con Dios, que no es poco arreglar.

Pero todo ese hablar incierto, contradictorio, arrebatado, impreciso, nervioso, a un público trastornado por el miedo y por la tristeza, no sirve sino para aumentar nuestros males, para rematar nuestro desorden moral, y llevarnos el poco dominio de nosotros mismos que todavía nos queda.

IV

Ocasión es esta de que digamos que vive en San Salvador mucha gente, pero mucha, que nunca debió vivir aquí: que nunca hubiera venido acá si estadistas entendidos y serios hubieran, a tiempo, emprendido el trabajo de evitar la despoblación de los campos. Este mal grandísimo, fecundo en toda clase de calamidades, que se llama despoblación rural y que produce inmediatamente la saturación urbana, la superpoblación de las ciudades, aqueja gravemente a nuestro país, según puede verlo todo el que quiera observar las cosas atentamente.

En 1879, San Salvador tenía 25,000 habitantes; hoy, a los cuarenta años justos alcanza a 100,000 por lo menos. La población se ha cuadruplicado y a primera vista, el hecho es muy satisfactorio.

Pero averigüe usted: ¿De dónde provino la mayor parte de la población nueva? No fue del aumento de natalidad de los aborígenes, de los oriundos capitalinos, porque San Salvador carece —y antes era peor— de régimen sanitario y condiciones físicas, morales y mentales para dar origen y sostener ese aumento de natalidad. Una ciudad que en cuarenta años ha sufrido cinco terremotos, dos o tres epidemias de fiebre y de influenza, y una de viruela, una batalla en sus calles, varias veces el estado de sitio, luchas electorales mortíferas, rencillas políticas que duran años, incendio de sus mejores ejercicios públicos, escasez de agua, zancudos a pasto, caballerizas y jabonerías, paludismo constante, falta casi absoluta de baños públicos tolerables y un sistema de barrido que casi se limita a cambiar las basuras de un lado a otro de la calle; una ciudad, así decimos —aunque día por día ha ido mejorando— no ofrece ni remotamente las condiciones necesarias para originar y sostener un aumento considerable de natalidad.

No; lo que ha pasado es otra cosa: es que se han venido a centenares, a millares, los campesinos de Chalatenango, de Usulután, de Morazán, de La Unión, de todos los departamentos; las familias pobres de una infinidad de poblaciones pequeñas y medianas, que perdieron allá su modesto pasar, su manera humilde pero suficiente de ganarse la vida, y han invadido la capital en busca de lances de fortuna o de míseros expedientes que les permite vegetar mientras les llega el día de acabar sus días.

Aquí están viviendo de empleíllos innecesarios, creados caritativamente para ellos; de vender billetes de la lotería, de lustrar zapatos, de enseñar lo que no saben, de agentes electorales, de vender novelillas tontas e indecentes; de la proxenecia, de pequeños oficios de tan escaso lucro, que no les da sino para vivir en cuchitriles y nutrirse de queso podrido; clientela perenne de mesones y de montepíos, que viven sin vivir, hambreando, mendigando, corrompiéndose y corrompiendo.

A cuántas, ¡ay!, a cuántas de esas gentes conocimos, en nuestra niñez allá en sus aldeas, sencillas, sanas, alegres con su pobreza y su trabajo…

¿Pero dónde nos ha traído la pluma? ¿No era de los epicentros de lo que estamos tratando? Justamente, pero es que los epicentros, las causas de los estragos, de los terremotos; aquellas por lo menos, sobre las cuales podemos influir; aquellas que nos es dable únicamente modificar en favor nuestro, no se hallan debajo de la tierra, sino encima: en nosotros, en nuestra manera de vivir; en nuestro régimen social, político e individual; en nuestro concepto de la vida; en la manera que tenemos de realizar ese concepto.

V

¿Llegó uno a Liverpool, a San José de Costa Rica?

Guarda el revólver, para que no se lo quite la policía.

¿Regresó a San Salvador?

Saca los revólveres y se mete uno en cada bolsillo, para que no digan que uno es miedoso y para que la sociedad elegante no le cierre las puertas. En lo moral y en lo físico nuestra inclinación, nuestro interés, nos lleva a ponernos de acuerdo con el medio. En lo moral se paga la falta de adaptación con grandes disgustos, con enojos constantes, y a veces con la vida; en lo físico se paga con la pérdida de la salud: hartas veces con la pérdida de la vida.

“Herrar o quitar el banco”, dice el proverbio: adaptarse al medio, o irse del país o irse de este mundo.

VI

Con seguridad a nadie le ocurrió jamás la idea, menos la obligación de escribir sobre un tema cual este que me toca desarrollar: el arte de salir corriendo. Se necesitaba ser muy miedoso y además un tanto loco, para imaginarse que, en el acto instintivo, y no muy elegante, de echarse a correr, podía esconderse una filosofía, una norma de conducta y hasta una virtud.

