Rolando Medina López: «Spencer o la transustanciación de una princesa» (crítica de cine)

Una reflexión profunda sobre la nueva película de Pablo Larraín: una mirada íntima al mito en torno a Diana, la princesa traicionada.

Rolando Medina López
La Zebra | # 72 | Diciembre 18, 2021

🌟🌟🌟🌟 4/5 estrellas

“Los rituales son técnicas simbólicas de instalación en un hogar.”
Byun-Chul Han, La desaparición de los rituales.

Fábula evanescente y arcana. Así se nos advierte desde antes que aparezca el primer fotograma. Una fábula a partir de una tragedia real. Solo bajo esa premisa entonces se nos concede el permiso para acompañar por ciento diecisiete minutos a uno de los personajes del último cuarto del Siglo XX más perseguidos por la fama, el destino y el público.

Hablamos de un viaje al interior de las tierras yermas de la psique y a las sombras escondidas del corazón de una mujer; de cuando perdida en las estepas más oscuras de su alma este personaje dibujado en el guión preciso e hilvanado de Steven Knight, busca alguna luz al final del túnel —tenue, aunque fuera— en un espantapájaros vestido con un viejo abrigo de papá solo para terminar encontrándola en el fantasma de Ana Bolena. De muchas batallas campales, pequeñas e intensas, casi todas perdidas menos una, es que trata Spencer, cinta de 2021 del chileno Pablo Larraín. Pero, por sobre todo, esta es una película de rituales, símbolos y la eventual transustanciación de una princesa; la de la princesa Diana de Gales.

Parte viaje onírico, parte pesadilla (mucho de ello, a decir verdad), parte cuento de hadas, varias pizcas de visita al diván del siquiatra con otro tanto de especulación, este drama sicológico define sin ambages visuales y apoyado en la música barroca y atmosférica del Radiohead Jonny Greenwood, lo opresivo de su narrativa; lo marcial de su historia.

Vehículos militares irrumpen la calma de la campiña y la tarde de Nochebuena de 1991. Una princesa está perdida en las cercanías en terrenos tan familiares para ella como su propia infancia; que añora, que le consuelan. En las afueras de Sandringham House, la propiedad en Norfolk donde la familia real británica se reunirá para buscar paz en el matrimonio de Carlos y Diana durante las navidades, dos columnas castrenses, pulcras y ordenadas pasan de largo una de otra sin cruzar miradas. La primera, sí, una columna de soldados que entregan en la cocina pertrechos de guerra. La segunda es una brigada de cocineros encargados de preparar tales pertrechos. Langostas, vinos, cebollas, tomates, alcachofas, frutos exóticos; toda variedad de viandas para una guerra que se librará los días de Navidad por un palacio, un trono, por un reino en contra una princesa bulímica. En la cocina, pende, espada de Damocles, un cartel que reza: “Mantenga los ruidos al mínimo. Ellos pueden escucharte.” Ellos, son toda la familia real en efecto; ciertamente escuchan. Todo. En especial el silencio de Diana.

A Pablo Larraín le conocí en un reportaje de CNN en español cuando promocionaba para el mercado internacional Tony Manero del 2008. Cómo no rendirme a la mordacidad urbana, social y cruda de Larraín si siendo yo fanático de Fiebre de Sábado por la Noche (1977) se colgaba del personaje inmortal de John Travolta. Curiosamente, a instancias de la ex primera dama Nancy Reagan, Lady Di pudo cumplir una de sus fantasías cuando a los veinticuatro años de edad bailó en los salones de la Casa Blanca con otro Tony Manero, el verdadero, una noche de 1985 al filo de las diez.

Larraín se cruzó de nuevo por mi radar con No (2013), recuento del plebiscito chileno de 1988 en contra de la reelección presidencial de Augusto Pinochet; de cuando la democracia contaba en nuestra Latinoamérica. Le seguí con cansina distancia en Neruda (2016) y luego su Jackie de 2016 me dejó esperando algo. A raíz de Spencer decidí revisitar con otra mirada a Larraín buscando quizás una trilogía inconexa. Encontré en “Tony Manero” y “Jackie” un tríptico casi crístico en donde el sacrificio es una vía; una expiación. Un preludio a la transustanciación por el celuloide.

