La crónica de un feminicidio publicada en 1881, parece ser el primer artículo periodístico escrito por una mujer salvadoreña.
Jorge Ávalos
La Zebra | # 90 | Junio 6, 2023
I. La primera crónica de un feminicidio en El Salvador, escrita por una mujer
El primer texto periodístico escrito por una mujer en El Salvador apareció publicado el 1 de julio de 1881 en San Salvador, en una revista quincenal, La Palabra, con el título “Un crimen”. Su tema: un feminicidio particularmente brutal.
El artículo —una crónica muy eficiente compuesta con sólo 478 palabras— apareció publicada bajo un seudónimo, Diamela, el cual hace referencia a una flor pequeña y blanca, también conocida como jazmín de arabia. Aparte del dato concreto de que la nota fue escrita en Sonsonate el 22 de junio de ese año, no sabemos nada más de la autora. Hay algunas cosas, sin embargo, que sí podemos inferir, sin temor a equivocarnos, a partir de su gramática y de la redacción tan sucinta y efectiva del texto.
En primer lugar, Diamela era mujer. Ella misma nos lo dice en el último párrafo. Segundo, era joven: en sus veintes, muy probablemente, y no mayor de los treinta. Esto lo sabemos porque en la década de 1880 no era parte del método de los periódicos imponer un solo estilo de redacción a sus colaboradores. Por regla general se respetaba el estilo de los autores y sus textos se transcribían con fidelidad. La Palabra es un ejemplo particularmente bueno de esto: allí se dan cita los autores que aún escriben “muger”, una práctica común hasta la primera mitad del siglo XIX, con los que ya usan la práctica ortográfica moderna en la década de 1880, “mujer”. El estilo de Diamela, no sólo es moderno para 1881, por su gramática, sino también por su claridad expositiva, sin rastros de los giros retóricos comunes en el periodismo de entonces. Otro indicio importante, es que temas como este, que desafiaban los estándares sociales de la época, solían ser tratados con altas dosis de moralismo, y así eran enmarcados por sus autores. En este caso, Diamela, la autora del artículo, no hace una apelación al sentido moral, sino una denuncia social. En “Un crimen” se impone la indignación ante el fracaso de las autoridades locales durante el hecho, lo cual provoca un comentario irónico, al inicio —“¡quién lo creyera!, no hubo una autoridad que fuera a impedir aquel acto”—, y, después, se enfoca en hacer un llamado político a las autoridades competentes. Hay otro detalle más: en el último párrafo, la autora hace uso de la primera persona del plural, y no parece ser una elección retórica, mayestática. Es muy posible que aún cuando haya sido redactado por una sola persona, Diamela está expresando con su artículo una opinión colectiva, y que su voz represente, además, la de otras mujeres: “Horrorizadas del crimen que dejamos relacionado, y acaso por pertenecer al sexo de la víctima, no hemos podido menos que darlo a conocer al público”. La motivación, por lo tanto, para escribir y publicar la nota habría sido así más fuerte, y la determinación para causar un impacto en los lectores, aún más urgente.
Antes de señalar la singularidad del texto entre los periódicos de entonces, cabe señalar que es fascinante como un ejemplo histórico de periodismo. Antes de descubrirlo, yo estaba convencido de que las primeras crónicas criminales en la historia de El Salvador se habían publicado en el periódico La Unión, dirigido por Rubén Darío entre 1889 y 1890, quién debió aprender el atractivo que este tipo de periodismo tenía entre los lectores en Chile. La diferenciación de géneros periodísticos era más bien rara en los periódicos salvadoreños de entonces, dominados por la opinión, los datos comerciales, las curiosidades y la literatura como entretenimiento. Belisario Calderón, director y redactor de La Palabra fue de los primeros en incluir notas muy breves sobre las actividades culturales en la ciudad, pero sin que estas llegaran al nivel de la crónica literaria que Arturo Ambrogi inició en las páginas de La Unión.