Así es, sin embargo, y hasta se me antoja que, al andar de los tiempos, este descubrimiento mío, que yo aplico únicamente a la defensa contra los terremotos, se hallará ser una verdad fecunda, trascendental, capaz de aplicaciones infinitas; una levadura que dará sabor y contextura nuevos a la moral y a la ciencia, al trabajo y a la política.

Como todas las grandes invenciones, que acaban por atribuírsele a un descubridor único, ésta contó con numerosos precursores: el instinto de las multitudes había presentido la grande eficacia de la fuga y habían expresado su presentimiento en diversos refranes, de los cuales estos dos son gráficos: “ojos que no ven, corazón que no siente”, medicina para todos los males del sentimiento; y “poner tierra de por medio”, infalible contra una infinidad de dolencias, especialmente las de carácter financiero, en su forma aguda. Entre los grandes políticos de la Historia, hubo quienes, como Enrique IV, debieron la mayor parte de sus éxitos al talento de huir a tiempo y, en estos días, los Imperios Centrales acaban de mostrarnos cómo una derrota definitiva y total se puede convertir en una semivictoria, en una paz bastante aceptable, con sólo tener miedo en el instante preciso.

Quede, pues, sentado que en la frase “tomar las de Villadiego”, entendida generalmente como despreciativa, puede esconderse, y se esconde, una profunda Filosofía, una regla de prudencia, una seguridad de éxito.

La religión, en fin, nos enseña que el principio y el resumen de toda sabiduría se hallan en el temor de Dios. Delante de Dios, nada de bravatas, ni de argumentos, ni de citas científicas, ni de sismología; si Dios se nos muestra irritado y nos patentiza su cólera en forma de terremoto a causa de nuestra sempiterna bellaquería, lo prudente, lo cristiano, lo provechoso, no será quedarse ahí esperanzados en el sismógrafo, mientras la casa se derrumba y nos mata, sino echar a correr a toda vela, con todas nuestras piernas, arrojando de nosotros durante la carrera la costumbre de escribir mentiras, de hacer pan de bicarbonato, de sacar aguardiente, de vivir del póker y del cuchumbo; de no remunerar debidamente el trabajo de nadie, así nos maten; de no difamar a los mismos a quienes diariamente les pedimos favores; de no confundir la patria con nuestro depósito en el Banco; de, de, de, de, de…

Pero señor —contesta usted— ¿y los mañosos? Si dejo las puertas de par en par, ¿no se van a meter los mañosos?

La objeción es seria y merece capítulo aparte.

VII

La dificultad, pues, consiste en los mañosos. Si no fuera el miedo a los mañosos, no habría inconveniente en dormir con las puertas abiertas.

Pero, ¿hay mañosos en San Salvador? Si se les pregunta a nuestros detectives, dirán que sí, que hay muchos y muy atrevidos. Si se toman en serio los relatos bombásticos e interminables de algunos diarios, llegará uno a creer que esta ciudad es una ciudad de ladrones, donde si no nos quitan cada noche la sobrefunda de la almohada y la camisa de dormir, es únicamente porque nos guarda una policía más lista que un regimiento de Rocamboles.

Sin embargo, hay motivos para dudar que así sea. Cuando el terremoto de junio, hace dos años, muchas casas aportilladas gravemente, quedaron solas, una, dos, tres semanas; sin vigilancia de ningún género; con las sillas, mesas, lavatorios y otros muebles portátiles tirados en los patios; con los tapiales enteramente derruidos, de tal manera que no había si no que alargar la mano para llevarse algo. Sin embargo, nadie se llevó nada. Por darnos facha, corría la voz de que el Gobierno, para hacer respetar la propiedad había fusilado a una infinidad de ladrones; y la decepción fue grande en los pueblos cuando gentes bien informadas que llegaban de San Salvador, aseguraron que no se había podido comprobar un sólo caso de fusilamiento y que los mañosos no se habían dignado dar a la policía ni la ocasión de estirar las piernas en una carrera de velocidad.

Quien haya visto como guardan las gentes en Italia y en Chile sus casas y sus cosas, lo mismo que en otros muchos países de Europa y de América, se reirá al recordar que se habla tanto de ladrones en una ciudad como esta, donde los patios, en cantidad tan grande, se hallan circundados y defendidos por acapetates, costales viejos, vara de tana brava ya decrepitas, pedazos de latón oxidado y otras defensas similares, tan inexpugnables como esas. Lo único que podría infundir algún respeto son los chuchos; pero como en vez de uno, fuerte y bien cuidado, tienen en una casa diez y siete descriados y convalecientes, resulta que no se les alcanza a oír los ladridos, y que los mañosos, provistos de sendos semitones, en un instante podrían atraerles a todos a su partido.

No; eso de mañosos en San Salvador son meras imaginaciones. ¿Para qué habría de robar, exponiéndose a ir a la cárcel, lo que amigablemente se puede obtener, y se obtiene, con sólo pedirlo en las calles, en los parques y en los teatros, a toda hora?