Spencer es una suerte de anti-biografía de un director ahora en dominio de su oficio y la total puesta en escena. Maneja a un complicado personaje que, a partir de la imitación barata o la recreación a simple fuerza de guiños y muecas, peinados, vestidos y manierismos sin mayor sentido bien pudo irse de sus manos. No olvidemos la Diana de Naomi Watts. Ahí está. Inerte y olvidada. Por el contrario de la mano de Larraín, esta Diana termina siendo una serendipia de inspiración, emociones y transpiraciones.

A Diana, la princesa de Gales, la vimos nacer, crecer, reproducirse y morir frente a nuestros propios ojos durante diecisiete años en los cuales la indiscreción y la perversión de las cámaras y la nueva sociedad del voyerismo nos daban cuenta de cada gesto, momento y desaire de la pobre princesa. A Diana la Spencer poco o nada la llegamos a conocer. Esa es la que le interesa a Pablo Larraín. La pequeña traviesa que corre por campos y pasillos buscándose o huyendo; la encapsulada en una tímida e insegura joven y soñadora que prefería vestir cómodas zapatillas Nike. Era muy joven realmente cuando le pusieron en la cabeza el peso de una corona. Muñequita de ballet sin caja ni música, prisionera en monótona soledad palaciega. La Spencer con aspiraciones tan pequeñas como una tarde de comida chatarra junto a sus hijos sin ser perseguida. La Spencer que busca una bocanada de libertad para tener algo de vida a pesar de verse envuelta en un mundo de intrigas por una corona que ciñe las inmortales sienes de decadencias y opulencias. La que danza y deambula al filo del colapso. Esa es la que busca, encuentra y nos presenta Larraín y que una Kristen Stewart encarna sublime, espectral, perfecta y estremecedora desde el tuétano de sus entrañas; a la que se le escapa la vida.

Kristen Stewart y Sally Hawkins en una escena de la cinta de Pablo Larraín, «Spencer» (2001).

Spencer le pertenece toda a Kristen Stewart. Bueno, casi casi toda. Seamos justos y consagremos un párrafo al menos a tres intérpretes británicos de talla enorme. Seamos justos primero con la presencia imponente y flemática de Timothy Spall, el mayor Alistair Gregory, escudero y guardián del portal de este mundo de cortinas y discreción, quien debe a toda costa cuidar el buen nombre de la corona británica a pesar de los exabruptos de Diana. Luego con presencia y autoridad de un mentor dentro de los límites de su deber, tenemos en un papel menor a Sean Harris, Darren McGrady, el jefe de la cocina real encomendado a hacer que Diana engulla al menos una de las tantas comidas de esos tres días festivos. Y Sally Hawkings, Maggie; el amor ausente. La dama responsable que la princesa vista rigurosa los diferentes trajes elegidos como segunda piel para las festividades de pascua. Los tres conjuran en Diana la sobrevivencia, la cordura y el reencuentro. Evocan ellos a cada uno de esos personajes dickensianos de Un Cuento de Navidad: cierto pasado, un elusivo presente y casi un improbable futuro.

Stewart, joven actriz a la que la fama le llegó de mano de la serie vampiresca de Crepúsculo ha sabido trincarle mejores colmillos a retos dramáticos en películas como Personal Shopper de 2016. Ella misma protagonista de encontronazos con la fama, transpone la experiencia personal a este personaje caprichoso en la desdicha y frágil en su neurosis, a partir de emociones fragmentadas, fuente de los manierismos de Diana vistos en la despiadada prensa del corazón a través de los años. La voz queda, la esquiva mirada, los hombros derrotados. Para que esas emociones pudieran corporizarse en el celuloide, Larraín articula un mundo perfecto en tan solo tres escenarios: Sandringham House, la campiña circundante y la casa abandonada y derruida de la niñez de Diana.

Kristen Stewart en el rol de Diana, la princesa de Gales, en la cinta de Pablo Larraín, «Stewart» (2021).