Aunque en el cuerpo del texto Diamela introduce algunas opiniones, “Un crimen” está estructurado como una crónica criminal en un estilo periodístico clásico, y que en el periodismo salvadoreño de 1881 no sólo es una verdadera rareza, sino una primicia. Una crónica literaria, por definición, narra los hechos de manera lineal, pero en la práctica periodística, se establece primero el hecho noticioso más relevante, siguiendo el esquema de la pirámide invertida. Esta es la razón por la cual la autora narra primero una descripción bastante gráfica y chocante del asesinato de la mujer, así como de la respuestas de las autoridades locales y militares que al final resultaron inútiles para detener al victimario. Sólo después de esta relación de los hechos, la autora pasa a describir las causas del crimen, que sorprenden por la claridad y la exactitud con la que describe el patrón ya reconocido en nuestros días —tanto por la sociología y la psicología, como por la criminología— del feminicida típico. Para cerrar, la autora ejerce su opinión y hace un llamado a las autoridades competentes; en el periodismo moderno, esta última parte todavía se realiza, pero en lugar de que el periodista exprese su propia opinión sobre los hechos, se suele buscar a un experto o experta, o a los mismos testigos de los hechos, para que expresen su opinión sobre cuál debe de ser la respuesta de las autoridades.
En otras palabras, este no es sólo el primer artículo periodístico escrito por una mujer del que tenemos noticia, también es un ejemplo temprano y brillante del mejor periodismo del siglo XIX. Revistas como La Palabra, La Juventud y El Pensamiento, fueron las primeras en abrirle espacios a las mujeres intelectuales, aunque no como periodistas, sino como poetas y, en algunos contados casos, como prosistas. El artículo de Diamela es la única excepción que he identificado de un texto estrictamente periodístico.
Ninguno de los libros de historia que ofrece vistas panorámicas sobre la literatura y el periodismo en El Salvador, publicados hasta la fecha, aporta datos sobre la participación de la mujer en la redacción y edición de las noticias, o en la dirección y publicación de medios impresos entre el siglo XIX y hasta la mitad del siglo XX.
Hay algunos datos importantes sobre la mujer y los periódicos que he logrado reunir, y que comprenden hasta la década de 1920, que no han sido recopilados hasta ahora por ningún historiador. De entre estos, el hito más importante es este: ya podemos determinar sin sombra de duda quién fue la primera mujer que, en la práctica, dirigió un periódico en la historia de El Salvador: Florinda B. González (1883-1952). En 1915 esta prolífica poeta y feminista pionera, originaria de Santa Ana, fue nombrada redactora en jefe por su propietario, un rico terrateniente, después de dos años de trabajar como periodista.
En 1913, en Santa Ana, el cafetalero Rodolfo Antonio Lara Ramos establece una imprenta y funda el diario El Esfuerzo, donde González entra a laborar como redactora.[1] Esta era la segunda incursión de Lara Ramos en el periodismo y la publicidad, pues ya antes había dirigido, sin éxito, El Debate. Un hombre de origen humilde, era industrioso y generó sus primeros ingresos con una fábrica de ladrillos, pero sólo formó una fortuna cuando fundó una fábrica de café molido: La Corona.[2] Un periódico le ofrecía la oportunidad de insertarse en la sociedad como una figura influyente. Con El Debate fracasó porque los costos de producción e impresión no le permitieron ver ganancia alguna, así que compró una imprenta y financió el periódico con las ganancias del taller tipográfico. El Esfuerzo se mantuvo a flote, pero no pudo competir contra el poderoso y bien establecido Diario de Occidente. Durante el último año de la publicación, en julio de 1915, Florinda se convierte en la redactora en jefe del periódico, la primera mujer que ocupa ese cargo en la historia de El Salvador. En otras palabras, y según la estructura operativa y gerencial de los periódicos de entonces, ocupó el principal cargo en la dirección de los contenidos del periódico.[3] Este hito es mencionado, de manera muy casual, en una brevísima nota titulada “Una intelectual en el periodismo”, que fue publicada en la página 33 de la revista Ateneo de El Salvador, en la edición de agosto de 1915:
«Nuestra distinguida amiga, doña Florinda B. González de Chávez, inspirada poetisa y escritora de relevantes méritos, se ha hecho cargo del importante diario El Esfuerzo, de Santa Ana, como Redactora en Jefe. Nuestras sinceras felicitaciones para la estimada cofrade.»
