Luis Borja: «Umit» (poesía)

Los poemas introductorios del libro ganador de la VI edición del Premio Internacional de Poesía «Pilar Fernández Labrador».

Luis Borja
Retrato de Ana Portnoy
La Zebra | # 75 | Marzo 3, 2022

I [se]

Todo comienza amando la madrugada
Amando el canto de los gallos que buscan un nombre de luna
Todo comienza en la ternura de las flores y sus pétalos de sangre
Todo absolutamente comienza amando la saliva
Porque de la saliva y el barro somos
Somos la jícara y el destino de la tierra
Todo absolutamente comienza con la tibieza del día
Con la sonrisa caliente de todos los astros: el nacimiento del padre y el fuego.

Yo
Que soy saliva y barro, planta y ternura
Comprendo que somos bebidos por la luz y el día
Pero también, mi hermano, somos de la noche
De la oscuridad y la luna: la madre.
Todo comienza en la sonrisa de la jícara y de la raíz
En la plegaria de sangre que cantamos
Todo comienza en la tierra y el sudor
En la semilla que nace en la palma de la mano
Todo comienza en la nocturna sonrisa del delirio

No, no callamos la locura ni la muerte
Ni el disparo que quebró los huesos de la tierra
Y de los huesos que nacieron como piedras
Todo comienza pues, con la ternura entre las manos y con el odio entre los dientes
Todo comienza, mis hermanos, en el sueño de los pájaros y su grito de sangre

II [Ume]

La sangre de la tierra es nuestra
en ella estamos vertiendo la agonía de todos los huesos
Y esto, amigos, la sangre que se derrama
es la palabra que empieza a ser fecundada por neblinas.
Ya no sabemos nada de la tierra
no sabemos de la frescura y de la sombra que nos asecha
Ahora, yo, que hilvano el hilo de la sangre
y que junto todos los cráneos entre mis manos:
Aprieto la tierra y digo todos los nombres en nombre de la sangre
en nombre de los perdidos y olvidados
en nombre de mi madre que nutre con sus huesos los maizales
en nombre de mi padre que arrastra las mil condenas de la tierra en su atormentada piel llena de arrugas.
Yo, recuerdo los nombres de la tierra: padre y madre atados desde los huesos
recuerdo esta tierra desolada en la que se despeñan los nombres de la sangre
los nombres de la carne que la nutren
Esta tierra que habito con la angustia de un niño perdido
desde ella hablo
con toda la voz habitada de sangre…

III [yey]

Yo soy el padre del que habla
Y hoy me arrancan de la tierra con las uñas sangradas en la nada
Yo soy el padre
El vejestorio de huesos que guarda un delirio de sangre
Yo
me niego a morirme cruzando los brazos de tristeza
Yo soy el puño y el grito
Porque lucho desde los rincones de la piedra
Tengo las fuerzas en la sangre que me bulle como un caballo perdido
Respiro
Y encuentro en mis manos los huesos de mis abuelos
Respiro
Y voy amagando con la amargura de mis años
Porque habitan en mí, todas las ansias de la primer cosecha
De la saliva del padre de mi padre
Y de la madre de mi madre
Porque me habitan todos como una cadena de huesos
que me detienen para que no caiga
Por eso
Me adhiero a tu aroma agreste sorprendido por la lluvia
Me adhiero a la extraña suerte que nos invita el delirio
No me rindo
No me caigo
Me sostienen tus huesos
Y empuño en mis manos el ombligo de mi familia
La trenzada ternura de todos mis hijos
No me lo arrancan
Ni con el golpe, ni con la mentira
Ni con mil papeles que hayan firmado todos los tiranos
No se pueden llevar la tierra
No se pueden llevar mi casa
Porque mi casa no es sólo mi casa
Porque está habitada de todos los nombres
que las sangre nos cosecha
Y al perderla, pierdo todo lazo que me ata a los años
Pierdo las caricias dibujadas de mis hijos
Pierdo los consejos de mi padre.
La tierra no se puede perder
Porque se perdería el sustento y la saliva
Perdería mi lengua y la voz
Es más, perdería el grito de la sangre
¿Y entonces, qué sentido tendría resistir?
Me quedaría mudo como la piedra
Me quedaría habitado por todos los vacíos
Nadie me vería zanjando los nombres de la sangre
Por eso, yo me resisto con el golpe
Yo me resisto agitado por el polvo y los astros
Y desde ahora, no encuentro el sosiego
Yo soy el padre del que habla
Y no me pueden quitar la tierra
Porque la tengo metida en cada herida de la cara
Porque han sido las manos de polvo que me sostienen
Y eso, señores, sólo se quita con la muerte
Yo soy el padre del que habla
Y no me pueden quitar la tierra
Porque la tierra es la carne
Porque la tierra es el hueso
Porque la tierra es el puño
Porque la tierra es la sangre
Porque yo soy la tierra

IV [Nahui]