Los rituales, un espectro, el folletín, el cuento de hadas, la pluma y el corazón

“Los ritos son en el tiempo lo que la morada es en el espacio” escribía Antoine de Saint-Exupéry en Ciudadela, su novela de 1948. Si estos, los ritos, construyen comunidad y son el espacio donde asentamos nuestra morada, a medida que avanza la historia entendemos la resistencia de Diana a dejarse domesticar por la corona; a pertenecer más a esa fría morada.

Spencer es una película de ritos y rituales. Como la puntualidad, de especial importancia para la corona donde nadie debe llegar después que la reina. Diana siempre llega tarde, Diana siempre está después que la reina, Diana siempre se hace esperar. Bien sea a Sandringham House, a la toma de la fotografía oficial de navidad o a cada comida.

Larraín construye alrededor del diseño de vestuario diferentes significados; recurre para ello a la multipremiada Jaqueline Durran (Darkest Hour, Orgullo y Prejuicio, Atonement y el vestido verde de Keira Knightly, Mujercitas, 1917, y The Batman) quien una vez más no ha escatimado ni arte ni imaginación, ni oficio. Evita el calco exacto de los trajes que todos conocemos por las fotografías famosas; prefiere con ayuda de la casa Chanel, reinterpretarlos a la luz de esta Diana de celuloide y su ánima fantasmagórica. Ya lo he dicho. Cada traje que ella viste, el que deja colgado en el perchero o hasta la desnudez rebelde que debe ser escondida, tras pesadas cortinas; cosidas y engrapadas en secretismo es un rito para ocultar a la Spencer de huesos y angustias. Cubrirla con una segunda piel; cualquiera. Menos mostrarle al mundo la piel de la auténtica Spencer. Al vestir el cuerpo, Larraín y Durran, desnudan al personaje. Ningún traje habla mejor que el vestido amarillo. Ese que al final tomará el lugar del abrigo del padre de Diana; el que cubrirá al solitario espantapájaros en la campiña de su infancia. Ese traje amarillo, mitad marino de la real armada británica, mitad pirata.

En cualquier parte del mundo abrir los regalos de navidad es un acto de sorpresa, magia, generosidad y alegría. En Sandringham House es un rito revelador, perturbador; casi divino.  

—¿Por qué nosotros abrimos los regalos un día antes que el resto de la gente? —pregunta el príncipe Guillermo a su madre en una de las íntimas veladas de las pocas que pueden compartir como si de una familia normal se tratase.

—…Porque el Padre Navidad permite que reinas y reyes los abran antes y así puedan recibir los mejores regalos —es la razón que Carlos siempre ha dado a sus hijos; siempre. Como si ellos, la familia real, en sí mismos fueran los mejores regalos que los dioses han prodigado al orbe. Porque de eso van las monarquías. De afirmar que su linaje es designado por Dios para representarle sobre la faz de la Tierra; que poseen pues un carácter divino sin cáliz ni sacrificio. Pero alguien siempre debe ser mártir; vivir el calvario.

Los hechos y lo biográfico son solo golpes de vela para este cuento. El cuento de hadas de Carlos y Diana que se ha enfriado como la mismísima Sandringham House en donde ni los mismísimos príncipes William y Harry son escuchados en sus quejas constantes de lo frío de la casa ni que se encienda la calefacción. Aunque les provoca dolores de cabeza, para la corona británica lo de Carlos con su amante Camilla Parker-Bowles para parafrasear a un infame pastor protestante de mi país cuando fue capturado maltratando a su amante en un auto motel, solo se trataba de una especie de “infidelidad responsable”. Un capricho pasional pasajero pensó la familia real. Lo responsable de la infidelidad de Carlos en el cuento de Larraín el regalo de navidad que ha dado a Diana. Un collar de perlas idéntico al que también le diera a Camilla para esas fechas.

La princesa se alimenta de lágrimas y perlas.

En Spencer cada comida es un ritual; cada plato una tortura. Un festín visual. Una exuberante planta carnívora que busca atraer a la mosca con fuentes de viandas brillantes, delicadas y exquisitas, meticulosamente preparadas, construidas y llevadas en ceremoniosa danza hasta la mesa. La mesa es el cadalso para esta princesa que no quiere comer, para la princesa que se resiste a caer ante la sedosidad de las sopas; a ser presa de la ternura de los faisanes cazados en la propiedad, en otro rito de muerte y hombría de la aristocracia.

