Un sentido homenaje del mayor cuentista y pintor salvadoreño a la compositora María de Baratta.
Salarrué – texto y arte
La Zebra | # 117 | Mayo 31, 2026
Carta de mayo
Algo sobre el indio Lempa, la india Ulúa y la sinfónica integral
A María de Baratta
Tengo placer en decirte, amiga:
Usumacinta, Guarajambala, Torola… Esta es habla que canta, la de nuestros nombres indios. Tu libro es, a la larga, la misma cosa.[1] Hay, entre el gorjeo de las palabras que son como agüita entre pedregales azules, glugluteando en plata y zafir, la perfecta euforia del sonido aglutinante.
Y no sólo eso, amiga, aromas que se elevan al corazón del alma con un suspiro profundo: el aroma del nance, del limón, del copinol, del irayol y del melón de castilla (que le dicen)… La jlor de coyol, el bálsamo de Tunalá, el eucalipto, el marañón (¡qué variedad!)… El perejil, el anís, el jazmín de parra (que anda por todos los rincones de tu sala de música y lo tengo en la mera memoria olfativa). ¿Y qué decir del olor de la teja en mayo?; el de la marea, el de la repunta. La repunta huele algo así como entre carago y copinol, y no porque los arrastre (que es la fruta sobreagüera en los ríos crecidos), sino por simpatía inexplicable; afinidades a la vez misteriosas y naturales pues hasta la color les toma el agua shuca.
Me puse a tabular aromas cuscatlecos y no me voy a quedar sólo en esos. Está el olor de la molienda, el del rastrojo de arrozal, el del corral (en los días pujagüas de temporal), el de los patios de café con cereza rastrillada, el de los montarascales con jlor de muerto y todo, y el del madrecacao trozado ricién. Y luego otros más sutiles: el olor de octubre, el olor de la madrugada, el de la cabellera recién secada en la toalla y el picante y lácteo aroma del aliento de la joven india Ulúa, antes del beso y del abrazo.
Y aquí me desvío caprichosamente a hablar contra modas de mujeres. La cintura ceñida, la falda vueluda que gira al andar, la camisa de poca manga y mucho escote (no tan güipil) y unas sandalias de género oscuro, sin medias. No hay para mujer joven y bella nada sino eso, y eso estará bien en todos los años y los siglos. La falda así es más libre que el refajo, porque no faja como cáscara, sino que tapa como flor.
¿Te das cuenta de que te estoy queriendo dar a beber este brebaje extraño, en jícara olorosa, batido con molinillo oloroso? Es como para celebrar tu libro de música criolla sobre música criolla. Creo que refresca y alimenta (el brebaje como el libro); espero también sea de esos que, cuando se ha vaciado el último sorbo, con la cabeza echada a la espalda, aún pone uno el dedo dentro, para coger el chinaste rico y chuparlo.
Usumacinta, Moncagüa, Quelepa, Sensunapán. Sigo saboreando la lengua en la lengua. Sí, en verdad es como cantar… Se dormirían niños insomnes oyendo correr esas sílabas de acequia. Hay en mí un indio triste (un indio Lempa) detrás de mis ojos azules, detrás de mi oído atento al ritmo de las dulces voces del terruño. Palabras refrescantes de tierra caliente: Guarajambala, Juayúa, Panchimalco, Tepezontes, Guatajiagüa…
La luna llena rueda sobre la arena morada del poniente; rueda como un caracol enorme. Es ya la noche, casi. Van surgiendo los murciélagos; se van uniendo las copas de los árboles en una sola ramazón escura. Todo se duerme menos el Silencio que despierta en su hora y se despereza. Se oye lejana la marimba. El viento no logra taparla con sus mantas en yagüal. La acompasa un golpe seco e intermitente de batán. Puede ser el tambor, puede ser sólo la rueda de una carreta crepuscular cayendo en los baches de la cuesta. La melodía suave se va escribiendo con estrellas en el borroso pentagrama de las líneas telefónicas.
Eso es de Cuscatlán, ¿no es verdad? (mi Cuscatlán con S como el de Serafín Quiteño). En visiones extraordinarias he visto cosas de las que se ven y se oyen con los ojos internos. No sé si recordarás un canto playero y montañero que empieza:
Yo he visto en invierno llorar la avecilla…
Lo pongo así de tonto, como acaba de venir a mi memoria, porque quería decirte que yo también he visto, en invierno y en verano, en primavera y en otoño las cosas que no deben verse porque son las que deben verse para verse siempre o morir.
Antes hablé de los gandarvas que son los ángeles musicales entre las theorías de ángeles de toda clase y color. Imagina una enorme rotonda de zafiro nevado con mucha bruma ambarina y las huestes de gandarvas al centro, listos cada uno con su arpa de vidrio y oro, listos. para el concierto de maravilla.