Para Ernestina Alfaro (Mama Tina)
Gertrudis Alfaro (Mama Tula)
Amparo Alfaro Vda. de Borja (Mami Amparo)

En mis cantos están todos los murmullos de los pájaros
en ellos voy arropando el sueño de todos los niños
Duermen, y no conocen el delirio de la sangre
porque duermen en mi refajo y su cabeza es
          como una luna sangrada que nos sigue
En mis cantos va trenzada nuestra historia
van construyéndose como imágenes de agua y luz
Y ahí aparecen todos los muertos que yo amé
Los seres de los vientos y de la neblina
La canción de los muertos perdidos
Los misterios de la cuna para dormir a los niños
El inicio de los hombres en la saliva de los jícaros
Las torrenciales palabras de la lluvia.
En mi canto sale la saliva y la sangre junto al silbido
          y caen mis hijos en la voz dormida
yo los sostengo con mis dientes de miel
          para que no les pregonen mil males
yo los aprieto entre las manos para que no
          se distancien entre la nada.
A veces, se pierden entre mis coronas de humo
como niños nahuales que juegan a encanecer la noche
En mi canto va el grito y el tiempo
La historia de mis muertos furtivos
Juntitos todos, hueso a hueso, para darse calor
para no olvidar las palpitaciones de los años.
Por eso mi voz deletrea la historia de mi sangre
que es la historia de la arruga sobre la frente
Yace en mi garganta el polvo apacible de la tierra
          y mi voz también es de ellos,
          porque mi voz también es cuna
Es cuna y humo entre las manos.
A veces, apenas alcanzo a deletrear sus añitos
encendidos entre mis dientes
y ahí van cayendo, uno a uno, como un futuro
          nutrido por mi voz
y ahí van creciendo con todas las confabulaciones
          de la vida
tomando de la tierra la sangre y el hueso.
Yo por eso, acostumbro a cantarles la pieza
          de los árboles
las tonadas tristes de sus ramas quebradas
les canto, las historias de los padres de mis padres
          y el susurro de los maizales
les canto encendiéndoles la luz de los días
explicándoles los secretos de las mariposas.
Yo les canto con está voz dormida y acostumbro
          a ceñirme al pliegue de sus falanges
          antes de que la muerte me alcance
porque mi cuerpo empieza a acomodarse a los huesos
y mis manos van a acostumbrándose al silencio
porque ya la vida se me va apagando
y la carne ya no es mi carne
y la sangre se me va gastando.
Pero aun así, quiero morirme cantándoles
Voy cantándoles para quedarme atrapada
          entre sus brazos
para que no sientan miedo cuando los sorprenda
          la muerte
para que vuelvan todos juntitos al regazo
para que vuelvan y descansen entre mis manos
para que logren recordar la ternura
para que logren encontrar la calma
para que retornen dónde la abuela

HIJOS, TENGO UN GUSANO EN EL CORAZÓN

V [Makuil]

Empiezan a cruzar los pájaros y en sus picos llevan
          el presagio de la sangre.
Empieza pues, la sonata de la sangre y de la muerte.
Van desollándose todos los árboles,
van alborotándose todas las tormentas de las palabras
porque juntos han empezado a quebrarse todos los sueños
          de las ramas y ya no abrazan a la nada.
El cielo se ha carcajeado con una sonrisa roja
          y me pregunto:
¿Cuál es la agonía que ahora nos inventas?
¿Por dónde empezarán a buscarnos y si el alma
          será desierta?
¿Cuál será la placa que conmemore todos los nombres?
Ya no seremos la pluma, ni el aire.
El vuelo de los pájaros pregona la herida,
          será inmensa será abierta
                    tendrá la oquedad de todos los nombres.
Van cruzando 400 pájaros con el vuelo agónico
porque se ha escuchado el golpe de la tierra
          reclamando sus huesos.
Empiezan a cruzar los pájaros y en su pico llevan
          el presagio de la sangre.
El cielo ha empezado a quebrarse bajo sus alas
¡Ay cuántas tormentas empiezan a quebrar tus alas!
¡Ay cuántas tumbas vendrán nombrándote!


LUIS BORJA (El Salvador, 1985-2001). Poeta y ensayista. Director de la Editorial Universitaria y profesor del Departamento de Letras de la Universidad de El Salvador, donde obtuvo su licenciatura en Ciencias del Lenguaje y la Literatura. En 2014 obtuvo el Accésit del XXIV Premio Internacional de Poesía «Jaime Gil de Biedma» con su obra El disparo: cuentos del barr(i)o (Editorial Visor, Madrid, 2014); y en 2019 ganó la VI edición del Premio Internacional de Poesía «Pilar Fernández Labrador» por su libro Umit (Ediciones Diputación de Salamanca, 2019). Sus otros libros de poesía son: Letrosis (2013); Pus (2014); La herida del poema (2015); Mi hombro es una lágrima (2016); Un labial para las muertas (2017). Editó la antología: Subterránea palabra (2016). Fue investigador de literatura y escribió varios ensayos académicos.