Diana luchó parte de su vida contra la bulimia, la auto mutilación y los fantasmas de pensamientos suicidas. En Navidad el collar de perlas le asfixia la vida como nunca; las palabras se le ahogan en su propia garganta. La princesa desea romper ese collar que le ata a Carlos y a Camilla; Larraín le ayudará en una escena de febril delirio. Diana carga contra un collar que esa noche y en otro lugar Camilla también ha de llevar en su garganta. Caen las perlas a la sopa. La princesa por fin se alimenta. A cucharadas de onírico frenesí. De lágrimas de nácar; Afrodita que busca renacer.

La princesa Diana y sus hijos, escena de la cinta de Pablo Larraín, «Stewart» (2021).

La partitura barroca de Greenwood es de una profundidad emotiva y narrativa que se manifiesta de poco en poco.  Desde la “Llegada”, “Las perlas”, “Spencer” hasta su “Crucifix” la música interpretada por la Orquesta contemporánea de Londres donde destaca el clavicordio como voz suplicante, enerva con sus notas etéreas y estridentes. Caóticas y coloridas. Clásicas y retorcidas; el mismo término barroco deviene de “barrueco,” usado para describir a una perla deformada o a una joya falsa. Sí, Larraín construye esta historia a golpe de sincopas de oprobios y tradiciones donde la infidelidad del príncipe Carlos con Camilla es la piedra en las zapatillas de Diana; la diana en su corazón.

Spencer es también un ejercicio de cine de género en la tradición estética y narrativa de grandes clásicos como Rebecca (Alfred Hitchcock, 1940) o La Luz que Agoniza (Gaslight, 1944) de George Cukor, de quien Larraín presta la atmósfera opresiva y asfixiante —que al referirse a cualquier tipo de manipulación familiar llegaría a generalizarse bajo el término de gaslighting—  y la traslada al acoso que sufre Diana a fin que se arrodille y tome su lugar atrás de la soberana.

En Rebecca, su primera película estadounidense, Hitchcock, el rey del suspense, tomó los elementos románticos y góticos de la novela de Daphne du Maurier y a puro conjuro los hizo propios. Desarrolló la trama alrededor de una esposa desaparecida, del fantasmagórico y omnipresente retrato de ella en una casa de campiña cada vez más espectral; una segunda esposa, dócil, tímida, sumisa e insegura y una ama de llaves severa e intimidante. En definitiva, un maravilloso relato neogótico de terror en clave de suspenso conjurado en un romance propio de un fangoso cuento de hadas. Todo un clásico irrepetible

Larraín sublima todos esos elementos.

Primero elimina el romance de folletín; de esa antropofagia la prensa del corazón se ha saciado hasta el hartazgo. El fantasma de Ana Bolena perseguirá a Diana como si de Rebecca se tratara, pero será elemento de redención; y el omnipresente cuadro de “Rebecca,” en la obra de Larraín se corporizará como el retrato del obeso y siniestro Enrique VIII, ese rey que mandó a decapitar a su segunda esposa, Ana Bolena, acusándola de traición y adulterio; óleo de amenaza, una advertencia siempre presente.

—Quédese quieta y sonría bastante —le aconseja Maggie poco después de su arribo. Los días siguientes le lucirán nublados a la princesa de Gales.

Larraín se decanta por el drama en clave de thriller sicológico.

¿Cuál es el peso exacto del gozo? ¿Cuánto pesa la felicidad? En “Spencer” se determina con el ritual del pesaje. Ceremonial instituido desde los días del Rey Eduardo VII allá por la primera década del Siglo XX con el cual cada miembro o invitado de la familia debe sentarse en una balanza a su llegada a Sandringham House; el resultado se registra en una bitácora y al termino de los tres días de Navidad se coteja con el resultado de un nuevo pesaje. Las libras aumentadas por las comidas de cada día determinarán el gozo vivido en las fiestas de navidad en compañía de la familia real.

Menudo ritual para una bulímica. Menudo ritual para una familia de aura divina; pesar la materia para medir el espíritu.