El Esfuerzo cierra al final de octubre de ese mismo año, y González publica un soneto en la misma revista del Ateneo, bajo el título “Ofrenda”. La desilusión de González encontró expresión en un poema, en el que da cuenta a Salvador Turcios R. —su “cofrade” en el Ateneo de El Salvador, a quien lo dedica—, de su mala fortuna y de su pobreza, llevada con dignidad:
No extrañes, hermano, mi humilde vivienda;
yo soy cual las aves errantes del mar,
o cual los gitanos que plantan su tienda
doquiera el destino los lleva a posar.
Y es que de la vida en la diaria contienda
la suerte me ha vuelto la espalda al pasar;
por eso es tan pobre y humilde mi ofrenda
con que mi cariño te quiere obsequiar.[4]
Pasarían más de dos décadas antes de que otra mujer, Mercedes Madriz de Altamirano, tomara las riendas de un periódico, en 1936 y con gran éxito, cuando su esposo, Napoleón Viera Altamirano, fundador de El Diario de Hoy, fue forzado al exilio en Honduras.
Entre la crónica “Un crimen” publicado por Diamela y el trayecto que llevó a González en convertirse en periodista en 1913, y en jefa de redacción en 1915, quizás el más destacado desarrollo del periodismo sea la aparición de Victoria Magaña de Fortín, que a partir de 1902 comenzó a publicar, bajo el seudónimo Olimpia, la serie de columnas de opinión que fueron reunidas en el libro La importancia de la mujer en 1910, por su esposo, el doctor Miguel Antonio Fortín. Magaña de Fortín fue la primera mujer en usar el término feminista y en proponer reformas sociales y políticas a favor de la mujer.
Alrededor de estos tres hitos, podemos ya comenzar a trazar un mapa más claro de cómo la mujer comienza a ganar un lugar como intelectual en los periódicos por medio de la literatura en el siglo XIX —la poesía, sobre todo, pero también la prosa poética y el cuento—, aunque en la mayoría de los casos, con sus identidades ocultas bajo un seudónimo. Hasta la fecha he recogido una docena de nombres de mujeres escritoras que publicaron en el siglo XIX. Con la excepción de Diamela, reconocida en este ensayo por su singular contribución periodística en La Palabra en 1881, no vemos la aparición de una periodista mujer sino hasta que Florinda B. González es nombrada redactora de El Esfuerzo en 1913, en Santa Ana.
La crónica de Diamela, “Un crimen”, que expone y denuncia a un feminicida, nos demuestra que el periodismo no era ajeno a la mujer en 1881 y que todavía hay lugar para un examen más minucioso de los periódicos del siglo XIX, y no sólo en cuanto a la participación de la mujer como escritora e intelectual, lo cual ayudaría a rectificar un vacío en la historiografía del periodismo, sino también en cómo era representada la mujer salvadoreña durante el siglo XIX, lo cual nos permitiría dilucidar por qué y cómo era marginada del quehacer intelectual, y nos ayudaría a entender cómo respondió la mujer a esos obstáculos. Hay preguntas pertinentes, además, sobre las condiciones materiales y sociales que permitieron que las primeras intelectuales feministas surgieran en Santa Ana antes que en San Salvador, y que fuera allí donde los periódicos las publicaran con más frecuencia entre 1900 y 1920, sentando sólidas bases intelectuales para la aparición de las primeras mujeres escritoras en el siglo XX.

II. Transcripción de la crónica de 1881
Un crimen
Por Diamela
En la pacífica ciudad de Sonsonate se cometió uno de los más horrendos, en la noche del 6 de mayo próximo pasado.
A inmediaciones de la plaza principal, un hombre estuvo martirizando a una infeliz mujer desde las 9 de la citada noche, sin que ninguno acudiese a socorrerla, no obstante los lastimeros gritos con que pedía auxilio. Por fin, una vecina dio parte del hecho a quién correspondía, y, ¡quién lo creyera!, no hubo una autoridad que fuera a impedir aquel acto que era nada menos que un horrible asesinato. ¿Será posible que sea tal la conducta de los encargados de velar por el orden en una de las ciudades principales de la república? ¿Qué garantías hay, entonces, para los habitantes de esta población?