Pues hay el dicho hermético de que “como es arriba así es abajo”. Suponte, entonces, que oyes un concierto de cuatrocientas carambas tocadas por otros tantos indios ciegos (ciegos de tanto oír). Esto podría ser un verdadero concierto de marimba. Este es otro círculo, el humilde círculo de Cuscatlán. Igual que comparar las ranitas de la laguna de Apastepeque con la Sinfónica de Filadelfia tocando al aire libre. Pero uno tiene oideras para todo en el alma y como la médula es la poesía, la música, la evocación… no sabremos a ratos dónde escoger. Ahondando, a la larga, a lo mejor (según el decir callejero) todas estas manifestaciones son una sola: arriba los gandarvas, abajo las ranas con sus burbujas irisadas (que no tienen que envidiar de la sutilidad de aquellas arpas coruscantes), en medio la sinfónica. Una sola orquesta, un solo canto en el viento de la armonía infinita y eterna. ¿Por qué no añadimos la música de las esferas?
También tú, mi noble amiga, eres integral. Yo he visto tus manos extrañas (manos con agilidad y forma de cocuyo fantasmagórico que vuela al ras en la penumbra de los caminos) deslizarse sobre el teclado. También como peces en una corriente de cristalinas aguas. Peces juguetones que se persiguen o se esconden el uno del otro. ¡Qué bien nadan! ¡Con qué finura! Se diría que vuelan cuando, siguiendo tan bien la corriente, se identifican con el caudal y son el agua misma. Pero también he visto esas manos hundirse verticalmente, golpeando el teclado, sembrando, haciendo saltar las notas con el ritmo y el vigor de la corazonada indígena, la expresión de valor y de orgullo, la expresión en zig-zag, el monoritmo, la memoria en tus dedos. De atabales de antaño; la memoria en tus puños, de bolillos tamborileros, de maracas y charrangas. Todo agitado en ardor mágico o guerrero, el ímpetu de la lanzada ajusticiante a la alarma eléctrica en la punta de la cola de la Cascabel. Todo surgiendo espontáneo en las sumidades de nuestra selva cardíaca, ancestral, fascinante.
El oído es nuestro sentido más perfecto puesto que es el más antiguo. Aún las cosas que vemos nos están diciendo algo al oído. También nos habla la conciencia con voz interior de origen angélico. Para quien bien oye no hay ruidos en la existencia, sólo música. Aún los zancudos aportan su zumba deliciosa (si no la relacionamos a la salud y al confort) y en la grande orquesta tiene su sitio entre los instrumentos de cuerda (menores entre los menores), su humilde sitio más debajo de las ranas y las chicharras. O para ponerlo de otro modo: al extremo izquierdo del orfeón de orfeones.
Y, por encima la música de los astros, el coro de los ángeles galáxicos en donde se escucha claro, rotundo y preciso el FA natural de nuestra Tierra, la nota tónica de nuestro mundo maravilloso.
Te aplaude y te saluda desde lejos,
Salarrué
Nueva York, 1953.
NOTA
[1] Salarrué se refiere al libro de María de Baratta Cuscatlán típico: ensayo sobre etnofonía de El Salvador: folklore, folkwisa y folkway, completado en 1931, pero que no fue publicado sino hasta en 1951, en dos volúmenes, por el Ministerio de Cultura de El Salvador.

SALARRUÉ (1899-1975). Seudónimo de Salvador Salazar Arrué, pintor y narrador salvadoreño, reconocido en vida por sus innovadores e influyentes cuentos costumbristas, en especial los reunidos en las colecciones Cuentos de barro (1932) y Cuentos de cipotes (1945), considerados clásicos. También exploró una veta de ficción fantástica al estilo de Lord Dunsany, en los libros O’Yarkandal (1929) y Remotando el Uluán (1932). Su novela breve El Cristo Negro (1927) es una obra maestra, una distinción que no alcanzó con sus otras tres novelas. En El Libro Desnudo y en Íngrimo (ambos publicados en 1969 como parte de su obra selecta), experimentó con una variedad de relato fantástico en el que se mezclan reflexión filosófica, surrealismo poético y un sofisticado humorismo lingüístico. Al margen del costumbrismo, escribió cuentos realistas y fantásticos que anticipan el realismo mágico, pero que no adquirieron mayor reconocimiento debido a que los publicó en colecciones misceláneas y desiguales que reunían relatos, ensayos y crónicas. Una muestra parcial de su poesía aparece en Mundo nomasito (1975). Su primer libro, El libro más bello del mundo (Cuentos de Nueva York), permanece inédito.