En la mitología egipcia la inmortalidad podía llegar a su fin acorde las respuestas del difunto a las preguntas de cuarenta y dos dioses en un ritual conocido como el juicio de Osiris. Esa segunda muerte no era más que dejar de existir para la historia de Egipto; hoy, la fama. La popularidad. Ese juicio, esa balanza, nada tenían que ver con la felicidad, el gozo o cualquier placer epicúreo o profano; se trataba sobre la conciencia, la moralidad, la justicia y la verdad; la felicidad para Aristóteles. El corazón puesto en la balanza debía pesar menos que la pluma de Maat para alcanzar la eternidad. La familia real, al menos la que presenta Larraín, la de Sandringham House, difícilmente pasaría el juicio de Osiris.

Diana debe encontrar una forma de pasar el juicio de Navidad. Ganarse el paraíso. Lograr que su lb pese menos que una pluma. Demostrar que ha sido feliz en Navidad; merecer la morada final.

Nuestras casas de infancia guardan secretos y misterios. Son moradas eternas que en algún momento de nuestras vidas nos harán regresar a ellas. Aunque ya no estén ahí. La casa de infancia de Diana está ahí, cerca de ella, cerca de Sandringham House. Prohibida; esperándola. Negada y sitiada. Es hacia el final que la princesa corre hacia ella. Nadie la detiene ya. Ni el mayor Gregory, ni la reina, ni Carlos, ni el espectro de la infelicidad. Adentro de la casa, fragmentada, derruida, peligrosa, consonante, debe atreverse a recorrerla descendiendo por la escalera de su frágil estado mental. Beber de su propio cáliz, transitar la Vía Dolorosa. Morir simbólicamente para enfrentar la balanza a la que por tres días se ha negado, someterse al pesaje del gozo de Navidad. Eso es lo que hace Larraín de la casa de infancia y de Diana en una secuencia espectral como sublime. Nos introduce por pasillos decadentes y abandonados como parte de los recuerdos y los tormentos de una princesa. Lo que la asfixia y persigue. Y el fantasma de Ana Bolena que la ha perseguido por toda la película se termina manifestando, no sin calvario, como una liberación.  Redonda, Spencer termina como un drama exuberante, hipnótico y constrictor, alejado de la biopic tradicional. Estudio de personaje desde las entrañas de la mente y sus complejidades; incómodo pero necesario.

Solo así, tras esa expiación es que ella consigue abandonar Sandringham House, su prisión, su matrimonio. Diana es ahora quien demanda que se registre su peso. Pero no sola. Abrazada a William y Harry se enfrenta por fin sin pesar ni cadenas a la balanza de los Windsors. Al menos hoy está segura de que su alegría pesará menos que la pluma de Maat. La princesa por fin toma a sus hijos y corre con ellos por la libre. Atrás queda una familia real que encerrada en sus estancias tomarán decisiones; también dejará atrás arropando al espantapájaros de la campiña de su infancia, el vestido de sus primeros días como la esposa del heredero a la corona británica; el vestido amarillo de la marina británica y sombrero de pirata.

Todos sabemos lo que vino luego. Todos conocemos el fin de la historia. La princesa fallecerá años después en un túnel de París huyendo de la fama, la corona y los papparazzis. Pero ese epílogo tampoco interesa a Larraín.

Le interesan los rituales de paso. El martirio de sangre, perlas y lágrimas de una muchacha de sangre noble pero tímida. Le interesaba obligarla a hacerla pasar por el cáliz de la realeza, la cordura y la locura esperando que quedara intacta la naturaleza virgen; que se preservara la escencia de quien un día fue aquella joven que a sus dieciocho años era feliz como una simple asistente en una guardería de Londres. Es así y sólo así como Larraín tendría su propio rito de transustanciación de nitrato de plata; demostrar en el celuloide cómo es que Diana Spencer se convirtió para la eternidad en Diana, la Princesa del Pueblo.

Afiche oficial de la película «Spencer» (2021), con Kristen Stewart, dirigida por Pablo Larraín.

ROLANDO MEDINA LÓPEZ (El Salvador, 1965). Crítico de cine, ha publicado en numerosos periódicos y semanarios, y comentado en diversos programas radiales. Miembro de la International Press Academy.