El asesino siguió cebándose en su víctima hasta las 5 de la mañana próxima en que, la gente que transitaba por el lugar del suceso, hizo llegar a una escolta, a la cual acometió el malvado con los objetos que encontraba a mano en su guarida, y como fuera necesario aumentar el número de soldados, mientras esto se verificaba por medio del capitán Tapia, el victimario seguía abofeteando a la desgraciada, que ya no era más que un cadáver desfigurado, pues los golpes los había recibido principalmente en la cabeza: los ojos estaban fuera de sus órbitas, y los sesos, se veían mezclados con el cabello de aquella infeliz, víctima de la crueldad del malhechor.
Vamos a narrar la causa que motivó semejante crimen.
El criminal había seducido a una joven hermosa e inexperta, y desde que fue dueño de su amor, la obligó a que trabajara para sostenerlo, mientras él vagabundeaba.
Cansada ella de tan penoso yugo, quiso sacudirlo y se separó del ingrato, que, por toda recompensa, le daba frecuentes castigos. Éste, para hacerla volver a caer en sus redes, se mostraba muy apesarado por su ausencia, mientras que, por otra parte, decía que ansiaba la reconciliación para tener el placer de matarla.
El criminal satisfizo sus sanguinarios deseos, ejecutando la horrorosa muerte de que hemos hablado.
¿Qué castigo merece el autor de un crimen tan premeditado? ¿Qué merece la policía que así cumple con sus deberes? Mientras ella duerme tranquilamente, los habitantes quedan a merced de los criminales que, seguros de la impunidad, aumentan sus maldades que tanto daño causan a esta simpática sociedad.
Da pena ver que, en una población de las buenas condiciones de ésta, se observe una conducta tan punible. El primer jefe del Departamento es quien debe ponerse al frente de los encargados del adelanto moral y material de este vecindario, vigilando la sección que se le ha encomendado. Observando otro proceder, defraudaría la confianza que en él se ha depositado.
Horrorizadas del crimen que dejamos relacionado, y acaso por pertenecer al sexo de la víctima, no hemos podido menos que darlo a conocer al público.
Sonsonate, junio 22 de 1881.
Publicado en La Palabra, San Salvador, julio 1, 1881, pp. 24-25.
NOTAS
[1] López Vallecillos, Ítalo. El periodismo en El Salvador (segunda edición). UCA Editores, San Salvador, 1987, pp. 61-62.
[2] Ward, L. A. (compilador y editor). Libro Azul de El Salvador. Bureau de Publicidad de la América Latina, San Salvador, 1916.
[3] Típicamente, en las primeras décadas del siglo XX, la gerencia de los periódicos tenía un propietario, a veces llamado director, un administrador encargado de las cuentas y un jefe de redacción, encargado de los contenidos. Estos puestos solían estar nombrados en los encabezados de los periódicos. En algunos casos, como en el Alberto Masferrer en Patria, el director era contratado por el propietario, cuando éste era principalmente un inversionista.
[4] González de Chávez, Florinda B. “Ofrenda” – A Salvador Turcios R. (fraternalmente). El soneto está escrito en el raro metro dodecasílabo simétrico (formado por dos hemistiquios de 6 sílabas). Es posible que su inclinación a usar esta forma haya provenido de la lectura de sonetos neoclásicos en la obra de Rubén Darío, pero indica un gusto por los modelos clásicos más que por la poesía postmodernista, entonces en boga.
JORGE ÁVALOS (1964). Escritor y fotógrafo salvadoreño, editor de la revista La Zebra. Como cuentista ha ganado los dos premios centroamericanos de literatura: el Rogelio Sinán de Panamá, por La ciudad del deseo (2004), y el Monteforte Toledo de Guatemala, por El secreto del ángel (2012). En 2009 recibió el Premio Ovación de Teatro por su obra La balada de Jimmy Rosa. En 2015 estrenó La canción de nuestros días, por la que Teatro Zebra recibió el Premio Ovación 2014. Su obra narrativa aparece en varias antologías de cuento, incluyendo: Puertos abiertos, editada por Sergio Ramírez (Fondo de Cultura Económica, México, 2012); y Universos Breves, editada por Francisca Noguerol (Instituto Cervantes y Editorial Cobogó, Brasil, 2023). En El Salvador ha ganado cinco premios nacionales de literatura en el sistema de Juegos Florales, en las ramas de cuento, ensayo y teatro.