Mendigos y pedigüeños, si, a nubadas; ladrones, no. Naturalmente, allá muy de tarde en tarde, se presenta algún caso, para que no se oxide la Sección de Pesquisas, y para sacar de apuros a los diaristas, agotados de tanto pensar y discurrir; pero, justamente, esos rarísimos ejemplos confirman la incapacidad del salvadoreño para el robo. Es una inhabilidad tan grande, que no sólo no logran nunca quedarse con lo hurtado, sino que ni siquiera lo ocultan y defienden lo bastante para que se luzcan los detectives.

Así es la mañosería en San Salvador; a menos que no haya sido el joven primogénito, que se sacó los argollones de oro de mamá, o la gargantilla de coral de la tía Dominga, para venderlos y llevar con el precio una hora de marimba a Juanita.

Esto en cuanto a la supuesta abundancia de los mañosos y a su habilidad pasmosa. Ahora, en cuanto a la posibilidad de ser robado, haremos otra clase de consideraciones. Luis Lagos, de grata memoria, nos enseno y demostró en Santiago de Chile, en la Calle Nueva Valdez, donde él fundó y dirigía una casa de pensionistas, esta doctrina que yo profeso desde entonces. “Un ladrón que merezca el nombre de tal, jamás se meterá en una casa en donde no haya nada que robar, ni se robará nada que no pueda serle útil”.

Ahora bien, dos tercios de las casas de San Salvador, se hallan en ese caso: no hay en ellas nada que robar, nada que pueda servir de tentación a un ladrón que se estime.

Del otro tercio, la mitad son las mansiones de don Ricardo, de don David, de don Emeterio, de don Salvador, de don Ramón y otros demócratas que tienen su dinero en el Banco y no en casa. Lo que tienen en casa es un par de mastines, grandes como toros, capaces de hacer polvo a un mañoso de cada mordisco; además, el teléfono, para llamar inmediatamente al Jefe Blanco, y dos pistolas automáticas de esas de cinco tiros por segundo, para entretener a los mañosos mientras llega el apreciable Jefe.

La otra mitad se compone de los ciudadanos que guardan en casa, a más de sus interesantes personas, un lazo de mecapalero, o una sartén de freír nuégados, o una batea de lavar, o un violín de aplanchadora y, muy raramente, alguna boleta del montepío, valor de un rebozo o unos zapatos. Suma, veintidós reales, sin contar la persona.

Los mañosos conocen bien la situación financiera de estas dos categorías de ciudadanos, y se dicen muy justamente: “A casa de los primeros no nos conviene entrar, porque hay demasiado; a casa de los segundos, tampoco, porque no hay nada”.

Así, no les queda otro campo de acción que las casas de que hablamos primero; de los dos tercios de familias que, en realidad, no tienen nada que merezca robarse; pero en las cuales hay una infinidad de cosas, de todas edades y estilos, que sus dueños llaman sus bienes, que estiman y guardan más que a las niñas de los ojos.

VIII

Chunche, chinche. La palabra misma es repulsiva y talpetatosa, y una señora como usted, que sin duda es joven, elegante y bonita, no debiera ponerse a riesgo de que sus labios pronunciaran tan vulgar y roñoso vocablo.

La palabreja esa, lo mismo que la cosa, han nacido, aunque de ello usted no se haya percatado, del egoísmo y de las mezquindades más acendradas que cabe imaginarnos.

Señora, lo he reflexionado mejor, y… francamente… no se puede.

No se puede, y le voy a decir por qué: la serenidad del ánimo, esa que demuestran los niños cuando encuentran motivos de juego en los terremotos, y las calandrias, inermes y mínimas, que sueltan el canto apenas entre asoma la Aurora, sin detenerse un instante a pensar en las infinitas fuerzas hostiles de la Naturaleza: la serenidad del ánimo es no sólo una virtud suprema, sino la flor de las virtudes conjuntas. “No se pueden contar —decía Nietzsche— las virtudes que se necesitan para dormir bien”. Dormir bien, largamente, profundamente, serenamente, eso quiere decir que no tenemos envidia, ni rencor, ni despecho, ni avaricia, ni concupiscencia, ni odio, ni ambición, ni melancolía, ni pereza, ni gula, ni contaminación ninguna que nos ensombrezca el alma o nos oprima el corazón.

Para dormir tranquilamente, sin miedo a los mañosos, dejando las puertas abiertas, se necesita por lo menos alguna levadura de virtudes, y si usted tiembla por sus chunches, usted no puede tener esa levadura.

¿Guarda usted, y cuida y vigila y acrece su tesoro de chunches?

Pues acabará usted por amarlos, y su corazón estará en ellos, y no podrá dormir si cree que se los pueden robar. Y para que no se los roben, preferirá cerrar todas las puertas, y exponerse a que la maten los adobes.

Porque donde está tu tesoro, allí está también tu corazón.

1919